La red social
| El invento de toda una generación

David Fincher entrega un biopic de Mark Zuckerberg, mente detrás de Facebook, y de todo lo que rodeó su creación, valiéndose de sus habituales recursos narrativos y trasladando a la era de internet su potente discurso sobre la socialización moderna.

A primera vista podría ser considerada una cinta más que aprovecha el tirón mediático de una red social como es Facebook, pero nada más alejado de la realidad. La red social (David Fincher, 2010) es un historia que bajo una apariencia simple nos narra el ascenso al poder de un chico con una mente privilegiada y visionaria que es acusado de robo de la propiedad intelectual entre otras muchas cosas que no harían sino desprestigiar el auge de el que puede sea el mayor invento de las últimas décadas. Pero fuera de toda ingeniería asociada al ámbito informático, radica la verdadera belleza y profundidad de una historia potente y hasta cierto punto siniestra, que no es otra cosa que un cuento sobre los intereses y todo el mal que pueden hacer sobre las relaciones entre las personas. Mark Zuckerberg, encarnado por un Jesse Eisenberg que escapó de la comedia para explorar su lado más dramático, es un muchacho altamente excéntrico con unas ideas revolucionarias. Pero como todo ser humano, necesita de la ayuda de la gente que le rodea para poder convertir en realidades sus ambiciones, lo que le lleva a plantar el germen de la ilusión en sus allegados, hasta el punto de involucrarlos al máximo en su empresa, pero que en todo momento controla los hilos de la marioneta que está forjando, mientras que todos sus contribuyentes creen tener poder sobre algo que realmente escapaba a su comprensión.

Prueba de todo esto es la declaración de intenciones de la que parte la cinta, un brillante plano inicial que nos muestra un enfrentamiento entre el personaje de Eisenberg y su novia —como de costumbre, magnífica Rooney Mara— que representa los entresijos de cómo Mark ve el mundo, y cómo su extraña concepción de la realidad, hasta cierto punto poco ética, acabará por modelar una personalidad divergente que se manifestará como un verdadero paradigma de la contradicción, entendiendo esto último como lo paradójico que resulta que el invento socializador por excelencia haya sido obra de un ser humano intensamente asocial y con serias dificultades para comprender el mundo de la manera que es generalmente entendido. Lo cual nos lleva a pensar que la incongruencia interna de la mente del protagonista será la que actúe como catalizador para sentar las bases de la socialización moderna, hoy en día muy aceptada, que parte de un modus operandi frío que traslada el ámbito personal al global, disfrazando de relación cercana todo lo que ocurre al otro lado de la pantalla del ordenador.

Andrew Garfield y Jesse Eisenberg en un fotograma de la película

Pero todo este imaginario responde a una constante en el cine de Fincher, que nos muestra en esta obra otro pedazo más de lo que ha marcado una filmografía que se puede identificar con el concepto de la «distancia interpersonal». a saber: el personaje del narrador de El club de la lucha (1999), interpretado por Edward Norton, es un hombre con clara incapacidad para las relaciones personales motivadas por su falta de contacto real con el mundo, que acaba por destaparse en forma de Tyler Durden, una manifestación clara y concisa de las emociones reprimidas de una forma lo mas freudiana posible, de la misma manera que el personaje que encarna Michel Douglas en The Game (1997), un ejecutivo de alto standing distanciado en extremo del mundo y que vive en un microcosmos que él mismo ha creado donde cualquier cosa que no sean sus reglas está fuera de lugar, cuyo clímax llevará a una trama de redención que terminará mostrando como la condición humana es camaleónica y adaptativa. De igual manera ocurre en Seven (Se7en) (1995), donde un Morgan Freeman en estado de gracia es un ente perseguido por sus demonios personales, y que solo encuentra el sentido de su vida cuando reconoce sus propios errores en una joven pareja, a la cual intentará ayudar llegando así y de nuevo a la autoaceptación. Esta cualidad misantrópica y decadentista de la obra del realizador nos lleva a entender el concepto básico de La red social, que traslada a la era de Internet un hecho primigenio como es la socialización y la manera correcta de abordarla.

La cualidad misantrópica y decadentista de la obra del realizador nos lleva a entender el concepto básico de La red social, que traslada a la era de Internet un hecho primigenio como es la socialización y la manera correcta de abordarla.

Para todo ello contó con buenos y jóvenes actores, al estilo de los inicios de Kevin Smith, donde podríamos destacar, además de los ya mencionados, a Andrew Garfield como director financiero de Facebook y mejor y único amigo del protagonista, a Justin Timberlake en el rol del creador de Napster, grandilocuente e insensato mesías que con su temerario y sectario modo de vida conseguirá confundir a Mark Zuckerberg hasta el punto de inmiscuirse en la compañía y motivar la trama de traición que mueve el filme, a Max Minghella, un ambicioso joven pero que, al carecer del talento de Mark se ve obligado moralmente a reclamar su parte del pastel mediático en el que se ha convertido una pedestre apuesta inicial, y a Armie Hammer, cuyo trabajo actoral es sobresaliente al dar vida a los gemelos Winklevoss, —mano derecha e izquierda de Divya Narendra, el personaje de Minghella— al más puro estilo de Jeremy Irons en la Inseparables (1988) de David Cronenberg.

El Mark Zuckerberg real. Fotografía de Anthony Quintano.

Pero si algo hay que tener especialmente en cuenta es que el reclamo publicitario se basó estrictamente en las posibilidades que brinda un filme basado en una red social archiconocida y en una campaña de marketing asombrosa encabezada por el a estas alturas de sobra conocido por todos slogan de «no se hacen 500 millones de amigos sin crearte unos pocos enemigos», ya que Jesse Eisenberg se ha ganado una imagen de freak alejado del estereotipo de chico sexy de Hollywood. Todo ello lleva a pensar que la importante recaudación que cosechó sea una interesante muestra de cómo una obra que cuando fue anunciada no hizo más que levantar exclamaciones en negativo se ha situado como una maravilla cinematográfica de visionado obligado.

No obstante, todo esto no habría sido posible sin Aaron Sorkin, guionista de la cinta, y Ben Mezrich, autor de la novela en la que se basa el libreto. Sorkin, entre otras cosas creador de la serie El ala oeste de la Casa Blanca (1999)o el filme Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992), da una lección de cómo se debe escribir un buen guion, es decir, con apariencia sencilla pero desarrollado hasta el final, con diálogos brillantes, un pequeño hueco para la crítica a la actual ley de la propiedad intelectual, y un prodigioso manejo del tempo fílmico sobre el papel, como ejemplifica el hecho de que, con respecto al primer borrador del guion apenas hay unas cuantas palabras cambiadas, ya que David Fincher decidió mantener la totalidad del libreto dada su convicción de que era inmejorable. Insuperable compenetración la de estos dos artistas, que ya pueden presumir de haber llevado a cabo un trabajo que, en manos de cualquier otro cineasta menos experimentado y más oportunista, o de un guionista menos experto y menos familiarizado con el lenguaje cinematográfico habría resultado meramente un pasatiempo.




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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 4 diciembre, 2019
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© laCiclotimia.com | 4 diciembre, 2019

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