La casa hablada
| Historia de tres rusos

Como diría Nabokov, en esta casa se habla ruso. Horowitz toca el piano y nos contará de los muertos queridos. Y Nijinsky, cómo no, nos hará su último baile.

El primero de nuestros tres rusos nos recibe en una coqueta casa belga. El sol de invierno en la mañana de domingo alumbra con más candor que esperanza. Las calles parecen estar a la espera, inertes, indefensas. Ha debido de llover por la noche en Bruselas, el asfalto sigue cubierto de charcos. Cuánta tranquilidad, pero de pronto un taxi a toda velocidad da la vuelta a la rotonda, al final de la calle. Da un frenazo. Todo está en obras. El conductor se frota los ojos, por algún motivo han cambiado el sentido de las calles. Hemos venido más temprano, pero la puerta está abierta ya antes de que llegáramos. Por si acaso, tampoco la cerramos detrás de nosotros. Advertimos en la entrada, junto al timbre, un buzón con tres nombres. Subimos la escalera de madera. En la primera planta hay un salón, con la chimenea a la izquierda y el Steinway traído de algún club de jazz de Nueva York. Sobre la cola del piano, como en una mesa alborotada, hay un ajedrez, grabados japoneses enmarcados y fotografías firmadas de Neuhaus, de Richter, de Horowitz, de Mariya Yúdina. También una primera edición amarillenta de los Estudios de Chopin publicados por Mikuli. La ventana está abierta y las cortinas aún corridas se pliegan sobre el marco como un sauce o una catarata. De afuera nos llega, primero, el humo fino de un cigarro alargado, y luego, la voz de nuestro ruso, que casi ha perdido el acento, y que hablará desde el balcón porque nunca fuma en el interior. Hace ya muchos años, cuando era joven pianista, estudió con Horowitz. A Horowitz, en Nueva York allá por la misma época del Steinway, un día le dieron a escuchar una grabación del joven pianista. La Polonesa-Fantasía de Chopin, naturalmente. Acabada la música Horowitz se sonrió y fue a pronunciar uno de los mayores elogios de los que llegaría a ser capaz: «Este muchacho ha debido estar escuchándome, porque suena como yo». Quiso conocerlo. Muchos años más tarde, desde el balcón de una coqueta casa belga, según el humo del cigarro va entrando al salón, una voz que a estas alturas apenas conserva el acento ruso nos habla de la Polonesa-Fantasía y de Horowitz. Cuenta que a Horowitz lo hacía realmente muy feliz hablar en ruso sobre los muertos queridos. En su propia lengua con alguien que pudiera comprenderla.  En inglés o en cualquier otra lengua no podía sentir de ninguna manera que estuviera hablando de los mismos muertos. Por eso a menudo prefería no mencionarlos: sentía que los respetaba más en silencio. Antes de despedirse, aquella primera tarde en Nueva York, Horowitz anciano se volvió al que era entonces joven pianista, y le preguntó con el temor de la montaña que de pronto se ha vuelto muy frágil: «¿Debo volver a Rusia, o no se acordarán ya allí de mí?».

A Horowitz lo hacía realmente muy feliz hablar en ruso sobre los muertos queridos. En su propia lengua con alguien que pudiera comprenderla.

Horowitz esperando a su interlocutor.

La misma lengua, el ruso, que Horowitz reservaba para hablar de los muertos, serviría también para devolver a Vaslav Nijinsky una última vez a la vida. Estamos en 1945, Nijinsky está ya completamente perdido en el mar de la locura y las alucinaciones. Había bailado por última vez entre amigos y próximos en 1919 en St. Moritz (llevaba ya tiempo en Suiza), y luego una noche más, casi póstuma, en el foyer central del sanatorio psiquiátrico de Bellevue, en Kreuzlingen. Allí también Aby Warburg, internado por paranoia, había ofrecido el 21 de abril de 1923 la famosa conferencia que llevó al doctor Binswanger no sólo a considerarlo restablecido de la locura, sino también a aplaudir todas aquellas tesis que habrían de enfrascar por mucho tiempo a Freud. Freud en cambio no había querido mostrar interés alguno por el caso de Nijinsky. Para más inri, Binswanger concluyó del último baile en el foyer de Bellevue que los movimientos del bailarín sólo respondían al mero nerviosismo catatónico. Como fuere, pasaron muchos años y en la Segunda Guerra Mundial Nijinsky estuvo a punto de morir dos veces. Por una parte, escapó de los alemanes aquellos que perseguían a los enfermos mentales gracias a que su mujer y él habían sabido proveerse de pasaportes e identificaciones falsos. Un periódico había llegado incluso a publicar la información segura de su muerte. Por otra parte, una tarde al poco de reaparecer el matrimonio en público para desmentir la noticia, la esposa de Nijinsky, Romula de Pulszky, volvió a la casa tras la explosión de una bomba para encontrar un edificio con el tejado volado y un marido sentado en la cama, cubierto de polvo y rodeado de escombros, con la mirada perdida y completamente callado. Había quedado sin habla. Qué distinto todo eso a aquella otra tarde de 1945, acabando la guerra, cuando durante una estancia en Hungría, en las proximidades de Sopron, Nijinsky oyó hablar en ruso a unos soldados que acampaban cerca y corrió tras ellos. Volver a escuchar la lengua madre lo había hecho volver en sí por una última y feliz vez. De pronto la locura había desaparecido. La enfermedad, la tristeza, la incomprensión más que nada, los horrores, es como si todo se hubiera de golpe olvidado. Nijinsky no había bailado en su país desde 1911, antes de ir a París, pero había dejado una huella tan grande en Rusia que los soldados lo reconocieron enseguida y no dejaron de festejarlo. Hicieron una celebración, cantaron canciones rusas, bebieron, contaron historias, y Nijinsky hizo para ellos su último paso de baile. Duró lo que dura una tarde. Nijinsky viviría todavía cinco años más, pero aquella jornada que la lengua recuperada le había procurado fue su despedida de la vida.

Nijinsky en el Preludio a la siesta de un fauno, un baile de perfil con la belleza del ánfora griega o del muro egipcio.

Hasta llegar el encuentro con los soldados rusos, Nijinsky había permanecido callado. Nabokov, que va a ser nuestro tercer ruso, escribe que el exiliado no habla nunca con extraños de su patria perdida, lo mismo que «los ricos que cuando están arruinados ocultan su pobreza y se hacen incluso más altivos y menos accesibles que antes». Es la historia de Horowitz, que sólo hablaba de los muertos en ruso, y de Nijinsky, recuperando en el repiqueteo de la lengua toda una patria que los países, el arte y la locura le habían arrebatado. ¿Pero qué tierra es esta, que se ha perdido? Nabokov, él mismo, va a contárnoslo. Para eso ha hecho sus mil y un cuentos, reescribiendo una y otra vez las mismas historias sobre la condición del exiliado (el varado «no sólo fuera de las fronteras de su país, sino incluso fuera de  propia vida»). Es la condición del que siempre está de paso, del que siente una nostalgia dolorosa cuando se junta con extranjeros despreocupados, cuando la verdadera vida se presenta ya irrecuperablemente ausente. ¡La verdadera vida!: ese «período de la vida en el que uno se vincula y se acostumbra más profunda y duraderamente a las cosas y a las gentes». Para nuestros tres rusos —cuatro, si hemos de contar al anfitrión que nos ha acogido en su coqueta casa belga— ese tiempo había transcurrido en la Rusia amada y comprendida de forma inconsciente. Ausente la verdadera vida, ya seamos de donde seamos, uno puede correr el destino de Mademoiselle O., la pobrecilla institutriz suiza del pequeño cuento de Nabokov, varada en Rusia con un vocabulario conformado por una sola palabra: ¿Dónde? Emitía este lamento de continuo, ¿dónde, dónde?, como Bartleby su fórmula: «no sólo cuando quería encontrar el camino, sino también para expresar abismos de tristeza: el hecho de que fuera extranjera, pobre, náufraga, enferma, en búsqueda de una tierra prometida donde, por fin, sería atendida y comprendida». Con todo, su final fue menos espantoso que el del Béla Bartók exiliado, cuya muerte prematura en circunstancias de verdadera tragedia e indigencia en pleno centro rico de Nueva York no llegó a evitarse (una mancha inexcusable sobre la sociedad opulenta, según Stravinsky). Bartók había esforzado todo su trabajo para escribir música que contuviera la prosodia rigurosa del húngaro: la rítmica y la métrica contestando a la  secuencia de sílabas cortas y largas del habla, y la disonancia percusiva acentuando el lugar de las consonantes de la lengua. Había hecho su música para seguir hablando una lengua en la que no podía ya vivir. Y a pesar de todo, la tristeza lo consumió.

¿Dónde? Emitía este lamento de continuo, ¿dónde, dónde?, como Bartleby su fórmula: «no sólo cuando quería encontrar el camino, sino también para expresar abismos de tristeza: el hecho de que fuera extranjera, pobre, náufraga, enferma, en búsqueda de una tierra prometida donde, por fin, sería atendida y comprendida».

Los sueños humanos, dice Nabokov, no olvidan fácilmente las querellas antiguas.

Y al final, ¿qué queda? ¿Qué queda…? Hannah Arendt respondía en su última entrevista: queda siempre la lengua madre. La lengua materna es el hogar, es la casa hablada que anidamos y que no puede abandonarnos, que nos recoge y nos espera siempre. «Mi destino», dice Borges, «es la lengua castellana». El lenguaje no es solo para con los otros, no es solo la función comunicativa de los lingüistas: también es, y antes que eso, una isla preciosa del hombre solo y en sí mismo. «Sin palabra», insistía en el principio Hamann, «no hay ni razón ni mundo». Sin palabra no hay vida, ¡ni verdadera ni nuestra! La palabra es no solamente la expresión, sino también el origen del mundo y del sentido de nuestra vida en éste. Pedro Salinas escribe que la voz es pura defensa. Defensa ante una realidad desconocida que se nos presenta, y ante un mundo por constituir. La palabra es denominadora, distingue unas cosas de otras, orienta. El poeta catalán Joan Maragall habla de la niña que, por primera vez ante el mar, dice «¡Mar, el mar!» Se lo dice al mar, y a sí misma. Salinas acude para comentarlo: es un acto de reconocimiento, la niña se explica el mar nombrándolo, y al nombrarlo pierde el miedo. Con la palabra tomamos conciencia y distinguimos o damos forma  —eso que los griegos llamaban eîdos— a una realidad de otra manera informe, por hacer. Vuelve Salinas: «la palabra es denominadora», «capta en el desconcierto del mundo material una forma precisa, una realidad». El lenguaje no es sino la creación y el reconocimiento de un mundo de objetos, de cosas, y luego de vivencias, que la palabra, nombrando, constituye y explica. ¡Y en ello somos! Hölderlin dice que en el atestiguar del mundo le va al hombre su ser. ¿Qué es eso? Que el ser del hombre, el hacerse de su vida, transcurren en el propio nombrar, decir, hablar. Es ese el sentido de la palabra, el arte, la vida, la ciencia. Los antropólogos lo saben bien. Casi todas las tribus, las culturas, las sociedades humanas, han tenido un mito o poema originario con la misma estructura. Los dioses o los ancestros en un tiempo primordial, allá in illo tempore, hicieron sus batallas, separaron el cielo de la tierra, la luz de la oscuridad, y dieron origen al mundo y a las cosas. Después, vinieron los hombres, los pueblos, y se les dio la palabra porque el mundo estaba hecho y ya no había que librar batallas para conformarlo, pero en cambio había que tener nombres para orientarse entre todo lo creado,  y también decir y repetir las leyes que los ancestros habían procurado. In illo tempore se había dicho cómo era el mundo, y la palabra acudía ahora para mantener esa constitución de las cosas y los actos. Pero ocurre también —los antropólogos podrán decirlo— que en casi todas las sociedades el gentilicio o nombre con que se nombra a los miembros de la propia tribu suele tomar una forma que viene a traducirse como «los verdaderos hombres», y que el nombre que se da a la lengua materna repite paralelamente una estructura del tipo «la verdadera lengua». Para poder sobrevivir el hombre necesita una interpretación del mundo, un sentido con que descifrarlo. Es tan solo una manera de defensa, un acto de protegerse. Nombrar nos alivia de un miedo cardinal: con la palabra de por medio, lo desconocido deja de ser desconocido. Tal es así —nos complazca más o menos, es la constitución antropológica del ser humano— que el aborigen para sobrevivir necesita creer que su forma de humanidad es la única forma de humanidad, que su interpretación del mundo es la única posible, que no hay otra que su ley. Por eso es el verdadero hombre, porque los que no se rigen por sus normas, no pueden ser hombres. Y la lengua con que el indígena dice su poema y dice su ley debe por tanto de ser también la única: cualquier otra, no será ni lengua. La lengua madre sólo puede ser para nosotros la lengua verdadera, lo mismo que para el maya o el apache la suya.

La humanidad de Béla Bartók junto al gramófono. Con este u otro parecido grabó las voces del Este, las canciones amadas.

La lengua materna es el hogar, es la casa hablada que anidamos y que no puede abandonarnos, que nos recoge y nos espera siempre.

Como diría Nabokov, con la lengua madre nos hemos acostumbrado y vinculado esencial y duraderamente a las cosas y a las gentes. El mundo se nos ha hecho, desde niños, en ella. Como diría Nijinsky, la lengua madre es, ella en sí misma, las propias cosas, la propia vida que sentimos como nuestra. Cuando la enfermedad, el arte y los países nos la arrebaten, solo volviendo a la lengua volveremos a la vida. Como diría Horowitz, en la lengua madre la palabra es la cosa misma; el nombre es lo nombrado mismo. Los muertos solo subsisten en la lengua madre, porque ninguna otra puede realmente aludirlos. Las otras lenguas son ventanas para hablarnos con los otros, son una joya preciosa, son un río, solo podemos amarlas, porque recogen otros sonidos, otras lógicas, otras lecturas del mundo. Pero para nosotros mismos el mundo ha quedado guardado por siempre en esa casa, en esa coqueta casa hablada, con su puerta siempre abierta ya antes de que llegáramos, para poder volver sin llamar siquiera.




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Texto de Ángel Martín del Burgo | © laCiclotimia.com | 15 junio, 2020
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Texto de Ángel Martín del Burgo
© laCiclotimia.com | 15 junio, 2020

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