Puliendo el cristal
| Un acercamiento a la trilogía superheroica de M. Night Shyamalan

El cineasta retoma la clásica temática del encuentro realidad-ficción, bebiendo tanto del formato como de las historias propias del cómic.

En realidad, creo que a todos nos gustan las soluciones fáciles.

Como en aquel episodio de Los Simpson en el que Homer y Bart hacían todas las tareas del hogar usando petardos. Lógicamente no era la mejor estrategia del mundo, aun menos si se trataba de limpiar un cuarto, pero a la hora de desencajar un cajón iba como la seda, incluso con la poca sutileza de la técnica. Y es que, si algo funciona una vez, no hay ninguna razón para no seguir usándolo continuamente. Más aun en tiempos que demandan una respuesta rápida por encima de una válida sin importar el calibre o el tipo de problema que se plantea.

Suponemos que su sentido tendrá, dado que el mundo sigue girando pese a todo, pero en este frenético proceso de satisfacción de demandas algunos se preocupan por la pérdida de prestigio de aquellos que invierten gran parte de su tiempo en la búsqueda de la calidad. Figuras como la del artesano, renegado a la exclusividad, cuya intención no es crear muchas obras para todo el mundo sino la de configurar todo su mundo en unas pocas obras

M. Night Shyamalan lleva desde los 22 años siendo un artesano dentro del negocio del cine.

De origen hindú, pero con los pies arraigados en Philadelphia, se ha caracterizado por una gran inteligencia y meditación a la hora de abordar sus proyectos. Siguiendo la estela de maestros como Spielberg, capaces de crear obras con una marcada personalidad, pero no por ello carentes de interés comercial, Shyamalan se ha esforzado en construir una visión muy concreta y precisa de sus películas, con el fin de otorgar una intencionalidad pura a cada una dentro de su trayectoria como narrador y como persona. Porque para él, el cine no responde tan solo a un trabajo o un entretenimiento, sino que le supone la única vía válida por la que expresar determinadas inquietudes y pensamientos. Algo compartido por muchos artistas, que lo llegan a entender como una necesidad innata en ellos. Así, y a lo largo de los años, este joven director se ha visto obligado a hacer constantes ejercicios de exploración de sus cambiantes motivaciones para llegar a conocerlas en profundidad, como también ha tratado de adquirir un marcado e intenso entendimiento del vocabulario propio del séptimo arte para poder ir dándole forma a su trabajo. Todo esto, traducido en alguien que siempre ha sabido lo que quiere de su obra. Qué es lo que quiere contar y cómo quiere contarlo. Un virtuoso, en definitiva, del fondo y la forma de la narración.

El fondo

Tras el éxito mundial y el soplido de aire fresco para el género de terror que supuso El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), Shyamalan le planteó a su amigo y benefactor, Bruce Willis, una historia que llevaba tiempo dándole vueltas a la cabeza. La historia de un hombre que, tras sobrevivir a un cruento accidente de tren, empieza a plantearse su propia indestructibilidad y su identidad como superhéroe. El protegido (M. Night Shyamalan, 2000) materializaba esa idea en una obra que bebía directamente de las influencias del cómic y las historietas clásicas de superhéroes para después mezclarlas con la cotidianidad de la familia, el trabajo o la enfermedad.

En ella David Dunn, nuestro hombre indestructible encarnado por Bruce Willis, es alguien difuminado en una sociedad terriblemente corriente, donde ni su matrimonio ni la relación con su hijo consiguen llenar el profundo vacío que siente. Caracterizado irónicamente por una enorme amargura nacida de su inconsciencia, este héroe irá despertando a medida que su contrapartida, el misterioso Elijah Price (Samuel L. Jackson), le va otorgando las pruebas de su poder oculto. Y es que Elijah, experto en comics y nacido con la rara enfermedad de la osteogénesis imperfecta, opina que su frágil existencia, basada en las fracturas y el dolor, solo cobraría sentido de existir alguien en el extremo opuesto: aquel que no enferme, no decaiga y no se rompa.

El protegido cuenta con una estructura narrativa especial, abordando tan solo el primer acto de esta clase de historias, normalmente centrado en la adquisición de los superpoderes por parte del héroe. Sin embargo, aquí el héroe no se forma cuando consigue sus habilidades extraordinarias, sino cuando este las acepta tras largo tiempo reprimiendo su propia excepcionalidad. Así, esta película consigue hablarnos en muchos sentidos de la búsqueda de la identidad y del lugar que ocupamos en este mundo. Donde a veces, nuestro verdadero potencial es tanto un misterio para nosotros mismos, como un secreto compartido entre unos pocos.

Haciendo un paralelismo con su protagonista, se nos plantea una película con un ritmo memorable que se permite explorar diferentes géneros: el thriller, el terror, el suspense, la ciencia-ficción e incluso la comedia, para centrarlos en el estudio del trauma.

Tuvieron que pasar 16 años para que Shyamalan, tras varios y repentinos cambios en sus motivaciones a la hora de hacer películas, retomase los intereses que dieron inicio a su carrera. Así, Múltiple (M. Night Shyamalan, 2017) se nos revela de manera inesperada como respuesta indirecta a esa génesis del héroe que era El protegido, al adentrarse en los elementos que darían paso al nacimiento de su reverso. Desde una perspectiva completamente diferente, Shyamalan nos cuenta cómo Kevin Wendell Crumb (James McAvoy), un joven que ha sufrido abusos durante años, escinde su ser en 24 personalidades diferentes, cada una de ellas con sus propias características no solo mentales sino también físicas. Un diseñador de moda, una joven diabética, un escrupuloso secuestrador, un niño de 9 años… todos conviven en el cuerpo de Kevin hasta que la presión del día a día impulsa a sus personalidades mas radicales a tomar las riendas, convencidas de que la única manera de traer de nuevo el equilibrio y la justicia a la vida de Kevin es despertar a La Bestia: una monstruosa personalidad con las características del animal más feroz, sedienta de la sangre de aquellas personas que nunca han sufrido.

Haciendo un paralelismo con su protagonista, se nos plantea una película con un ritmo memorable que se permite explorar diferentes géneros: el thriller, el terror, el suspense, la ciencia-ficción e incluso la comedia, para centrarlos en el estudio del trauma. Esa experiencia vital dolorosa, que une mediante lazos invisibles a quienes la sufren; entendida como la mayor fuente de fortaleza de una persona pero también de sus facetas más crueles y despiadadas. El trauma, pues, como semilla y motor de las motivaciones de un villano.

Todos estos personajes culminarán en GLASS (M. Night Shyamalan, 2019), el cierre de la trilogía, al encontrarse cara a cara en el Hospital Psiquiátrico Raven Hill, donde la Dra. Staple (Sarah Paulson), especializada en personas que se creen superhéroes, tratará de convencerles de que sus habilidades no son reales, sino ilusiones fruto de un grave trastorno mental.

En esta última reiteración de los temas que hicieron grandes y distintivas sus obras (más aun en el panorama actual), el director se empeña en remarcar la singularidad y lo marginal de sus personajes, quizás con una menor sutileza que antaño, a través de la construcción de un mundo mediocre, poblado por personas dormidas ante lo extraordinario. Haciendo de nuevo especial hincapié, como en muchas de sus otras películas, en la familia como ese punto de apoyo esencial, capaz de otorgar la suficiente confianza en uno mismo para llegar a evidenciar que a veces creer es equivalente a poder.

La forma

Centrándonos en el cómo de esta narración, Shyamalan se ve primero en la obligación de construir un estilo concreto para su obra. Y dado que esta se adentra en el mundo de los héroes y los villanos, decide cimentarla, mediante un ejercicio prodigioso de adaptación, en el formato propio de los comics.

El protegido, como mayor prueba de ello, contiene, por ejemplo, numerosas escenas de larga duración y sin cortes con tal de crear un ritmo concreto que se deleita en la solemnidad de determinados momentos. Asemejándose a esa cadencia en la lectura que una novela gráfica requiere per se. Estas escenas están a su vez perpetradas por movimientos de cámara que van mostrando y ocultando la información precisa, en lo que también juega un papel importante, verdaderamente simbólico, el encuadre. Una herramienta capaz tanto de resaltar mediante planos simétricos la dualidad de un mundo —el bien y el mal (1.1)—, como de ofrecernos millares de sutiles planos con cuadros dentro de cuadros para delimitar áreas del espacio, al más puro estilo de las viñetas de un tebeo (2.1; 2.2; 2.3; 2.4; 2.5; 2.6; 2.7).

Aunque si hay una característica que une y da sentido a todas las obras de esta trilogía es el excelente tratamiento del color.

Porque, al igual que en los comics, Shyamalan presenta a sus personajes como auténticos símbolos de los valores que representan. Símbolos que son comprimidos al máximo y expuestos de manera puramente elemental al asignarles a cada uno un color característico (3.1): Así, el verde, como color asociado a la naturaleza, a lo que crece, es el propio de David Dunn (3.2). El hombre indestructible. El Protector de la vida. El morado, clásicamente conocido como el color de la nobleza y la majestuosidad, es asignado a Elijah Price (3.3). Don Cristal. El que maneja los hilos. Y el amarillo, color participe en muchos cultos y religiones, es el color de La Bestia (3.4). El profeta que liberará al mundo de los impuros.

Pero este tratamiento, cabe mencionar, no se limita tan solo a los personajes, dado que también llega a abarcar determinados ambientes. Por ejemplo, en GLASS, en la escena donde los protagonistas comparten escenario por primera vez, la sala es de color rosa (4.1). Una mezcla entre el vibrante rojo y el simple blanco. Lo cual cobra especial sentido al observar cómo en esa sala la Dra. Staple, que luce un aburrido y mediocre vestido gris (4.2), intenta convencer a estos superhumanos de que sus impactantes habilidades no son reales. Haciendo así que todo aquello que les hace únicos, especiales, poco a poco se vaya difuminando.

M. Night Shyamalan ha trabajado esta trilogía concienzuda y minuciosamente como el mejor de los vidrieros. Al partir de sujetos aparentemente simples que, tras ser expuestos a un largo, detallado y candente proceso dramático, son insuflados con ese fresco asombro ante el descubrimiento que siempre ha caracterizado y renovado el sentido de sus obras.

Una vez determinado el estilo de la historia y el mundo que se va a explorar, es necesario definir la perspectiva concreta desde la cual se va a observar. Para ello, Shyamalan se vale mucho de la creación de personajes «cómplices» de los protagonistas. Sin ir mas lejos, Casey (Anya Taylor-Joy), una de las chicas secuestradas por las personalidades malvadas de Kevin, se nos presenta como un punto de conexión con el protagonista, al formar parte de su mismo mundo de opresión y dolor, en el que tanto abunda ese amarillo del que antes hemos hablado (5.1; 5.2.1; 5.2.2). Además, el director juega con el enfoque y la composición de cada plano que protagonizan, intentando resaltar la marginalidad, la introspección y aislamiento que los caracteriza. Separándolos y diferenciándolos de todos aquellos que, como diría La Bestia, «no son puros» (6.1; 6.2; 6.2.1).

Sin embargo, a la hora de desarrollar a David Dunn, un personaje perdido en su mundo, Shyamalan necesitaba un punto de vista lo suficientemente empático que permitiese ese acompañamiento y sorpresa a lo largo de su anagnórisis (o descubrimiento de uno mismo). Por lo que siempre procura mostrárnoslo desde los inocentes ojos de su hijo Joseph (7.1; 7.2), los cuales, en ocasiones, adoptan esa perspectiva invertida, extraña, necesaria para poder discernir lo excepcional entre lo mundano (8.1; 8.2). Una capacidad también compartida por el mismísimo Elijah (9.1), presentado como aquel prisionero liberado por el cómic (9.2; 9.3), y cuyos ojos, en palabras de su querida madre, son los mas grandes de todos, insinuando una perspectiva sesgada de su visión del mundo (9.4).

En definitiva, M. Night Shyamalan ha trabajado esta trilogía concienzuda y minuciosamente como el mejor de los vidrieros. Al partir de sujetos aparentemente simples que, tras ser expuestos a un largo, detallado y candente proceso dramático, son insuflados con ese fresco asombro ante el descubrimiento que siempre ha caracterizado y renovado el sentido de sus obras.

El descubrimiento en este caso, como una experiencia introspectiva y fascinante, pero a la vez afilada y quebradiza, cual trozos de cristal. Capaces de reflejar esos ocultos recovecos de nuestro ser que (10.1; 10.2; 10.3), ante la satisfecha mirada de aquellos que nos dieron su plena confianza, ahora brillan con más fuerza (10.4).




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Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 7 junio, 2020
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Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 7 junio, 2020

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