12 películas de cine negro
| «Caramba, tantas armas en la ciudad y tan pocos cerebros»

Las atmósferas densas y cargadas donde habitaban los desheredados del gran sueño americano o la música como elemento narrativo se convirtieron en algunas de las características más reconocibles del cine negro. Sirvan estas 12 películas a modo de ejemplo.

Desde que el cine dejó atrás la vocación documentalista con la que los hermanos Lumière lo presentaron en sociedad a finales del siglo XIX, fue tejiendo a su alrededor una urdimbre de tópicos y mitos que fue incorporándose a eso que, con los años, se llamaría cultura popular. Pocos han perdurado tanto en la conciencia colectiva como los que creó el género negro o policíaco. La femme fatale que arrastraría a cualquiera hombre al abismo, el duro detective que encierra un corazoncito pese a su apariencia hostil, los chivatos, el pobre desgraciado que acabará dejando su vida en un oscuro callejón por ser testigo de algo que no debía, el villano sin escrúpulos… Toda una caterva de seres marginales que bordean, cuando no traspasan, los límites de lo moralmente correcto para crear una ética personal donde sobrevivir es la única ley. Primer peldaño de la verdadera adultez de Hollywood, el cine negro llegó en la forma de un espejo deforme y retorcido donde mirarnos y hacernos preguntas cuya repuesta guardamos solo para nosotros.

Orson Welles en Sed de mal (1958).

A comienzos de los cuarenta los maniqueos cowboys de Porter o las inocentes guerras de tartas del slapstick empezaban a saber a poco a un público que maduraba paralelo a la incorporación a la industria de nuevos directores y guionistas que apo rtaban sus particulares perspectivas. Las narrativas que demandaba una sociedad que había asistido a dos contiendas globales y a una crisis económica que hizo tambalear los cimientos mismo de la América más capitalista no estaban pues para relatos simplistas. De ese caldo de cultivo surgirá el noir.

Las atmósferas densas y cargadas donde habitaban los desheredados del gran sueño americano, la música como elemento narrativo o el uso de la luz y la oscuridad como elementos expresionistas, se convirtieron en algunas de las características más reconocibles del cine negro. Pero el eterno conflicto entre el bien y el mal nunca ha sido un asunto maniqueo que pueda reducirse al negro y al blanco, y ese axioma fue explotado por el género para crear tramas complejas con personajes más complejos aún que protagonizaron un puñado de películas que han quedado para la historia. Películas donde nada es lo que parece y todo el mundo parece guardar un 38 en su gabardina por si las cosas no salen como se espera, mientras se ocultan tras una nube de denso humo de cigarrillo. Aquí va una docena de ellas.

El halcón maltés (John Huston, 1941)

Parece unánime la opinión de que El halcón maltés (John Huston, 1941) es la cinta que inauguró el género, o por lo menos sentó algunas de las bases que seguirían otras posteriores. Su argumento, no por visto innumerables veces después, deja de ser brillante en su sencillez. El detective (Humphrey Bogart) recibe en su despacho la visita de la chica guapa de turno (Mary Astor), quien, pese a su apariencia frágil de damisela en apuros alberga intenciones ocultas, con las que nuestro héroe (o antihéroe) no tardará de darse de bruces. Este es el punto de partida para que la película basada en la novela homónima de Dashiell Hammett desgrane todas sus virtudes, verbigracia de un guion, firmado por el propio Huston, que es en sí mismo un decálogo del género. Por si fuera poco, cuenta con el gran Peter Lorre encarnando al taimado Joel Cairo. ¿Puede haber un nombre mejor para un villano?

Perdición (Billy Wilder, 1944)

En muchas ocasiones las licencias que los traductores se han tomado en este país para retitular las cintas que nos vienen de fuera no dejan de ser un alarde de ingenio, en el mejor de los casos. Eso es lo que le sucede a Double Indemnity (Billy Wilder, 1944), que en España se tituló Perdición. Basada en la novela corta de James M. Cain, aborda otro de los tópicos del género: el de la fría y calculadora esposa que conspira con su amante para asesinar a su marido y cobrar así un generoso seguro de vida. Por supuesto, nada es lo que parece en esta truculenta historia inspirada en un crimen real y que contó con el propio Wilder y Raymond Chandler en el libreto y con Fred MacMurray, Edward G. Robinson y Barbara Stanwyck para interpretar al trío protagonista de este triángulo de crimen y pasiones.

Laura (Otto Preminger, 1944)

En Laura (Otto Preminger, 1944) regresamos al detective contratado para investigar un feo caso (el asesinato de una reconocido ejecutiva neoyorquina) que acaba metiendo las narices en un asunto más grande. En este caso la mujer será Gene Tierney y el detective de turno Dana Andrews, que a través de los interrogatorios a los amigos y seres queridos de la difunta irá averiguando que nada es lo que parece. Con una particular puesta en escena que se aleja del género en ocasiones, como el uso atípico de la luz, el director vienes logró crear una cinta que funciona visualmente a modo de esquirla distorsionada clavada en una realidad que no reconocemos del todo. Al bueno de Preminger le pasó con esta película lo que a Orson Welles, ambos dieron a luz a sus obras maestras a las primeras de cambio y todo lo que hicieron después se midió con esa vara.

El sueño eterno (Howard Hawks, 1946)

En el primer tercio del siglo XX el cine está aun empezando a experimentar con sus posibilidades narrativas, por lo que es normal que estuviera a la búsqueda constante de referentes en la literatura. Tras la I Guerra Mundial las revistas de la época que incluían relatos cortos estaban a rebosar de detectives que funcionaban como observadores de aquella sociedad surgida tras la primera gran contienda global. En las páginas de una de las revistas de referencia, Black Mask, surge el detective Philip Marlowe, todo un icono en esto de los huelebraguetas de sombrero calado y actitud cínica, fruto de la mente de Chandler. En la gran pantalla nadie lo encarnó como Bogart, quien en El sueño eterno (Howard Hawks, 1946) repite junto a Lauren Bacall en una de las duplas que más horas de éxito dio al género. La cinta cuenta con una trama tan enrevesada que este humilde escritor no osará ni intentar destripar.

Forajidos (Robert Siodmak, 1946)

Forajidos (Robert Siodmak, 1946) es otra de esas cintas que sufrieron la terrible costumbre española de cambiar su título al cruzar el charco. Vaya usted a saber por qué alguien decidió que The Killers, título original, no dejaba claro de qué iba la peli. Sea como fuere estamos ante otra de esas tramas que con el tiempo se han convertido en puntales del género: la del antiguo criminal que vive una vida tranquila y alejada de un pasado turbio hasta que ese pasado regresa para darle en todos los morros y recordarle lo que siempre ha sido. El criminal es Burt Lancaster, la chica mala Ava Gardner y el detective que tirará del ovillo hasta revelar toda la verdad Edmond O’Brien. Basada en un relato corto de Ernest Hemingway, cuenta, por si ello fuese poco, con Richard Brooks, Anthony Veiller y John Huston en el guion. Historia rodada con solvencia y recubierta de una atmósfera cruda y deprimente. Cine negro en estado puro.

La dama de Shanghai (Orson Welles, 1947)

Que el cine de los hermanos Coen tiene en los clásicos de los años 40 una fuente eterna de influencias es algo que no se le escapa a nadie. Basta con revisitar la compleja trama de La dama de Shanghai (Orson Welles, 1947) para darse cuenta de ello. En la cinta el propio director encarna al marino Michael O’Hara quien caerá perdidamente enamorado de la rubísima Rita Hayworth (¿quién podría culparle de ello?) y cuyo amor ciego lo hará verse inmerso en una red de dobles intenciones donde todo el mundo es sospechoso de ocultar algo. Una trama complicada y rara, llena de recovecos y que como todo lo que hacía el director de Ciudadano Kane está rodado de un modo magistral. Una lección magnífica de cómo hacer un gran noir y que además resulte desconcertante pese a estar cuajado de tópicos.

Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947)

Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947) incide en el tópico al que antes nos referíamos del pasado que regresa para sacudirnos. Desde luego el título no engaña a nadie. En esta obra maestra del género llena de atmósferas en penumbra, nubes de humo que ocultan rostros taciturnos y personajes de dudosa moral, Robert Mitchum es el ex detective Jeff Bailey, quien cuando recibe el aviso de que un jefe del hampa (Kirk Douglas) le anda buscando, no tendrá otro remedio que confesar a su prometida que la anodina vida de empleado de gasolinera que lleva no es más que la tapadera de un pasado que incluye algún que otro escarceo con la novia del hombre que ahora le reclama, además de la distracción de unos cuantos miles de dólares. Un enorme flashback repleto de clichés, pero que hacen de esta cinta una pieza maestra del cine negro.

La jungla de asfalto (John Huston, 1950)

El robo a una joyería es la excusa que un grande como Huston necesita para dar una lección de dirección de actores, en una joya del género titulada La jungla de asfalto (John Huston, 1950). La disección de precisión cirujana de los personajes así como la atención a los detalles del plan del robo convierten la cinta en una de las primeras de un subgénero que se haría popular años después. Delincuentes que tras hacer las cuentas de la lechera irán viendo que aquel viejo axioma que dice que el mal no compensa se cumple (al menos en el cine), polis corruptos y una tupida red de traiciones hacen de esta una peli de obligado visionado para todo fan del género. Destacan también las magistrales interpretaciones de Sterling Hayden y Louis Calhern y la aparición de una Marilyn Monroe que aún no era el mito en el que acabaría convirtiéndose

Sed de mal (Orson Welles, 1958)

Sed de mal (Orson Welles, 1958) es considerado el epitafio de la etapa clásica del cine negro. ¡Y qué epitafio! La cinta cuenta con Charlton Heston interpretando al detective mejicano (sí, has leído bien, mejicano) Mike Vargas que es testigo junto a su esposa de la explosión de un vehículo propiedad de un mafioso en la misma frontera entre USA y México. Este inicio, rodado en un glorioso y mítico plano secuencia de 3 minutos, es el comienzo del tortuoso camino de nuestro héroe que, vaya por donde vaya, es el único poli honesto en millas a la redonda. Como todas las cintas de Welles cuenta con una enrevesada trama dentro de la pantalla y que dejamos al disfrute del lector, y una no menos enrevesada trama fuera de la pantalla que incluye la contratación de un director a espaldas de Welles para la realización del montaje final, y un estreno que fue un completo fracaso. El obeso y genial realizador nunca pudo ver el montaje de su obra tal y como deseaba, ya que murió unos años antes de que el 1998 Sed de mal se restrenara en cines convirtiéndose en el clásico reconocido que es hoy.

Chinatown (Roman Polanski, 1974)

En los sesenta el gusto del público varió y el cine negro perdió peso en una taquilla en la que, irónicamente triunfaban las historias adultas y llenas de violencia. Hollywood se hacía definitivamente adulto gracias a la visión de un grupo de directores que removerían los cimientos de la industria. Será precisamente uno de estos realizadores el encargado de revisitar el género noir en los setenta. Chinatown (Roman Polanski, 1974) retoma el clásico del detective contratado por una mujer que oculta sus verdaderas intenciones y cuya investigación le hará adentrarse en las simas más ocultas y hondas de la condición humana. El detective es Jack Nicholson y la chica Faye Dunaway en esta cinta ambientada en Los Ángeles de los años 30 y que devolvió el cine negro al lugar al que pertenecía.

Pero la cinta de Polanski no solo hizo que regresara el interés por el cine negro o policíaco, sino que en los setenta se hibridó con otros géneros y fue poco a poco empapándose de la libertad que inundaba la gran pantalla para adentrarse en senderos tortuosos que ningún realizador de la etapa dorada del género hubiese imaginado siquiera. El Hollywood de los ochenta llegó cargado de efectos especiales y moralinas. El optimismo de la era Reagan ahogó el cinismo de los detectives de mirada torva y cigarrillo eternamente colgado de los labios. El espectador dio la espalda a la cruda mirada a la realidad que siempre ha sido el cine negro y la sustituyó por una ficción puramente evasiva. Habría que aguardar hasta los noventa para dar con otro de los jalones fundamentales del género.

La última seducción (John Dahl, 1994)

La última seducción (John Dahl, 1994) la femme fatale se colocaba en el centro mismo de la trama transformada en una auténtica villana cruel, ambiciosa y sin escrúpulos. En una actuación memorable, Linda Fiorentino destrozaba la imagen creada por el género en su época dorada de la mujer maltratada por la vida, pero que aún atesora un poso de ternura en el fondo de su alma, para trazar el perfil de una perfecta psicópata de manual capaz de sacrificar sin el más mínimo pestañeo a cualquiera con tal de conseguir sus fines. Bill Pullman y Peter Berg sufrían sus manipulaciones en una cinta de bajo presupuesto que revitalizó el género.

L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997)

Tres años después y siguiendo la estela de la cinta de Dahl llegó una verdadera obra maestra del cine negro que lo colocó a las puertas del siglo XXI en lo más alto. L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997) es una de esas cintas que incluso si no eres fan del género tienes que ver. Basada en la tercera entrega de la serie Cuarteto de Los Ángeles, del maestro de la novela negra, James Ellroy, es considerara por muchos una de las mejores cintas de su década. Estuvo nominada en todas las categorías grandes de los Óscar, pese a que al final hubo de contentarse con el de mejor guion adaptado y el de mejor actriz de reparto por el magnífico trabajo de una Kim Basinger que renacía de sus cenizas, y que se retroalimentaba de las también magistrales interpretaciones de Russell Crowe, Guy Pearce y Kevin Spacey dando vida al trío de detectives de una Los Ángeles que nunca ha sido filmada más oscura y turbia. Una trama magistral, la magnética música de Jerry Goldsmith y una fotografía que te llevaba directamente a los años 50 crean una red que se cierra sobre el espectador para mantenerlo pegado a la butaca las dos horas y dieciocho minutos que dura.

Cita del subtítulo: Philipe Marlowe en El sueño eterno.




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Texto de Óscar Soto Colás | © laCiclotimia.com | 2 enero, 2021
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Texto de Óscar Soto Colás
© laCiclotimia.com | 2 enero, 2021

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