Heavy Metal. Una guía de iniciacion
| Años 80 (I). El éxito del género

En esta segunda entrega de la guía de iniciación al heavy metal, repasamos la primera mitad de los dorados años 80, una década marcada por el éxito comercial de un género que entra por primera vez en las listas de los discos más vendidos.

«Compré una guitarra con la paga de un mes, y un amplificador con el sueldo de tres. Muy pronto de mi casa me querían echar, la familia, toda la vecindad». Barón Rojo. Hermano del rock and roll.

En el artículo pasado dejábamos atrás los setenta y nos adentrábamos en una nueva década con el heavy metal ya formado como un género definido y cuyos elementos constitutivos estaban ya bien asentados.

En los estrenados ochenta algunas de las bandas responsables de esa codificación del género continúan sus carreras, al tiempo que la escena ve el nacimiento de nuevos grupos que, apoyados en quienes les antecedieron, asaltan las listas de éxitos. Esa será la gran característica que definirá al género en esta década, el éxito comercial. Las discográficas se dan cuenta del filón que supone el nuevo género y se lanzan a la caza del próximo número uno. Las listas de los discos más vendidas incluyen por primera vez grupos de rock duro y las giras llenan estadios cada vez más grandes. El heavy metal se convierte en la gallina de los huevos de oro y su sobrexplotación hará que una generación de nuevos músicos se rebele contra el establishment a medida que los noventa se acerquen. Pero no adelantemos acontecimientos.

Viejos conocidos y algún recién llegado

Brian Johnson y Angus Young en San Francisco en 1982. Foto: Clayton Call/Getty

Dejábamos los setenta con Judas Priest como defensores y creadores del nuevo sonido y marcando el paso que cientos de bandas imitan siguiendo su estela. Así será en la primera mitad de la década, cuando las giras mundiales los aúpen a lo más alto. British Steel en 1980 y Defenders of the faith de 1984 llegan al top five en varios países. Con Turbo (1986) experimentan con sintetizadores en busca de un sonido más comercial, pero los éxitos de comienzos de la década no volverán.

Motörhead logran su mayor éxito comercial en 1980 con Ace of spades, logro que repetirán dos años después con Iron fist. Prácticamente sin variar su sonido y manteniendo la imagen de banda auténtica, la criatura de Lemmy Kilmister completó una exitosa carrera y se convirtieron en referencia de la ola de metal más rápido y potente que sacudiría los cimientos del género en la segunda mitad de la década.

La muerte de su cantante Bon Scott tras el enorme éxito de Highway to hell estuvo a punto de hacer que AC/DC se bajara de los escenarios para siempre. Lo que habría privado a cientos de miles de personas de ver uno de los directos más apabullantes de la historia y nos habría dejado sin obras maestras como Back in black (1980) o For those about to rock (1981). Afortunadamente la banda australiana encontró en Brian Johnson el cantante perfecto con el que abordar la década de los ochenta y firmar con letras de oro en el libro de la historia del rock and roll.

Ozzy Osbourne.

La incorporación de Dio a Black Sabbath hace que el sonido de la banda de Tomy Iommi cambie, aportando la particular visión del genio del italoamericano a dos discos fundamentales: Heaven and hell (1980) y The mob rules (1981). Después, ya lo decíamos en el artículo anterior, Dio dejaría la banda y sería sustituido por Ian Gillan quien también se iría en 1984 para reunirse con la banda con la que había tocado el cielo en los 70: Deep Purple. Para entonces Rainbow ya ha dejado de ser la gran banda que era y navega sin alma por aguas más comerciales, quizá por ello Ritchie Blackmore firma la paz con Gillan, Lord, Page y Glover y la formación clásica de Purple da a luz al LP Perfect Strangers (1984). Pero la tregua dura poco y a finales de la década los miembros ya andan a la gresca otra vez. Por su parte Dio inicia una carrera en solitario lanzando dos discos sin los que no se entendería el heavy en esta década. Holy diver (1983) y The last in the line (1984), no dudéis en darles un tiento si queréis saber cómo sonaba el mejor metal de la época.

Otro que tendrá una carrera brillante en solitario será Ozzy Osbourne, quien tras ser expulsado de Black Sabbath se marcará un puñado de discos para la historia. Diary of a mad man (1982) y Bark at the moon (1983) son un ejemplo de su mejor etapa, mucho antes de convertirse en una parodia de sí mismo y donar su intimidad a la MTV.

David Coverdale había formado Whitesnake en 1976, con la que había tenido un cierto éxito con su fórmula de hard rock y blues y discos como Come an’ Get It (1981), pero será en su segunda etapa, tras un parón, cuando se alzarán a lo más alto de las listas con su disco homónimo (conocido popularmente como el año en que salió, 1987) y Slip of the tongue (1989), donde la colorista guitarra de Steve Vai lleva a la banda a cimas de elegancia y virtuosismo nunca antes vistas.

En los estrenados ochenta algunas de las bandas responsables de la codificación del género continúan sus carreras, al tiempo que la escena ve el nacimiento de nuevos grupos que, apoyados en quienes les antecedieron, asaltan las listas de éxitos.

Alice Cooper continuó con su particular rock horror y se reinventa subiendo a la ola del heavy con Constrictor (1986) y sobre todo Trash (1989) álbum que devuelve el rock conceptual a lo más alto y al bueno de Alice a la cumbre del éxito.

Paul Stanley y Gene Simmons siguen al frente de Kiss y en la nueva década se mantienen como una de las bandas americanas más exitosas con álbumes como Creatures of the night (1983). Después tendrán un breve periodo en el que se despojan de su icónico maquillaje al que volverán para concluir la década como una de las bandas más exitosas de los ochenta.

En irlanda Gary Moore aúna en su figura el rol de cantante solvente y virtuoso de las seis cuerdas, grabando para Virgin dos discazos titulados Corridors of power (1982) y Victims of the future (1983) que lo confirman como uno de los músicos más excitantes de la época. En 1987 se descuelga con Wild frontier donde rinde tributo a la música de su Irlanda natal y a Phyl Lynott, su mentor, muerto el año anterior. Después se pasará al blues donde dejará poso con un puñado de discos sobresalientes.

La banda alemana Accept.

Desde Alemania, Accept se convierte en el gran antecedente del trash metal centroeuropeo. La introducción de Fast as a shark, un grito salido directamente de las tripas que ahoga una canción tradicional alemana, seguida por un aluvión de guitarras frenéticas, deja claro que estos teutones no hacían concesiones. La voz rasgada de Udo Dirkschneider y una imagen agresiva hacen que conquisten con rapidez a la crítica y al aficionado. Restless and wild (1982) y sobre todo Balls to the wall (1983) son álbumes imprescindibles para entender lo que se estaba cociendo en el norte del continente y que acabaría por eclosionar unos pocos años después.

Otros alemanes que probarán las mieles del éxito está década son Scorpions, quienes con Blackout (1982) y sobre todo Love at first Sting (1984) se encaraman a lo más alto y emprenden giras mundiales que llenarán estadios de todo el planeta. Además, harán de la balada casi un subgénero, un asunto que abordaremos a su tiempo.

Para comienzos de la década, un miembro de la formación original de la banda alemana, Michael Schenker, ya ha conocido el éxito con UFO y se ha convertido en un icono de la guitarra con su eterna Gibson Flyng V, pero será con su propio proyecto en solitario con el que llegará a los corazones de metaleros y amantes de las seis cuerdas en general. Michael Schenker Group dejará para la posteridad álbumes como MSG (1981) o Assault attack (1983) y canciones como Captain Nemo o Into the arena como auténticas odas al virtuosismo guitarrero.

Unos que quisieron que el rubio alemán se integrase en su formación fueron Aerosmith, quienes tras conocer el éxito a finales de los setenta bajaron a los infiernos de las drogas para reaparecer en la segunda mitad de la década siguiente con Permanent vacation (1987) y Pump (1989) con los que vuelven a lo más alto, reinventándose como una de las bandas más grandes de todos los tiempos.

NWOBHM

Los británicos Iron Maiden, capitaneados por Steve Harris.

A finales de los setenta, nacidos al mismo tiempo que la era Thatcher, surgen en Reino Unido un puñado de bandas llamadas a renovar los cimientos del género y a cambiar las normas. Se conocerá como Nueva Ola del Heavy Metal Británico. Moviéndose en ambientes underground en sus comienzos, propiciando la publicación de fancines, y la creación de radios piratas y sellos independientes, no tardarán en llamar la atención de las multinacionales que empiezan a ver en el heavy metal un negocio al que hincarle el diente.

Formados por el bajista Steve Harris, Iron Maiden se convirtió rápidamente en uno de los grupos más exitosos de aquella ola, traspasando con los años las fronteras del género para formar parte de la cultura popular por méritos sobrados. En los ochenta no se podía dar dos pasos sin toparse con alguien que llevara puesta una camiseta con la imagen de Eddie, su archiconocida mascota creada por el ilustrador Derek Riggs y que ha protagonizado algunas de las portadas más icónicas de la historia de la música. Tras varias formaciones la banda halló en Bruce Dickinson el cantante y frontman definitivo. Con él grabarían tres de los álbumes más representativos de su época: The number of the beast (1982), Piece of mind (1983) y Powerslave (1984). Avanzada la década experimentarían en busca de un nuevo sonido que nunca terminó de cuajar y que hizo que los caminos de Dickinson y la banda se separaran durante unos años.

Saxon es una de esas bandas de las que apenas nadie se acuerda, pese a que parecían destinados a ser muy grandes. En 1980 publican dos discos con cinco meses de diferencia, y un año más tarde sacan al mercado Denim and leather, todos ellos éxitos en su Inglaterra natal. Crusader (1984) los coloca en el punto de mira del resto del continente y todo parecía estar listo para que la banda asaltase el planeta, pero tras firmar con EMI, su sonido se vuelve más americano, y empiezan a dejarse seguidores atrás, sin que sus nuevas canciones atraigan nuevos. Con el tiempo se fueron diluyendo, dejando, eso sí, un buen ramillete de discos más que notables.

Def Leppard.

En el polo opuesto, Def Leppard encarna la banda de éxito sin paliativos. Responsables en gran medida del triunfo comercial del heavy, son la banda que en la primera mitad de la década cambió la industria e hizo que las multinacionales pusiesen sus ojos en la escena metalera del momento. Pero como si el triunfo no pudiera ser sin sacrificio, el grupo de Sheffield ha visto como sus éxitos iban acompañados de reveses personales como la muerte de uno de sus miembros, el guitarrista Steven Clark, problemas con el alcohol que obligaron a despedir a varios de sus componentes o el accidente de su batería Rick Allen que perdió su brazo izquierdo y que desde 1986 toca con una caja de ritmos adaptada a su situación. Tras dos álbumes relativamente bien en ventas, en 1983 lanzan con la producción de «Mutt» Lange el disco que los catapultaría al éxito. Pyromania vendió la friolera de 20 millones de copias en todo el mundo y por primera vez las emisoras de radio fórmula se fijaban en el heavy metal. Especialmente relevante es su éxito en Estados Unidos, donde cambiarán el paradigma de la industria musical. Tras una pausa de dos años obligados por el ya citado accidente de Allen lanzan Hysteria (1987) con el que llegarían aún más lejos en las listas de discos. La segunda mitad de los ochenta la completarían con el mismo éxito y mastodónticas giras mundiales.

Otras bandas como Samson, Tigers of Pang Tang o Diamond Head han quedado relegados al olvido excepto para el fan incondicional, que encontrará en la producción de estos grupos británicos el santo grial del metal de comienzos de los 80.

El éxito

Los californianos Mötley Crüe.

Fomentados por las ventas de Def Leppard que había roto definitivamente el techo de cristal que impedía a las bandas de rock duro triunfar en radios convencionales, toda una oleada de melenudos irrumpe con el beneplácito de la industria musical.

Oleadas de grupos con un sonido comercial y fresco, letras con referencias a elementos de pura evasión y una estética de pelos cardados y ropas de brillantes colores surgen a lo largo de toda la geografía norteamericana convirtiendo un género que nacido en los suburbios de ciudades industrializadas inglesas en un fenómeno mainstream. Atrás quedan los oscuros riffs de guitarra de Black Sabbath o las tachas sobre cuero negro de Judas Priest. Se trata de divertirse, de recordar que solo se es joven una vez y a ser posible de convertirse en millonarias estrellas de rock lo más rápido posible. Es lo que se conocerá como glam metal o hair metal.

Uno de sus primeros representantes de este estilo son los californianos Mötley Crüe que ejemplifican como nadie la pesadilla de cualquier padre de la primera mitad de los 80.  Como se puede ver en la peli The Dirt (Jeff Tremaine2019), disponible en Netflix, el sexo, el alcohol y las drogas formaban parte de la vida de la banda de modo indisoluble, pero también el rock and roll. Porque además de destrozar habitaciones de hotel y tener abono VIP en las mejores clínicas de desintoxicación de la soleada California, la banda de Nikki Sixx y Tommy Lee dejó para la historia excelentes discos como Shoot at the devil (1983) o Girls, girls, girls (1987).

La PMCR fue una asociación de mujeres de congresistas americanos que pretendían erradicar lo que llamaban mala influencia en el mundo de la música. No es difícil imaginar que un género que se identifica por hablar sobre sexo y drogas sin tapujos, además de mostrar una marcada tendencia al travestismo no era muy de su agrado.

Dee Snider, cantante de Twisted Sister, dijo una vez que alguien debería estudiar que se esconde tras el hecho apiñarse frente a un escenario junto a un centenar de sudorosos fans que como tú corean las canciones de unos tipos vestidos de mujer que ponen tus testículos apretados en licra a un palmo de ti. Sea como fuere y psicología aparte, los neoyorkinos Twisted Sister no lo tuvieron fácil para llegar al éxito. Tardaron más de una década en tener su primer contrato, se les tildó de ser una mala copia de Kiss y cuando alcanzaron una cierta notoriedad fueron acusados de subirse al carro del glam metal cuando estaba de moda. Pero lo cierto es que el metal de los 80 no podría entenderse sin ellos ni sin la figura de su carismático (y un poco bocazas) líder. Bien sea por elepés como Stay Hungry (1984), por retarse a guantazos con Manowar por un quítame allá esa testosterona o por la defensa que ante un tribunal tuvo que hacer cuando el retrógrado Centro de Recursos Musicales para Padres (PMCR por sus siglas en inglés) incluyó su archiconocido We’re not gonna take it en lo que llamaron «Las asquerosas quince», una lista de quince canciones que según ellos debían de ser censuradas cuando no directamente prohibidas. Llegados a este punto es inevitable dedicar unas líneas a esta carca institución.

La PMCR fue una asociación de mujeres de congresistas americanos que pretendían erradicar lo que llamaban mala influencia en el mundo de la música. No es difícil imaginar que un género que se identifica por hablar sobre sexo y drogas sin tapujos, además de mostrar una marcada tendencia al travestismo no era muy de su agrado. Por lo que el heavy metal fue pronto victima de esta caza de brujas. En la lista de «Las asquerosas quince» había nada menos que 9 bandas de este género por letras explícitas sobre sexo, drogas o satanismo que compartieron el honor junto a Prince, Madonna o Sheena Easton.

Chicos malos, chicos buenos

W.A.S.P.

Otros que sentirían las iras del PMCR serían los angelinos W.A.S.P., claro que con canciones con títulos como Animal Fuck like a beast (directa al n.9 de «Las asquerosas quince») estaba cantado que acabarían llamando la atención de los vigilantes de la moral. La banda, formada por el cantante y bajiista Blackie Lawless, aprendió la lección sobre escenografía que Alice Cooper y Kiss llevaban décadas impartiendo, pese a que musicalmente la banda angelina se fueron por vericuetos más metaleros que sus predecesores. Discos como su debut W.A.S.P. (1984) o The last command (1985) sentaron cátedra. Con la misma imagen impactante y una puesta en escena igual de espeluznante que con la que se dieron a conocer la banda prosiguió su carrera con álbumes más reflexivos y maduros musicalmente y letras en las que no estaba exenta la crítica política.

En el otro lado del espectro musical y totalmente alejados de la macabra parafernalia de los de Lawless, Bon Jovi se convirtió bien pronto en una banda superventas con su cantante forrando carpetas y protagonizando sueños húmedos por todo el mundo, pero que nunca descuidó la música. Discos como 7800º Fahrenheit (1985) y sobre todo Slippery when wet (1986) de la que vendieron 30 millones de discos, los colocaron en lo más alto gracias a una solvencia musical fuera de toda duda. Sus inicios de permanente y ropas de colores fueron sustituidos después por una imagen más serena y un sonido cada vez más lejano de lo que se cocía en el panorama metalero de finales de la década. A pesar de ello la banda siguió cosechando éxitos incluso cuando ya en los 90 se cortaron el pelo y se revelaron como fervientes seguidores de la estala de Bruce Springsteen (por algo, además de compartir estado de nacimiento, Jon Bon Jovi se refirió siempre al boss como su gran referencia). Claro que quién no lo tendría.

Y siguiendo con músicos con pinta de no haber roto nunca un plato es inevitable referirse a los suecos Europe cuyo The final countdown sonó hasta el hartazgo en 1986. Quizá por la envidia de que todas las chicas soñaban con Joey Tempest o porque sonaban hasta en la emisora del enemigo (Los 40 Criminales en el argot de la época), pero en aquellos despiadados ochenta, un heavy de verdad se habría cortado el pelo antes que escuchar entero uno de sus discos. Lo que es innegable es que el tiempo dio la razón a la banda escandinava y los que la acusaban de ser un simple montaje para vender discos se tuvieron que comer sus palabras. Además, son un ejemplo perfecto de como la estética hair metal se extendió por todo el globo. Pero volvamos a USA.

Portada de Look what the cat dragged in, de los estadounidenses Poison.

Cuando Look what the cat dragged in salió en 1986 uno tenía sus dudas viendo la portada si Poison se trataba de una banda compuesta por féminas o por tipos vestidos de mujer. La banda de Bret Michaels llevó el travestismo en el metal un paso más allá, y desde luego consiguieron lo que buscaban, colocar su rock and roll desenfadado y plagado de referencias sexuales en lo más alto de las listas. Sus disco de debut se coló entre los tres más vendidos ese año y repitieron éxito con Open Up and Say… Ahh! (1988). Para entonces se habían quitado un poco de maquillaje y dejado en el cajón las medias de rejilla. Y es que en los dos años que transcurrieron entre su primer y segundo álbum un terremoto había sacudido los cimientos del rock.

El seísmo había tenido lugar en Los Ángeles, la ciudad que ejemplificaba mejor que ninguna otra ese paraíso del rock and roll que fueron los ochenta. Sunset Boulevard, el club Troubador, la sala Whiskey a gogo y la continua llegada de músicos de todo el país que buscaban en la ciudad californiana cumplir sus sueños de ser una estrella del rock. Ese es el escenario del que surgió Guns N’ Roses. Su estética macarra y una actitud que no les iba a la zaga les convirtieron en la banda más peligrosa del planeta y encarnación del viejo axioma de vive rápido y muere joven. Pero tras este puñado de tópicos estaba una banda que grabó un primer disco que revolucionó el mercado musical. Appetite for destruction (1987) se convirtió en el disco de un debutante más vendido en la historia, pero sobre todo es el legado de un grupo de músicos en un momento de gracia que no volvería nunca. La gelidez de Izzy Stradlin a la guitarra rítmica, los solos sucios empapados en Jack Daniels de Slash y la precisión de Adler y McKagan a la batería y bajo respectivamente, junto a la voz afilada como una cuchilla de Axl Rose conformaron un álbum único e irrepetible. Canciones como Welcome to the jungle, Mr. Brownstone o Paradise city se convirtieron al instante en clásicos. ¿Y qué decir de Sweet Child o’ Mine y su riff de guitarra repetido hasta la saciedad en tiendas de instrumentos de todo el planeta? Después vendrían los cambios de formación y la expulsión de varios de sus miembros, los rifirrafes continuos, los conciertos que acababan en caos como los de Montreal y finalmente la disolución en lo más alto y con tan solo de tres álbumes publicados. Guns N’ Roses murió de éxito, pero durante los años que la banda estuvo en activo revolucionó el mundo de la música. De la noche a la mañana se multiplicaron las bandas que lucían tatuajes y llevaban el pelo engrasado para parecer un auténtico chico malo. Grupos honestos y reales como Dogs D’amour o The Quireboys y otros que parecían recién salidos de la factoría de la multinacional de turno y que es mejor no mentar.

Mientras en España

Leño, con Rosendo Mercado a la cabeza.

Aunque los laureles de los ochenta se los ha llevado la Movida madrileña, existió otra movida surgida en los barrios obreros formada por músicos que pusieron todo su empeño, poco dinero, coraje y talento por hacer que el heavy en español tomara forma. Una labor similar a darse de cabezazos contra una pared debido a la indiferencia de una sociedad que aún tenía muy presente los caducos conceptos del franquismo. Llevar el pelo largo en aquella España de comienzos de la democracia se convierte en sinónimo de quinqui o delincuente, cuando no directamente en una ofensa contra la cacareada masculinidad de la época. En lo tecnológico el país está igual de atrasado, con instrumentos que parecen de juguete, profesionales de sonido que brillan por su ausencia y estudios de grabación del año de la polca. No hablemos de las discográficas y las radio fórmulas cuyo único incentivo es el dinero. Esto que suena a batallita del abuelo es algo que hay que tener muy presente a la hora de hablar de los pioneros del heavy metal en este país. Pero antes de ir al lío, es importante reseñar dos subgéneros exclusivos de España, que sin ser heavys por definición se adentran en terreno metalero en muchas ocasiones.

El primero surge en las ciudades, donde los hijos de esa generación que en los sesenta se desplaza a las grandes urbes desde el campo dan rienda suelta a su inconformismo a golpe de guitarra. Es lo que se dio en llamar rock urbano, de los que grupos como Mermelada, Burning, Leño o Barricada son sus grandes representantes.

El otro nace en el sur de la península. El llamado rock andaluz que al calor de un nacionalismo que se revela tras la muerte del dictador Franco prende en una juventud cansada de estereotipos. Bandas como Triana, Alameda o Medina Azahara, cuyo giro hacia el heavy metal a finales de los ochenta es más que evidente.

Si el Barón supo conectar con las élites rockeras del continente, Obús siempre supo acercarse al fan nacional de heavy de un modo natural.

Ya puestos a rastrear en el árbol genealógico del metal patrio, hay que hablar de bandas como Tarkus, Storm o Lone Star que dan los primeros pasos a comienzos de los 70 y cuya semilla la recogerá una nueva generación que como ellos se embarcan en la difícil aventura de hacer rock duro en español. Grupos como Asfalto, Cucharada o Bloque, que orbitan en torno al sello discográfico Chapa, creado por Zafiro, gran impulsor del heavy metal en suelo patrio.

Leño es una de las primeras bandas en lograr éxito a base de guitarras distorsionadas (aunque no mucho). De trayectoria corta pero longevo recuerdo, el trío capitaneado por Rosendo Mercado se convierte a comienzos de los 80 en un fenómeno de masas de esa España recién salida de la dictadura de Franco que ansía libertad. Sus clásicos Corre, corre o Maneras de vivir forman parte del acervo cultural de este país. Después, todos lo sabemos, la formación se separará y Rosendo comenzará una etapa en solitario que durará varias décadas y que lo convierten en leyenda viva de la música en español.

Barón Rojo.

Otra banda que alcanzará los laureles del éxito son Barón Rojo. Formados por los hermanos Armando y Carlos de Castro tras la disolución de otra banda pionera, Coz, llegarán a tocar en festivales en toda Europa como Reading y a vender 125.000 copias de su Volumen brutal (1982), una cifra a la que las estrellas pop españolas del momento ni se acercaban. El éxito del disco y su proyección internacional hizo que grabasen una versión en inglés que tuvo unas buenas ventas y críticas a nivel internacional. Como detalle de su éxito es reseñable que la primera vez que Metallica tocaría en Europa lo haría teloneando al Barón en Holanda. Pero hablamos de la España de comienzos de los 80 y los planes internacionales del Barón se vieron truncados por la falta de peculio y la poca visión de negocio de los promotores del momento. En 1985 darían un cambio de rumbo a su sonido con En un lugar de la marcha donde se incluye Hijos de Caín, himno no oficial del heavy español. Se mantendrían durante años como el gran referente del metal nacional hasta que aflorasen los problemas internos del cuarteto que hicieron que la banda quedara en manos de los hermanos de Castro.

Si el Barón supo conectar con las élites rockeras del continente, Obús siempre supo acercarse al fan nacional de heavy de un modo natural. Su estética macarra y sus letras impregnadas de lo que se suele llamar escuela de la calle y una honestidad a prueba de multinacionales les convirtió en el grupo del heavy de verdad. Discos como Prepárate (1981) o Poderoso como el trueno (1982) (ambos producidos por Tino Casal), la apabullante voz de Fortu antes de convertirse en carne de reality, y unos directos en los que no escatimaban ni esfuerzo ni dinero les hicieron ser el otro gran grupo del género junto a Barón Rojo que se comió el mercado en la primera mitad de la década. Ambos conquistarían Sudamérica y cabalgaron a la cabeza de esa gran ola de metal que arrasó España esos años.

Panzer.

Un poco por detrás de los dos grandes estaba Panzer, la banda del que fuera locutor de Radio 3, Carlos Pina, que demostraba que Halford también había sentado escuela en España. Álbumes como Sálvese quien pueda (1983) o Toca madera (1985) contienen algunas de las canciones más legendarias de esos años. Como Galones de plástico, himno contra el servicio militar obligatorio, verdadero drama para los chavales de la época y tumba de no pocas bandas de rock.

Ñu, o lo que es lo mismo, José Carlos Molina, es otro de los históricos. Sin vender nunca muchos discos, pero llenando todo local por el que pasaban, la mezcla de influencias celtas, medievales y heavy del grupo les ha hecho ser merecedores de la etiqueta de los Jethro Tull castizos, pero lo cierto es que su sonido siempre fue mucho más duro que la banda de Ian Anderson y solo los une el utilizar la flauta como espina dorsal de su música. Tras una primera mitad de década a medio camino entre el hard rock y el folk, sería con discos como el directo No hay ningún loco (1986) y El mensaje del mago (1987) cuando destaparían el tarro de las esencias para marcarse dos discos fundamentales para el género.

A medio camino entre Madrid y Barcelona, Banzai fue otra de las bandas esenciales de los inicios del rock duro nacional. Fundados por el guitarrista Salvador Martínez, el nombre de la banda proviene de una canción que el músico había escrito para Miguel Ríos. Tienen un gran éxito con su primer álbum, Banzai (1981) con verdaderos himnos quinquis como Coche rápido en la noche, pero los constantes cambios de formación que buscaban aportar estabilidad y una mayor experiencia no lograron que la banda se separara tras solo dos discos de estudio. El segundo álbum, Duro y potente (1984) ya contaba con el malogrado José Antonio Manzano a las voces, leyenda del heavy español. A finales de los 80 se reunieron para grabar un disco en directo y siempre se rumoreó sobre su vuelta.

Barricada, capitaneados por El Drogas.

Pero el heavy metal no solo prende en las grandes ciudades. En Pamplona, Barricada mezcla lo que se dio en llamar rock radical vasco, caracterizado por letras y actitud combativa, con las guitarras hard rock. La mezcla funciona y tras dos discos editados por un sello local, Noche de Rock and roll (1983) y Barrio conflictivo (1984), este último producido por Rosendo Mercado llaman la atención de RCA gracias a la mediación del de Carabanchel. Su paso por la multinacional dura solo un año, pero durante el mismo dan a luz a No hay tregua (1986) que les abrirá las puertas del mercado nacional. Lo que vendrá después será una carrera exitosa y cuajada de grandes canciones que ha quedado para la historia.

En Lasarte (Gipuzkoa) nace Ángeles del Infierno, banda que antes de grabar su primer álbum ya había teloneado a Motorhead, AC/DC, y Saxon. Semejante bagaje se refleja en Pacto con el diablo (1984) el disco con el que debutan de la mano de Warner. El siguiente Diabolica (1985) los pone en primera línea del metal que se hacía en España. La voz acerada de Juan Gallardo y unas letras donde no renuncian a la crítica social y política los aúpan a esa posición. Con los años conquistarían México, donde siguen teniendo un estatus de estrellas.

Dentro de la corriente del glam metal que triunfaba en el resto del mundo destaca la figura de Sangre Azul, quizás el intento más serio por crear una banda española que pudiese tener repercusión internacional. Desgraciadamente se quedó solo en intento, pese a dejar tras de sí discos como Obsesión (1987) o Cuerpo a cuerpo (1987). Otras bandas como Niagara o Tritón también lo intentaron con el mismo y frustrante resultado. No será hasta la llegada de los 90 que las bandas nacionales tuviesen un cierto éxito más allá de sus fronteras.

Atrás quedan un puñado de grupos que no caben en este artículo. Bandas como Bella Bestia, Sobredosis, Santa, Evo, Tarzen, Muro, Legión, Hiroshima, Lanzelot o Leize que aportaron su granito de arena, muchas veces ante la incomprensión y desprecio de un país atrasado y que recelaba de lo diferente y de una industria discográfica corta de miras.

Mientras, en el resto de mundo una nueva generación de músicos cargados de decibelios y actitud estaba a punto de desencadenar un maremoto. Hijo bastardo del metal y del punk, el trash metal y todas los subgéneros que parió se asomaban al panorama musical de la segunda mitad de la década. Pero eso tendrá que esperar al próximo artículo. Hasta entonces, stay heavy!




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Texto de Óscar Soto Colás | © laCiclotimia.com | 5 octubre, 2020
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Texto de Óscar Soto Colás
© laCiclotimia.com | 5 octubre, 2020

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