John Wick: más allá de Baba Yagá
| El mercenario más carismático de Hollywood

¿Por qué el mercenario más carismático de Hollywood está a punto de estrenar su cuarta parte? Porque la atracción que Keanu Reeves desborda en cada escena convierte una coreografía de acción en una danza para todos los gustos.

La historia de este asesino a sueldo retirado se explica en los treinta minutos iniciales de la primera de las entregas: John Wick (Otro día para matar) (Chad Stahelski, David Leitch, 2014). John Wick (Keanu Reeves), tras haber superado con éxito todos y cada uno de los engranajes que conforman la red de crimen internacional, consigue jubilarse con su mujer. Sin embargo, el anhelado descanso se ve interrumpido cuando el cáncer se la arrebata, y quien no debe le roba el coche y ejecuta a la pequeña Daisy, la perrita que su difunta esposa le había entregado para que tuviera alguien a quien cuidar. A partir de ahí, el efecto bola de nieve desarrolla una serie de venganzas llenas de unas coreografías de infarto. No es matar por matar, ni matar por sobrevivir o hacer daño. Es eliminar al enemigo, aquel que le arrebató todo. Porque hay gente a la que es mejor dejar tranquila…

La violencia forma parte de la trama. Como un elemento más, no complementa, es la esencia que determina el rumbo. Es el mundo en que viven, que les alimentan y del que se alimentan. Se desenvuelve en luchas que se reinventan en cada película. La primera de ellas, John Wick (Otro día para matar), que no se estrenó en España, es claramente una historia de venganza; la segunda, de deber, y la tercera, una continuación de la segunda con un buen golpe de traición y compañerismo solo igualable a Matrix (Hermanas Wachowski, 1999), ya que es en esta realidad-error alternativa donde director y protagonista se conocieron, pues Stahelski era el doble de las escenas de riesgo de Neo.

La seriedad y el rigor de los sucesos, unido a la profesionalidad de movimientos, golpes y piruetas, llevan a que la frialdad facial no se traduzca en lejanía respecto al espectador. Casi más bien al contrario. La empatía de la soledad, la pérdida y la nostalgia permiten conectar con un sicario de formas que antes hubieran parecido ingenuas, algo que hay que agradecer a Derek Kolstad, guionista y autor de puntillas como «no es lo que haces, si no a quién se lo haces». Matices del lenguaje que regala la versión original, ya que el doblaje al castellano no le hace justicia alguna.

John Wick es elegante. Fino. Refinado. Es un hombre gentil, con pulcritud de movimientos. Luca Mosca, diseñador de vestuario, ideó el traje para que fuera atemporal. Estilo ligero, grácil, que elevara la profesión hasta el punto más sutil de su esplendor, acorde al Hotel Continental (Lower Manhattan, 1 Wall Street Court). Todo ese mármol, esa minuciosidad y esa fachada de elitismo, suponen el contrapunto macabro y real que financia las operaciones. Pero la gracia de la escenografías, el reflejo de las siluetas, la sutileza del lápiz como arma mortal, llenan la trama de un conjunto de detalles que merecen la pena por sí solos. Bien sea el sindicato de asesinos a través de La Mesa, del ballet o de una red de mendigos, el arte de matar es más que asesinar. A pesar de las normas, la lealtad no existe, los amigos escasean y dormir no es un lujo que se puedan permitir. Son persecuciones en caballo, tiroteos en carretera. Son cientos de disparos certeros que convierten en blanco cada objetivo. 

John Wick es Baba Yagá, a quien llamas cuando quieres asustar al hombre del saco.

John Wick es Baba Yagá, a quien llamas cuando quieres asustar al hombre del saco. Toda una leyenda forjada a base de disciplina, supervivientes y caballerosidad en un mundo en el que la amabilidad no siempre es bien recibida. John Wick es un mito, una fábula, un cuento que nadie quiere ver real. Las tres películas actualmente disponibles —la anteriormente mencionada, John Wick: Pacto de sangre (Chad Stahelski, 2017) y John Wick: Capítulo 3 – Parabellum (Chad Stahelski, 2019)— atrapan con un ritmo de combates que no decae. Se superan a sí mismos con lluvia, desiertos y catacumbas, cristales y todo un baile de espejos y sangre que no se podría decir muy bien cómo empezó. Así, las expectativas para la cuarta y la quinta, teniendo en cuenta la ausencia de pretensiones de la primera, así como su abrumada acogida, la versatilidad de golpes y artes marciales, la diversidad de escenarios y actores secundarios (Willem Dafoe, Laurence Fishburne, Ian McShane, Lance Reddick, Anjelica Huston, entre otros), no hacen si no esperarse como agua de mayo, nunca mejor dicho, pues, si la COVID-19 no lo impide, el capítulo cuarto se estrenará en mayo de este año. 

Porque no es gore, grosero, basto o desagradable a la vista. Está hilado de tal manera que los 77 muertos de la primera parecen poco. Se contagia la sed de venganza. Se entiende. Está tan bien trasmitida que el espectador desea apretar el gatillo. Más aún si la adrenalina de la ficción se combina con la morbosidad de la vida personal de Reeves, que perdió a su mujer y a su neonata hija en un fatídico accidente de coche. Keanu, que es adorado y venerado por entusiastas de todo el mundo, porque no hay nada que este hombre haga que no se convierta en «suave brisa sobre las montañas».




  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de Bárbara Fernández Mastache | © laCiclotimia.com | 1 febrero, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de Bárbara Fernández Mastache
© laCiclotimia.com | 1 febrero, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?