¿Pero quién amó a Mademoiselle Jeunehomme?
| Misterios y encantos del 9º Concierto para piano de Mozart

Hablamos del «9º Concierto para piano» de Wolfgang Amadeus Mozart, llamado «Jeunehomme», que será quizá una larga carta de amor, quizá una ópera, escrita, como la vida, en forma de tragicomedia.

En cada una de las distintas habitaciones de una casa parisina, poco antes de la hora de la cena, al mismo tiempo Jean-Georges Noverre trabaja en sus escritos y clases de danza, Monsieur Jenamy hace los preparativos para partir de viaje y Mademoiselle Jenamy —hija del primero y esposa del segundo— estudia sobre el teclado la larga carta de amor que el joven Mozart le ha escrito en forma de concierto para piano. Podemos suponer esta noche invernal del comienzo de año de 1777. Como fuere, cuatro años antes Mademoiselle Jenamy había dado un concierto en Viena, tocando el piano «con facilidad y encanto». Mozart la había conocido entonces, junto con su padre Leopoldo —amigo o por lo menos próximo del otro padre, Noverre—, y no la había vuelto a ver hasta diciembre de 1776, en viaje a París acompañado de su madre. Lo cierto es que en esta estancia del 1776 quedaba por supuesto que el propósito del viaje era mostrar el afecto y los respetos a Noverre padre, con la convicción o esperanza de que aquel pudiera tener alguna influencia para facilitar al Mozart de los 20 años una posición digna. Y, sin embargo, había terminado resultando que quien allí estaba, más bien que Noverre, era su hija, Victoire Jenamy (así lo remarca el propio Mozart en carta al padre, si sabemos leer entre líneas). Como regalo Mozart le escribe y obsequia a Victoire su Concierto para piano número 9, al que se referirá siempre como el Concierto de Jenamy (a pesar de lo cual, y durante doscientos años, los estudiosos gustaron de declinar la cuestión de si pudiera haber existido Jenamy o Mademoiselle alguna —no encontraron, al parecer, esta historia lo suficientemente tentadora—, y para justificar el sobrenombre atribuido a la obra prefirieron alegar que Mozart no escribía bien el francés —cuando lo que resultaba más bien era que ellos, los estudiosos, no hablaban el checo—, y, más aún, presupusieron que lo que Mozart había querido anotar, era no Jenamy sino Jeunehomme; es por ello que hoy conocemos a este Concierto como Jeunehomme: Concierto del Joven o Joven hombre).

Los compositores tienen en ocasiones un género que se mantiene fiel a su vida y que se nos ofrece como su diario personal. Para Mozart los 27 Conciertos para piano son su diario.

Anotación firmada de Mozart para una de las cadencias de sus conciertos.

Los compositores que escriben distintos géneros o formas (sinfonías, óperas, música de cámara…) tienen en ocasiones un género en concreto que se mantiene fiel a lo largo de su vida y que se nos ofrece como su diario personal: sentimos en él una intimidad distinta, una hondura y veracidad nativas. También una inventiva mayor o, a lo menos, más audaz. Las Sonatas para piano, y quizás también los Cuartetos de cuerda, son el diario de Beethoven. Los Nocturnos de Chopin son su diario humano; y, las Mazurkas, su diario de pianista polaco. Para Mozart los 27 Conciertos para piano son su diario. Y el Noveno Concierto, Jeunehomme, asombra por ser una obra de un valor y un arte no precursor, sino hermano, de las últimas obras; asombra, también, por ser sencillamente, como apuntó Charles Rosen, el primer monumento u obra maestra de esa música que se llama Clasicismo.

Mozart escribió y dedicó el Concierto, lo hemos dicho, a Mademoiselle Jeunehomme. Si lo escribió para ella debió de ser realmente una pianista extraordinaria: se juntan el lirismo extremo y un virtuosismo casi en sentido beethoveniano, de reinvención del instrumento y sus posibilidades, de lucha por un ideal más allá de los límites. Pero, además, debe de ser verdaderamente cierto que Mozart tenía el empeño de que que Victoire lo interpretara: se volcó en este deseo, lo escribió para ella, «tal como ella lo habría pronunciado». Mozart nunca volvería a alcanzar, en ninguna otra obra, un grado semejante de detalle y precisión en la escritura, de completitud en la notación musical, desplegando hasta la más pequeña nota de cada ornamento, de cada adorno (y la ornamentación en esta música equivale quizá a lo que el envoltorio y el lacito son a un regalo). Incluso, escribió varias cadencias alternativas para cada uno de los tres movimientos del concierto. La cadencia, en un concierto para instrumento y orquesta, es una sección —expresiva o virtuosa— más o menos amplia del solista a solo, sin orquesta, que en la tradición original de la época se improvisaba y que, incluso al escribirse, mantiene como esencial su carácter rapsódico o improvisatorio, a la manera casi de una fantasía a propósito de los temas escuchados en el movimiento. En las veces en que Mozart tocara este Concierto es posible que improvisara o tocara sus propias cadencias, pero para Victoire escribió, con belleza y cuidado, varios juegos completos de cadencias, como un regalo completado con todos los lujos o una exquisita vajilla artesanal adornada con accesorios para escoger al gusto. Son las cadencias, quizá, que Victoire podría haber improvisado, o que sonaban a ella. Una vez más, Mozart quería escribir el concierto como Mademoiselle Jeunehomme lo habría pronunciado. ¿Por qué ese interés no solo en regalar el Concierto, sino en hacerlo para ella? Quizá sea cierto que, haciéndolo a medida, buscaba asegurarse de que ella lo tocara, como el amante que certifica la carta de amor para asegurarse de que la persona amada la leerá, con cada detalle y cada sentido. Al fin y al cabo, cuando se tiene qué decir, asegurarse la correspondencia postal es muchas veces también asegurarse la correspondencia amorosa.

¿Pero qué hubo realmente entre Mozart y Mademoiselle Jeunehomme? No lo sabemos, probablemente hubiera algo o probablemente no llegara a haber nada, no importa, pero la música completa nuestra historia.

¿Por qué es revolucionario Jeunehomme? Por muchas razones. Primero, porque Mozart es el genio que resuelve los difíciles problemas de la relación entre el solista y la orquesta, el diálogo, salvando o inaugurando de alguna manera el camino al largo género del concierto. Es en el 9º Concierto donde Mozart alcanza este logro. Para comenzar, el propio piano entra con dos pequeñas intervenciones ya en el mismo momento de inicio de la obra, algo insólito, por lo menos, en todo el Clasicismo (lo repetirá Beethoven en sus Conciertos Cuarto y Quinto, que quizá, precisamente, no pertenezcan ya al ideal clásico). Todo el primer movimiento está escrito, de manera entre artística y cómica, como una serie de encuentros y desencuentros en que solista y orquesta se alternan —silencios y apartes, es ese el cuento—, olvidando los materiales musicales allá donde el oyente esperara reencontrarlos, e interrumpiéndose mutuamente como para recordarlos y retomar el camino. El segundo movimiento, largo, realmente largo, y bellísimo, está escrito con una forma de sonata más propia de un primer movimiento, al menos por el rigor y orden de lo que allá se canta. El tercer movimiento —aquí la joya— incluye en su corazón una danza intercalada, lo mismo que el recurso de la novela o relato intercalado en el Quijote, o más tarde en las novelas de Jean Paul, y en tantas otras. Es un Minueto, delicioso, elegante, dulcísimo. En el fondo, Mozart lo ha convertido en un Concierto en 4 movimientos, algo que no volveremos a ver hasta el Brahms tardío. Esta idea genial de intercalar el Minueto apunta casi al futuro Liszt, a la forma cíclica musical (esa noción de la música como continuidad o círculo, presente también en el detalle de que una de las cadencias del tercer movimiento varía un pequeño elemento musical del primer movimiento, como si el final del conflicto estuviera ya contenido o anticipado en el principio).

¿Pero qué hubo realmente entre Mozart y Mademoiselle Jeunehomme? No lo sabemos, probablemente hubiera algo o probablemente no llegara a haber nada, no importa, pero la música completa nuestra historia. Conocemos que en 1777 Mozart tenía 20 años, casi 21, que Victoire era 7 años mayor y que estaba casada —de allá proviene el apellido checo—. Ella solo interpretó el Concierto en recitales privados y nunca en sus actuaciones públicas —porque lo que es cosa de intimidad debe quedar bien resguardado, ¿supo ella leer la carta de amor como tal, la mantuvo en el entorno de lo privado por pudor, por honor, por…?—. El Concierto está escrito en mi bemol, la tonalidad propia de las trompas naturales, instrumento que en italiano recibe el nombre de corni: los cuernos, precisamente. En las tramas de enredos de sus óperas Mozart escribe en mi bemol en las escenas de infidelidad, como una alusión o retórica extra-musical implícita. Jeunehomme es, precisamente, como casi todas las obras de Mozart o, al menos las importantes, una ópera. El primer movimiento es exuberante, luminoso, fresco (con una frescura, casi, a la manera barroca, una alegría italiana): pero guarda espacio para pequeños temas que son verdaderas melodías enamoradas, love themes o breves temas de amor, en el auténtico sentido dramático del término. Puede ser una extrañeza para nosotros el segundo movimiento del Concierto, no solo largo, sino lleno de sentimiento trágico y de un enorme pathos, escrito con una belleza extrema de la que casi hiere. Incluso, en el final de la maravillosa cadencia de este movimiento Mozart anticipa marcadamente la Lacrimosa de su Requiem. Pero lo que se nos hace presente con este contraste, en lo que es una sincera y profundísima carta de amor, es la concepción de Mozart de la vida como tragicomedia, entre la luz y lo oscuro, el destino y la burla, la picardía y herida. El tercer movimiento, sencillamente, es pura ópera bufa. Es aquí donde queda el virtuosismo, en las secuencias de notas rapidísimas y ligeras que parecen de Las bodas de Fígaro, de su obertura por ejemplo. El elemento teatral o dramatúrgico lo crearán las burlonas preguntas y contestaciones en diferentes registros del piano o de la orquesta (como voces de distintos personajes), los motivos repetidos escalonadamente en eco (creando así la distancia del escenario como espacio teatral) y el propio final, repitiéndose sobre sí mismo cada vez más y más suave, como emulando la huida de los personajes o de los amantes, fugitivos y felices, yendo a la carrera hasta desaparecer. Toma el amor y corre. De por medio nos ha quedado el precioso Minueto (tomados de las manos como en el Dúo de Don Juan), homenaje quizá al padre de Mademoiselle Jeunehomme, Noverre, coreógrafo más importante de su siglo, inventor del ballet d’action (el baile de acción, es decir, la danza con argumento o curso de narración en sentido moderno) lo mismo que Mozart es inventor del sentido teatral y dramatúrgico de la música. En el Minueto la melodía canta sobre el punteado en pizzicato de las cuerdas, preciso como el tic-tac de un reloj, de un reloj de bolsillo, quizá, con sus cubiertas nacaradas y su cadenita que lo ata del chaleco. Este reloj, como un mecanismo o una cajita de música, nos ha salvado del tiempo, ha preservado una cantinela para poder volver una y otra vez a ella, refugiada de todo. Mozart ha salvado por siempre un amor —imposible, prohibido o inventado, feliz o pícaro—, a sabiendas de que solo un reloj podía salvarnos del tiempo. Al menos, antes de desaparecer a la carrera, como en toda ópera bufa, porque, en el fondo, lo diría Falstaff, «todo en el mundo es burla».



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Texto de Ángel Martín del Burgo | © laCiclotimia.com | 27 enero, 2021
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Texto de Ángel Martín del Burgo
© laCiclotimia.com | 27 enero, 2021

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