Heavy Metal. Una guía de iniciación
| Años 80 (II). Thrash metal y el lento declive

Nacido en las ciudades industriales de la Inglaterra de mediados de los 70, el heavy metal saltaba el charco para triunfar en los 80. Hoy despedimos esta guía con un repaso a lo que dio de sí la década.

«Adrenaline starts to flow
thrashing all around
Acting like a maniac».
Metallica. Whiplash.

Comenzábamos nuestro recorrido por el reino del metal certificando su consolidación como estilo propio en los 70 y nos habíamos quedado siendo testigos del éxito de bandas como Bon Jovi, Def Leppard o Guns N’ Roses cuyos singles se encaramaban en lo más alto de las listas de éxitos gracias a una estética universal, una actitud de pura evasión y un sonido comercial. El glam metal triunfa en todo el globo y de debajo de cada piedra salía un puñado de un grupos listos para emular a sus ídolos. El hard rock es por primera (y única vez) un estilo mayoritario. Pero los fans más duros y rocosos del metal no se han quedado de brazos cruzados. Durante toda este festival de pelos cardados, ropas de colores y videos de la MTV han permanecido fieles a sus ideales. Reuniéndose en locales pequeños, trapicheando con maquetas de escasa calidad y fanzines baratos. Afilando los colmillos. Alimentándose de bandas alejadas de los medios masivos y flirteando con el hardcore y el punk. De esta sopa primitiva y ruidosa surgirá una criatura destinada a remover los cimientos del género.

Más rápido, más alto, más fuerte

Los alemanes Kreator.

El thrash metal nace casi al mismo tiempo en medio planeta. Desde el norte de Europa hasta las islas británicas, desde Estados Unidos a Sudamérica el objetivo es tocar más rápido, más alto y fuerte de lo que nadie ha hecho hasta entonces. Bandas como Venom en Inglaterra o Kreator en Alemania siguen la estela de Motörhead o Accept, verdaderos pioneros en esto de tocar al límite y subir el volumen de sus amplificadores en busca de un sonido más extremo y duro.

Pero la codificación del nuevo estilo se dará en un lugar concreto: la bahía de San Francisco, el mismo escenario al cual cantó Scott McKenzie recomendando llevar flores en el pelo. Los tiempos del amor libre y el hipismo estaban muy lejanos a comienzos de los ochenta, cuando del idilio del hardcore estadounidense y el heavy metal de la NWOBHM saldrá un puñado de bandas que sentarán las bases del nuevo estilo.

Sin embargo, la banda encargada de dar su forma definitiva al thrash no nacerá en la ciudad del amor, sino en Los Ángeles (aunque se mudarán a la sombra del Golden Gate en 1983), donde Lars Ulrich y James Hetfield darán rienda suelta a su pasión por el metal formando una banda destinada a llegar a lo más alto: Metallica. Tras varios cambios de formación, incluyendo la expulsión por la vía rápida de un personaje del que luego hablaremos, Dave Mustaine, encuentran en el bajista Cliff Burton y el guitarra Kirk Hammett las dos piezas que le faltaban para completar el rompecabezas. Unas cuantas maquetas y recopilatorios después lanzan en 1983 Kill ´em all donde recogen toda la energía de la nueva escena. Con Ride the Lighting (1984) amplían sus horizontes musicales, aunque una parte de sus fans los criticará por ello, una constante en la historia de la banda, y que también los acompañará en 1986 cuando graben Master of Puppets, uno de los álbumes imprescindibles de la historia de la música. Durante la gira de ese mismo disco un accidente de tráfico segará la vida de Burton y a punto está de acabar con la de la banda. Sin embargo se rehacen y con un nuevo bajista, Jason Newsted firmarán su siguiente álbum, …And justice for all (1988), ya con una multinacional que llevará a la banda a convertirse en una de las más grandes de todos los tiempos y azote de descargas ilegales.

Slayer.

El habitual gusto por lo macabro que ha acompañado siempre al heavy metal alcanzó cotas nunca vistas con la llegada del thrash metal. Como oposición al hard rock colorista y despreocupado que sonaba en las emisoras de radio fórmula, el satanismo, la glorificación de la violencia, el culto a la muerte y a todo cuanto la rodea prenden en el nuevo género con fuerza. Expertos en estas lides son Slayer quienes a lo largo de las casi cuatro décadas que llevan dándole al ruido han sido acusados de ser nazis, satanistas, glorificar las drogas, ser supremacistas blancos e incluso de simpatizantes de la Yihad islámica. Un currículo inmejorable que se empezó a gestar cuando los guitarristas King y Hanneman se aliaron al bajista y cantante Tom Araya y al batería Dave Lombardo. Dentro de la dinámica de autofinanciarse sus propios discos, muy común en los comienzos de un estilo tan marginal, sacan Show no mercy en 1983. A él le seguirán, ya de modo menos amateur, Hell awaits (1985) y Reign in blood (1986) un disco que conviene no dejar al alcance de alguien con problemas de corazón debido a la rapidez con la que está tocado. Desde entonces Slayer ha cuajado una carrera más o menos continua que los ha convertido en leyenda viva del metal.

Paralelo al nacimiento del thrash surge otro estilo igual de extremo cuya premisa quedaba clara con su solo nombre, es el llamado speed metal. Las frontera que separaba esta sub-etiqueta del thrash era tan fina que en ocasiones hay que hacer un verdadero ejercicio de funambulismo para diferenciar ambos estilos. Grupos como Overkill, Annihilator o Metal Church hacían del tocar deprisa un arte al alcance de unos pocos. De entre todo aquel puñado de bandas caracterizados por el gusto por los riffs veloces, el doble bombo y los punteos frenéticos, Anthrax ha llegado hasta nuestros días como uno de los grandes, gracias entre otras cosas a algunos elementos que los diferenciaban del resto. Para empezar la banda formada por Scott Ian contaba con un vocalista que sabía cantar, el italoamericano con ascendía iroquesa Joey Belladonna. Por otro lado el grupo neoyorquino se alejaba de la temática macabra de otros grupos y se decantaba por una concepción más divertida de la vida, sin renunciar a la crítica social en sus letras, acercándolos al hardcore de bandas como Suicidal Tendencies. Álbumes como Spreading the disease (1985) o Among the livings (1987) los alzaron a lo más alto entrando incluso en el top 100 de discos más vendidos en varios países. Además tienen el dudoso honor de ser los autores materiales de la indescriptible I’m the man, uno de los primeros intentos en fusionar rap y metal.

La expulsión de Dave Mustaine de Metallica, a la que antes nos referíamos, está entre las más crueles y ofensivas de la historia del rock. Aunque es cierto que los excesos del guitarrista con el alcohol lo convertían en una especie de Mister Hyde, que aquellos a quienes consideras tus colegas te saquen de la cama aún sin recuperarte de los efectos etílicos de la noche anterior, te anuncien que estás fuera del grupo que has ayudado a formar y te metan en un autobús a casa sin dar más explicaciones no debe de ser agradable. Quizá por ello la venganza de Mustaine empezó a fraguarse durante las casi 40 horas de viaje que tenía por delante. De ahí surgió la idea de Megadeth. La banda no solo se abrió camino entre la dura y competitiva escena thrash californiana, sino que acabó por consolidar una de las carreras más firmes en la historia del género. Discos como Peace sells… but who’s buying? (1986) y So far, so good… so what! (1988) los encumbraron a lo más alto. Para los amantes de los culebrones, tras décadas de mal rollo declarado, finalmente Dave Mustaine y Metallica firmaron la paz en 2011.

No se puede concluir el repaso por este subgénero sin mencionar a bandas como Sodom, Nuclear Assault, Exodus, Testament, los ya citados germanos Kreator y Tankard o Sepultura, de Brasil, donde el thrash prendió a mediados de los ochenta para regalar al mundo un ingente número de bandas interesantes.

El thrash metal fue poco a poco perdiendo fuelle a medida que dejaba de ser algo fresco y nuevo y se convertía (demasiado a menudo) en una caricatura de sí mismo, pero dio a luz a toda una ramificación de subgéneros, etiquetas y estilos secundarios donde es fácil perderse. El death metal de Morbid Angel y Napalm Death, el doom metal de Candlemass o el black metal de bandas como Gorgoroth o Mayhem y que ha contribuido al PIB de Noruega tanto como el salmón ahumado. Bandas que han aportado a la historia de la música las voces guturales, letras oscuras y una miríada de logos de bandas indescifrables. El legado de un subgénero de corta existencia, pero que dejó una huella imborrable en toda una generación de rabiosos adolescentes.

Nuevos sonidos

Tesla.

A espaldas de todo este submundo metalero, las grandes discográficas siguieron apostando por el heavy metal, sobre todo en Estados Unidos, donde el fenómeno estaba lejos finalizar y seguían surgiendo un aluvión de bandas. Sin embargo, el embrujo del glam metal empezaba a decaer y se abrían paso nuevos sonidos, muchos de ellos trayendo del pasado elementos asociados al rock de los setenta como el blues, que se pone de moda a finales de la década. El maquillaje y la lentejuela dan paso poco a poco a producciones maduras que, sin embargo, seguían colándose en las listas de éxitos.

En Sacramento nace Tesla, una de esas bandas que hacen bueno aquello de que hay que honrar el pasado. La mezcla de hard rock y blues de la que siempre hicieron alarde y la carismática voz de Jeff Keith fueron responsables de que tuvieran una carrera fulgurante que cristalizó en la venta de más de 14 millones de discos y en un puñado de canciones para el recuerdo. Aunque siempre fueron poco conocidos en Europa, discos como Mechanical Resonance (1986) o The great radio controversy (1989) son de lo más interesante y refrescante que se hizo en la segunda mitad de los ochenta. Ya en 1990 fueron pioneros en eso de los unplugged con Five man acustic jam, inaugurando una moda a la que la todopoderosa MTV sabría sacar rédito.

El thrash metal nace casi al mismo tiempo en medio planeta. Desde el norte de Europa hasta las islas británicas, desde Estados Unidos a Sudamérica el objetivo es tocar más rápido, más alto y fuerte de lo que nadie ha hecho hasta entonces.

Otros que supieron traer al pasado un sonido setentero fueron Cinderella, cuyos inicios dentro del glam metal más ortodoxo no pronosticaban la enorme banda en la se convertirían. Por aquel entonces el superventas Night songs (1986) se situaba entre los tres discos más vendidos del año. Pese a ello la prensa especializada los acusaba de ser una mala copia de AC/DC, una etiqueta injusta ya que las similitudes de ambas bandas empezaban y acababan en el parecido de las voces en falsete de Tom Keifer y Brian Johnson. Con Long Cold Winter (1988) se sacaron la espinita y la crítica hubo de destaparse ante la evidencia de estar ante una de esas bandas destinadas a ser muy grandes. Por desgracia nos quedamos sin saber hasta dónde habrían llegado. Como la Cenicienta de la que tomaban nombre, a medianoche el carruaje se convirtió en calabaza con el cambio de década y su fama fue poco a poco evaporándose. Nos quedan cuatro discos irrepetibles para recordarlos.

Si eres de los que creen que el heavy metal suena siempre igual te invitó a que eches un vistazo a la discografía de Queensrÿche. Está repleta de discos arriesgados fruto de hondas reflexiones y un espíritu experimentador, donde el autoplagio no tiene cabida. Tardaron en encontrar el éxito desde que se formaran en Seatle en 1981. No sería hasta el disco conceptual Operation Mindcrime (1988) que seguía la senda de discos míticos contadores de historias como The Wall de Pink Floyd o Tommy de The Who, si bien es cierto que sus dos anteriores álbumes fueron disco de oro en Estados Unidos. Después llegaría Empire (1990) con el que se colarían en el top 50 de los discos más vendidos. Desde entonces se han convertido en una de las bandas en activo más longevas y si eres fan de las etiquetas apunta que se les suele llamar los padres de eso que se acabó llamando progressive metal, un terreno que abonaron y que luego transitarían grupos como Dream Theater.

Queensrÿche.

En Alemania la huella dejada por Accept es lo bastante profunda para que haga que brote toda una nueva hornada de bandas de thrash y al mismo tiempo influir en una panda de hamburgueses que estaban destinados a abanderar un nuevo subgénero. El grupo formado por el guitarra y vocalista Kai Hansen resolvió cambiar su nombre original, Gentry, por el que serían conocidos en todo el mundo: Helloween. Además decide que tiene bastante con tocar la guitarra y deja lo de cantar a otros. En ese contexto la incorporación del jovencísimo cantante Michael Kiske es determinante para encontrar el sonido que los caracterizaría a partir de entonces. Ritmos acelerados, ecos de música clásica e incluso folclore alemán y una atmosfera épica que transportaba al oyente a cualquier páramo salido de la mente calenturienta de Tolkien, o lo que es lo mismo, lo que luego se llamaría power metal y que tiene en la banda alemana a sus padres. The keeper of the seven keys Part. 1 (1986) y su segunda parte de 1988 están entre las producciones más excitantes de la escena metalera del momento.

Un poco más al norte y ahondando en la temática de las artes oscuras y el satanismo tan presente en el género, el peculiar vocalista King Diamond, renace de las cenizas de los extintos Mercyful Fate para reinventarse en un híbrido entre Alice Cooper y Rob Halford. Dotado de una voz muy particular que le hace navegar sin problemas entre aguas tan opuestas como el sonido gutural y el falsete, Kim Bendix (nombre real) se sacó de la manga un puñado de discos en la segunda mitad de los ochenta que le hicieron merecedor de elogios por parte de fans y crítica. Abigail (1987) y Them (1988) son álbumes clave para entender el momento por el que pasaba el metal. Su imagen a base de maquillaje estrafalario que le valió la amenaza de una amenaza de demanda por parte de los mismísimo Kiss, le han convertido en un icono fácilmente reconocible.

En la América de Reagan surgirá un nuevo estilo que se autocatalogará sin ningún rubor metal cristiano. Nacido para contrarrestar la manifiesta presencia del Maligno en el rock y el estilo de vida pervertido de tanto melenudo, seguía la tradición norteamericana de mezclar lo popular con lo sacro, o sea, la pasta y lo espiritual. El subgénero, también llamado a veces heavenly metal, tiene en Trouble y Whitecross a dos de sus piedras fundacionales. Pero el éxito masivo de Stryper hace que sean la pieza más reconocible de este puzle de claro tufo republicano. Su peculiar imagen a base de rayas horizontales amarillas y negras ha pasado a la historia con el grado de infamia que merece. Pero lo cierto es que la banda tiene un puñadito de discos de lo más aprovechables en lo musical. To hell with the devil (1986) e In God we trust (1988) demuestran que detrás del mensaje religioso anidaba una banda con las ideas claras. Su manía de lanzar biblias al público no fue del agrado de todos los religiosos, quizá por ello en los 90 anunciaron que su fe andaba un poco de capa caída y dejaron atrás el rollo religioso… como diría Matías Prats: no estaban muy católicos.

Manowar.

Es imposible abarcar la totalidad de bandas que en aquella segunda mitad de los ochenta aportaron su granito de arena a que la burbuja del metal continuase creciendo. Bandas como Dokken, White Lion, Savatage, Y&T, Triumph, Warrant, Ratt, Skid Row o los inefables Manowar, imposibles de clasificar con esa pose de macho en plena sobredosis de testosterona.

Paralelo a toda esta escena, surge a comienzos de los 80 un estilo focalizado en oyentes más maduros y con letras que se alejaban de las habituales temáticas del género. Es el Adult Oriented Rock o AOR. En realidad es un intento descarado por colocar a bandas que se alejan de la pose y discurso habitual del glam metal y atraer con ello a un público al que las canciones que hablan de dragones y demonios les pilla un poco talluditos, pero que se niegan a renunciar a la falsa sensación de eterna juventud que el rock ofrece. Una suerte de coctel en el que se incluye grupos supervivientes de los setenta como Journey, Supertramp, Toto o Foreigner o recién llegados como Waysted o Brian Adams, cuyos primeros álbumes son imprescindibles para entender este subgénero.

A su éxito contribuye la popularización de la balada heavymetalera incluso en oyentes no habituales al estilo. Grupos como Whitesnake, White Lion o Europe colocan sus baladas en lo más alto de las listas, y pocos son los discos que no incluyen por lo menos un tema lento para dar gusto a orejas más amplias y de paso colarse en las emisoras de radio ajenas al metal. De entre todos destaca Scorpions, que hicieron de los tempos lentos un arte que llevó a su discográfica a lanzar un par de recopilatorios que solo contenían las canciones más suaves del material de los alemanes.

Los héroes del hacha

El sueco Yngwie Malmsteen.

Un repaso a lo que dio de sí la década en lo que a metal se refiere no estaría completa sin los guitar heros. Una suerte de talentosos virtuosos y experimentadores natos que hicieron de la guitarra y los solos a toda velocidad los grandes protagonistas de sus producciones en la segunda mitad de los ochenta.

Está claro que en un género en el que la guitarra es el instrumento en torno al que se construye todo, los guitarristas han atraído siempre las miradas sobre el escenario. Tras Hendrix la irrupción del recientemente fallecido Eddie Van Halen lo cambió todo y los solos de guitarra son a partir de él una parte fundamental de cualquier canción de heavy metal, y la excusa perfecta para que el guitarrista de la banda saque lo mejor de su bolsa de trucos para deslumbrar con su técnica. El éxito comercial del heavy genera un verdadero tsunami de guitarristas que compiten por ser los más rápidos y los que más notas meten en un solo. Los pistoleros más veloces a este lado de la frontera.

De entre toda esta saturación de fusas y semifusas destaca bien pronto la figura de Yngwie Malmsteen. Este sueco de nombre impronunciable es el responsable de miles de casos de tendinitis de muñeca de los pobres incautos que creían poder emular la velocidad de su mano izquierda subiendo y bajando por el mástil de su Fender Stratocaster. Fiel alumno de Blackmore ha fraguado una carrera a costa de ser un guitarrista hiper veloz que ha llegado a grabar un disco con una orquesta sinfónica y al que durante los primeros años de internet se le atribuía una inexistente colaboración con el mismísimo Paco de Lucía.

La irrupción del grunge cambió las reglas del juego. De repente los pelos cardados y las ropas de colores fueron sustituidos por las camisetas de leñador y los vaqueros raídos.

Sea como fuere, los seguidores de este maestro de las seis cuerdas le cuelgan la paternidad de algo que se dio en llamar neoclassical metal que fusionaba los ecos inmortales de Bach o Beethoven con la distorsión y la fantasía heroica. Guitarras virtuosos como Vinnie Moore, Tony MacAlpine (quien acabaría virando hacia estilos más personales e interesantes), Paul Gilbert (que formaría Racer X y después los exitosos Mister Big junto al bajista Billy Sheehan), Uli Jon Roth (ex Scorpions), Jason Becker o Marty Friedman son buenos ejemplos de lo que sucede cuando la técnica y las escalas tocadas a velocidades cercanas a las de la luz coinciden. Precisamente los dos últimos capitanearían un proyecto llamado Cacophony que llevaría el asunto de tocar con precisión y rapidez a niveles nunca antes vistos.

Ajeno a este género pero dueño de una carrera en solitario que sería la envidia de cualquier guitarrista sobresale Joe Satriani. Tanto en solitario como en cualquiera de sus proyectos grupales este neoyorquino ha convertido un simple trozo de madera, electrónica y metal en una herramienta capaz de transmitir cualquier emoción humana. Su álbum Surfing with the alien (1987) consiguió colocarse como el disco instrumental más vendido de la historia en los EE.UU. Discreto y humilde es uno de esos tipos que se les ve realmente felices sobre un escenario y la naturalidad con la que parece hacer todo es un plus en un género tan dado al artificio. Puede además presumir de haber sido profesor de músicos de la talla de Kirk Hammett (Metallica) y de nuestro siguiente protagonista.

Steve Vai comenzó su carrera con nada más y nada menos que Frank Zappa, un aval de que su excelencia musical estaba fuera de toda duda. Ya en 1983 lanza su primer disco en solitario que lo coloca bajo el foco de cualquier fan de la guitarra que se precie. La técnica depurada, pero sobre todo la elegancia y afán experimentador del disco hace que se interesen por sus servicios David Lee Roth, quien acababa de abandonar Van Halen. El tándem deja para la historia dos álbumes irrepetibles, Skyscraper (1988) y Eat ‘em smile (1986), en cuya introducción la guitarra de Vai habla literalmente con Roth. El éxito afianza al guitarrista como uno de los músicos más electrizantes de la escena metalera del mundo. Junto a Coverdale y sus Whitesnake grabaría el magnífico Slip Of The Tongue (1989) tras el cual se lanza a una carrera en solitario que lo convertirá en uno de los guitarristas más influyentes de la historia. Por cierto, que se le puede ver interpretando al guitarrista del diablo junto a Ralph Macchio en la cinta Cruce de caminos (Walter Hill, 1986).

Las chicas también son rockeras

Warlock con Doro Pesch en el centro.

No sería justo concluir este repaso a lo que supuso la subcultura del heavy metal sin hacer aunque sea un breve inciso al papel de las mujeres en el género. Un rol menor en cuanto a cantidad, que no calidad, y que deja tras de sí el legado de un puñado de discos y canciones imprescindibles para cualquier amante del metal.

Si ellas nunca lo han tenido fácil en nada, un mundo tan cargado de testosterona como siempre fue la escena del heavy metal no iba a ser una excepción. La cosificación de la mujer en videoclips y portadas de discos y en general como parte de una iconografía en las que solo tenían cabida como meros objetos del deseo masculino con poca ropa no ayudó. Para los fans del género las mujeres tuvieron siempre que demostrar que estaban sobre un escenario por razón de su talento, mientras que para sus detractores tuvieron que cargar con etiquetas que hoy parecerían poco más que de la edad media.

Pero lo cierto es que siempre hubo mujeres y grupos musicales compuestos por mujeres. Pioneras como las Girlschool o L7, víctimas de la moda del glam metal como Lita Ford o Vixen o los alemanes Warlock con Doro Pesch al frente; y sin ir muy lejos, en España la malograda Azuzena Dorado. Mujeres que dejaron claro que el talento no es una cuestión de género o sexo y allanaron el camino que siguieron una legión de mujeres después que reclamaron su lugar en el rock.

Y llegó el grunge

Nirvana.

A finales de los ochenta el éxito del metal parecía no tener fin. Las bandas seguían vendiendo millones de discos, sus vídeos no dejaban de ser programados por la todopoderosa MTV a todas horas. Nada parecía presagiar lo que sucedería.

Pero lo cierto es que la llegada de la nueva década los gustos cambiaron. El interés del público fue progresivamente virando de la teatralidad del heavy metal hacia estilos menos dados al exceso y que hacían de la sencillez y la falta de técnica musical una virtud.

La irrupción del grunge cambió las reglas del juego. De repente los pelos cardados y las ropas de colores fueron sustituidos por las camisetas de leñador y los vaqueros raídos. Los conciertos en grandes estadios cargados de watios de luz y sonido dejaron paso a las salas pequeñas donde se daba una atmósfera intimista que hacía que regresara la química entre el músico y el espectador. El nuevo paradigma capitaneado por Nirvana o Pearl Jam se llevó por delante la carrera de muchos de las bandas de las que hemos hablado durante estos tres artículos. Ya no importaba tocar mejor, sino transmitir. Era la democratización de la música. El derrumbe del mercado musical por parte de una industria que no supo adaptarse a la era de internet dio la puntilla a bandas que, pese a todo, se las han ingeniado para mantenerse en activo, algunas de ellas con cinco décadas a sus espaldas. ¿Podrán decir lo mismo los ídolos musicales actuales? Stay heavy!




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Texto de Óscar Soto Colás | © laCiclotimia.com | 29 noviembre, 2020
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Texto de Óscar Soto Colás
© laCiclotimia.com | 29 noviembre, 2020

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