Tríptico Elemental de España: Aguaespejo granadino, Fuego en Castilla y Acariño galaico
| El amor brujo

España, 1955-1961 | Dirección: José Val del Omar | Género: Documental, Cine experimental, Cortometraje | Guion: José Val del Omar | Fotografía: José Val del Omar | Música: José Val del Omar | Duración: 67 minutos | | Disponible en:  Filmin   | Comprar DVD

España, 1955-1961 | Dirección: José Val del Omar | Género: Documental, Cine experimental, Cortometraje | Guion: José Val del Omar | Fotografía: José Val del Omar | Música: José Val del Omar | Duración: 67 minutos | | Comprar DVD

Nos acercamos a una de las obras fundamentales del otro cine español y a una personalidad inspiradora e imperecedera que representa una isla no solo en nuestra cinematografía sino en la de cualquier parte del mundo.

«Puedo deciros que en las proyecciones cinematográficas puras el telón desaparece, la retina del espectador desaparece, solo queda nuestra pantalla psíquica absorbiendo los rayos luminosos como si fuera la superficie de un lago profundo sobre el que se proyecta un sueño y en el cual el instinto se reconoce». [1]

La alquimia de José Val del Omar, granadino místico y surrealista de la estirpe de Lorca, elaboró en el Tríptico Elemental de España un crisol de artes, una cinegrafía, como él mismo denominaba, en la que imágenes, palabras recitadas, texturas de sonido y un montaje de asociaciones, heredero de los maestros soviéticos y los surrealistas franceses, nos ofrece un carácter sinestésico, una hora de metraje de yuxtaposiciones sensoriales a las que el autor bautizó como «Tactilvisión». El carácter «táctil» del Tríptico no se limita a una sensación superficial envolvente, de meros efectos técnicos o formales, sino a la creación de un volumen emocional y espiritual que se impregna en la sensibilidad de quien lo ve. El tacto místico de una poética esencial, erigida a partir de tres elementos y tres lugares: el barro en Galicia, el fuego en Valladolid y el agua en Granada.

A lo largo de su vida, Val del Omar combinó en su actividad profesional la labor de inventor de tecnologías y patentes cinematográficas de poco éxito y la de cineasta y poeta experimental de escaso reconocimiento. El concepto que él usaba para aunar la faceta científica y la lírica era el de «meca-mística», cuyo proceder se podría definir según sus palabras con la siguiente máxima: «es obligado que la técnica mágica del cine sirva a una mística de amor al prójimo» [2]. Su estilo parece inventar en cada encuadre, en cada unión de conceptos, con asociaciones plenas de aliento cósmico, difíciles de conceptualizar o explicar, pero inmediatamente accesibles a través de los sentidos, a través de los poros de la piel. A cada corte el cine de Val del Omar inventa el misterio.

A pesar del carácter abstracto y hermético de las piezas, en ellas se deja sentir un halo de humanidad profunda, la fascinación de un autor por un lenguaje que permite una comunión colectiva: «el cinema es el arte supremo de la experiencia» [2]. Esa búsqueda de una unidad de almas, en ascensión a través de la luz de las pantallas, tiene un primer anticipo en las fotografías que realizó de gentes y niños de los pueblos en su participación en las Misiones Pedagógicas durante la Segunda República. En las actividades educativas, el cine tenía un carácter central y novedoso, en firme creencia de su capacidad como medio divulgativo y despertador de conciencias. En las imágenes que capturó Val del Omar se observa a los espectadores noveles en una suerte de hipnosis, miradas puras que preludian la imagen icónica de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1972). Cuando el cine llega a lo más alto, la mirada adulta queda abolida. «Para mí, todo el público es un gran niño enamorado de lo extraordinario» [2].

«Amar a los hermanos
es desvivirse
en un largo desgarro.
Inmensa distensión de tierra y cielo
que entreteje en el aire
colectiva escala de deseos». [3]

Resulta insólito que en la España de la posguerra pudiese florecer, aunque fuera en sus márgenes, un espíritu artístico de esta naturaleza, radicalmente alejado de cualquier pretensión comercial, un cine visionario y vanguardista absolutamente solitario, introspectivo; cine filmado y editado como la escritura de poemas en una libreta. Un pequeño milagro, modesto, breve e inconcluso (Acariño Galaico tuvo que ser finalizada y reconstruida por el artista Javier Codesal en los noventa, una década después de la muerte del autor). Una flor de locura en medio de un desierto de penuria material y espiritual.

La sensibilidad de este poeta entronca con el surrealismo de la Generación del 27 de Lorca, Buñuel y Dalí, pasando por otro cineasta francotirador como Lorenzo Llobet Gràcia en Vida en sombras (1949) y prefigurando la fantasmagoría de Iván Zulueta en Arrebato (1979). En el creciente prestigio crítico y admiración de culto que está ganando su obra con el paso de las décadas, su influencia y recorrido práctico está teniendo más protagonismo, sin embargo, en el mundo de la música que en el del propio cine (quizá con cierta lógica, dado su carácter de experimentación sonora) con el disco de Lagartija Nick Val del Omar (1998) —inmediatamente posterior al inmortal Omega (1996)—, o en la obra del cantaor Niño de Elche (Mensaje Diafónico de Val del Omar en Antología del Cante Flamenco Heterodoxo , 2018).

Cada pieza del tríptico, diversa en sus planteamientos y elementos, está recorrida por un mismo viento singular, una energía eléctrica en exploración y búsqueda de una esencia española a través de lo atávico e incomprensible. Lo escultórico, lumínico, pictórico, arquitectónico, sonoro y poético logran una Unidad sinfónica apabullante. Emerge del barro una criatura de agua, fuego y aire, palpitante, cinematográfica. Vampirizando lo real se atrapa un arrebato de belleza mutante en un viaje que parte del sureste, pasa por el centro y concluye en el noroeste, en línea diagonal que recorre regiones y décadas, pero que parece concebida en una misma esfera interior de espacio-tiempo.

«Suspensas vi las aguas fugitivas
cansadas las ideologías
disueltas perspectivas y secuencias
salimos de la línea, caemos dentro de la esfera». [3]

Las aguas de la Alhambra bailan flamenco a través de fotogramas congelados o hipnotizan en un verde lunar. Las estatuas del Museo de Valladolid cobran vida en juegos de luz estroboscópica, ardiendo en fuego visual purificador. El barro impregna el rostro y cuerpo del escultor Alturo Baltar, convertido en ánima primigenia. Rostros y capas sonoras logran una distorsión espiritual que recuerda a la vibración de las figuras de El Greco, el pintor más apreciado por Val del Omar. La mente del espectador recorre imágenes carentes de vertebración narrativa como si de versos surrealistas se tratasen, cosidas por un hilo extrañamente coherente, insufladas de un mismo viento que sobrevuela los ecos heterogéneos de una cultura de siglos.

Quizá esta sea la única vía para acercarse a comprender el concepto de lo «español»:  acallando el rumor de las criaturas ciegas y zambulléndose en el cielo de lo sensorial. Abrir los ojos a lo invisible y comprender desde lo poético. Trasvase de conocimiento místico de una mirada que invita a cada espectador a crear su propia percepción elemental, en un renacimiento de nuevas interpretaciones y visiones. Simiente y río para un cine español contemporáneo todavía por crear, desde el que explorar y fluir hacia un mar infinito y oculto.


  1. Sentimiento de la pedagogía kinestésica (José Val del Omar, 1932).[]
  2. Citas extraídas de El cinemista (Román Gubern, 2004).[][][]
  3. Poemas extraídos de Tientos de erótica celeste (1992) de José Val del Omar.[][]


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Texto de Guillermo Villar | © laCiclotimia.com | 11 julio, 2020
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Texto de Guillermo Villar
© laCiclotimia.com | 11 julio, 2020

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