Nueva York, de Henry James
| Las voces de Henry James

Autor: Henry James | Título: Nueva York | Género: Relatos | Idioma original: Inglés | Traducción: Andrés Barba, Teresa Barba | 695 páginas | Primera edición: 26/11/2010 | Editorial: Sexto Piso | ISBN: 9788496867710 | Comprar Libro

Analizamos los cuatro últimos relatos del libro «Nueva York» de Henry James, una manera de conocer su complejo —en pensamientos— mundo novelesco.

Henry James (1843-1916), novelista neoyorquino que vivió en Europa durante muchos años, es considerado gracias a su portentoso cuento Otra vuelta de tuerca (de la que Jack Clayton rodó su mejor adaptación en 1961, traducida en España como Suspense) uno de los maestros de la literatura de terror psicológico de la literatura moderna. En la órbita de Washington Square, novela sentimental a la par que igualmente inquietante también incluida en este vasto volumen, y de la que es adaptación el filme de Wyler, La heredera (1949), se encuentran ocho relatos o nouvelles, de los cuales los cuatro seleccionados tienen una densidad dramática sin precedentes.

En estos cuatro relatos del volumen editado por Sexto Piso en 2008, que cuenta además con un esclarecedor prólogo de Colm Toibin, y una más que acertada labor en la traducción del inglés de Andrés y Teresa Barba, Henry James demostró lo poderoso del concepto de narrador complejo. El prologuista advierte que pensamientos que tenían que ver con sus sueños e impericias, se colaban en ellos.

Impresiones de una prima:  promesas y secretos

En esta ocasión la narradora es Catherine, artista de la acuarela y el óleo, bohemia (o con voluntad de serlo) y frívola declarada, que diserta —desde el convencimiento por parte del lector de ser un personaje que engaña al narrar— sobre la vida de quien le presta su casa en Manhattan, su prima Eunice, así como sobre su amiga Mrs. Ermine, a quien como a aquella, tacha de confiable y poco prudente.

La forma de narrar es la de un diario que no siempre se escribe desde la ciudad del Hudson, sino que alterna primero escenarios cercanos, y se despide en Roma y Tirol.

También existen dos hombres que son Adrian Frank y su hermano Mr. Caliph, que es el administrador de la casa neoyorquina de Eunice, quién bebe los primeros vientos por el segundo, siendo el primero, más por definición de Catherine, un simple y un ingenuo de primeras, si bien cuando descubra la protagonista que siente un gran amor por ella, parece que a Cathy se le quitarán las ganas de hablar de él así y toma distancia.

Durante un tiempo, Catherine dice tener secretos y guardar promesas, pero no sabemos bien si son sólo con Eudice, o también con el resto de los personajes.

Suspense (Jack Clayton, 1961), adaptación al cine de la novela de Henry James, The Turn of the Screw (Otra vuelta de tuerca).

En este relato de casi cien páginas donde aparentemente no pasa nada se habla también de la locura de Eudice, que no sabemos si es la que proyecta Catherine desde su propia voz, no tanto porque se sienta desequilibrada, sino porque no sabe cómo y en qué medida actuar.

Se podría hablar en este sentido de narrador complejo, en tanto en cuanto y por la superficialidad de la protagonista, no nos extraña que el cuento acabe como lo hace, y cómo a pesar de ello no admite sentirse sobrepasada.

Lo más importante y que la deja contrariada es la actitud identitaria del amiguísimo Mr. Caliph, que roba una sustanciosa cantidad de dinero a Eudice irrecuperable, justo en el momento en que, junto a Ermine, le prepara una fiesta sorpresa que le sirve para darse cuenta. A Catherine, preocupada en un principio por lo que le pudiera suponer el robo, le dan igual los esfuerzos que su prima hizo por ampliarle su habitación. Las consecuencias de este robo causan la enfermedad de Eudice, que la narradora contempla con estricta y cruel objetividad.

Todo ello sirve al mismo tiempo para que Adrian se sienta fuerte a la hora de querer conquistar bien de nuevo a Cathy, o a cualquiera de las tres.

Es Impresiones de una prima asimismo un magnífico relato de viajes que se posiciona en el libro (o parece querer hacerlo) desde la voluntad de dejar de ser quien uno o una es por un momento.

Tiene igualmente la familia un rasgo de caja de truenos o resonancias truncadas más que importante y donde, quedando los acontecimientos claros, no lo están tanto las actitudes de cada uno de los personajes.

El alegre rincón:  fantasmas

Si en alguno de los cuentos comentados se explica el adjetivo «complejo» a la hora de definir al narrador, es sin duda en este, no solo en su análisis formal, sino también de contenido. Todo empieza con lo que parece la construcción de un edificio, desde el punto de vista de Mr. Spencer Brydon y Miss Staverton, que parlamentan, dubitan y disertan sobre el progreso personal en forma de diálogo.

La parte segunda es sin duda la más oscura, y en ella James trata de entrar en el inconsciente a través de la narración de una pesadilla, por la que el anterior edificio se está derrumbando. El juego como decimos es complejo y se parece más al que hace Alejandro Amenábar en el filme Los otros (2001), que a lo que hace él mismo en Otra vuelta de tuerca; el resultado es un fantasmático relato narrado en tercera persona no identificada que pretende hacernos ver cómo existen momentos vitales en que el derrumbe emocional y psicológico, es simultáneo al físico, todo como si fuese un sueño. Las puertas de las casas se cierran en portazo. No es esta una parte de fácil lectura y tal vez en ella no solo sea identificable, se ha dicho, el terror de estos dos personajes, sino el del mismo autor al escribir o mientras lo hace.

La heredera (William Wyler, 1949), basada en la novela corta de Henry James, Washington Square.

Por último, la tercera parte parece querer estar íntimamente engarzada con la primera, y en ella pudiera haber un happy-end, donde descubrimos que ese alegre rincón finalmente existe. Aquí, Muldoon dialoga con Brydon y Staverton.

Si atendiésemos no sólo a la complejidad, sino a su profundidad, la narración podría ser más nouvelle que otros analizados, de más larga extensión en páginas. No se nos dice por ejemplo o apenas se insinúa a qué se dedican o dedicaron los personajes, y a ellos tan sólo los llegamos a conocer por algún rasgo que sobre todo tiene que ver con su actitud ante la vida.

De esta forma, en el tapete queda hasta qué punto El alegre rincón es un título irónico o engañoso, siendo en cualquier caso gozoso, no en tanto el final feliz lo sea en un sentido riguroso, sino solo desde el prisma en que los personajes viven para contarlo, lo que una vez leída la segunda parte parecía algo más que incierto.

También puede existir la triple proeza (dados los tres narradores diferenciados existentes) de que no exista esa casa ni alegre rincón, más que en la mente de los personajes. En ese caso, todo el sentido variaría y convendría tener en cuenta si esa segunda parte es sólo un sueño sin más, de alguien que vive en la calle desde hace más tiempo.

En cualquier caso, en este ímpetu por interpretar parece estar de lado del lector, la idea de lucha de clases.

Sabemos además que es este un autor al que no le gusta ponernos las cosas fáciles, de tal forma que el nivel de lecturas puede llegar a ser incluso mayor a la de las dos o tres habituales.

La vieja Cornelia:  herencias

El señor White Mason camina por lo que parece Central Park, y siente una maravillosa paz interior cuando va a sentarse en un banco, mientras observa pasar a niños, mayores y no tan jóvenes. El narrador en tercera persona parece querer contarnos que este primer momento de paz no se repetirá, debido a que entran en juego las expectativas del personaje, que no son otras que las de intentar siquiera hablar, siquiera pensar en Mrs. Worthingham, que sospechamos pudiera haber sido su amada en tiempos pretéritos.

Mrs. Worthingham vive en una casa señorial con adornos rococó, que en sí mismos tienen vanidad propia; si algo hace que White Mason quiera ir a esta fastuosa casa, adivinamos que no es más que la pecuniaria, es decir, el poder conseguir un trabajo allí siquiera como mayordomo de su dueña Cornelia.

Ganarse a Cornelia para poder estar con Worthingham parece pues el objetivo, pero de nuevo el gusto de James por los fantasmas se hace latente, esta vez en forma de ambigüedad.

De nuevo apenas sabemos cómo terminan las cosas si es que alguna vez lo hicieron, de tal forma que en la construcción del imaginario de White Mason nos damos cuenta de que en su juventud sufrió sueños febriles y banales por ella, e incapaces de materializarse, ahora siente que solo a ella puede amar. Sin embargo, es demasiado tarde y no podrá retomar su labor, debido a las circunstancias.

James es lo suficientemente sabio como para no dar a entender en ningún momento que fue la vieja Cornelia la culpable de su desaparición y con apariencia ligera nos hace leer como si el protagonista perdiera el amor de su vida cómo quién no es seleccionado en la candidatura por un trabajo. El posible móvil de celos por el que pudiera haber otro hombre en el corazón de Worthingham tampoco se deja ver claramente.

Ni siquiera indaga en demasía en el carácter siniestro de Cornelia, pues en realidad no es tal. Utiliza a su vez un verso clásico de Virgilio, poeta latino autor de La Eneida («rari nantes in gurgite vasto», o extraños náufragos en el inmenso mar) para ilustrarnos debidamente de cómo White Mason no es una víctima, ya que antes lo fue ella, pasó bastante tiempo, y después él enloqueció por algo hecho añicos o nada. El caso es que este verso a lo que alude es a un pasado irrepetible y de por qué recordamos lo que recordamos.

Se fragua toda una corriente e influencia gracias también a este relato, que seguirían escritores como Marcel Proust, quién en sus libros En busca del tiempo perdido, es casi seguro que le tuviera en cuenta, y desde el que se inauguraría una más profunda noción del monólogo interior desde el flujo de conciencia, algo típico de principios del siglo XX, en que el mundo decimonónico empezó a verse fracturado.

Una ronda de visitas:  enfermedades autoinducidas

El personaje en el que esta vez se apoya James (Mark Monteith) enferma de manera peligrosa de algo parecido a la gripe, y le salva la vida no sólo un período de aislamiento brutal, sino su médico, alguien que dice que solo estando con gente se curará para siempre.

Con esta bella y hoy por hoy identificable historia descubrimos el lado oscuro de Mark y el porqué de ese ser antisocial con tantos problemas para lo que el hermano de Henry James, William (psicólogo y pensador) llamaría habilidades sociales.

El escritor Henry James fotografiado en 1910.

Bajo la apariencia ligera de la historia, el autor vuelve a cotillear sobre tantos de nosotros y lo hace principalmente poniendo en juego la relación de Mark con su cuñado, turbia en el pasado y que al verse aquel en las últimas, mejora sustancial e inconscientemente, si bien ahora el escenario es otro: su hermana ha muerto y aquel novio impertinente cuida de dos hijos él solo; evidentemente la sorpresa es mayúscula y de alguna manera esa puerta se cierra para redescubrirse. No es a pesar de lo que pudiera parecer este relato animoso con la debilidad emocional o psicológica, sino más bien todo lo contrario.

En esta ocasión las voces de James piden a Mark que salga, pues él y sólo él es responsable de lo que está ocurriendo, pues parece encontrar en su enfermedad únicamente un motivo egoísta por el que no retomar la relación.

Parece que, aplicándolo a nuestros días, buscar sólo en las amistades elegidas por nosotros y no en lo necesario del contacto familiar, es censurado desde las voces de unos y otros.

Puede llegar a resultar molesta esta idea que algunos anotarán como injerencia y que en cualquier caso sólo atestigua impotencia ante la enfermedad y lo oscuro del ser humano. Tampoco sabemos si con mayor empatía, solucionaríamos algo en la vida de Mark, y James, tan poco dado a hacer sentir lástima (no quiere decir que sus personajes no se aprovechen de estas debilidades premeditadamente) parece despreciarle.

Decir por último que todo este acervo acumulado en el libro sobre Nueva York corresponde a primeras versiones, algunas o gran cantidad de ellas corregidas posteriormente en revistas o antologías de relatos como El grano más fino de 1910.

Conseguir desde un registro tan peculiar y a la vez profético del relato encantarnos, acobardarnos y transformarnos en lucha es lo que nos ha hecho considerarlo como de urgente lectura para todos aquellos interesados también en sobrevivir mentalmente a sus propios fantasmas y a los inducidos.



  • 67
  •  
  •  
  •  
Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 24 mayo, 2020
  • 67
  •  
  •  
  •  



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 24 mayo, 2020

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?