Sobre estilo y mensaje
| La reinvención del estilo en la obra de arte

¿Qué es el estilo de una obra de arte y en qué medida la contiene? ¿De qué es el artista mensajero? Analizamos 6 piezas de arte en las que el estilo ha sido reinventado para ser, en sí mismo, el sentido de la obra.

El estilo de una obra de arte —el estilo, es decir, la construcción de la superficie— no es, paradójicamente, una cuestión superficial. Sabemos qué es «el estilo» de una pintura o de un poema —aquello a lo que se llega a través de la técnica, con la forma, con la arquitectura—: la imagen estética de la obra, todos los rasgos que la hacen reconocible, los elementos estéticos que hacen el idioma de un artista, la manera como un compositor habla la música. El estilo es, podemos decirlo, todo aquello que tiene que ver con la construcción de la obra, con su proceso técnico, con lo que en la obra es medio y no fin; el estilo es tal por oposición, claro, al «mensaje» —mensaje que la pincelada o la armonía a la vez han encerrado y animado—, por oposición al fondo, al tema, al sentido o significado de la obra, a la idea que subyace en ésta y que, precisamente a través del estilo, ha sido sometida a forma estética: el estilo se diferencia, precisamente, de todo aquello que es fin en sí mismo de la obra y ya no medio.

Desmesura y proporción en El proceso (Orson Welles, 1962).

Pero ocurre, a veces, que los medios para un fin son tan importantes como éste mismo: la cuestión del estilo no es, en absoluto, banal. Primero, porque si algo es una obra de arte es, antes que nada, su estética misma, de manera que el estilo no puede sino comparecer como parte misma esencial e intrínseca al significado de la obra. Conceptos como el de ornamentación, embellecimiento o belleza no solo no son ajenos al significado del arte, sino que pueden desbordarlo por completo (porque el placer de la belleza el arte nos lo procura, casi siempre y cuando lo busca, por medios sensoriales, es decir, «de superficie»). Segundo, porque hemos de asumir que la tarea del arte es la de una incesante exploración, una búsqueda, que quizá pudiera ser eminentemente técnica o estética, ¿por qué no? En el sentido de este indagar adquiere legitimación el llamado arte experimental —más afortunado o menos—, cuyo fondo y valor artístico queda completamente comprendido por la dimensión de la experimentación técnica. ¿Y quién es aquel que llamamos virtuoso —un violinista, por ejemplo—, más que aquel que busca trascender los límites de la técnica como fuerza de expresión en sí misma, llena de significado? Tercero, y último, porque el estilo es la lengua con que el arte nos habla (y el significado o la idea, «aquello que nos dice»), y cada tema o sentido del arte podrá ser sometido a formas estéticas con unos estilos pero no con otros: el registro de la lengua con que Shakespeare escribe un pasaje cómico no tendrá nada que ver con el inglés y el estilo de un momento trágico. O, por otra parte, la abstracción nace en el siglo XX porque las formas figurativas o tradicionales habían «dejado de hablar» para poder contener los objetos y temas de un tiempo en el que se ha roto el viejo orden conocido de las cosas.  La historia del arte es en muchos sentidos la historia de las evoluciones estilísticas: es la historia de cómo la búsqueda de la expresión de la belleza o el horror es reinventada una y otra vez. Los temas del arte son prácticamente universales —no siempre, por supuesto—, y la mayoría de páginas de la historia del arte son un recorrido por el curso de la renovación de las formas —evolución o curso en el sentido de transformación de los estilos, pero no de un perfeccionamiento que no cabría en modo alguno admitir, porque quizá Stravinsky pudiera escribir en el estilo de Bach o Pergolesi y no al revés, pero cada uno de sus lenguajes, en puridad, era hablado para expresar verdades y bellezas distintas, y no para formular más precisamente unos mismos sentidos—.

Hay algunas piezas de arte en las que el estilo y la forma han sido completamente reinventados y contorsionados para ser, en sí mismos, expresión del mensaje de la obra.

Hay algunas piezas de arte en las que el estilo y la forma han sido completamente reinventados y contorsionados para ser, en sí mismos, expresión del mensaje de la obra. Es el caso de ese monumento de la humanidad que es la Misa de Notre Dame de Guillaume de Machaut, en la que la partimentación y repetición de las secciones, junto con las medidas de la estructura, entre otros aspectos de la música, son reflejo de la idea de Trinidad, del valor teológico de los números 3, 4 y 12 como expresión religiosa. Estas formas no hacen seguramente la música distinta de la que es, pero conocer su factura ilumina otra escucha, y en definitiva nos descubre una concepción del arte como verdad artística o espiritual hecha en sí misma o para sí misma, o para Dios si acaso, a la manera de una ofrenda.

El inicio de la Misa de Notre Dame de Guillaume de Machaut. Cuando el cuidado de la escritura era también belleza y estilo.

Otro ejemplo de un estilo que es en sí mismo mensaje es, también, la nueva tonalidad hablada por Wagner principalmente a partir de su ópera Tristán e Isolda, en la que la propia sintaxis musical de una armonía de tensión infinitamente prolongada y nunca resuelta hasta el final traslada al decir de la propia técnica la esencia del argumento y  de la historia de la ópera: el amor que no acaba y no puede ser cumplido salvo en la muerte. O también el relato El círculo de Nabokov, que comienza en la mitad interrupta de una frase en plena enumeración para, tras recorrer proustianamente el pasado rememorado de los personajes, terminar la escritura cíclica del cuento devolviéndonos al principio mismo, al punto en el que la primera frase se había entrecortado, como si el propio relato pudiera leerse una y otra vez encadenado como un círculo, sucediéndose como los tiempos de la vida y del amor de los personajes. Será el caso también, conocido, de Rayuela, de Cortázar, azarosa, múltiple y lúdica como las esquinas de la vida.  Y el caso de películas como Una página de locura (1926) de Teinosuke Kinugasa o El proceso (1962) de Orson Welles, en las que las imágenes y los planos se distorsionan y suceden para ser espejo, bien de la locura, en el primer caso, bien del absurdo kafkiano y de la alienación del hombre ante los sistemas y las cadenas del mundo moderno.

Como fuere, hay algo común que comparece en todos estos ejemplos. Detrás del mensaje del arte está el hombre y sus verdades universales. Detrás del estilo está el artista, como hacedor y artesano bueno que reinventa las reglas de su oficio porque sabe que en esta renovación, precisamente, consiste el hecho creador y consiste su oficio mismo.



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Texto de Ángel Martín del Burgo | © laCiclotimia.com | 16 diciembre, 2020
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Texto de Ángel Martín del Burgo
© laCiclotimia.com | 16 diciembre, 2020

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