François Truffaut
| «Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma»

«Metteur en scène» culto y polifacético que dejó su huella imborrable en el cine formalizando los preceptos de la nouvelle vague en todas sus facetas vitales. Un amante del cine tanto delante como detrás de la cámara, siempre abrazado a la literatura.

«Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel…», repite Jean-Pierre Léaud ante el espejo de la película Besos robados (François Truffaut, 1968). Un reflejo casi autobiográfico que deja su rastro en los trabajos del maestro francés de la nouvelle vague, François Truffaut. Y es que como él mismo dijo, prefería el reflejo de la realidad en lugar de ella misma. Desde su infancia, sumergido en la literatura, el teatro y el cine, el renombrado cineasta de la nouvelle vaguededicó su vida al arte desde todos sus ángulos. En 1950 publicó su primer artículo en el boletín del cine-club del Barrio Latino, sobre el filme La regla del juego (1939), de Jean Renoir. Desde entonces y gracias a su mentor André Bazin, el cineasta se dedicó de forma profesional a observar las imágenes desde el otro lado de la pantalla, sentado en la butaca, analizando y estudiando cada detalle, para posteriormente dejar su huella como crítico en la prestigiosa revista francesa Cahiers du Cinéma, entre otrasFaceta que él mismo reseña en su libro Las películas de mi vida (1975): «la necesidad de tener que analizar el propio placer y describirlo, si bien no logra por arte de birlibirloque convertirnos de amateurs en profesionales, nos hace pisar tierra y nos sitúa, al menos, en un terreno, en ese terreno mal definido desde que se intenta la crítica». Desde una edad temprana, se convirtió en un observador preciso y cultivado, tanto delante como detrás de la pantalla, también como creador. Creador de imágenes repletas de ideas y sentimientos, pero sobre todo de personajes cultos.

Como la totalidad de cineastas de la vanguardia fílmica francesa, Truffaut buscaba en todo momento crear y transmitir una visión mucho más personal e introspectiva que la presentada anteriormente en el mundo cinematográfico. Algo que este director llevó a cabo de forma rigurosa cuando le dio forma al personaje de Antoine Doinel, interpretado por el siempre fiel Jean-Pierre Léaud, brindando así la posibilidad a su público de conocer al director de forma íntima a través de su evoluciónEn su gran obra maestra Los 400 golpes (1959), el cineasta ancla los pilares para la construcción de un personaje con un arco narrativo que se desarrollaría a lo largo de cinco de sus películas, la serie Las Aventuras de Antoine Doinel. La última mirada que Antoine lanza en aquella playa al finalizar Los 400 golpes, deja al/a espectador/a con las ganas de conocer la evolución de aquel adolescente que perdió toda su inocencia en menos de dos horas de metraje. Madurez además que se cultiva a través de sus escapadas a la sala de cine o su inmersión en clásicos de la literatura como Balzac, algo que refleja a la perfección la infancia del mismo cineasta. Esta ópera prima magistral realizada con una cámara ligera y ágil, con medios de bajo presupuesto y un casting amateur, le llevaron al Festival de Cannes en 1959, ganando el premio a mejor director. Desde su primer filme, el metteur en scène establece los rasgos autorales que se perpetuarán en su filmografía, como son las infinitas referencias literarias, la construcción de personajes o la reconocible y cuidada narrativa y puesta en escena. «El cine para mí es un arte de la prosa. Definitivamente, se trata de filmar la belleza pero sin que se note, sin que se note para nada»

Como la totalidad de cineastas de la vanguardia fílmica francesa, Truffaut buscaba en todo momento crear y transmitir una visión mucho más personal e introspectiva que la presentada anteriormente en el mundo cinematográfico.

Con esa primera película de su consentido Jean-Pierre LéaudTruffaut establece la conexión con sus espectadores/as desde el reflejo de su propia vida. «No era raro que viese la misma película cinco o seis veces en el mismo mes sin ser capaz luego de contar correctamente su argumento, porque, en un instante preciso, una música que subía de volumen, una persecución en la noche, el llanto de una actriz, me emborrachaban, me arrebataban y me arrastraban más allá de la película» (Truffaut, 1975, 13). Posteriormente a Los 400 golpes, tras mostrarse totalmente despojado de afecto familiar y siguiendo la cronología vital del cineasta, las aventuras de Antoine Doinel vuelven cuando el protagonista comienza a evolucionar en el ámbito de las relaciones románticas. En el cortometraje Antoine y Collete, que formó parte del largometraje colaborativo El amor a los veinte años (1962), se puede observar cómo el protagonista es constantemente rechazado por las mujeres que le rodean, algo que se continúa perpetuando en el siguiente filme Besos robados (1968). En Antoine y Collete además, aparece otro rasgo característico de Truffaut que es su pasión por la música. El protagonista del filme se presenta desde el primer minuto como trabajador en una discográfica, produciendo vinilos, regalando al/la espectador/a incluso una secuencia donde Antoine le explica a Collete (Marie-France Pisier), sentados en una sala de cine, cómo se lleva a cabo la fabricación del vinilo. Una secuencia meta-artística donde el cineasta da rienda suelta a su pasión por el arte en todas sus formas y juega con ello a la hora de rodar su propio cine, incluyendo incluso un narrador en tercera persona que simula la narración que se encuentra comúnmente en la literatura. Además, la cinta también está enriquecida a nivel diegético con numerosas referencias literarias con la mención de escritores como Hervé BazinVíctor Hugo, siendo este último citado por uno de los personajes como un escritor que «ha denunciado el mal, pero nos ha dado la alternativa»; algo que parece aplicable a cualquier/a escritor/a del que el cineasta aprendió durante su vida. 

En la continuación, Besos robados, ya Antoine se encuentra en la edad adulta pero continúa perdido tanto a nivel laboral, como a nivel de relaciones. De nuevo aquí se recupera al ya nombrado Balzac en Los 400 golpes. Habría que destacar también las pinceladas autobiográficas cuando al inicio del filme el protagonista aparece como alistado en el ejército pero finalmente es expulsado, algo que refleja la propia vida del cineasta cuando desertó tras ser destinado a Alemania y posteriormente ser enviado a la prisión militar de la cuál, su mentor y amigo André Bazin, le sacó. Al igual que en toda su filmografía y escritos, en esta película se puede percibir la cultura cinematográfica que, su pasión por el séptimo arte, las largas horas empleadas frente a la pantalla de la sala y su profesión como crítico de cine, le brindaron. En Besos robados por ejemplo, se vislumbra el rastro de su coetáneo y compañero de movimiento cinematográfico, Jean-Luc Godard y en concreto su filme Vivir su vida (1962), con ese hotel donde las trabajadoras sexuales llevaban a cabo su profesión. Algo que en sus libros también es destacable. Así como en Las películas de mi vida (1975) Truffaut hace un breve recorrido por su profesión como crítico y reseña a grandes cineastas que influyeron en su carrera, en El placer de la mirada (1987) vuelve a escribir sobre grandes maestros que admiraba y de los cuáles nunca dejó de aprender, desde su referente del cine francés Jean Renoir, hasta clásicos como Charles Chaplin o Alfred Hitchcock. François Truffaut tenía especial admiración y respeto por este último cineasta, maestro del cine de suspense. Alguien que fue criticado e infravalorado en sus estrenos por la mayoría de las críticas, mientras Truffaut siempre valoró su trabajo y pasión por el arte, algo que compartió con sus compañeros/as de Cahiers du Cinéma, y coetáneos de la nouvelle vague, que miraban más allá de lo comercial y desentrañaban toda la sustancia cinematográfica que cada cinta llevaba impregnada. Para poder expresar y darle valor al trabajo de Hitchcock como se merecía, el crítico y cineasta francés escribió, con la colaboración de la actriz Helen Scott, el libro El cine según Hitchcock (1966): «Entonces pensé que Hitchcock, cuyo genio publicitario solo tenía parangón con el de Salvador Dalí, había sido finalmente la víctima, en América al lado de los intelectuales, de tantas entrevistas superficiales y deliberadamente dirigidas hacia la burla. Contemplando sus films era evidente que este hombre había reflexionado sobre los medios de su arte más que ninguno de sus coetáneos y que, si por vez primera aceptaba responder a un cuestionario sistemático, podría resultar de ahí un libro capaz de modificar la opinión de los críticos americanos». Relación y pasión que se ha visto recuperada en el documental dirigido por Kent Jones, Hitchcock/Truffaut (2015). 

Volviendo a la cronología vital del crítico y realizador, las aventuras de su análogo Antoine Doinel continúan mostrando el caos en las relaciones personales con la secuela Domicilio conyugal (1970). Ciclo que se cierra con el último filme de la serie El amor en fuga (1979), donde el protagonista se reencuentra con su primer amor Colette, cerrando así el círculo del juego intertextual del personaje que acompañó y reflejó de forma fiel al cineasta François Truffaut. 

El director francés tiene además de esta serie, una amplia y conocida filmografía con reseñables como Jules y Jim (1962), donde se aprecia la práctica habitual del director con el papel de la mujer, o La noche americana (1973) donde él mismo aparece como actor. No obstante, es en Fahrenheit 451 (1966) donde el director lleva a cabo uno de sus homenajes más completos a su gran pasión: la literatura. Adaptando la novela homónima de Ray Bradbury, Truffaut despliega sus conocimientos cinematográficos y a través de un cuidado uso del color en la puesta en escena, lleva a cabo una película redonda y un hermoso homenaje a la novela adaptada. Desde el inicio del filme se capta la atención de la audiencia con la narración de los títulos de crédito a través de una voz en off, en lugar de aparecer inscritos en pantalla. Y es que en ese futuro distópico, los libros y la lectura de los mismos están prohibidos, por lo que un grupo de exiliados se dedica a memorizar los libros y narrarlos como un rapsoda de la Grecia Antigua, para así nunca dejar que las historias y la literatura mueran. El reflejo más vivo de los libros, libros que cobran vida también en las películas del gran François Truffaut, dejando así su legado en la historia del cine para mantener siempre encendida la llama de la pasión por la literatura y la cultura en general. 

Cita del subtítulo: François Truffaut.


Artículo perteneciente a la serie: GRANDES CINEASTAS   



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Texto de Sofía Otero Escudero | © laCiclotimia.com | 6 febrero, 2021
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Texto de Sofía Otero Escudero
© laCiclotimia.com | 6 febrero, 2021

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