La mazurka de nunca acabar
| Este año es el 210º aniversario de Frédéric Chopin

Recordamos la última aparición pública del virtuoso pianista y compositor polaco, figura clave del romanticismo musical.

El 23 de noviembre de 1848, a once meses de morir en el apartamento del 12 de la Place Vendôme, Chopin tocaba en el Guildhall de Londres en su última aparición pública. La velada, benéfica, había aparecido anunciada como Annual Grand Dress and Fancy Ball and Concert in aid of the Friends of Poland. Con la tristeza que sólo acostumbran alcanzar las últimas noches, esta última noche de Chopin fue triste. La crítica, ajena a las penurias y dolencias, refirió con entusiasmo de la belleza y vastedad diáfana de la sala, de la elegancia dorada de la luz, de la ilusión de los invitados y la alegría descuidada con que portaban las mejores galas e, incluso, alabó la música. La realidad es que los asistentes, emigrados polacos como Chopin, se desentendieron pronto de la música y, borrachos y eufóricos, se cuidaron poco de no taparla entre bailes, brindis y gritos, lo mismo que el mundo, ruidoso como una bengala, pasa ferozmente mientras sepulta —no jactancioso pero sí indiferente, que es peor— el último pétalo antes del invierno.

Chopin entonces estaba ya muy enfermo, eso lo sabemos. Berlioz diría que Chopin estuvo muriéndose toda su vida. Desde niño se recuerda con los dolorosos ganglios del cuello inflamados, sometido a numerosas sangrías, con la tuberculosis que habría de matarlo diagnosticada ya siendo un adolescente de quince años. Murió a los 39, sin un penique, pesando 43 kilos a lo sumo, entre toses estrictamente ininterrumpidas y alucinaciones, pero atendido por los cuidados, eso sí, de la añorada hermana reencontrada, Ludwika (la mayor, quien le hubiera procurado atrás las primeras lecciones de piano), y asistido también por un ejército de amigos y admiradores que dos semanas más tarde dispusieron y pagaron el  multitudinario entierro en La Madeleine de París, con más de 3000 asistentes llegados la mayoría de toda Europa sin invitación.

Guildhall (grabado de un baile en 1863 asistido por la Reina Victoria).

No sabemos qué música tocó Chopin en aquella última noche del Guildhall. Las reseñas publicadas testifican que el baile comenzó puntualmente a las 9 y se prolongó hasta altas horas de la madrugada: lo mismo que en las soirées de París, donde se dice que Chopin improvisaba al piano entre el humo de los cigarros hasta fácilmente las seis de la mañana; por ejemplo, en las más espumosas de todas las veladas, las celebradas por el marqués Astolphe de Custine y su amante el inglés Edward de Sainte-Barbe en la casa de ambos recién pasado el luto por Léontine, esposa del marqués y madre del niño que los dos hombres acunaban y que no habría de llegar a vivir, criatura, los cuatro años.

No sabemos qué tocó Chopin en el Guildhall, pero a mí me gusta imaginarlo. Me gusta pensar que tocó una sola cosa en toda la noche, una mazurka, como también en otra ocasión, años atrás, en 1835, una mazurka de Chopin gustó tanto en un baile y fue tan aplaudida que hubo de ser repetida sin descanso por toda la noche, según cuenta Ludwika en una carta de febrero a su hermano Frédéric. Y a lo mejor incluso Chopin en Guildhall hizo en cada una de estas repeticiones que imaginamos ahora lo mismo que poco antes, en septiembre del 1848, había hecho en el concierto de Glasgow, donde ofreció dos veces la Mazurka op.7 n.1, pero con matices y un sentido completamente distintos en cada una. La Princesa Marcelina Czartoryska insistía en que Chopin le había pedido tocar el mismo tema principal dentro de una sola mazurka de maneras diferentes con cada aparición, desde la rudeza casi vulgar de taberna hasta la sutileza evocadora del salón; supongo yo que se lo pedía porque al fin y al cabo la cantinela es siempre la misma, pero la  vida, que va pasando con nosotros, la hace diferente.

Una música que encadenaba incluso, como vemos, de opus en opus, de obra en obra, como los años van sucediéndose en ese diario de nostalgias que son las mazurkas de Chopin, escrito a lo largo de toda una vida.

Y lo que a mí me gusta pensar es que en aquella última noche suya lo que Chopin tocó fue la Mazurka op.6 n.5, en do mayor. Las Mazurkas op.6 están dedicadas a la Condesa Pauline Plater, la misma que, tras celebrar un recital en su casa con los pianistas Hiller, Chopin y Liszt, terminó enunciando que, de poder elegir, tomaría a Hiller como amigo, a Chopin como marido y a Liszt como amante. El opus 6, escrito en 1833, estaba originalmente compuesto de cuatro mazurkas, pero Chopin decidió añadir unos meses más allá la quinta, la que a mí me gusta pensar que tocó en el Guildhall. En otro juego de repeticiones y duplicaciones, Chopin volvió a editar esta brevísima pieza en su op.7.: como si fuera otra música o pudiera tener ahora otro sentido o al menos pertenecer a otra obra, a otro opus, aunque la partitura fuera la misma. Es una pieza mínima, diminuta, un oberek (la danza polaca más rápida, precisamente), una página y nada más, al final de la cual Chopin indica que la mazurka debe volver a repetirse hasta el lugar donde en la partitura aparece la señal escrita de Fin. El asunto de todo esto es que Chopin olvidó (o quizás no) escribir en ningún sitio la prometida señal de Fin, de manera que, si somos justos y obedientes, la Mazurka debe repetirse encadenadamente ad aeternum como una cajita de música siempre con la misma melodía, o como el cuento de nunca acabar, una vez tras otra, llegados al final de la página, volviendo al inicio esperando encontrar en cada lectura la anunciada y contrariada indicación de Fin.  Para tocar en concierto esta diminuta pieza hay que inventar además una pequeña terminación o variar algún compás, porque ningún punto de la partitura que quisiéramos tomar como posible final resulta lo suficientemente conclusivo. A lo mejor todo eso era deliberado y Chopin había escrito una música que encadenara perfectamente consigo misma pero que careciera de resolución posible. Una música que encadenaba incluso, como vemos, de opus en opus, de obra en obra, como los años van sucediéndose en ese diario de nostalgias que son las mazurkas de Chopin, escrito a lo largo de toda una vida.

Chopin: Un baile en el Hotel Lambert. T. Kwiatkowski.

Un rasgo de las mazurkas, incluso de toda la música de Chopin quizá, es que hasta en los momentos de mayor ánimo y vivacidad parece que lo viéramos todo como desde la nostalgia, como si hasta la alegría más feliz no fuera otra cosa más que un recuerdo afortunado o una fiesta de lejos. Pero no es el caso de esta Mazurka de la que hablo, la op.6 n.5: es la única que no tiene ni el más mínimo atisbo puntual de melancolía. Es simplemente feliz, sencilla, y feliz de vuelta. Hasta el punto de que, así como los momentos verdaderamente felices corren siempre el riesgo de pasarnos inadvertidos y de que los comprendamos como tales sólo ya más tarde, así pudiera ocurrirnos lo mismo con el sencillo encanto de esta piecita. Preguntado por la Condesa d’Agoult por el alma de su música, Chopin respondió que siempre contenía un elemento de Zal: esa palabra polaca intraducible e inexpresable como la saudade en Portugal o, en muy otro sentido, la nonchalance de los franceses, y que para los polacos viene a ser una mezcla de amarga tristeza o nostalgia agridulce, de lamento, de pena, desilusión, abandono, de perdón quizá o más a menudo de arrepentimiento, en ocasiones casi hasta el punto de la furia, la ira. Zal es la esencia de la música de Chopin y sin duda de las mazurkas, su género más querido, llenas siempre de añoranza: porque él solo había sido realmente feliz en Polonia, con su familia —a la que sólo reencontró en una última ocasión en Carlsbad en 1835 después de haber abandonado Polonia cinco años antes—, y en especial en los largos veranos en casa de sus compañeros en el campo de Szafarnia, donde conoció las mazurkas y las demás danzas autóctonas. Chopin abandonó Polonia con una despedida de taberna en su pueblo natal, Wola. Los amigos le regalaron una copa con tierra polaca y su profesor Elsner dirigió un coro con una composición para la ocasión: Un nativo del suelo polaco. En el fondo Chopin marchaba sabiendo que no iba a volver. Llegó a París en septiembre de 1831 como un emigrado polaco: no había huido, llegaba por motivos meramente musicales, pero el azar de la insurrección polaca, el no aceptar las nuevas leyes rusas y no renovar su pasaporte en la Embajada le impidieron volver a su país y le dotaron del destino del exiliado. En París llevaba una vida de aristócrata con guantes blancos: un signo de distinción, sí, pero también un guardar las distancias, como diciendo no me toques, permanezco en la distancia, lo único que me toca es el recuerdo irrecuperable de los veranos de Szafarnia. Después encontró cierto remanso en los nueve años con George Sand, de los cuales siete los pasaron, de mayo a noviembre, veraneando en la finca de la escritora, Nohant. Allí Chopin tuvo el espejismo de la paz, un oasis donde compuso más de la mitad de su obra y encontró, junto a los hijos de Sand, Maurice y Solange, el calor de un hogar que siempre había querido reencontrar. Allí recibía también a los amigos, y tuvo el último encuentro realmente feliz con su hermana Ludwika.

A lo mejor Chopin era como Florentino Ariza en el largo cuento de García Márquez, que quiso comprar a precio desmedido e inasumible el viejo espejo de un mesón porque durante el rato de dos horas en una comida, a varias mesas de la suya, había reflejado la imagen amada de su idolatrada Fermina Daza.

En París de vuelta hizo las mazurkas tardías, y luego vinieron el Guildhall y ya más tarde la Madeleine. Pero yo me quedo con la op.6 n.5 girando y girando. A lo mejor Chopin era como Florentino Ariza en el largo cuento de García Márquez, que quiso comprar a precio desmedido e inasumible el viejo espejo de un mesón porque durante el rato de dos horas en una comida, a varias mesas de la suya, había reflejado la imagen amada de su idolatrada Fermina Daza. Probablemente en algún momento hubiera que reconocer y reconocerse en la finitud, y admirar la sevicia del tiempo, que ya no quiere duplicar la imagen de la amada por mucho que en otro tiempo la hubiera custodiado: lo mismo que Chopin, en el fondo de sí, hubiera de admitir condescendiente que la marzurka, inevitablemente, habría de tener término en algún punto o en otro. Pero esa repetición querida e imposible del espejo o de la música no era más que el retorcerse quebrantado de una memoria feliz, recordada o incluso probablemente tan solo imaginada. Y la memoria, como siempre, daría luego paso al amor. Y el amor, naturalmente, terminaría diciéndose como un deseo, deseo de amar o deseo de volver. Y entre deseos y repeticiones, allí aparecía la vida, bella-trágica-lúcida, que un día habría esquivado todas las pestes dispuesta a repetirse, y que haría que nos descubriéramos insospechadamente, conjuntamente nosotros y los fantasmas del espejo, bailando una mazurka.




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Texto de Ángel Martín del Burgo | © laCiclotimia.com | 15 mayo, 2020
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Texto de Ángel Martín del Burgo
© laCiclotimia.com | 15 mayo, 2020

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