Sobre el origen de la familia
| Lo que Parásitos debe a Pasolini

Repasamos la conexión del cine social a través de la carrera del director italiano Pier Paolo Pasolini y su descripción de la sociedad de consumo.

«Cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verifícanse a expensas del dolor y de la represión de otros». El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado (Friedrich Engels, 1884)

Imagínese una reunión entre Pier Paolo Pasolini y algún directivo de Netflix. La multinacional le explica que para hacer un guion llamativo, este ha de ser, por fuerza, inclusivo. La fuerza del guion se basaría en esto y no al contrario. ¿Se acerca esto a la realidad actual tanto en Occidente como en Asia? Probablemente Pasolini se levantase de un portazo dando la respuesta. 

Pasolini era homosexual, comunista, y detestaba la mediocridad. Además fue, y es elogiado por «ciertos sectores» de la Iglesia Católica. La aceptación por parte de la potestad eclesiástica le fue concedida por El evangelio según San Mateo (1964). Se decía que tuvo que venir un ateo a rodar la mejor película sobre la vida de Jesucristo. Probablemente la clave de que gustara tanto es que el director viera la historia de Jesucristo como un ejemplo —de modernización social— opuesto a la modernidad. Algo así como una versión antropológica fuera de los estigmas de poder narrados en el cine de Hollywood. Jesucristo ríe, se enoja y duda. Es humano, a fin de cuentas. En definitiva, Pasolini recreaba entornos emocionales inclusivos sin ser este su foco de mira principal. Este modo de librepensamiento le hizo granjearse enemigos en todos los entornos que él consideraba dogmáticos en la sociedad italiana. Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo —entendida como entidad unificadora universal— como la más represiva de los totalitarismos.

Oscar Wilde, el Rey del Ingenio.

En una sociedad donde impera la elección del consumidor a modo de elige-tu-propia-aventura, sobran las ideas y faltan ideólogos. El espectador elige cómo (además de cuánto) va a ser el impacto de su elección. Realmente esta libertad de elección debería ser magnificadora, pero lo cierto es que nos mueve lentamente a una realidad artificial y adulterada, más cerca de la ficción que de la propia realidad. Curioso que ya lo defendiera Oscar Wilde hablando en este caso de la literatura: «Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial […] pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria».

Para el cine de corte social y realista, las condiciones materiales son cruciales para que la cinta funcione. Como en el ejemplo anterior, Pasolini viajó durante un año por los alrededores de Palestina e Israel para grabar El evangelio según San Mateo, y hasta contrató a un actor «virgen» cinematográficamente hablando (Enrique Irazoqui) delante de las cámaras para que la pureza del personaje fuera más real y evidente. Cinco instituciones bancarias denegaron la financiación del proyecto por miedo a la censura.

El neorrealismo italiano supo retratar mejor que nadie la diferencia de clases y la crudeza de la pobreza que vivió Italia después de la segunda gran guerra. El cine italiano era impactante y demoledor, y también uno de los géneros más puros y cercanos a la realidad, donde todavía a día de hoy, no nos hemos acercado tanto en términos de «reflejo social».

Bong Joon-ho recurre a la resolución del conflicto por medio de la violencia, donde la burguesía y el proletariado son sujetos incapaces de entenderse entre sí.

Manifestantes celebrando la muerte de Margaret Thatcher en Reino Unido.

Otra experta en dejar el caldo de cultivo preparado para igualar a los italianos en cuanto a la crudeza del cine —y de la cultura en general— fue Margaret Thatcher. Gracias a ella el cine social se puso a la altura de las circunstancias. Inglaterra pasó la década de los 80 sumida en una depresión económica —y también moral—, la cual es retratada de manera lúgubre y gris en las representaciones de la sociedad inglesa. Incluso hoy en día hay personas que todavía recuerdan a Margaret Thatcher y le rinden homenaje.

Dentro de esta perspectiva, Bong Joon-ho nos muestra en Parásitos (2019) una Corea del Sur sumida en la diferencia de clases. Podríamos suponer que la lucha de clases es cuestionable o creíble, pero la diferencia de clases es innegable. Hay un elemento clave que hace que esta diferencia social de clases (actualmente sumergida en el posmodernismo) funcione: a la clase obrera lo que le preocupa constantemente es la falta de tiempo; a la clase alta, el dinero. 

La violencia no solamente se muestra de manera física. Vemos una familia trabajando desde casa en una cadena de montaje preocupada por no tener una conexión wifi decente; otra, preocupada por no sacar adelante el ingenio artístico del portentoso hijo pequeño de la familia por medio de clases particulares privadas (mal llamado aburrimiento, algo, por otro lado, que la clase media no ha llevado nunca muy bien).

Una clase retroalimenta a la otra: donde lo que importa para unos es el tiempo, concepto que es subjetivo y relativista, para otros, es el dinero, concepto más objetivo y materialista. En resumidas cuentas, lo que debería preocupar a uno lo tiene el otro, y viceversa. En esta mezcolanza de atributos, el capitalismo defendería que esta diferencia social es natural y además es solventada por el intercambio de bienes comunes y materiales.

Pier Paolo Pasolini

Sin embargo, Bong Joon-ho recurre a la resolución del conflicto por medio de la violencia, donde la burguesía y el proletariado (en ausencia de una clase media que parece desmantelada) son sujetos incapaces de entenderse entre sí. Resulta evidente que la familia pobre de la película parasita a la rica, pero la idea es darse cuenta totalmente de lo contrario. La edulcoración de estos opuestos hace cada vez menos visibles las luchas simbióticas entre clases, y en resumen, que importen menos al espectador de clase media, quien se encuentra según su juicio «teóricamente» igual de alejado de ambas clases.

A medida que se discute sobre la lealtad del asunto de la lucha de clases, el tercer punto de la tríada en la industria audiovisual lo aporta de manera muy inteligente lo que anteriormente definía Pasolini como «la sociedad de consumo». Pasolini pensaba que ésta llegaría a ser el más extremo de los totalitarismos, pues lo tiene fácil: a diferencia de lo que ambas clases sociales aspiran a alcanzar, lo tiene todo a su mano. Tanto el dinero como el tiempo. La sociedad de consumo: testifica a los espectadores (ej: cancelando series a destiempo), modifica la estética visual en aras de producir mayor ingresos en cuanto a merchandising (Star Wars vs Lego), alarga obras literarias cerradas añadiendo fantasía y excesiva duración a las adaptaciones (El Hobbit), hace que las plataformas digitales sean accesibles 24 horas, y pasados los años y las décadas, pero no la posición social, reanuda remakes y continuaciones sin sentido alguno.

Como el ángel seductor que recorre Teorema, ambas clases serán perjudicadas por la sociedad de consumo, y las únicas entidades ganadoras dentro del posmodernismo audiovisual, serán las multinacionales y las grandes compañías.

«La burguesía no es una clase social, es una enfermedad contagiosa». Pier Paolo Pasolini



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Texto de Adolfo M. Rodríguez | © laCiclotimia.com | 27 junio, 2020
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Texto de Adolfo M. Rodríguez
© laCiclotimia.com | 27 junio, 2020

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