Maternidades de miedo
| Por fin son ellas quienes filman sus fobias y Sitges las visibiliza

Ser madre no siempre es idílico. Tema recurrente en el terror, veamos cómo lo narran algunas de las cineastas de mirada más reveladora que dejaron su marca en el Festival de Sitges y en el séptimo arte.

El Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya ha anunciado el lanzamiento de su 53ª edición, programada entre el 8 y el 18 de octubre de 2020. Adaptándose a la distopía que vivimos, ya oferta abonos para asistir de forma virtual o presencial. En esta entrega de En femenino, lo celebramos desgranando algunas piezas muy interesantes que las directoras más tenebrosas han llevado a las pantallas de Sitges. ¿Y qué nos distingue más a las mujeres que el peso de una debatible misión de perpetuación de la especie? ¿Que la capacidad de engendrar? Ojito, que no siempre es un anhelo ni un idilio. Y, sí: directores como Hitchcock, Polanski o De Palma han tratado las maternidades de miedo. Pero por fin ellas ponen la voz. Y es claramente un discurso muy distinto, a menudo, desde la vivencia.

Babadook: la mamá rota y su monstruo del desván

Babadook ilustra el miedo a dejar salir a flote el monstruo interior durante la crianza.

La obra de Jennifer Kent (2014), es tan precisa y rica en matices viscerales que merece mayor extensión, también por ser cronológicamente la que parece abrir la veda de este discurso cinematográfico en primera persona. El filme nace de un cortometraje que juega al despiste con lo que puede ser una casa encantada a raíz de abrir un libro prohibido (como podría ser el Necronomicón lovecraftiano), en este caso, un cuento infantil terrible, del que sale un ser paranormal capaz de poseer a la madre amorosa y volverla contra su hijo. Cuento que, de paso, dota la fantasía de una estética evocadora de El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) y, más explícitamente, del Georges Meliès y sus deliciosos trucos de magia. El imaginario se completa con unos azules fríos en los que destacan las cabelleras rubias de madre e hijo, en un contraste (y fisonomías) que recuerdan tanto a la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) como a La posesión (1981) de Andrzej Zulawski, ambas afines temáticamente. Y es que también cabe la posibilidad de la enfermedad mental, derivada de un duelo por la pérdida del marido, que hace traumáticas las circunstancias del nacimiento de su hiperactivo hijo y vuelca sobre ella un obvio cuadro de ansiedad.

El grafismo del cuento macabro de Kent es evocador de El gabinete del doctor Caligari.

Un estrés incesante va sumiendo a esta familia monoparental en la disfuncionalidad. Los personajes de esta obra no solo están abandonados: son constantemente juzgados, desde el entorno cercano y también desde las ineficaces instituciones. Jennifer Kent implora comprensión, al entorno y al sistema, no únicamente hacia este formato familiar traumatizado: denuncia abiertamente cómo se estigmatiza al diferente, empezando por la escuela y sus ratios absurdas e impersonales. Siguiendo con unos parientes crueles, aún intuyendo que madre e hijo puedan estar sufriendo un trastorno que requiera ayuda psiquiátrica y desmitificando la asunción de la bondad infantil. Acusa la falta de empatía y la discriminación hacia quien no goza de salud mental.

Babadook humaniza a las idealizadas madres. Confiesa que pueden no comprender a sus hijos, verse superadas por sus exigencias y, a veces, lamentar haber concebido. Clama al derecho al espacio personal, a algo tan básico como una sexualidad —con un hombre o sin—. A volver a ser un individuo. Es una súplica rabiosa de procesar el duelo al propio ritmo, sin presiones. Ruega un respiro para quien no solamente es cuidadora forzosa 24/7 de su propio hijo problemático: también lo es en el ámbito sociosanitario, donde aún hay una mayoría de cuidadoras, en empleos precarios. Kent demanda comprensión hacia el desgaste que supone. Refleja cómo en cuanto cometemos un error, el insulto más recurrente que nos arroja un hombre, es zorra, loca o puta. Y llama a la sororidad, cuando aún a menudo, viéndose entre supuestas iguales, otras madres someten a juicio y aquelarre a la que consideran que no lo está haciendo bien «porque mira lo rana que le ha salido el niño a ésta».

De la madre naturaleza y otras en apuros

Las siguientes joyas, todas ellas presentadas en anteriores ediciones del Festival de Sitges, coinciden con Babadook en plantear la frustración de mujeres que sienten una apabullante pérdida de poder con la llegada de la descendencia, desde el mismísimo momento del embarazo, con los síntomas que conlleva, los cambios en el cuerpo. Y rematadas por la soledad y el miedo a afrontar el reto solas. Además de enmarcarse todos en la monomaternalidad, los ejemplos que siguen comparten un fuerte vínculo con la naturaleza, que no deja de ser la madre de toda la humanidad.

Goodbye Mommy zanja que a ningún niño le inspiran confianza los cambios radicales en la fisonomía materna.

Goodbye Mommy (Veronika Franz & Severin Fiala, 2015). El titulo original en alemán, Ich seh, ich seh (Veo, veo), alude al mismo juego infantil con que los pequeños gemelos protagonistas se adentran en los inmensos bosques austríacos. Con una estética y estructura de cuento de los Grimm, los chicos mantienen vigilada a su madre, enrarecida por una intervención quirúrgica. Al hacernos seguir a los niños en lugar de a la madre, se ayuda a construir el suspense desde el miedo infantil, difuminando para el espectador si la madre es una impostora paranormal, si nos engaña el pensamiento mágico del protagonista o la esquizofrenia puede estar distorsionando la realidad. El filme expone el impacto del duelo en la infancia, pero también la indefensión materna y, cómo no, su pérdida de control sobre los acontecimientos y el propio cuerpo. El fuerte vínculo entre los gemelos puede llegar a superar el apego de la madre de manera enfermiza, como deformó Cronenberg en Inseparables (1988). Pero ella además sufre el rechazo de los niños a lo artificial, pues atenta contra la tranquilizadora rutina de la inmutabilidad de la identidad materna, ahora despojada de su imagen natural. Con un sadismo que vuelve a agrietar el dogma de la mano inocente del niño, la madre resulta víctima de la maternidad como carga en solitario, pero también de la sociedad y sus irreales cánones de belleza, sobre todo en el gremio actoral. En cierto modo, determinadas piezas de arte del hogar sugieren narcisismo en una madre que, además, elude bastante los cuidados de su estirpe, con lo que se diría que es juzgada como inepta y castigada por ello. 

Alice Lowe bromea sobre bebés que acarrean el síndrome del emperador de serie.

Prevenge (Alice Lowe, 2016). La comediante que dirige y protagoniza este divertimento es conocida en la televisión británica (actuó en la magnífica Inside Number 9, que merece análisis aparte), pero también a nivel internacional por sus apariciones en Arma Fatal (Edgar Wright, 2007) y más recientemente, en el Bandersnatch de Black Mirror. Si bien se trata de una pieza que desprende humor negro, no abandona el drama de temas que ya vemos recurrentes como el duelo por el compañero y padre de la criatura, la sensación de abandono ante el peligro… esta vez aderezada por unas depravadas ansias de venganza hacia una serie de individuos vinculados con el finado. Todos personajes prototipo de gente que pueda antojársenos deleznable —especialmente a las mujeres—. Así pasa revista a qué falla en esta sociedad: acosadores falocéntricos, vendedores sin escrúpulos, cuarentones inmaduros que parasitan de sus madres y vejan a las mujeres, médicos corruptos y fríos que se vuelven más empresarios que fieles al juramento hipocrático… y tanto peor cuando traicionan ese instinto protector femenino. De nuevo, la falta de empatía y el juicio de moral, esta vez, para invitarnos a disfrutar de la cómica masacre. Todo ello, sin desvincularse de los terrores implícitos en un embarazo muy duro, en el que la pérdida de control sobre una misma va más allá de las náuseas y se vive como órdenes directas de un bebé no nato y concebido en la desgracia. 

El reparto equitativo del afecto entre los diferentes hijos es clave en Pelican Blood.

Pelican Blood (Katrin Gebbe, 2019) es el más reciente reflejo de los juicios hacia la eficiencia educativa de la madre soltera, en este caso, de una madre coraje adoptiva que confía más en los animales que en los hombres. Calca los grandes temas vistos en Babadook, poniendo a la hija conflictiva por delante de todo, pero ampliando la onda expansiva de sus daños al introducir el elemento de la hermana mayor —la buena hija— casi eliminada del campo atencional de una madre cegada. Lo que agrava el sentimiento de abandono que ya acarrean muchos niños procedentes de orfanatos y causa celos y actitudes de regresión a la infancia para reclamar cuidados perdidos. De soslayo, se refieren otras situaciones de vulnerabilidad como los abusos en la infancia, un sugerido trauma por agresión en la protagonista, o la indefensión de las prostitutas. Puesto que podéis leer un análisis reciente y más exhaustivo en La Ciclotimia, no cabe ahondar más en esta obra, de poderosa estética y guion que, lamentablemente, se desinfla en el tercer acto, por la inverosimilitud con que se trata lo sobrenatural y cómo esto hace incongruentes los arcos de transformación de varios personajes. 

La maternidad como añadido al miedo y no como fuente 

Aunque no se traten de películas cuyo eje sea la vivencia de la maternidad, hay otras merecen mención especial por entroncar con esta temática dentro de otras líneas de terror en femenino. Hablamos de Agnieszka Smoczyńska, quien devolviera la digna crudeza a La sirenita de Hans Christian Andersen que tan edulcorada y desvirtuada de significado fue por Disney. En The Lure (2016), la ausencia de útero es el detonante del abandono, tanto por la imposibilidad de consumar unas relaciones sexuales vaginales como de engendrar una familia, lo que tacha a esta mujer de menos válida a ojos del hombre tradicional. La directora usa tanto esta obra como su Fuga (2018) —en la que el tema central es la disociación mental de la vida pasada, llevándose en el reseteo a marido y descendencia— para exaltar una demanda de cambio social desde la mujer polaca.

Por otra parte, En el bosque (Patricia Rozema, 2015) traza un creíble y repentino colapso del sistema, del que no necesitamos explicación, que lleva a dos hermanas a perder toda comodidad y dejar de ver la naturaleza como algo desconocido y temible para encontrar una mimosa aliada. Tanto para la supervivencia puramente biológica como para la autoprotección frente al hombre envilecido. Este filme habla de sororidad, de cuidados mutuos, de volver a la saludable vida salvaje y abre un debate en torno a si es legítimo traer niños a un mundo apocalíptico y un más controvertido cuestionamiento de hasta qué punto lo es abortar.

Mucho más que úteros

Las cineastas Jen y Sylvia Soska saben bien que la mujer enfrenta otros terrores más allá de la maternidad.

Entendiendo que a muchas mujeres la maternidad les trunca un desarrollo en lo creativo y lo profesional, se comprende la necesidad de liberar otras narraciones que ni siquiera se centran en esta elección. Prefieren señalar otras experiencias que sintetizamos con los siguientes ejemplos:

  • Alcanzar la sororidad | Siempre amigas (Sophia Takal, 2016). Originalmente titulada Always Shine, la película protesta contra la presión de la superwoman que, como el propio título indica, debe brillar 24/7. Pero sobre todo, denuncia alto y claro la necesidad de una sororidad sólida frente a la competitividad —herencia del patriarcado— aún enquistada en ciertos entornos femeninos. Es la historia de dos amigas entre las que aflora la envidia, de nuevo ligada a la frustración vocacional. Una relación con cierto aroma a El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999). Para ello usa el contexto de una industria cinematográfica cuyos rituales de ingreso rezuman método Wenstein. El filme juega con la idea de la suplantación de identidad con una interesante sugerencia: quien cosifica a las mujeres, al despersonalizarlas, puede acabar por no distinguir una persona de otra si el cuerpo se le antoja el mismo. Algo a lo que siempre parecen aspirar los irreales cánones de belleza actuales.
  • El matrimonio como prisión | Honeymoon (Leigh Janiak, 2014). En esta obra, la fantasía de las invasiones de cuerpos actúa como metáfora del sentimiento de fin de la libertad de la mujer que quizás no ha cerrado historias pasadas, o que simplemente se sume en una rutina y el compromiso que la obligan a enterrar la pasión, encarnada en el amante y en la tentadora luz, los invasores. Que el guion esté coescrito por un hombre, justificaría que también plasme la perspectiva del hombre que teme ver a su novia transformarse tras el matrimonio, sea por hastío o sea por la aparición en escena del antiguo amante con poder sexual absoluto sobre ella, sobre su cuerpo y su mente, que podría llegar a olvidar las vivencias compartidas con la pareja por esa mala gestión de las pulsiones. Esquema muy similar a La Posesión de Zulawski, pero sin emanar semejante poderío visual ni narrativo.
  • Rape & Revenge | American Mary (Jen & Sylvia Soska, 2012). Estas hermanas canadienses, fascinadas por la casquería y las mutilaciones, presentaron en la pasada edición del Festival de Sitges su particular remake de Rabia (David Cronenberg, 1977). Su influencia en las aberraciones corporales tampoco escasea en American Mary, que toma el esquema clásico de rape & revenge (violación y venganza) para dar el poder y satisfacción de venganza a la propia agredida, en lugar de delegarlo —en un acto de total condescendencia— en el varón alfa heroico. Como sucedía con Rozema, algo clave en este subgénero, es que las directoras empatizan con la superviviente y ruedan su agresión con delicadeza, sabiendo transmitir, aún así, el horror y el sufrimiento, pero ni se les pasa por la mente erotizar semejante agravio. Crimen que sí se ha cometido durante décadas en el cine filmado desde ciertas perspectivas masculinas.  En lo que sí se recrean las Soska es en el castigo de otra estructura de poder a menudo en manos de una mayoría de hombres, a veces abusadores e incluso violadores: el claustro de una facultad de ciencias. Pero se hace patente el envilecimiento paulatino de la damnificada que opte por el sadismo vengativo, pues se contagiará del odio del agresor. Por otra parte, las anatomías monstruificadas por la cirugía estética también son vitales en el viaje de la heroína, arrojando una nueva denuncia hacia los irreales cánones de belleza impuestos sobre la mujer.

 


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 21 agosto, 2020
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© laCiclotimia.com | 21 agosto, 2020

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