Patch Adams
| El arte de liberar endorfinas

Estados Unidos, 1998 | Dirección: Tom Shadyac | Título original: Patch Adams | Género: Comedia, Drama | Productora: Universal Pictures | Guion: Steve Oedekerk (Novela: Hunter Adams) | Fotografía: Phedon Papamichael | Edición: Don Zimmerman | Música: Marc Shaiman | Reparto: Robin Williams, Monica Potter, Philip Seymour Hoffman, Bob Gunton, Daniel London, Peter Coyote, Irma P. Hall, Richard Kiley, Barry Shabaka Henley, Frances Lee McCain | Duración: 120 minutos | | Disponible en:  Netflix  

Estados Unidos, 1998 | Dirección: Tom Shadyac | Título original: Patch Adams | Género: Comedia, Drama | Productora: Universal Pictures | Guion: Steve Oedekerk (Novela: Hunter Adams) | Fotografía: Phedon Papamichael | Edición: Don Zimmerman | Música: Marc Shaiman | Reparto: Robin Williams, Monica Potter, Philip Seymour Hoffman, Bob Gunton, Daniel London, Peter Coyote, Irma P. Hall, Richard Kiley, Barry Shabaka Henley, Frances Lee McCain | Duración: 120 minutos |

Repasamos tras un segundo visionado esta película de 1998 en el que el malogrado Robin Williams dio lo mejor de sí, a pesar de su fallido guion. En el biopic se pretende demostrar además que todo es curable mediante la risa.

La película que pasamos a comentar enganchó desde el día que se estrenó en Estados Unidos al gran público, causando auténtica urticaria a los críticos o periodistas de la época, que la consideraron en general demasiado almibarada y lacrimógena. La muerte del actor Robin Williams en circunstancias penosas, y el éxito (no por todos bien entendido) del aún vivo Hunter Patch Adams, el médico de la sonrisa y el amor gratuito al paciente, que quiso cambiar el mundo desde que estudiaba, traspasando tantos límites desde entonces, hicieron que se convirtiera en leyenda.

Existe una escena en esta película interpretada por el susodicho Robin Williams y dirigida por Tom Shadyac, responsable de comedias como Ace Ventura, un detective diferente (1994), Mentiroso compulsivo (1997) —ambas con Jim Carrey— o El profesor chiflado (1996) —esta vez con Eddie Murphy—, que probablemente pudiera hacernos identificar su tema como el de la felicidad. No quiero destripar el guion, pero tras un asunto tristísimo tras el que gente con más solvencia hubiera decidido terminar la película, y para mayor gloria de su actor, que en su interpretación está espléndido, hace que el ahora médico y antes enfermo protagónico (diseñado en base a clichés poco convincentes) sea capaz de controlar el sueño que es su vida contemplando el vuelo de una mariposa. A partir de este momento, el espectador sabe que todo le va a venir de cara, y eso desde nuestra opinión es hacer trampas. Diversos neurólogos y psicólogos han hecho ver de un modo científico y demostrable que, por ejemplo, el proceso del sueño en las personas es más complejo de lo que aquí se describe; de hecho, en el libro editado por Blackie Books, Duérmete ya de Henry Nicholls, se argumenta cómo este proceso es como tratar de coger una paloma mientras la estás mirando y sin que eche a volar, algo prácticamente imposible, al menos al cien por cien. Pues bien, Patch Adams consigue lo propio con una mariposa, apelando a la magia soñadora del cine, sin más.

Robin Williams y Monica Potter en una captura del filme.

El guion por tanto de Steve Oedekerk, a partir de una novela de Hunter Adams naufraga pues en lo más básico, esto es la construcción de un protagonista creíble. Aparte, el filme tiene un tufillo moralista que nos hace ver que todo el mundo puede llegar a conseguir ese sueño de cambiar el mundo que está a su alrededor, que solo hay que quererlo para conseguirlo… Es muy posible que la crítica que hace a la medicina que aún hoy se practica, severísima y burlada por un principio de conservación de la calidad de vida legítimo, tenga su parte de razón, sin embargo, la realidad suele ser en estos casos bastante tozuda.

Tal vez y ante según qué problemáticas sea más útil de lo que pensamos aprender a reírnos de nosotros mismos, baza que la película gana a medias gracias al tremendo trabajo de Robin Williams.

Curar el cáncer, el sida o toda la gama de enfermedades mentales existentes hoy solo con risoterapia, se nos antoja un complemento saludable, pero por otro lado homeopático, cuando no momentáneo, algo que en esta película defienden los malos o aguafiestas, como el compañero de habitación y de estudios, interpretado desde cierta tristeza flemática por Philip Seymour Hoffman en un secundario de lujo. Monica Potter interpreta a la novia Carin de Patch Adams con inteligencia y sin dejarse avasallar demasiado. Otros actores secundarios que dejan ver un correcto quehacer son Bob Gunton (un seguidor de la causa principal) o el enfermo cabreado interpretado por Peter Coyote. La fotografía de Phedon Papamichael, con colores alegres y divertidos y una dirección artística muy correcta que roza en la producción con cierta irreverencia y gamberrismo que el espectador acepta con alegría, gusta más, así como el diseño de vestuario, que la música, que adopta sobre todo hacia el final un ímpetu triunfalista muy condicionado por lo tramposo del guion de que hablábamos.

Hemos de reconocer que la revisión de la película viene condicionada por la llegada de noticias documentadas sobre el personaje, por las que demostró ser un fraude en la práctica diaria de la profesión de médico. Tal vez y ante según qué problemáticas sea más útil de lo que pensamos aprender a reírnos de nosotros mismos. Esta baza solo la gana a medias esta película, y si lo hace es gracias al tremendo trabajo de Robin Williams, si bien el que será más y mejor recordado por su papel en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989) —donde por cierto reprendía como profesor según qué actitudes prepotentes en sus alumnos— tuvo un final tan triste al desaparecer como lo hizo, que no tenemos más que contemplar su trabajo con cierta nostalgia, por otro lado la que él no hubiera querido que practicásemos al recordarlo, como bien claro dejó en alguna entrevista.

No es por otro lado al primer cómico al que le sucede, ni sospechamos que sea el último. Probablemente la sobreexposición de estas figuras públicas al escenario a veces también real les provoca una serie de dolencias a veces no solo psíquicas, que los convierten a su pesar en juguetes rotos.




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Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 14 agosto, 2020
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Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 14 agosto, 2020

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