La cinta blanca
| Digresión y reflexión

Una obra contemplativa que indaga en los orígenes de la maldad desde un punto de vista tangencial y reposado. El cineasta austríaco explora el nacimiento de la vileza y la crueldad y los asocia al trauma y al miedo en un filme incómodo.

Desde su (auto)remake de Funny Games, Michael Haneke no se había vuelto a poner detrás de las cámaras. Uno entraba en la sala de cine esperando asistir a la que, durante largo tiempo y desde que se hiciera con la Palma de Oro en el festival de Cannes no dejaron de llamar obra maestra: La cinta blanca. Y aunque de entrada pueda ser esa una afirmación muy atrevida, se podría considerar una idea no demasiado desencaminada si se tienen en cuenta sus particularidades y múltiples lecturas.

La historia gira en torno a unos extraños sucesos que ocurren en un pueblo protestante al norte de la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial, donde la religión más dogmática es el pan nuestro de cada día. Un granero arde y dos niños son secuestrados y maltratados brutalmente, y es en esta confusión casi literaria donde reside el centro mismo del filme. La desconfianza comienza a crecer como un virus mientras todos se preguntan quien puede estar detrás de estos desafortunados incidentes, mientras los niños, protagonistas absolutos de la película, enarbolan cintas blancas que representan la pureza como castigo por una ligera fechoría. Los habitantes de esta región se nos empiezan a dibujar muy poco a poco, dejando caer la información con cuentagotas, con presentaciones al principio ambiguas y conforme avanza la cinta algo mas concretas, pero en ningún momento llegando a satisfacer la curiosidad del espectador. La violencia, como en todas las películas del realizador alemán (aunque el haya llegado a rechazar su nacionalidad), se puede respirar en el ambiente, aunque en prácticamente ningún momento se nos muestre de forma explicita, al contrario que en Funny Games, donde es de todo menos implícita.

El director consigue que cada plano sea en sí mismo una fotografía con entidad propia.

La fotografía, de mano de Christian Berger, que ya trabajó con Haneke en 71 fragmentos de una cronología del azar, El video de Benny, La pianista y Caché, es un auténtico ejercicio de arte, llegando a ser de lo más destacable del filme aportando muchas capas de interlinealidad y situacionalidad estética. Un brillante y nítido blanco y negro nos acompaña durante todo el metraje, sin menospreciar en absoluto los exteriores líricos ni los interiores opresivos. Haneke nos narra esta historia a base de cine contemplativo, con largos planos estáticos donde la acción se sucede dentro y fuera de nuestra vista, y algún que otro travelling de gran precisión. Pero es esta cualidad de cine contemplativo la que hace que la historia avance de manera anárquica: varios arcos argumentales caminan rozándose sin llegar a tocarse visiblemente en ningún momento, pero este hecho no responde sino a la pregunta que el director usa como pretexto para este filme.

«Traté de imaginar la infancia de aquellos que luego fueron nazis, de preguntarme, ¿qué es lo que hizo posible que los niños de entonces se convirtieran en los adultos que siguieron a Hitler? Las raíces del nazismo, pues. Mejor dicho, las raíces del mal». Con esta declaración, podemos imaginar que su meta era explorar la condición humana de la gente de este pueblo, haciendo una analogía con el nazismo alemán. Un relato con retazos sociológicos, pero controvertido si tenemos en cuenta que el discurso político no se deja intuir con claridad meridiana para atrapar a una audiencia poco dada a la interpretación. No obstante, y sin olvidar que estamos ante una creación del mismo realizador que La pianista, obra que en la que ya puso a merced de los espectadores un final sin cerrar en el que la imaginación y la libre interpretación era necesaria, estamos ante un filme que atrapa en las formas y en la atmósfera que ha creado para la ocasión, pero cuyo contenido sobrevalora la inventiva del espectador, llegando incluso al punto de que para dilucidar un final, o en todo caso, cerrar los arcos argumentales, hay que echar mano de las declaraciones del realizador alemán. Infinidad de interpretaciones pueden acompañar al visionado del filme, y por lo tanto, cada persona obtendrá con La cinta blanca un sabor de boca distinto. Claro que Haneke, en otra de sus declaraciones, es rotundo a la hora de afirmar que su cine no es para no entenderlo, sino para interpretarlo individualmente: «Todos los públicos entienden la película, pero la toman de una manera diferente. Hay tantas películas posibles como espectadores en la sala. Es lo mismo que ocurre con un libro. Una película es una rampa que tiene que saltar el espectador, que es quien vive la experiencia».

El blanco y negro es un elemento narrativo más en la obra.

Este tipo de cintas, por lo tanto, exigen al espectador que interprete y, en el caso de la obra que nos ocupa, en el que la propia voz en off que nos acompaña durante el metraje cobra un papel muy importante, que termine el filme en su cabeza. En el cine tenemos muchos ejemplos de que es posible hacer trabajar la imaginación del público sin llegar a ser tan críptico, como puede ser Memento (Christopher Nolan, 2000), Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) o mismo La pianista (Michael Haneke, 2001), donde la historia esta perfectamente hilvanada pero deja abiertas un par de puertas. En cuanto a la dirección de actores, solo se puede decir que es terroríficamente brillante y efectiva. No son personajes detrás de una pantalla, son recreaciones traídas desde 1913 para que nuestros ojos las disfruten. Cada uno de los interpretes de esta cinta cumple con su cometido con talento y esmero, destacando especialmente a Burghart Klaußner en el papel del Pastor, a Leonie Benesch en el de Eva, la amada del maestro y narrador del filme, y a Leonard Proxauf y Maria-Victoria Dragus como dos de los hijos del Pastor. Nos regalan unas interpretaciones dignas de los más grandes, llenas de matices y sentimiento. Pese a que la intrincada trama puede hacer que uno se desvíe levemente del objetivo, si se le presta atención y se le dedica unos instantes de reflexión, se manifiesta como una creación muy madura en la que la maldad y el germen del miedo son protagonistas, y sin duda alguna, estamos ante una obra mayor tanto dentro de la filmografía de Michael Haneke como del cine europeo. Un triunfo para el director y una profunda reflexión para su público.




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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 16 agosto, 2019
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 16 agosto, 2019

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