La sed que mata el champán
| En defensa de la banalidad

Por esta fiesta desfilarán Schumann, Ravel y el marqués de Custine. Harán La dolce vita y buscarán escandalosamente La gran belleza. Quizá después, incluso, nos inviten a una copa.

Las botellas de champán hacen ruido al descorcharlas, y eso es mejor aún que el champán mismamente, porque una botella y otra y otra y otra pueden terminar siendo una catarata burbujeante de fuegos artificiales para alumbrarnos por las noches y, de paso, hacer todo un estupendo estruendo. El ruido es casi siempre preferible a la música, porque sirve igualmente para acallar algunos silencios (no vaya a ser que nos ahoguemos en ellos), pero pide menos. Brindamos, entonces. Ah, pero suena un vals, ¿se oye? Ravel, cómo no, sentimental y noble. Para recibirnos ha escogido su corbata más à la mode, con sus dibujos de tartán y su broche de perla bajo el nudo como la lengua de una ostra. Luego ha abrillantado la punta acharolada de los zapatos de noche con el pañuelo de franela (naturalmente, son los mismos zapatos de concierto que una vez quedarían guardados en un baúl olvidado en la estación de tren, llevando a la desesperada Mademoiselle Roma —que aquella noche de 1928 cantaba las canciones de Ravel con la Sinfónica de Chicago—  a tomar un taxi de ida y vuelta para recoger los zapatos, porque la orquesta inquieta y el público desconcertado esperaban al compositor en sus respectivos asientos —habrían de esperar por más de media hora—, pero éste no accedía a ocupar el podio así de cualquier manera, con sus zapatos italianos de a diario —«Jamais de la vie!»: jamás acceder a dejarse ver en público si no era impecablemente presentable—. Por último, antes de recibirnos, Ravel ha plegado el pañuelo dejándolo caer graciosamente sobre la solapa del bolsillo superior de la chaqueta: una americana de pechera larga y botonera cruzada que se cierra sobre sí misma a la manera de un caftán de la India. Ya sabéis que ahora estamos en el año de 1911 —mortecino y precioso, este año nuestro de despedidas—, y al inicio de sus valses para piano que ahora suenan —sentimentales y nobles, cómo no— Ravel se ha cuidado muy bien de anotar sobre la partitura una cita de Henri de Réignier: «…le plaisir délicieux et toujours nouveau d’une occupation inutile» («…el placer delicioso y siempre nuevo de una ocupación inútil»). Los italianos le dicen Il dolce far niente (el dulce no hacer nada). Brindamos, entonces. Son encantadores estos valses, ¿no os parece?, y los escuchamos siguiéndolos con el balanceo de nuestras hamacas, mientras apuramos lentamente la copa que nos han ofrecido y que hemos aceptado descuidadamente porque, descorchada la botella, una copa no se puede nunca rechazar.

Hay algunas fiestas que, luego ya después, recordamos con nostalgia, y otras fiestas en cambio que las hacemos para sepultar viejas nostalgias.

El candor de las fiestas de Navidad en casa de Fanny y Alexander (antes del diluvio).

Pero no todo es lo mismo: hay algunas fiestas que, luego ya después, recordamos con nostalgia, y otras fiestas en cambio que las hacemos para sepultar viejas nostalgias. Son cosas distintas. Hay fiestas que luego recordamos con nostalgia. Así como habla, digamos ahora, Stravinsky, de la noche de Fin de Año de 1899, con el candor de las Navidades de Fanny y Alexander (Ingmar Bergman, 1982), la febrícula somnolienta de las seis de la tarde y la familia entera cantando: «¡Qué noche tan feliz y crucial nos parecía el comienzo del siglo XX!» (Y qué terrible luego el siglo XX y sus primeros años). Cómo no recordar entonces con nostalgia, por ejemplo, la cosas bellas y tardías en el momento justo antes de que se nos vayan, y recordarlas como si sólo las hubiéramos vivido directamente ya en un pasado, en el pasado ligero que ahora echamos en falta, como si solo hubieran transcurrido para nosotros en un tiempo que siempre fue pasado, que siempre tuvo la condición del pasado incluso quizá mientras lo vivíamos (probablemente porque lo vivíamos en el momento justo de acabarse), o como si nunca hubieran pertenecido a ningún presente o a ningún tiempo que hubiéramos podido sentir como presente mientras iba siendo para nosotros. Una sensación así debió tener ciertamente también Chopin en aquella fiesta última de despedida en la Zelazowa-Wola natal en octubre de 1830, días antes de abandonar Polonia, entre amigos y queridos, sabiendo a sus espaldas que ya no iba a volver. Chopin no vivió aquella fiesta durante ninguna tarde de su vida: para él esa fiesta sólo pudo existir como vivencia siempre ya retrospectiva, como una tarde existente desde siempre en la memoria pero nunca vivida —en ninguna tarde de su vida— con ese sentido lineal y momentáneo gracias al cual sentimos lo presente como tal, con esa sensación de lo que justamente «se va haciendo». Para Chopin nunca pudo haber sido octubre de 1830, salvo en la memoria.

He ahí las fiestas que recordamos con nostalgia, a sabiendas de que todas aquellas cosas que recordamos con profunda nostalgia —indistintamente las que sean— no pueden ser otra cosa más que una fiesta, una fiesta en ellas mismas, una celebración, un amor quizás y, justamente, un amor en el momento mismo de festejarlo.

A sabiendas de que todas aquellas cosas que recordamos con profunda nostalgia —indistintamente las que sean— no pueden ser otra cosa más que una fiesta, una fiesta en ellas mismas, una celebración, un amor quizás y, justamente, un amor en el momento mismo de festejarlo.

Pero luego están, hemos dicho, las fiestas que hacemos para sepultar otras nostalgias. Ahí tenéis a Astolphe de Custine, nada menos, celebrando en casa suya las soirées más espumeantes y codiciadas de todos los salones de París. Es el rey de las veladas de todo el siglo XIX. Pero si necesita rodearse de los invitados más exquisitos, de los chismes más candentes, de las boutades más ingeniosas, de los divertimentos más ocultos, del ruido y la mundanidad más de guirnaldas, si necesita rodearse de todo eso, decíamos, es por el mismo motivo por el que se encierra a escribir: para olvidar, para evadirse. Y es que las evasiones —salvo las fiscales, aunque sobre esto hay opiniones al respecto, ya sabemos, todo es cuestión de gustos—, las evasiones, decíamos, que son la literatura, el amor, los cigarros y los viajes, la bebida, las sábanas, la música, el ruido, pueden ser un bálsamo para las almas entristecidas. Custine con cuatro años ha perdido a su padre y a su abuelo por obra de la navaja de la guillotina de Robespierre, mientras que la madre, Delphine de Sabran, sería encerrada en una torre por mor de sus relaciones con el ministro Joseph de Fouché, caído en desgracia a partir de 1810 por deslealtad a Napoleón. Gracias a Dios Delphine sabía multiplicar su tiempo y había cuidado un largo idilio con Chateaubriand, nada menos, a cambio de que éste por su parte descuidara proporcionalmente la afincada vida de hombre casado, pero sin dejar de escribir y hacer, eso sí, las Memorias de ultratumba. Chateaubriand quiso a nuestro Astolphe de Custine como a un hijo, le regaló la literatura, la sensibilidad y el amor por los viajes, que son los tres dones del exiliado. Liberada la madre, Delphine, de su encierro (el de la torre), marcharon al exilio, a Italia, a Europa, con Madame de Stäel nada menos, y luego al Congreso de Viena, porque era la mejor manera de disparar la carrera de diplomático del joven Custine (esa carrera que había de protegerse intentando casar al muchacho primero fallidamente con la preciosa Albertine de Stäel y luego ya de manera más exitosa con la cándida Léontine de Saint-Simon, a tiempo al parecer, porque Custine parecía ya por entonces entretenerse más bien con los jovencitos que con las muchachitas —los caballeros, ya se sabe, las prefieren rubias, pero se casan con los caballeros, lo decía Anita Loos entrevistada—). Astolphe y Leóntine se encariñaron sinceramente, se quisieron o al menos se acompañaron. Volvieron de Inglaterra a París con todo un hallazgo, Edward de Sainte-Barbe: para Custine, el verdadero y único amor de su vida, enorme y felizmente correspondido. Se instalaron en la misma casa Astolphe y sus santos (Sainte-Barbe y Saint-Simon), tan ricamente los tres con los turnos que entre ellos acordaran, luego nació el pequeño Entreguerrand, después Léontine encinta de nuevo murió de tuberculosis, y más tarde los dos hombres debieron marchar a un exilio forzoso en el campo (en el que moriría el adorado Entreguerrand) porque un miliciano del que Custine había caído enamorado lo traicionó, costándole una paliza a manos del regimiento del soldado, que lo abandonó desnudo e inconsciente en plena calle, entronándolo de paso como en el hazmerreír de todo París, que se había propuesto crucificarlo. Después vinieron España (el amor tremendo con el conde polaco Ignacy Gurowski), Rusia (la amistad con el Zar), España de nuevo (para descubrir que Gurowski había huido a Bélgica en brazos de la infanta Isabel Fernanda) y París de vuelta: y allí sí, fueron las fiestas, las grandes fiestas, ¡allá cuando el escándalo es la patria!, tener al menos el escándalo para olvidar la maraña de la vida, consagrarse a la mundanidad como una exquisita religión particular o una forma de expiación. ¡Amargura!, los muy selectos asistentes continuaron siempre burlándose del anfitrión tras las cortinas, pero entre toda aquella multitud alborotada (y así como Scott Fitzgerald escribe que sólo en las grandes fiestas, entre la muchedumbre, existe espacio para la intimidad, porque en las fiestas de amigos y en las celebraciones particulares todo está a la vista de todos, el grupo va con el grupo y no hay intimidad) Custine confraternizó con Liszt y especialmente con Chopin: en retirada y a las seis de la mañana los valses, los nocturnos, las improvisaciones sobre temas de ópera y una mazurka preciada para terminar con la que ambos redimieran sus tristezas.

El cabaret de La dolce vita antes del número final del trompetista.

Estas otras eran las fiestas que acallaban viejas nostalgias. Fellini, con cuánta tristeza, lo llamaría La dolce vita (1960). Corriendo de fiesta en fiesta, conduciendo siempre sin parar de lado a lado, forajidos, de escena en escena, de noche en noche, de alma en alma sin amigos, errantes, sin hogar, expatriados: pero felices de hacernos compañía y de tapar nuestras miserias, decepciones, nuestras fatigas y otros silencios, entretenidos al menos con algo de dulce frivolidad (porque hace la vida más encantadora y coqueta, hombre) y con el sagrado no-hacer-nada (porque es a veces la única manera de evadir la nada). Es la impagable imagen felliniana del trompetista desgarbado que cierra o termina el espectáculo de cabaret abandonando el escenario mientras lo siguen los globos y las serpentinas (las reliquias de la fiesta), como por arte de magia, amaestrados tan sólo con su música, con su tristeza y su silencio (lo que queda al final de la fiesta), como un flautista de Hamelín contado entre libertinos. Más tarde conocemos a Steiner, el suicida de la película, que teme encontrarse consigo mismo, con los otros. Teme la nada, teme el abismo, la pereza, la falta de esperanza, el aburrimiento sobre todo, esos horrores que se ocultan tras la paz y tras el silencio, que a Steiner le parecen sólo apariencia, que ocultan el infierno. Acabadas las fiestas y el ruido, el gran ruido, Steiner sucumbió a ese infierno y no pudo más. Pero al final siempre nos queda irnos a una playa, y eso sería sin duda lo mejor.

Burlémonos un poco de todo, frívolamente incluso, porque habremos de llevar muchos pesos y la única manera de pasar por los infiernos es burlarse de los infiernos.

Las fiestas de La gran belleza son una catarata espumeante de champán.

Seamos indulgentes con las fiestas. Es la misma cosa que Schumann, que deja su música en las manos de Eusebius (el heterónimo melancólico), llena de amor, de añoranza, de deseo: pero cuando no hay amor o cuando este no es cumplido, entonces recurre a Florestán, el salvaje, el exaltado, el frenético, el festivo. Será mejor recaer en la locura que en la negación de la vida. Y entre tanto barullo (porque allí también hay intimidad, Scott Fitzgerald nos lo ha enseñado), nos reencontraremos un día con una nostalgia más esencial que todas las tristezas que habíamos querido sepultar. Será esencial porque será de raíces, nuestra, será una verdad que somos y que quizá echamos en falta a lo largo de nuestro viaje: eso que Sorrentino ha llamado La gran belleza (2013). Será una magdalena de Proust, un recuerdo, un amor, un primer amor o un amor que es primero a los otros amores, o quizás será una vida que habíamos traicionado por otra que no es la nuestra. Será lo que somos y debemos cuidar, eso que representa, por ejemplo, la vieja imagen de una fiesta de Fin de Año. Lo mismo que Jep Gambardella en Roma, finalmente fiel, en el camino a la autenticidad: vivir y morirse en lo que uno es. Es un problema de falta de verdad ante la vida, de vivir o no en la verdad. Repudiar el cinismo, la impostura, la mentira en que vivimos, la maldad quizá y también el horror ante el vacío, que no es otra cosa que cobardía (más o menos comprensible), porque nuestro viaje nos hace con facilidad transitar entre el ser y la nada, y hemos de convivir con muchos vacíos. Al fin y al cabo, vamos todos tomados de las caderas en una conga-trenecito de las que se bailan en casa de Jep Gambardella; esos trenecitos de los que dice el anfitrión que «son los más hermosos del mundo porque no van a ninguna parte». En el camino nos dará sed y el champán podrá quizá aplacarla un poco. ¡Y ay, las fiestas! Seamos indulgentes con las fiestas, con la banalidad, con el sentimiento, con la compañía, con las distracciones, y también con el ruido. Burlémonos un poco de todo, frívolamente incluso, porque habremos de llevar muchos pesos y la única manera de pasar por los infiernos es burlarse de los infiernos. O eso, o abandonar toda esperanza. Y mientras, apuremos esta copa de champán —descorcharon la botella y no pudimos rechazarlo—, y fijémonos si no se está bien aquí, en esta fiesta, mecidos en las hamacas de cualquier azotea, en Roma o en cualquier otra parte.




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Texto de Ángel Martín del Burgo | © laCiclotimia.com | 1 junio, 2020
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Texto de Ángel Martín del Burgo
© laCiclotimia.com | 1 junio, 2020

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