Filmar el colapso
| Cine y crisis sistémica

En vista de los acontecimientos de profunda transformación global a los que nos enfrentamos, volvemos la vista a cómo el cine registró la crisis económica de 2008 para entender en qué condiciones se enfrentará a la crisis que viene.

¿Puede una pantalla captar el mundo en su totalidad? Esta parecería una pregunta absurda. Pero si la respuesta es no, ¿cómo se le ocurre al cine el arrogante intento de narrar un acontecimiento global? En el momento del colapso económico, parece que lo último que necesitaríamos es que el arte registre mejor o peor la caída. ¿Con qué objetivo nos atrevemos a retratar un mundo en crisis? ¿Memoria? ¿Conmiseración? ¿Mero capricho estético? Si seguimos preguntándonos en esta dirección pronto nos daremos cuenta de que no tiene mucho sentido cuestionarnos por qué los seres humanos confiamos en el arte para dar sentido a los fenómenos complejos que nos rodean, pues es un hecho incuestionable que lo hacemos, y que lo seguiremos haciendo.

En un momento de especial crisis sistémica, donde el mundo que conocíamos parece estar cambiando por momentos, puede resultar frívolo pensar en cómo será el cine que capte las aceleradas transformaciones que estamos viviendo, pero no puede ser una pregunta inútil: porque ese cine llegará. Para entender un poco cómo podrá ser el cine del futuro, podemos echar un ojo a uno de los grandes acontecimientos globales y sistémicos de nuestro pasado reciente, y cómo el cine reaccionó para intentar captar el sentido de una época. Tras la crisis económica de 2008, infinidad de empleos y de derechos laborales se perdieron en todo el mundo para no volver jamás, y el planeta en su totalidad se precipitó en un escenario de creciente desigualdad y precariedad económica que todavía condiciona, por mucho, nuestro presente.

Pero como Alberto Toscano y Jeff Kinkle se percatan en su libro Cartografías de lo absoluto (2018), el cine que trató de registrar la crisis de 2008 lo hizo a través de un rango reducido de estrategias nada evidentes. En un primer lugar, parece que películas como Up in the Air (Jason Reitman, 2009) o The Company Men (John Wells, 2010), acaban por reducir el conflicto económico a un mero drama familiar, donde el desempleo, la precariedad y la injusticia económica quedan reducidas a problemas de divorcios, virilidad herida o complejos de Edipo, como si ante el colapso de la infraestructura económica del planeta no nos quede más que el sueño nostálgico de un pasado fordista y patriarcal que imaginariamente relacionamos con la estabilidad.

«Una vez más parece que la crisis es usada con vistas a alguna clase de diálogo infructuoso entre la codicia de los individuos (en particular de hombres cuya autoestima y libido están ligadas a la mercancía) y las familias, que devienen tanto víctimas de la crisis como su único antídoto» Toscano & Kinkle

Esta salida imaginaria, apuntan los autores, no solo pone sus esperanzas en un pasado que nunca volverá, sino que confunde y reduce acontecimientos sistémicos (una crisis económica) a otros de proporción media (crisis familiares o incluso individuales). Se trata de un problema de escala, donde los distintos niveles del sistema económico, la sociedad y el individuo se confunden y se entrelazan sin aportar una solución clara. Estos problemas de escala son más adecuadamente explorados por las películas que tematizan directamente el escenario financiero de la crisis, como Margin Call (J. C. Chandor, 2011) o la excelente La gran apuesta (Adam McKay, 2015), pero este enfoque excesivo en los entresijos financieros de la crisis ayudan a perpetuar la idea de impersonalidad y falta de responsabilidad individual de los acontecimientos sistémicos, y olvidan las consecuencias globales de desempleo y precariedad por centrarse en las causas de la crisis y no tanto en sus consecuencias.

Enfrentados a tiempos complejos y volátiles, no podemos hacer mucho más que apuntar y ser conscientes de nuestros propios límites para registrar el sistema global en nuestras vidas cotidianas.

Toscano y Kinkle advierten, sin embargo, que otro curioso método para implicar la era de la crisis económica de 2008 en el cine ha sido no tematizar directamente la crisis, sino aludirla de forma lateral y ambiental al interior de una historia que tiene poco o nada que ver. Tal es el caso de The Girlfriend Experience (Steven Soderbergh, 2009) o la película de mafiosos Mátalos suavemente (Andrew Dominik, 2011), donde la crisis económica es inferida a través de la retransmisión ambiental de la radio o las noticias en pantallas de televisión en las esquinas de los planos. Esta forma de desplazamiento y desenfoque de la crisis global de la trama concuerda más, en realidad, con la forma fragmentaria e imperfecta con la que experimentamos el escenario sistémico del capitalismo global tras los acontecimientos de nuestra vida cotidiana. Lo que se trata de esta forma no es explicar la crisis económica, sino expresar más adecuadamente las tensiones y dificultades inherentes con las que nos encontramos al intentar pensar globalmente en la actualidad.

Una estrategia similar lleva a cabo la poco conocida Take Shelter (Jeff Nichols, 2011), donde un trabajador de la construcción interpretado por Michael Shannon se precipita por un delirio anticipatorio al soñar con la llegada de un tornado que destruirá todo a su paso. De igual forma que en los ejemplos anteriormente citados, una atmósfera epocal rodea Take Shelter mediante diversas referencias laterales y secundarias a la crisis de 2008 y sus duras consecuencias sobre el mercado laboral. Pero la película no se contenta con mostrar la fragmentaria recepción de los acontecimientos globales sobre la periferia de nuestro campo de visión, sino que narra también el sentido general de angustia y de desasosiego ante la anticipación del colapso de la infraestructura material de la economía global. Incapaces de entender cuáles serían las consecuencias de tal derrumbamiento, el anuncio ominoso del fin del capitalismo es registrado en el presente como una interferencia, como una enfermedad mental (delirio, paranoia), el monstruoso sentimiento de que algo terrible y definitivo, como un violento tornado, se acerca para derrumbar nuestras casas.

Es imposible, incluso poco recomendable, intentar anticipar cómo será el cine que registre la época de excesivas transformaciones y crisis superpuestas que llevamos viviendo en lo que va de año. Enfrentados a tiempos complejos y volátiles, donde la incertidumbre general solo es comparable con la certidumbre del fin del mundo tal y como era, no podemos hacer mucho más que apuntar y ser conscientes de nuestros propios límites para registrar el sistema global en nuestras vidas cotidianas. Cabría argumentar, sin embargo, que esta gran brecha entre lo que nos ocurre en nuestras vidas diarias y lo que acontece a un nivel sistémico (que, sin embargo, lo causa), se ha hecho hoy en día si cabe más presente y más perentorio abordar. La tarea, sin embargo, recae sobre los cineastas del futuro.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 13 agosto, 2020
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 13 agosto, 2020

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