Paul Newman
| Elegancia y filantropía

Una leyenda del séptimo arte de carrera longeva que vivirá para siempre gracias a sus inolvidables interpretaciones y sus impenetrables ojos azules. Repasamos su obra, llena de filmes para el recuerdo y personajes únicos.

Ya Kirk Douglas en sus memorias —El hijo del trapero (1988)— llegó a decir que mantenerse en la industria de Hollywood ya fueras actor o director es como hacerlo dentro de un tranvía que baja a toda velocidad una empinada cuesta y en la que hay codazos por entrar, salir y/o mantenerse. La figura de cuya efeméride nos hacemos eco tiene bastantes puntos en común con la de Douglas, y si bien este primero era considerado por los que rodaban con él como más fuerte físicamente, la habilidad física que Newman muestra en películas como El premio (Mark Robson, 1963) o en Marcado por el odio (1956) de Robert Wise —con el que repitió en 1957 en aquella deliciosa película ambientada en Nueva Zelanda, Mujeres culpables) no le va a la zaga, al menos en un principio. 

Junto a Robert Redford.

Su debut en el cine con la bíblica El cáliz de plata fue en 1954, una cinta de Victor Saville que fue recordada como la peor de su década por la crítica. En 1956 comenzaría un largo periplo de películas sobre espías, género para el que los directores de casting de la época le debieron ver como futurible estrella. Con el director de Casablanca (1942), Michael Curtiz rodaría también un musical con Ann Blyth, Para ella un solo hombre en 1957. Y llegó 1958 con cuatro películas que supondrían un máster de interpretación antes de licenciarse en interpretación en Yale: La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958) donde interpretaba a un atleta en horas de alcoholismo, hijo pródigo de una familia adinerada, basada en la obra de teatro de Tennessee Williams; El zurdo (1958), película de culto de Arthur Penn y revisión de la leyenda de Billy The Kid; El largo y cálido verano (1958), primera colaboración con Martin Ritt —con quien Woody Allen haría muchos años más tarde La tapadera (1976)— y la comedia Un marido en apuros (Leo McCarey, 1958). El hecho de quedar prendado de los encantos de Joanne Woodward en El largo y cálido verano le permitió ganarse el favor de esta más veterana actriz, con la que se acabaría casando y a la que fue fiel, popularizándose su frase a la hora en que otros actores salieran a ligar, en la que decía que, teniendo filete en casa, no necesitaba salir a comer hamburguesas de peor calidad, ganándose así al público femenino para siempre.

Los años 60 y 70 serían los más prolíficos tanto por su respetuosa relación con Woodward como por el hecho de aparecer dentro del cine de perdedores que tanto nos gusta.

En Marcado por el odio, donde interpretó a Rocky Graziano.

Tras su paso por Yale, lleva a Broadway su primera versión teatral de Dulce pájaro de juventud en 1959, que rodaría de nuevo con Richard Brooks sobre el texto de Williams, esta vez con Geraldine Page, en vez de con Elizabeth Taylor.

Los años 60 y 70 serían los más prolíficos tanto por su respetuosa relación con Woodward —Desde la terraza (Mark Robson, 1960)— como por el hecho de aparecer dentro del cine de perdedores que tanto nos gusta en dos obras cumbre: El buscavidas (1961), pequeña película de Robert Rossen que obtuvo poca taquilla, pero que con los años adquirió fuerza convirtiéndose en obra de culto, llegando Martin Scorsese a aprovecharse de la solvencia de su elegante personaje en la más irregular El color del dinero (1986); y por otro lado El golpe (1973), con el que se cuajaría otro dúo interpretativo interesante esta vez con Robert Redford, que empezó a fraguarse en Dos hombres y un destino (1969), ambas dirigidas por George Roy Hill, con el que también rodaría en 1977 la divertidísima y mucho más redonda El castañazo. A reivindicar de la década de los ochenta sería Ausencia de malicia (1981), película sobre el muy sui géneris papel de la prensa en la sociedad de la época, que fue dirigida por Sydney Pollack, y en la que Newman era un ser más oscuro o menos simpático de a lo que nos tenían acostumbrados los estudios. Veredicto (1982) de Sidney Lumet, con guion de David Mamet, es otro ejemplo de este cine de denuncia realizado esta vez al poder judicial.

En los 90 vinieron los papeles principales en Ni un pelo de tonto (Robert Benton, 1994) o la capriana inmersión en los infiernos financieros que supuso El gran salto (Joel y Ethan Coen, 1994), así como Mensaje en una botella (Luis Mandoki, 1999), en la que compartía galas con Kevin Costner. Si bien la última película en que nos regalaría su presencia física recordada fue Camino a la perdición (2002), segundo largometraje de Sam Mendes, prestó su voz a la factoría Pixar en Cars (John Lasseter, 2006).

A pesar de que se volvería a casar tras su matrimonio con Woodward, tener un hijo de ella que murió de sobredosis de estupefacientes le hizo impulsar una fundación de ayuda a la drogadicción. Le interesó igualmente la Defensa del Medioambiente y fue embajador en la ONU en 1978 en la Conferencia del Desarme y participó activamente en la fundación de campamentos de verano para personas con enfermedades graves.




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Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 26 enero, 2021
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Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 26 enero, 2021

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