Lo extraño y lo extraordinario en The Midnight Gospel
| Conversaciones desde el abismo

Estados Unidos, 2020 | Título original: The Midnight Gospel | Género: Serie de TV, Animación, Fantástico | Productora: Titmouse. Distribuida por Netflix | Guion: Pendleton Ward, Duncan Trussell | Edición: Megan Love | Reparto: Phil Hendrie, Duncan Trussell, Joey Diaz, Doug Lussenhop, Steve Little, Christina Pazsitzky, Stephen Root | Disponible en:  Netflix  

Estados Unidos, 2020 | Creación: Pendleton Ward, Duncan Trussell | Título original: The Midnight Gospel | Género: Serie de TV, Animación, Fantástico | Productora: Titmouse. Distribuida por Netflix | Guion: Pendleton Ward, Duncan Trussell | Edición: Megan Love | Reparto: Phil Hendrie, Duncan Trussell, Joey Diaz, Doug Lussenhop, Steve Little, Christina Pazsitzky, Stephen Root

Duncan Trussel y Pendleton Warp nos regalan una serie de animación más allá de lo que habitualmente entendemos por diferente.

The Midnight Gospel no se parece a nada que hayas visto antes. Esto no tiene por qué ser necesariamente bueno ni malo. Es más, es precisamente característico de todo evento de estas características el romper con nuestros esquemas preestablecidos de lo que es aceptable, entretenido, interesante o valioso y lo que no lo es, y todo intento de reconducirlo a los patrones sedimentados por el lenguaje, la percepción cotidiana y todo lo que consideramos habitual, se revelará como una traición ante la esencia de aquello que es verdaderamente de otro lugar. Mi propuesta es que esto no es lo que meramente entendemos como lo extraño, que consiste en lo que puede sonarnos raro o confundirnos y puede inducir algo de incoherencia a nuestra visión del mundo. Pero generalmente, vivimos tanto de forma individual como colectiva con una cierta apertura ante lo nuevo y lo inesperado, en el grado en el que nuestra realidad permite, y lo extraño habitualmente se ajusta y se interioriza a través de este espacio. Al contrario que lo meramente extraño, lo verdaderamente extraordinario rompe de un plumazo nuestras concepciones preestablecidas y no admite más reacción que la perplejidad y la confusión. Lo extraordinario es aquello que es extraño incluso para la noción tradicional de lo extraño. Ni siquiera es del todo adecuado llamar a estos eventos fabulosos o mágicos pues, aunque The Midnight Gospel se presta a este tipo de apelativos, lo verdaderamente característico de la nueva serie de Duncan Trussel y Pendleton Ward es que todo adjetivo o etiqueta con el que se la clasifique aparece intuitivamente como insuficiente, incapaz de encerrar un residuo general que se le escapa y no está al alcance de los métodos conocidos de atrapar cosas vaporosas.

Lo verdaderamente característico de la nueva serie de Duncan Trussel y Pendleton Ward es que todo adjetivo o etiqueta con el que se la clasifique aparece intuitivamente como insuficiente.

Puede entenderse por tanto que la primera dificultad a la hora de hablar de The Midnight Gospel, como de toda experiencia mística y todo buen viaje psicodélico, es que se siente inevitablemente como personal, y si se quiere sacar algo articulado de todo ello, el resultado será imperfecto, si no incómodo y vergonzoso. Pero incluso «místico» y «psicodélico» son adjetivos culturalmente cargados y que arrastran una serie de presunciones sobre la religiosidad fanática y presumiblemente delirante del mundo, de la apología de las drogas, y del dogmatismo peligroso de la experiencia mística, una historia que entendemos que acaba en una tienda debajo de un puente o con un cinturón de explosivos. La propia expresión «estados alterados de conciencia», término utilizado por lo general para describir esta amplia y multiforme esfera de la experiencia extraordinaria, contiene un fuerte prejuicio en torno a la transitoriedad y anormalidad de este tipo de fenómenos, así como su reducción a un sujeto particular (aunque en su mayoría conllevan la disolución de lo que entendemos por ego, o sujeto individual). Es por ello por lo que el antropólogo Robert J. Wallis propuso la inversión irónica de la locución en «estilos ajustados de comunicación», incidiendo en la variedad interna irreductible de estas experiencias, su susceptibilidad a ser manipuladas y recombinadas, y la habitual multiplicidad de sujetos o ausencia de los mismos que caracteriza esta dimensión del mundo psicotrópico, chamánico y alucinado. Lo que en definitiva puede concluirse de todo esto es que vale de más bien poco ponerle un nombre o dar una explicación a este tipo de experiencias, y el secreto suele estar en transitar por ellas.

Y, sin embargo, aquí me encuentro escribiendo sobre The Midnight Gospel. Esta, de todas formas, es la otra cara de lo extraordinario: si bien se resiste a ser reducido a las formas tradicionales de expresión, como puede ser el habla o la escritura, nos imprime con un imperativo irresistible de transmitir lo experimentado. Lo que no es comunicable es a la vez lo que con más ansia deseamos, o más bien debemos, comunicar. Y, de nuevo, no hay nada especialmente celestial y divino en todo ello, al menos no en The Midnight Gospel. Hay algo raro, tremendamente raro, completamente fuera de lo que estamos acostumbrados y que hechizará a muchos y desconcertará a otros, y dejará a la gran mayoría completamente confusos en relación a lo que han visto y las conclusiones que se supone que les invita a sacar. En vista a este imperativo traicionaré entonces mi definición anterior sobre lo extraordinario, y propondré que hay dos cosas esencialmente valiosas en The Midnight Gospel. En primer lugar, como una producción explícitamente fuera lo habitual, revela las formas y esquemas tradicionales que han determinado por tanto tiempo y con tanta fuerza el mundo de la ficción y del contenido audiovisual, que hemos llegado a pensar que son naturales, pero cuyo origen contingente y arbitrario ha de señalarse e impugnarse. En segundo lugar, The Midnight Gospel no se contenta con ser sencillamente extraña, es extraordinaria en su sentido más auténtico: diferente a las formas en las que creemos que aparece lo diferente, rara en el sentido que se eleva por encima del común arquetipo de lo que llamamos «raro». Mientras que lo extraño es algo confuso e irritante pero cuya eventual aparición podemos, en cierto sentido, prever, lo extraordinario es aquello que escapa de cualquier predicción o anticipación, e irrumpe con una fuerza irrefrenable al igual que irrepetible.

The Midnight Gospel no se contenta con ser sencillamente extraña, es extraordinaria en su sentido más auténtico: diferente a las formas en las que creemos que aparece lo diferente, rara en el sentido que se eleva por encima del común arquetipo de lo que llamamos «raro».

Y quizás este sea el mayor éxito de la serie. No tanto ofrecer un experimento trippy sin más a cinco colgados de lo psicodélico que les quedan cuatro neuronas quemadas, o a un par de pirados esotéricos fans de Aleister Crowley, sino demostrar que esta concepción de lo trippy en sí es un estereotipo bastante desencaminado, y que una comprometida exploración de las dimensiones abismales de la mente y la conciencia no es un festival de fuegos artificiales ni consiste en derramar cubos de pintura aleatoriamente sobre un lienzo en blanco. Esta característica es especialmente notable en su animación, que combina una enorme complejidad de movimiento y acción con un cuidado minucioso, casi obsesivo, del detalle, y un profundo sentido del color. The Midnight Gospel demuestra que lo surrealista y lo alucinado no es meramente lo aleatorio, sino algo mucho más complicado y articulado en torno a unas normas que, si bien no se parecen a ningunas normas del universo conocido, contienen su misma naturaleza relacional. Frente al estereotipo gastado de lo psicotrópico como una mera cacofonía de color y ruido, The Midnight Gospel es a la vez fiel a sus múltiples y cambiantes, pero estructurantes, lógicas internas. Frente a una descomposición descontrolada de sentido, el viaje de The Midnight Gospel es una explosión floreciente de sentidos. La animación de cada capítulo consistirá en una multiplicidad de narrativas cuya articulación final será demasiado elusiva, y requerirá quizás de varios visionados para acercarse mínimamente a su plena captación, pero que deja continuamente un sentido de totalidad y armonía entre las partes. La animación siempre escapa a la captación pero no a la comprensión, incluso en el ejercicio de coordinación más complicado que nos requiere la serie: prestar atención al flujo narrativo de la animación y a su vez a las nada ligeras conversaciones de Ducan Trussel. El cómico, co-creador y voz principal de la obra, conversa con una serie de invitados que incluyen, entre otros, al condenado a muerte y practicante de magia Damien Echols, el maestro budista David Nichtern, la tanatopractora Caitlin Doughty o a la propia madre de Trussel en una entrevista tres semanas antes de su fallecimiento.

Los temas de estas conversaciones del abismo, guiados por el ánimo y la gran curiosidad de Trussel, variarán desde el sentido del uso de las drogas, el lugar del dolor en el arte, la meditación, la conciencia, la naturaleza de la realidad y de la vida y, de manera muy presente, de la aceptación de la muerte. Lo que en ocasiones puede parecer como mera ingenuidad por parte de Trussel se convierte en una honestidad intelectual y un gran arrojo a la hora de atajar algunos de los más enigmáticos e incómodos problemas de la filosofía y la espiritualidad. Es precisamente su falta de andamiaje conceptual lo que le hace precipitarse con mayor velocidad y proponernos disfrutar de la caída. Tan solo un pequeño jugueteo irónico con los distintos temas de los que se habla provoca ya de por sí una experiencia de una intensidad nada desdeñable. Los aficionados a lo raro encontrarán sus pequeños guiños al budismo, el tarot, el esoterismo, la cábala e incluso a la simbología conspirativa, pero todo ello recombinado con la imaginaría particular de la serie y la intensidad cualitativa concreta de su animación, que nos transportarán a un lugar en el que, aunque encontremos señales que nos sean familiares, la experiencia completa seguirá siendo algo inusitado.

Pero la verdadera intensidad a la que nos somete la serie es la demolición de lo que hemos petrificado bajo los términos de la alucinación, el sueño, la experiencia mística o psicodélica, la espiritualidad, la religión, la magia o incluso la filosofía (es decir: lo extraño). The Midnight Gospel es, ante todo, algo extraordinario: un experimento de submarinismo libre por los más terribles, absurdos y fascinantes abismos de la vida, un intrincado ejercicio de poner en movimiento los más complejos símbolos e imágenes del ser humano, su lectura del color, del espacio y de la acción, y derramado todo ello, sin aviso, sobre las retinas y los tímpanos de algunos descuidados que se atrevieron a hacer clic. Pero, como ante el avistamiento de un ovni o la aparición de un fantasma, no cabe mucho más que interiorizar el respeto ante lo que es profundamente diferente en un sentido que aún no conocíamos, o quizás solo encogerse de hombros y ponernos otro capítulo de algo más familiar para aterrizar un poco el viaje. La propia irreductibilidad de The Midnight Gospel nos hace ser escépticos a si habrá una segunda temporada. La pregunta fundamental que cabe hacerse es si algo así sería posible o deseable, o si acaso no es mejor dejar estos mundos alterados, estos estilos ajustados de comunicación, en el lugar extraordinario y singular bajo el que aparecieron en primer lugar. Los ovnis no pasan dos veces.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 5 mayo, 2020
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 5 mayo, 2020

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