Películas que alteran los sentidos
| Distorsionar nuestra percepción cambia nuestro enfoque

Nos relacionamos con nuestro entorno mediante más de los cinco sentidos que proclama la cultura general. Su falta o exceso lleva a la maquinaria biológica humana a reinventarse para seguir funcionando dando lugar, a menudo, a historias dignas de película.

Tradicionalmente, en la escuela se nos enseña que existen cinco sentidos: vista, oído, tacto, olfato y gusto. Y todos ellos se han utilizado para construir puestas en escena cinematográficas curiosas o bien como metáforas de fenómenos todavía más poderosos o incluso generalizados en la especie humana y su modo de relacionarse con la vida y con la sociedad. Pero tenemos, según ciertos neurólogos, decenas. Muchos, en realidad, no se consideran más que especificaciones de los ya mencionados, como es el caso de la termocepción, una función propia del tacto que, al igual que percibimos el frío o el calor en el exterior porque las moléculas de aire o agua en el ambiente entran en contacto con nuestra piel y sus terminaciones nerviosas, envían un mensaje a nuestro cerebro. Hay otros sentidos de los que nos puede resultar más abstracto hablar, pero para ellos abriremos este listado con una recomendación muy encarecida: un documental único que homenajea a un ser humano excepcional, a un neurólogo imprescindible en el camino de una aplicación científica con corazón.

Oliver Sacks: una vida (Ric Burns, 2019)

Estados Unidos, 2019 | Dirección: Ric Burns | Título original: Oliver Sacks: His Own Life | Género: Documental | Productora: Steeplechase Films | Fotografía: Buddy Squires | Edición: Chih Hsuan Liang, Tom Patterson, Li-Shin Yu | Música: Brian Keane | Reparto: Oliver Sacks | Duración: 111 minutos | Disponible en Filmin


De entre estos sentidos que no se nos suelen explicar en la escuela, resulta especialmente importante la propiocepción: la noción de tener un cuerpo con unos miembros, ubicado en un espacio y en una postura, a lo que contribuye el sentido del equilibrio; en otras palabras: saber dónde tenemos la espalda y dónde el brazo o la uña del meñique del pie izquierdo y sentir esas partes. También está la interocepción (sentimos hambre o lumbalgia porque somos conscientes de nuestros órganos, de nuestros discos intervertebrales, etcétera); pese a que el sentir dolor propiamente dicho es lo llamado nocicepción —recordaréis a aquel matón gigantesco, privado de ese sentido, en la miniserie sueca Millennium que sintetizaba la trilogía de Stieg Larsson, con Noomi Rapace al frente—. Y la noción de la ubicación temporal no es menos importante (cronocepción). Todos ellos son indispensables para identificar el yo, en su contenedor de carne y su relación con el exterior y con el paso de los años y las vivencias. Para lo que, además, es indispensable la memoria. En este campo, es muy interesante la obra del tremendamente empático y creativo neurólogo Oliver Sacks, autor de varios libros de divulgación científica a modo de relatos como los célebres Despertares (Oliver Sacks, 1973), que derivó en la película protagonizada por Robin Williams y Robert De Niro (Penny Marshall, 1991); o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Oliver Sacks, 1985).

Este maravilloso documental surge de la necesidad del propio científico de narrar su vida, sus experiencias, la soledad que sufrió durante años, el rechazo a su homosexualidad en el seno de la propia familia. Es un relato de decadencia y reconstrucción propia, autosalvación mediante una fuerza de voluntad y un espíritu de lucha férreos. Nos abre el corazón y su intimidad un hombre enfermo terminal, aún en posesión de sus facultades mentales y sabedor del poco tiempo que le queda y que, aún así, exprime para seguir abogando por la desestigmatización de las personas a cuya salud mental y emocional dedicó su longevidad. Es el retrato que merecía un ser amable y divertido que firma ríos de tinta con muchas de las palabras más sensibles y empáticas que podréis leer en relación a la investigación de alteraciones raras de la conciencia, de los sentidos, funcionamientos atípicos del cerebro. Un médico que, sobre todo, colocaba la calidad de vida de sus pacientes por encima del etiquetaje como enfermo: abogaba por el vivir alrededor de eso que se padece, en lugar de ubicarlo en el centro de la vida. Luchó por desestigmatizar la rareza sufrida por aquel cerebro que podría estar generando touretismos espectaculares o soeces, o incluso alucinaciones no necesariamente propias de una esquizofrenia, y se preocupaba por reconfortar a esos pacientes con un «no se preocupe, usted no está loco: tan solo padece tal o cual síndrome». Esta obra fue una de las joyas más valiosas en el pasado Brain Film Fest 2021.

Sound of Metal (Darius Marder, 2019)

Estados Unidos, 2019 | Dirección: Darius Marder | Título original: Sound of Metal | Género: Drama | Productora: Caviar Films (Distribuidora: Amazon Prime Video) | Guion: Darius Marder, Abraham Marder (Historia: Darius Marder, Derek Cianfrance) | Fotografía: Daniël Bouquet | Edición: Mikkel E.G. Nielsen | Música: Nicolas Becker, Abraham Marder | Reparto: Riz Ahmed, Olivia Cooke, Paul Raci, Mathieu Amalric, Tom Kemp, Bill Thorpe, William Xifaras, David Arthur Sousa, Michael Tow, Marisa Defranco, Lauren Ridloff, Jamie Ghazarian, Chris Perfetti | Duración: 120 minutos | Disponible en Amazon Prime Video


Una historia que utiliza la súbita sordera para hablar de cuánto sobra la mayoría del ruido que hacemos y cuánto intenta ocultar, distraernos de lo que guardamos en el interior bajo siete llaves y nos aterroriza confrontar y resolver. Habla de dependencias muy arraigadas, de traumas infantiles que arrojan a la adicción en la vida adulta. Habla de desapego y de cómo aferrarse a un binomio puede ser tan tóxico como aferrarse a una comunidad con ciertos patrones sectarios. Concluye que hay que aprender a saber estar a solas con uno mismo y también es necesario saber alejarse del hiperestímulo y conquistar el disfrutar del silencio y la quietud que pueden incluso ser engañosos, haciéndonos creer que unos gritos son de rabia y no de júbilo. Un lema alternativo podría haber sido Enjoy the Silence, que decían los Depeche Mode.

De nuevo, una gran obra cinematográfica utiliza una aparente merma perceptiva que no tiene por qué ser vivida como una minusvalía ni una discapacidad. De nuevo, el verdadero texto no es sobre la desaparición de una herramienta, ni sobre un agujero, sino sobre una ventana que nos sitúa cara a cara con un problema largo tiempo ignorado expresamente. Puesto que en su día ya ofrecimos un análisis pormenorizado de esta magnífica obra merecedora de esos seis Óscar a los que aspira, solamente cabe recalcar el gran peso con que carga Riz Ahmed en una interpretación que conmueve profundamente. Y la afectación de su mirada es tan real que al final del filme sus ojos siguen hablando como un libro abierto.

| CRÍTICA COMPLETA |

No respires (Fede Álvarez, 2016)

Estados Unidos, 2016 | Dirección: Fede Álvarez | Título original: Don’t Breathe | Género: Thriller, Terror | Productora: Sony Pictures Entertainment (SPE), Ghost House Pictures, Good Universe, Stage 6 Films. Productor: Sam Raimi | Guion: Fede Álvarez, Rodo Sayagues | Fotografía: Pedro Luque | Edición: Eric L. Beason, Louise Ford, Gardner Gould | Música: Roque Baños | Reparto: Jane Levy, Dylan Minnette, Stephen Lang, Daniel Zovatto, Sergej Onopko, Jane May Graves, Katia Bokor, Christian Zagia, Emma Bercovici, Brak Little, Michael Haase, Franciska Töröcsik | Duración: 88 minutos | Disponible en Netflix, Movistar +


Una de esas obras de terror aparentemente sencillo que, en realidad, es una lección magistral de cómo, no solo revertir el género home invasion, sino, además, convertir cada minuto de metraje en una contractura de tensión en nuestro cuerpo. Unos jóvenes planean el robo perfecto en casa de un señor de entre cincuenta y sesenta años invidente que vive solo en un caserón. Lo que ellos no saben es que es un ex marine y que el entrenamiento militar especial es algo orgánico que recuerda cada fibra del cuerpo que les van a dar la del pulpo, pero encima aterrorizándolos antes. Porque el despliegue de estrategias de acecho y sorpresa de este señor es digna de un vietcong oculto bajo túneles secretos. Además de que el depredador juega en casa, tiene un Can Cerbero que ni el de la mitología griega. Y por ahí van los tiros en cuanto al imaginario de la película: una de las bazas bien jugadas en los sustos y giros argumentales del filme es que el único escenario necesario es una casa laberíntica que no solo evoca al minotauro o, mejor dicho en este caso, al cíclope, sino también a las mansiones encantadas de toda la vida. Encima, aquí los monstruos, aparte de ser tangibles, son los buenos: se saben con derecho a la legítima defensa. O eso parece, hasta llega un punto en que el hilo argumental se pasa ya de retorcido, y no salimos del suspense.

En lo subtextual, se puede interpretar inicialmente una crítica a las nuevas generaciones que parecen no comprender ni respetar a los mayores y veteranos de guerra que tan bien considerados estaban en épocas anteriores. Pero en realidad  abarca desde un no a las armas en un país que vive en la paranoia de la omnipresencia terrorista desde el 11S, pasando por la desproporción de las reacciones militares de los EUA, hasta el mero hecho, y más general, de cómo la sociedad nos puede cegar de rabia y volvernos violentos. Es como ir a tocarle las narices a un Rambo harto de guerra y esperar que no vuelva a dedicarse a lo único que sabe. Porque este señor, no es solo un cíclope: su físico, sus facciones y sus ojos blancos nos pueden incluso recordar a un Odín al que más vale venerar desde lejos, porque se puede despertar sediento de guerra y de razzias para perpetuar su prole. Aunque todo pueda sugerir que se va a tratar de una de esas películas condenadas a la fotografía oscura que le entorpece el visionado a un espectador sumido en el renegror, la historia sabe escoger las horas de una acción que se va a ver más favorecida por la iluminación solar filtrándose por rendijas en ventanas y puertas que dotan de tonos amarillentos y azulados como los rostros de los ladrones pillados in fraganti y con el susto en el cuerpo.

Perfect Sense (David Mackenzie, 2011)

Reino Unido, 2011 | Dirección: David Mackenzie | Título original: Perfect Sense | Género: Drama, Romance, Ciencia ficción | Productora: Coproducción Reino Unido-Alemania-Dinamarca; BBC Films, Zentropa Productions, Scottish Arts Council Lottery Fund, Det Danske Filminstitut | Guion: Kim Fupz Aakeson | Fotografía: Giles Nuttgens | Edición: Jake Roberts | Reparto: Ewan McGregor, Eva Green, Connie Nielsen, Ewen Bremner, Stephen Dillane, Denis Lawson, Anamaria Marinca | Duración: 88 minutos


Película escocesa que ha sido muy revisitada —y repuesta en plataformas— por ser casi vaticinadora de la pérdida de olfato (así como de la alteración que eso provoca en el gusto) a consecuencia del coronavirus. Al igual que A ciegas (Fernando Meirelles, 2008), se inspira en la novela distópica Ensayo sobre la ceguera (José Saramago, 1995), pero prescinde de todo lo sórdido y cruel del homo homini lupus ahí narrado en favor de un relato más nostálgico y preciosista que quizás abusa un poco de la voz en off de aire trascendental. En cuanto a la muerte súbita de la pituitaria, el argumento no queda ahí: el girito adicional de este filme es que concibe el fin del mundo como la paulatina desaparición de los sentidos. En este caso, el apocalipsis sirve de excusa para apremiar a dejar atrás de una vez el pasado y la sensación de crisis de los cuarenta, ese «vivir atrapados en el retrovisor de la vida» que salía a relucir en la reciente crítica de Otra ronda (Thomas Vinterberg, 2020) en este mismo medio, para devorar y sobre todo, sentir el presente con intensidad. Invita al aprecio de lo valiosos que son nuestros cinco sentidos (los cinco tradicionales) mientras podamos contar con ellos, pues el verdadero final es la total desconexión sensorial y sensitiva con nuestro entorno. Viene a predicar que mientras podamos notar el tacto del ser amado o deseado, conservaremos cierto consuelo y apego a la vida: no estará todo perdido y mejor cerrar el chiringuito en brazos que valgan la pena.

Ella, Eva Green, epidemióloga de carácter taciturno; él, Ewan McGregor, jovial chef de un restaurante de calidad (sanitarios y hosteleros: parece escrita ahora mismo, ¿verdad?). El oficio de cada cual, además, tendrá gran valor semántico en relación al conflicto interno de cada uno (el trastorno alimentario en el pasado de ella, y la oportunidad de cuidar y redimirse para él). Ambos gozan de reconocimiento en su trabajo, y este parece ser lo más importante para ellos, pero también es el pilar al que se aferran para refugiarse de sus heridas sentimentales del pasado. También fuman, hecho que les sirve para romper el hielo y conocerse.

La epidemia que lleva a la pérdida progresiva de los sentidos será el ​conflicto externo de los protagonistas. Un conflicto propio del género de ciencia ficción marcado por sus respectivas profesiones, desde las cuales Susan y Michael van a lidiar con la tragedia que les ha tocado vivir. Y él, como tantos bares y restaurantes hoy en día, tendrá que ser creativo para reinventar el negocio, irse readaptando a las diferentes fases perceptivas de un consumo tan puramente sensorial. Para ilustrar esas carencias en la percepción de los protagonistas, esta es una obra altamente olfativa para el espectador. El retrato de la comida es casi pornográfico, haciendo que inevitablemente evoquemos en nuestra memoria todos esos aromas más agradables o agresivos (como puede ser el pescado fresco) y que paladeemos los alimentos impecablemente fotografiados. Un recurso que también se utiliza en la siguiente película, aspirando al mismo efecto sugestionador del público, pero poniendo el foco en el efecto olfativo diametralmente opuesto.

El Perfume. Historia de un asesino (Tom Tykwer, 2006)

Alemania, 2006 | Dirección: Tom Tykwer | Título original: Das Parfum – Die Geschichte eines Mörders | Género: Thriller, Intriga, Drama | Productora: Coproducción Alemania-Francia-España | Guion: Andrew Birkin, Bernd Eichinger, Tom Tykwer.  Novela: Patrick Süskind | Fotografía: Frank Griebe | Edición: Alexander Berner | Música: Reinhold Heil, Johnny Klimek, Tom Tykwer | Reparto: Ben Whishaw, Alan Rickman, Rachel Hurd-Wood, Dustin Hoffman, Sara Forestier, Karoline Herfurth, Simon Chandler, David Calder, Sian Thomas, Michael Smiley, Franck Lefeuvre, Sam Douglas | Duración: 147 minutos | Disponible en HBO


Una de las observaciones interesantes que solía hacer Oliver Sacks es que tendemos a catalogar únicamente las mermas como síntoma de fallos de nuestra maquinaria biológica, pero no solemos preocuparnos cuando nuestra percepción está más afinada o intensa de lo habitual. Quizás se deba a que la literatura del cómic y el cine nos han amaestrado con la fantasía deseable de lo superpoderes heroicos. Bien, pues en la vida real es bien sabido que hay personas que cuentan con un oído o vista privilegiadas, pero poco se habla sobre la navaja de doble filo que puede ser la hiperosmia, una alteración del olfato que a menudo solamente asociamos con las embarazadas. Hablamos de la condición de tener ese sentido extremadamente desarrollado, convirtiendo a su poseedor tanto en privilegiado para inundarse poderosamente en los aromas sutiles y deliciosos, pero… es una cruz para quien viva en el radio de una fábrica de celulosa, tenga vecinos asiduos en la cocción de brécol o tenga la desgracia de cruzarse con amantes de los perfumes caros y de presencia persistente. Situaciones que pueden llevarle a las náuseas e incluso a enfermar.

Es el caso de Grenouille, ser desgraciado, miserable y de repulsión nata que retrata la novela de Patrick Süskind y que el director alemán tras la noventera icónica Corre, Lola, corre (Tom Tykwer, 1998) y La princesa y el guerrero (Tom Tykwer, 2000) aprovechó para recrearse en un ejercicio de contraste entre la belleza y la fealdad que habría satisfecho a Cranach El Viejo. Aunque las adolescentes pelirrojas plasmadas por el germano aluden más a la armonía de Klimt y a Waterhouse, sobre todo al romanticismo de este último. Quizás por eso este noir de época, pese a no estar nada mal, puede saber a poco si has leído la novela original: y es que, pese a todo el detallismo estético, para quienes aprecian ese libro, es muy reprochable la sensación de ese final fílmico tan tremendamente dulcificado, quizás en un arrebato compasivo de Tykwer para con el pobre engendro, abandonado desde el nacimiento, corrompido por una inexistencia social fruto de sus nulas feromonas y adicto a embeberse de todo olor ajeno. De ahí que, como decíamos, la cámara se deleite en poner en imágenes palpables todo tufo y aroma.

Forgiveness (Alex Kahuam, 2021)

México, 2021 | Dirección: Alex Kahuam | Título original: Forgiveness | Guion: Alex Kahuam | Fotografía: Diego Cacho | Edición: Alex Kahuam | Reparto: Laura de Ita, Alejandra Toussaint, Diana Quijano, Alejandra Zaid, Horacio Castelo, Andres De La Mora, Alberto Trujillo, Saúl Mercado, Jessica Ortiz, Diego Garza, Santiago Mejia | Disponible: Próximamente


La productora de terror Black Mandala, habitual participante en el festival de Sitges, adquiría recientemente este largometraje de Alex Kahuam, a quien entrevistábamos, precisamente, con motivo de su presentación del cortometraje Red Light (2019), protagonizado por Ted Raimi, en dicho certamen.

Tres mujeres se despiertan misteriosamente en un hospital y descubren que una está sorda, la otra muda y la otra ciega; su objetivo será averiguar por qué están allí y cómo abandonar un espacio cada vez más hostil. De nuevo la afección sensorial es variada, para aumentar la vulnerabilidad de las protagonistas. Porque, precisamente, la intención en el uso de la pérdida repentina de esas facultades, en este caso, es la de generar malestar, aterrorizar. Y a la vez, reflejar la pérdida de poder que se experimenta cuando no se controla el propio cuerpo, la ubicación en el entorno —que además es extraño— y los personajes pueden permanecer ajenos a un peligro que acecha. Tanto peor si, en realidad, se intuye esa presencia maligna pero la nueva situación paraliza, genera impotencia y expone a un riesgo superlativo.

Kahuam es un acérrimo defensor de no mover la cámara a menos que sea estrictamente necesario y no hace falta que se confiese admirador de Winding Refn —que lo hace— para que eso se palpe en su uso de las luces de neón en la narración de las violencias. De hecho, esta historia está íntimamente ligada con la denuncia de los abusos y agresiones que reciben las mujeres. La intención no es recrearse en el sufrimiento de ellas sino, más bien, torturar al espectador poniéndole en la piel de ellas: el terror de Kahuam tiene preocupaciones sociales. Eso no impide que, ya en el tráiler, puedan apreciarse unos tintes muy giallo totalmente intencionales. Dario Argento es otro de sus referentes declarados, también por las posibilidades que una corriente así ofrece a proyectos de presupuestos más modestos como este, y para la ocasión, el cineasta combina ese gusto por el pionero italiano con tintes más surrealistas igualmente inquietantes.




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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 25 abril, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 25 abril, 2021

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