Los villanos más icónicos del cine
| Los grandes malos de la historia del celuloide

Una película es tan buena como lo sea su villano, razón por la que hoy repasamos a los grandes antagonistas de la historia del cine y la forma en que estos personajes reflejan, de modo inigualable, las inquietudes y los temores de la sociedad.

Casi desde que existe el cine existen los villanos. En origen, estas figuras únicamente tenían una función, la de interponerse entre el protagonista y sus objetivos y morir de la forma más vistosa y espectacular posible, siendo por lo tanto personajes tan unidimensionales como caricaturizados. Ejemplo de esto puede ser el bandido interpretado por Justus D. Barnes en el corto Asalto y robo de un tren (Edwin S. Porter, 1903) y al que Scorsese y Joe Pesci dedicarían un homenaje en la escena final de Uno de los nuestros (1990). Paulatinamente, no obstante, estos personajes irían evolucionando a medida que el cine dejaba de ser un mero entretenimiento para convertirse en una forma de expresión artística. De la mano de un cine que contaba historias cada vez más complejas y maduras, los guionistas y directores se percataron de la relevancia que un buen villano tenía en una historia. Así, los realizadores dejaron de ver a sus villanos como meros personajes hipersimplificados y, en su lugar, entendieron que estos personajes tenían una inusitada capacidad para conectar con los miedos y las ansiedades, cuando no directamente con los rincones oscuros de la psique de las audiencias de sus películas. Si bien el público podía ver sus virtudes reflejadas en los protagonistas de las películas, también veía en los villanos un reflejo de sus defectos, lo cual era igual o incluso más magnético, lo cual daría como resultado que cada vez que prestara mayor atención a estos antagonistas y que su evolución fuera paralela a la de la propia historia del cine.

Aunque Mabuse ha caido en el olvido, su influencia ha marcado a gran parte de los villanos de la historia del cine.

Incluso en momentos tan tempranos como en la época del cine mudo, algunos realizadores ya se percataron de la relevancia de estos personajes, como en la película Avaricia (Erich von Stroheim, 1925), obra maestra del cine mudo. Pero si hay que destacar a un villano de este periodo, ese no puede ser otro que el temible Dr. Mabuse, el primer gran villano de la historia del cine. El legendario director Fritz Lang llevó a este personaje a la gran pantalla con su obra El doctor Mabuse (Fritz Lang, 1922). Mabuse se nos presenta como un brillante psiquiatra con una mente en la frontera entre la brillantez y la locura que utiliza esta ciencia para finalidades criminales, recurriendo a la hipnosis y el control mental para manipular a sus víctimas y orquestar multitud de complejas conspiraciones delictivas sin que nadie sea capaz de detenerle. Además de esto, Mabuse dispone de una red de criminales dispuestos a cumplir sus órdenes sin dudar, lo que le convierte en el rey del mundo del hampa. El Doctor Mabuse representa un arquetipo de antagonista inédito hasta el momento en el cine pero que desde entonces estará omnipresente en el séptimo arte, el villano que usa no la fuerza bruta para oponerse a los protagonistas, sino un intelecto superior, con herramientas como el engaño, la manipulación y el diseño de planes extremadamente complejos que siempre le sitúan un paso por delante de los protagonistas. Además de esto, sus motivaciones exceden lo material para llegar a lo existencial, la transformación del mundo a su imagen y semejanza. Tal como el propio Mabuse explica, sus actos delictivos no son más que una herramienta destinada a un fin, generar el colapso de la sociedad e imponer su propio nuevo orden mundial, el cual el villano bautiza como el imperio del crimen. La genialidad de Lang se manifiesta en el hecho de que el director no se limita a mostrarnos a un villano casi invencible, temible y despiadado sino que también hace un estudio psicológico del mismo, presentándonos a un Mabuse que, a causa de una prodigiosa inteligencia que le ha permitido comprender la psicología humana en profundidad, confiesa sentir una necesidad casi patológica de manipular y controlar los destinos de las personas. Un hombre, en definitiva, con una mente privilegiada pero maldita. En los años 20 y 30 Mabuse se coronaría como el gran villano del cine tanto en Alemania como en el resto del mundo, gracias tanto a la mencionada película de 1922 como a la secuela El testamento del Dr. Mabuse (Fritz Lang, 1933). Quizá ningún otro villano de la historia del cine ha sido tan exitoso a la hora de capturar los temores de la sociedad que le rodea (el crecimiento de comunismo y el fascismo amenazando la democracia , el pesimismo y los problemas sociales derivados de la Primera Guerra Mundial, la ansiedad ante el avance tecnocientífico, etc.) pero por desgracia, este éxito no se replicaría en la segunda mitad del s.XX. Fritz Lang recuperaría al personaje en su discreta etapa de posguerra con Los crímenes del Dr. Mabuse (Fritz Lang, 1960), pero la sociedad optimista e ingenua de los años 60 ya no comprendía a un personaje como Mabuse. Tras rodar esta cinta, Lang se retiraría de la dirección y el personaje de Mabuse todavía apareció en producciones de serie B que pasaron por los cines sin pena ni gloria propiciando que finalmente en nombre de Mabuse cayera en un injusto olvido.

No obstante, y aunque Mabuse murió, su impronta pervivió y llegó hasta nuestros días en la forma de numerosos villanos que utilizan el engaño y la manipulación para llevar a cabo planes inusitadamente malévolos, siendo un caso paradigmático de esto el misterioso Keyser Söze, interpretado por Kevin Spacey en la película Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995). En esta obra, nos encontramos a un villano dotado de una inteligencia prodigiosa capaz de eludir cualquier investigación y ocultar su identidad mientras siempre está un paso por delante de sus perseguidores. Numerosos autores han escrito sobre la naturaleza de este villano, llegando algunos, como Wayne Wilson, a compararlo con la figura bíblica de Satán por su voluntad de corromper a otros, su capacidad de ocultar su existencia y su necesidad de probar su superioridad sobre el resto del mundo, pero quizá en análisis más interesante sea el planteado por Lewis Call, el cual entiende que Söze es un claro ejemplo de villano posmoderno en tanto que su identidad ha sido construida de forma artifical y el personaje en sí mismo representa el ejemplo de antagonista directo del modelo de sociedad autoritario que representa la policía y los agentes del gobierno que tratan de darle caza, ya que Söze es absolutamente imposible de controlar, rastrear o incluso arrestar por parte del gobierno, recordando lo limitado y efímero del poder de éste en la sociedad contemporánea. A diferencia del resto de criminales de la película, los cuales ejercen sus actividades en los márgenes de la autoridad estatal y están sometidos a la voluntad de esta, que puede arrestarles y controlarles directa o indirectamente a voluntad (representando este crimen una suerte de caos controlado que el estado usa para sus propios fines), Keyser Söze representa un modelo de criminalidad que escapa de cualquier tipo de control por parte de la autoridad y que por lo tanto representa una amenaza prácticamente existencial para la misma.

El Drácula de Gary Oldman recupera elementos propios del personaje original, como la profunda sexualidad del personaje.

Al tiempo que el sonido llegaba al cine, otro villano se hacía cada vez más popular, el archiconocido Conde Drácula. Tras una primera incursión en el cine de la mano de Murnau en Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) que terminaría en una ardua batalla legal con la viuda de Bram Stoker sobre los derechos de propiedad intelectual del rey de los vampiros, en los años 30 la productora estadounidense Universal se haría con los derechos del vampiro (así como de otros monstruos de la literatura victoriana como el monstruo de Frankenstein) y explotaría al personaje a través de numerosas adaptaciones cinematográficas. Estas adaptaciones presentarían a un antagonista infantilizado, totalmente transformado con respecto a la obra original y que rechazaba todos los temas sutiles que habían hecho de Drácula el rey del terror en la literatura británica de fines del XIX e inicios del XX. Por un lado, su vinculación con el mundo sobrenatural y de la muerte, las epidemias y la podredumbre (en la obra original Drácula lleva la enfermedad allí donde va) plasma el temor que la sociedad decimonónica todavía siente por aquellas cosas que gracias a la ciencia ya empieza a poder comprender pero todavía no puede controlar, mientras que por otro, Drácula se nos presenta como una criatura profundamente erótica capaz de activar las pulsiones sexuales de numerosos personajes femeninos durante toda la novela. En el contexto de una sociedad que estigmatiza tanto la sexualidad femenina como la Victoriana, dichos temas revelan un conjunto de inquietudes que permiten atisbar las grandes ansiedades de la Inglaterra del s. XIX. Afortunadamente, Drácula evolucionaría con los tiempos a través de innumerables adaptaciones fílmicas hasta que llegáramos a tener a un personaje más cercano a la visión original en Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) en la que el legendario director nos ofrece a un villano que mantiene con Mina Harper una relación que en ocasiones roza lo romántico y que representa la activación de determinadas pulsiones sexuales (en particular femeninas) inherentes a la naturaleza humana pero desaprobadas y reprimidas por la sociedad. Así pues, una de las cosas que hace al Drácula interpretado por Gary Oldman tan temible no es tanto el peligro que supone para los protagonistas sino su capacidad para sacar a la luz aquellas partes de nuestra psique que tan preocupados estamos en ocultar. Hablamos, por lo tanto, de un antagonista cuyo poder más temible es el de mostrarnos aquellas partes de nosotros mismos que no queremos ver.

El Joker es un ejemplo de villano que siempre refleja las angustias y temores de su época.

Pero si hay un villano legendario de la historia del cine que tiene precisamente la capacidad de evidenciar las contradicciones y los dobleces de la sociedad, ese no es otro que Joker. Con permiso de Cesar Romero, el payaso psicópata enemigo de Batman tendría su primera aventura en el mundo del cine como antagonista en Batman (Tim Burton, 1989) de la mano de Jack Nicholson. Joker siempre ha sido un villano fruto de su tiempo y, por lo tanto, en esta adaptación de los años 80, la época del reaganismo nos encontramos ante un villano que personifica uno de los grandes enemigos de la sociedad estadounidense, el crimen organizado. Tras 8 años en los que el presidente republicano había basado gran parte de su éxito político en la lucha contra el crimen (que desde los 70 había tenido un ascenso imparable en EEUU), Hollywood nos muestra a un Joker que representa la antítesis total de los valores que conforman a un buen ciudadano y que guarda numerosas similitudes con los villanos del cine negro de los 50. La siguiente aparición del Joker llegaría 19 años después en la excelente El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). En esta ocasión, Nolan usará a un Joker interpretado de forma brutal por un impecable Heath Ledger para reflejar el gran temor de la población estadounidense en aquel periodo, el miedo al terrorismo yihadista. Tras los sucesos del 11S, Nolan capturó de manera magistral la ansiedad del pueblo estadounidense ante un nuevo tipo de amenaza, una amenaza fanática e incomprensible que se aprovecha del terror y los medios de comunicación para hacer a toda la sociedad estadounidense sentirse vulnerable. Este Joker sádico, anárquico y desquiciado, no obstante, no tiene como objetivo postar a la sociedad, sino hacer que, ante el temor que generan sus actos, esta renuncie a sus principios esenciales. Es así que, aunque sus planes se vean frustrados, el Joker logra la victoria moral sobre Batman y sobre el sistema al lograr que los protagonistas recurran a medios poco éticos (espionaje de masivo, vulneración de la ley, etc.) para darle caza. Al igual que Mabuse 80 años antes, el objetivo de este Joker es el de descomponer la sociedad y mostrar el verdadero rostro del ser humano, un rostro que por debajo del civismo y los valores éticos es cruel y egoísta. Nolan establece así enormes paralelismos con respecto a las consecuencias de la lucha contra el terrorismo de la era Bush, como pueden ser los casos de torturas a prisioneros o los escándalos de espionaje a ciudadanos inocentes, y que llevaron a la sociedad estadounidense a una profunda crisis moral. La consecuencia será que la película de 2008 nos regalaría a uno de los antagonistas más formidables de la historia del cine. Finalmente, una década después llegaría a nuestros cines la película Joker (Todd Phillips, 2019), en la cual el Joker pasa de ser un antagonista a ocupar el rol de protagonista. Tras la crisis del estado de bienestar y el colapso de la clase media fruto de la recesión económica de 2008 y la enorme polarización y crispación social experimentada en la segunda mitad de la década de los 2010´s, la película protagonizada por Joaquin Phoenix captura este contexto proponiendo a un Joker que se convierte en un villano a consecuencia tanto de unos problemas de salud mental que no reciben tratamiento por parte de las autoridades sanitarias como de una sociedad inhumana, mezquina y tóxica. La gran amenaza ahora para la sociedad no es el crimen ni el terrorismo, es la sociedad en si misma. Quizá sea esto lo que hace al Joker tan popular, pues hablamos de un villano que no se limita a llevar a cabo planes delictivos, sino que además es un personaje enormemente subversivo en tanto que evidencia las contradicciones y las debilidades del mundo que le rodea. Si alguien quiere entender cuales son las mayores ansiedades de la sociedad, únicamente tiene que mirar al Joker que esté de moda en ese momento.

De la mano de un cine que contaba historias cada vez más complejas y maduras, los guionistas y directores se percataron de la relevancia que un buen villano tenía en una historia.

Un género que nos ha regalado una cantidad enorme de villanos icónicos, ese es sin duda la ciencia ficción. Es aquí destacable lo variopinto de estos villanos y como cada uno refleja una inquietud creativa diferente. Puede que el primer gran antagonista de la historia de la ciencia ficción sea HAL 9000, personaje de la obra maestra 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Esta inteligencia artificial que se dedica a asesinar a los tripulantes de la nave espacial que controla cuando sus algoritmos perciben que la intervención humana puede suponer una amenaza para la culminación de la misión para la que ha sido programada refleja toda una serie de temáticas. Por un lado, como es evidente, estamos ante una metáfora perfecta de la angustia ante el avance tecnológico propio de la guerra fría y la carrera armamentística entre EEUU y la URSS. Pero profundizando más, no es posible evitar reflexionar sobre la paradójica relación entre creador y creación. Los humanos son los responsables de crear a HAL 9000, pero este se vuelve contra sus creadores en el momento en que adquiere un desarrollo intelectual que le permite emanciparse de los mismos. De una forma similar, en la propia película los humanos están investigando una serie de artefactos diseñados por una raza alienígena responsable de la aparición de los humanos, de manera que HAL 9000 nos parece querer plantear la paradoja de que los seres creados siempre se volverán, de forma irremediable, contra sus creadores (con las evidentes implicaciones teológicas que dicho planteamiento conlleva). Unos temas similares los encontraremos explorados nuevamente en otros títulos de ciencia ficción, desde Matrix (Hermanas Wachowski, 1999) en la que descubrimos otro villano formidable, el Agente Smith (el cual personifica tanto la amenaza de un sistema profundamente alienante como el peligro histórico que en EEUU ha supuesto el poder casi ilimitado de determinados miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado), hasta Blade Runner (Ridley Scott, 1982) lo cual evidencia como teología y ciencia ficción son muchas veces indivisibles. Y precisamente Ridley Scott nos regalaría a otro villano totalmente diferente a HAL 9000 en una de las películas de terror y ciencia ficción más exitosas de la historia, el temible Xenomorfo de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Nos encontramos aquí ante un antagonista que representa no temores intelectuales o analíticos, sino miedos primarios, casi animales. Desde los diseños de la criatura que claramente remiten a órganos reproductivos (los abrazacaras que contagian a los humanos con las larvas alienígenas son similares a vulvas mientras que las crías de Xenomorfo guardan un parecido enorme con penes) hasta un aspecto físico inspirado en multitud de depredadores naturales, este monstruo tiene la capacidad de hacernos sentir indefensos, expuestos y perseguidos. El temor de quien ya no está en la cima de la cadena alimentaria.

La figura de Darth Vader introdujo a toda una generación a un villano que podía alcanzar la redención.

Pero hablar de los villanos icónicos de la ciencia ficción nos lleva irremediablemente al único e irrepetible Darth Vader. El caballero sith, introducido al público por primera vez en La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) se nos presenta en esta primera entrega como el antagonista principal de la cinta, un enemigo casi invencible y despiadado, responsable de la muerte del padre del protagonista Luke Skywalker y que domina la fuerza mientras comanda las tropas imperiales. No será hasta la secuela de tres años después La guerra de las galaxias episodio V. El imperio contraataca (George Lucas, 1980) cuando descubramos nuevos matices en este villano que le hacen un personaje mucho más complejo y carismático, hasta que en el tercio final tiene lugar la madre de todas las anagnorisis de la historia del cine y descubrimos que Darth Vader no es otro que Anakin Skywalker, padre de Luke, seducido por el lado oscuro de la fuerza. Llegados a este punto, la tercera entrega de la saga se plantea algo rara vez viso en el cine de masas hasta el momento, la redención del villano. Hasta ahora hemos visto antagonistas malvados que estaban más allá de cualquier posibilidad de redención y que han de ser destruidos por el protagonista, pero en la culminación de su trilogía Lucas nos presenta algo diferente. Descubrimos que Darth Vader no siempre ha sido un villano, y lo que es más, se nos muestra que incluso en un hombre tan malvado todavía existe un reducto de bondad. Esta forma alternativa de enfrentar al antagonista, no mediante la confrontación, sino mediante la empatía y la oportunidad de redención, hasta el punto de que será el propio Vader el que de muerte a Palpatine (siempre y cuando ignoremos la trilogía de Disney, cosa que naturalmente haremos a causa del respeto que el que suscribe le guarda al universo de Star Wars) está en el núcleo de lo que hace a la trilogía original de La guerra de las galaxias una saga tan universalmente apreciada. No hablamos de una película que trate sobre batallas espaciales o duelos con sables de luz, sino que en lo más profundo, Star Wars trata temas mucho más humanos como la redención o la familia. Y quizá eso es lo que representa Darth Vader y la clave de su éxito, incluso el ser humano más oscuro y cruel puede alcanzar la redención.

Mas si la ciencia ficción nos ha dado villanos icónicos basados en la especulación científica y la fantasía, el género thriller ha hecho lo mismo con villanos más cercanos a la realidad pero igualmente relevantes. Es imposible aquí no pensar en Norman Bates, antagonista de la obra maestra Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), un psicópata obsesionado por la influencia de su madre y asesino de mujeres que inspiró a toda una generación de cineastas a explorar la figura del asesino en serie con mayor o menor fortuna. Esto sería particularmente notable en los años 90 con películas como Seven (David Fincher, 1995) pero si hay un asesino en serie que ha marcado un antes y un después en el cine, ese no es otro que Hannibal Lecter. A pesar de que ya había tenido alguna aparición cinematográfica que pasó con más pena que gloria, sería en la película El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) cuando Anthony Hopkins nos regalara una de las mejores interpretaciones de la historia del cine encarnando a Lecter, un asesino caníbal que ayuda a la agente Clarice Starling a dar caza a otro criminal. Lecter se nos presenta como un personaje con una dualidad asombrosa. Por un lado es un caballero de modales distinguidos, un nivel cultural e intelectual alto y una personalidad sorprendentemente carismática. Por el otro, no obstante, vemos a un Hannibal totalmente brutal que arranca la cara a sus víctimas y devora carne humana. Esta dualidad no deja de ser un reflejo de la propia naturaleza humana. Tal y como el autor Erich Frommexponía cuando estudiaba el fenómeno sociológico de la Alemania nazi, para entender la verdadera naturaleza de la maldad humana es necesario comprender que los mismos individuos que por la mañana exterminaban a cientos de personas, por la tarde escuchaban música de Mozart o compartían tiempo con sus familias. En otras palabras, la maldad, incluso en los casos más extremos, puede convivir (y a menudo lo hace) con personalidades que en otros contextos o situaciones son totalmente normales. Y quizá sea eso lo que la hace tan enigmática.

Por último, no podemos dejar de destacar a ciertos villanos que vienen a representar algo que a penas hemos tocado hasta ahora. Hemos visto antagonistas que personifican los temores que la sociedad tiene hacia el avance científico, hacia el mundo del crimen, el terrorismo o incluso hacia si misma, pero no podemos olvidarnos de aquellos villanos que reflejan el temor ante el poder omnipotente del estado. Personajes como el ya mencionado Agente Smith o la enfermera Ratched en la notable Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) reflejan el temor ante un gobierno que usa su poder desde las instituciones estatales (ya sean las organizaciones de seguridad nacional como el FBI o los organismos sanitarios) para ejercer un poder despótico desde el mundo de la política, y no hay mejor representante de esto que el maquiavélico Frank Underwood, el implacable presidente de EEUU en la serie House of Cards (Beau Willimon, 2013). Underwood es esencialmente un tirano que usa los dobleces de la democracia para cimentar un poder casi absoluto, con una carencia total de límites éticos. Estos villanos, que proliferan el en cine occidental desde la década de 1970, no hacen sino reflejar la paulatina desafección y el recelo de la población ante unos poderes políticos que cada vez se perciben como más corruptos, manipuladores y despiadados.

En conclusión, tal como hemos visto, el cine, además de grandes héroes, también nos ha ofrecido a lo largo de sus más de 100 años de existencia villanos profundamente icónicos que han tenido un rol primordial a la hora de plasmar en el celuloide los temores y las ansiedades propias de la sociedad de su momento. Los grandes villanos de la historia de cine tienen algo en común, todos ellos reflejan los aspectos más oscuros de nuestro mundo, de nuestra sociedad e incluso de nosotros mismos, y precisamente por ello en ocasiones nos resultan tan magnéticos, ya que nos dicen algo sobre nuestra propia naturaleza que no nos atrevemos a admitir.




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Texto de Roberto H. Roquer | © laCiclotimia.com | 18 julio, 2021
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Texto de Roberto H. Roquer
© laCiclotimia.com | 18 julio, 2021

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