Las 36 cámaras de Shaolin
| Los monjes budistas del kung-fu

Hong Kong, 1978 | Dirección: Liu Chia-Liang | Título original: Shao Lin san shi liu fang | Género: Acción, Artes marciales | Productora: Shaw Brothers | Guion: Ni Kuang | Fotografía: Arthur Wong | Edición: Chi Leong Cheang, Yen Hai Li | Música: Yung-Yu Chen, Stephen Shing, Su Chen-Hou | Reparto: Gordon Liu, Lo Lieh, Norman Chu, Henry Yu, John Cheung, Wilson Tong, Ng Hong-Sang, Billy Chan, Hsiao Ho, Chin Siu-Ho, Lo Meng, Wong Yu | Duración: 115 minutos |

Hong Kong, 1978 | Dirección: Liu Chia-Liang | Título original: Shao Lin san shi liu fang / 少林三十六房 | Género: Acción, Artes marciales | Productora: Shaw Brothers | Guion: Ni Kuang | Fotografía: Arthur Wong | Edición: Chi Leong Cheang, Yen Hai Li | Música: Yung-Yu Chen, Stephen Shing, Su Chen-Hou | Reparto: Gordon Liu, Lo Lieh, Norman Chu, Henry Yu, John Cheung, Wilson Tong, Ng Hong-Sang, Billy Chan, Hsiao Ho, Chin Siu-Ho, Lo Meng, Wong Yu | Duración: 115 minutos |

Gordon Liu saltó a la fama gracias a este clásico inmortal del cine de artes marciales.

Es habitual encontrarse con la extendida creencia de que la industria cinematográfica norteamericana ha sido, y siempre será, puntera en la exploración de nuevos aspectos técnicos y narrativos que después exportan a otras industrias periféricas, de menos potencia y calado internacional. Si bien las industrias locales de casi cualquier país del mundo lo han tenido tradicionalmente difícil a lo hora de competir con el gigante de Hollywood, es importante reseñar que muchos de estos cineastas internacionales fueron pioneros en nuevos lenguajes cinematográficos que hoy en día son motivos comunes del cine norteamericano. Algo así ocurrió en la década de los años 70 en Hong Kong, donde se produjo un gran empuje en el cine de acción y de artes marciales que determinaron para siempre el destino del género. Mientras que la industria estadounidense se encontraba inmersa en un cine sesudo e intelectual de mano de Roman Polanski, Sidney Lumet o Francis Ford Coppola, donde se primaba el diálogo espeso y las ambientaciones sombrías, el cine hongkonés vivía un resurgimiento espectacular de la calidad técnica e impacto internacional de su cine de acción y de artes marciales. Bruce Lee es hoy en día considerado como la razón fundamental de este auge de popularidad, pero Lee no deja de ser la punta de un iceberg de grandes producciones, como es el caso de Las 36 cámaras de Shaolin (Liu Chia-Liang, 1978), considerada ampliamente como una de las obras más influyentes del cine de acción hongkonés.

Las 36 cámaras de Shaolin fue además la producción que catapultó a la fama a Gordon Liu, actor y coreógrafo legendario del cine de artes marciales al cuál Quentin Tarantino homenajearía no con uno, sino con dos papeles: Jonnhy Mo, líder de los 88 maníacos en Kill Bill. Volumen 1 (2003) y el maestro Pai Mei en Kill Bill. Volumen 2 (2004). En Las 36 cámaras de Shaolin, Gordon Liu encarna al joven Liu Yude, quien ve cómo su ciudad natal de Cantón es aplastada por la opresión de la Dinastía Qing, de origen manchú, y su débil resistencia es neutralizada sin piedad. Como es común en el cine de artes marciales chino, la historia de la superación personal y muestra de valor por medio del combate de un individuo sirve como paralelo a un relato de recuperación del orgullo nacional frente a los opresores extranjeros que, como bien es sabido, tradicionalmente han gobernado China. Liu Yude no duda en cuál es su propósito y, tras ser perseguido y herido por los manchúes de Qing, huye hacia el famoso monasterio Shaolin, convencido de que, de haber conocido el pueblo de Cantón el secreto del kung-fu, su destino habría sido muy diferente.

El éxito de Las 36 cámaras de Shaolin acabaría por convertir a Gordon Liu en una de las mayores estrellas internacionales del cine de artes marciales.

En el monasterio budista de Shaolin es recibido fríamente, pero al cabo del tiempo es aceptado como alumno y tendrá que enfrentarse a las 35 cámaras de Shaolin: las 35 enseñanzas o pruebas que moldearán su condicionamiento físico y le instruirán en las más elaboradas técnicas de las artes marciales, pero también en los valores cotidianos de la humildad y la meditación. Si bien es posible entrever, en estos momentos de la película, que la acción se pospone demasiado y que nos vemos enterrados en una serie interminable de pruebas absurdas en una especie de Hogwarts budista, gran parte de la genialidad de Las 36 cámaras de Shaolin supone una construcción minuciosa y detallada de las escenas de entrenamiento que escalan progresivamente a una imagen completa y orgánica de qué significa ser un maestro del kung-fu. Mientras que otras películas de género se obcecan con la muestra desnuda de la acción y la pelea o utilizan las escenas de entrenamiento como un dispositivo cómico superficial, Las 36 cámaras de Shaolin es una ilustración privilegiada de cómo las artes marciales chinas han estado siempre aunadas a una ética del esfuerzo y una filosofía de la humildad y la superación personal, de igual forma que ha estado aunada la filosofía política china con una moral de las virtudes cotidianas y la sencillez. La interiorización de estas enseñanzas, o al menos eso nos quiere decir la película, es condición sine qua non para las capacidades más avanzadas en el combate. Sólo así se entiende algo tan paradójico como un monasterio budista de las artes marciales.

Hoi Sang Lee y Gordon Liu protagonizan un recital de cine de artes marciales con un despliegue de acción y movimiento que está a la altura de las mejores producciones del género.

Una vez en el monasterio, Liu Yude cambia su nombre por el de San Te, revelándose así la película como una ficcionalización libre de la vida del legendario monje del mismo nombre. San Te supera en un tiempo récord las numerosas cámaras de condicionamiento físico de Shaolin, algunas de las cuales sirven para comentar la también estrecha relación del cine de artes marciales con el humor y la comedia física, de la cuál Las 36 cámaras de Shaolin tampoco se priva. En concreto, la prueba en la cuál los alumnos del monasterio deben abrirse paso por un bosque de sacos de arena a cabezazos demostrará la capacidad de la película de no tomarse demasiado en serio. Las pruebas de las distintas cámaras finalmente desembocan en una serie de peleas contra otro monje del monasterio, interpretado por Hoi Sang Lee, en una sucesión de escenas donde la sofisticada coreografía de la película y su novedosa técnica cinematográfica brillan con toda su intensidad. Gracias a la construcción del personaje de San Te y el ambiente general de misticismo y sentido del ritual que envuelven la vida en Shaolin, Hoi Sang Lee y Gordon Liu protagonizan un recital de cine de artes marciales con un despliegue de acción y movimiento que está a la altura de las mejores producciones del género.

La película no se privará de sus momentos de humor, especialmente en las distintas escenas de entrenamiento.

Finalmente, una vez que San Te ha escalado a lo más alto de la jerarquía de Shaolin, se le dará la oportunidad de ser el jefe de una de las 35 cámaras. Pero San Te tiene otros planes, y propone a los maestros de Shaolin la creación de una «trigésimo sexta cámara»: la enseñanza libre del kung-fu al pueblo. Los monjes de Shaolin, argumenta San Te, se han sumergido tan profundamente en su perfeccionamiento de las artes marciales que han olvidado al pueblo de China y el pueblo, sin el poder del kung-fu, no logrará librarse nunca del yugo extranjero. Pero los monjes no están convencidos con el mensaje democratizador de San Te, y le expulsan del templo. El joven guerrero entonces no tiene otra alternativa que volver por su cuenta a Cantón y ocuparse él solo de los manchúes. Una vez que ha logrado su objetivo, fundará una escuela de kung-fu abierta al público, cuyas peripecias podremos ver en las numerosas secuelas de la película. Nos sea más o menos fácil de digerir el mensaje democratizador y nacionalista de la película, no debemos tampoco condenar a Las 36 cámaras de Shaolin a un mero ejercicio de pedagogía que toma a sus espectadores por tontos. La película atravesará y pondrá en tensión las numerosas contradicciones de su mensaje: el aparente conflicto entre la realización personal del guerrero individual, San Te, y el sentido colectivo y democrático de su misión; las altas cotas de perfeccionamiento y atesoramiento del conocimiento bajo la segura guardia de un monasterio y la impotencia de ese conocimiento de transformar efectivamente el mundo y, fundamentalmente, la tensión entre las habilidades marciales del maestro de kung-fu y los mandatos de la filosofía que siempre le acompañan: la reducción del daño y de la injusticia, y el alejamiento de causas innobles como la venganza.

Pero posiblemente podamos ser acusados, y con un importante grado de razón, que el mensaje es probablemente lo que menos importa de una película de artes marciales. Al fin y al cabo, los verdaderos aspectos revolucionarios de Las 36 cámaras de Shaolin son sus avanzadas técnicas cinematográficas, su invisible y a la vez efectiva integración de las escenas de lucha con el movimiento de cámara y la interconexión de planos, y su exquisitamente cuidada coreografía. Aunque todos estos aspectos fueron realmente influyentes, lo que verdaderamente eleva a Las 36 cámaras de Shaolin es la forma en la que conecta y aúna estos aspectos técnicos y de acción con un arco dramático más amplio de superación personal y lucha contra el opresor. Muchas de las grandes películas del cine de artes marciales internacional rendirán para siempre homenaje a Las 36 cámaras de Shaolin, aunque es bien sabido que unas industrias locales no siempre igual de fuertes y con una importante emigración de talento hacia Hollywood han provocado que la historia del género sea un tanto desigual y siempre esté en peligro. Ello es si cabe más razón para atesorar películas como esta, pero no como los herméticos monjes de Shaolin, sino con el espíritu de publicar y compartir a todo el que nos lea nuevas y diferentes experiencias de entender y disfrutar el cine.


Artículo perteneciente a la serie: CINE ASIÁTICO   



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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 30 mayo, 2020
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 30 mayo, 2020

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