Historia de un matrimonio
| Una historia de amor sobria cuyo entorno es el gran enemigo

Estados Unidos, 2019 | Dirección: Noah Baumbach | Título original: Marriage Story | Género: Drama | Productora: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; Netflix / Heyday Films. Distribuida por Netflix | Guion: Noah Baumbach | Fotografía: Robbie Ryan | Edición: Jennifer Lame | Música: Randy Newman | Reparto: Scarlett Johansson, Adam Driver, Laura Dern, Azhy Robertson, Alan Alda, Julie Hagerty, Merritt Wever, Mary Hollis Inboden, Amir Talai, Ray Liotta, Wallace Shawn, Emily Cass McDonnell, Matthew Maher, Ayden Mayeri, Kyle Bornheimer | Duración: 136 minutos | Disponible en:  Netflix  

Estados Unidos, 2019 | Dirección: Noah Baumbach | Título original: Marriage Story | Género: Drama | Productora: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; Netflix / Heyday Films. Distribuida por Netflix | Guion: Noah Baumbach | Fotografía: Robbie Ryan | Edición: Jennifer Lame | Música: Randy Newman | Reparto: Scarlett Johansson, Adam Driver, Laura Dern, Azhy Robertson, Alan Alda, Julie Hagerty, Merritt Wever, Mary Hollis Inboden, Amir Talai, Ray Liotta, Wallace Shawn, Emily Cass McDonnell, Matthew Maher, Ayden Mayeri, Kyle Bornheimer | Duración: 136 minutos

Parece la historia de un divorcio, pero es el retrato de un matrimonio al que las soluciones se le escapan bajo la presión de la burocracia.

Seguro que cada uno/a de nosotros/as sería capaz de hacer una lista con lo que hemos visto en otra persona para mantenernos unidos/as a él/ella a través de una relación. Dicha lista resumiría nuestra visión de una forma sencilla, probablemente mundana, pero hermosa en su sinceridad. Tal y como hacen Charlie y Nicole al principio de Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019). Si pensaras que se van a decir esos breves pero inmensos detalles cotidianos, pensarías que no puede haber conflicto entre ellos. Pero sin conflicto no hay película. Así que, por supuesto, se niegan a compartirlos. Si lo hicieran, y se pusieran de acuerdo, dejarían muy claro lo positivo que cada uno contribuye a la relación y se eliminaría la tensión entre ellos. Y a partir de aquí, Noah Baumbach nos hace descender por una espiral emocional en la que las personas ajenas a la relación serán las que cojan todos esos detalles conmovedores que Charlie y Nicole han escrito el uno sobre el otro y los «afilen» para convertirlos en armas a empuñar.

Quizá lo más importante que se deba destacar de la ruptura sobre la que nos habla Historia de un matrimonio sea que se trata de una pelea limpia. Sí, a pesar de las tácticas sucias de los abogados.

Lo que hace justo el enfrentamiento desde el punto de vista del espectador, es que se nos muestran ambos lados. Veremos a Nicole con su familia, con su hijo, con sus amigos, con su abogada. Veremos a Charlie, desplazándose de costa a costa para ver a su hijo, lo veremos en su trabajo, también buscando la ayuda de abogados con los que no se siente cómodo. A los dos los veremos con su hijo Henry. Veremos suficiente contexto de ambos personajes como para que la balanza no se incline decididamente por ninguno, sino que simpatizaremos con las situaciones de ambos. Baumbach ha sido muy cuidadoso al evitar sugerirnos más empatía hacia cualquiera de los dos. Es cierto que cada uno comete sus errores: Nicole confiesa haber probado algunas drogas, y hay una noche en la que un poco más de vino le produce un ligero dolor de cabeza, pero ninguna de esas cosas se convierten en hábitos, ni le impiden ser una madre amorosa preocupada por el crecimiento y el bienestar de su hijo. Charlie ha cometido una infidelidad, lo cual juzgamos inmediatamente por que es naturalmente grave, pero una vez que conocemos mejor el contexto de la situación, entendemos que sucedió cuando la relación con su mujer ya estaba acabada. No es algo que perdonar, pero difícilmente nos veremos animados a lapidarlo por ello. En otras palabras: Charlie no es el villano, al igual que tampoco lo es Nicole.

Cuando comienza la película, los protagonistas ya han crecido mucho en el marco de su matrimonio.

A diferencia de otras películas con la misma temática, Historia de un matrimonio no caracteriza a uno de los cónyuges como antagonista, sino que propone a uno mucho más vil y que manipulará a ambos para llevarlos a enfrentamientos incómodos: el sistema burocrático de derecho familiar. Este define el mantra por el que viven los abogados de divorcios: ganar a cualquier precio.

Aunque vemos las dos partes del conflicto de forma limpia, el pleito en el que los abogados luchan por nuestros protagonistas es todo lo contrario. Ensuciarán la negociación hasta que Nicole y Charlie no se reconozcan en sus afirmaciones. Y aquí es donde tenemos uno de los principales recursos narrativos que hacen esta película tan memorable: los abogados hacen crecer la tensión, mientras que otros secundarios ayudan a bajarla. Nora Fanshaw se gana a Nicole para que esta se abra sin miramientos, obteniendo detalles sobre Charlie que serán esgrimidos en su contra durante las escenas de juicio. Mientras tanto, el casi ex-marido recluta a Jay Marotta, un abogado caro y sin escrúpulos, extremadamente eficaz a la hora de sacar los trapos sucios del otro cónyuge.

Todos los recuerdos de escenas cotidianas que los dos protagonistas plasmaban en sus cartas, además de todas las escenas de «buen rollo» que van apareciendo, se empuñan y se arrojan como bolas de barro rellenas de cuchillos. Un toque de maestría por el que vamos viendo a lo largo de la película imágenes entrañables, composiciones en las que ambos protagonistas aparecen cómodamente juntos, sin que sospechemos que se acabarán convirtiendo en munición. Una serie de «implantaciones» visuales en las que la «resolución» es una mecha más corta que facilita la explosión de la tensión narrativa.

Nos fascina ver cómo es inevitable que el sistema burocrático para los divorcios en Estados Unidos presione a las personas para convertir sus mejores momentos en la peor pesadilla de sus ex-cónyuges.

Uno tiene que preguntarse cómo terminarían muchas de estas separaciones si no existieran los elementos externos que fuerzan a la gente a jugar sucio. Pero parece inevitable caer en las redes del «ganar a cualquier precio», como bien ilustra la trama de Charlie. Su primera entrevista con Jay le deja muy claro que esta gente va directa a la yugular, y él no tiene motivo para tratar así a Nicole. Buscando una solución pacífica, localiza a otro abogado, Bert, quien parece estar a medio camino entre su actitud conciliadora y sus concesiones al sistema. Parece que querer aliviar el sufrimiento de sus clientes y mantener la humanidad en la negociación está reñido con una buena posibilidad de ganar el pleito. Alivia la tensión del conflicto, pero a costa de no poder garantizar el tiempo que su cliente necesita con Henry.

La doble cara de los abogados es una necesidad en sus vidas personal y profesional.

De los contendientes que defienden a nuestros protagonistas en este tatami emocional manchado de recuerdos tergiversados y pequeñas faltas magnificadas por la lupa del derecho familiar, merece especial atención Nora Fanshaw, interpretada por una carismática —y ganadora de un Óscar en 2020 por esta misma cinta— Laura Dern. Si estuviéramos hablando de Jay, no habría mucho que decir. Las características típicas de la masculinidad tóxica son obvias y las hemos visto antes en numerosas ocasiones. Pero Nora es otro cantar. Ella es lo que probablemente muchos cuñados perciben como «una feminista».

La vemos por primera vez cuando Nicole acude a contratar sus servicios, y a pesar de conocerse desde hace solo unos minutos, Fanshaw muestra una actitud de «amiga de toda la vida» que nos hace sospechar. Llega a sentarse con los pies en el sofá, dándole té y galletas para llevarse a casa a su nueva clienta. Da la apariencia de sororidad (recordemos que la protagonista acude a ella por recomendación de una amiga), pero su actitud es más bien una forma de ganarse a los clientes, de formar un equipo sólido, libre de dudas, y dispuesto a sacar trapos sucios.

Tampoco es que a Nora le falten aspectos genuinamente feministas. Su breve discurso sobre el concepto moderno de «buen padre» y la «madre perfecta» es elocuente y lo explica desde las imposiciones culturales de la tradición judeo-cristiana, uno de los pilares de la cultura occidental que influye en nuestro comportamiento y percepción más de lo que nos damos cuenta. Además, durante la escena del juicio, Nora advierte que no permitirá que a su clienta se la avergüence tildándola de puta por su papel en una película. Esta es una defensa que cuadra sin dudas en el concepto feminista de respetar la autonomía de las mujeres sobre su propio cuerpo.

No obstante, el complejo personaje de Dern utiliza ese y todo su conocimiento como un arsenal para conseguir sus propósitos de manera egoísta. Desde que plantea la estrategia hasta que se ve obligada a sacar lo peor sí misma en los tribunales, nos da indicaciones de que trabaja en beneficio propio, incluso cuando predica estar haciéndolo por su clienta: ¿que Nicole no quiere quitarle a Charlie el dinero de la beca? Nora intenta ir a por él. ¿Que Nicole solo quería custodia 50/50? Pues Nora le consigue 55/45 contra su deseo expreso, no vaya a ser que Charlie se chulee de haber conseguido 50/50. Tiene perfecto sentido que haga su potente declaración de intenciones esperando para entrar en el juicio: «Voy a tener que pedir cosas que no pediría». Esto no suena a justicia para Nicole, sino a ganar a Jay y su cliente con una victoria aplastante. Para cuando hemos llegado a  este punto, ya tenemos muy claro que Nora sabe cómo jugar según quiénes sean los contendientes.

Cómo los personajes están «enmarcados» en el espacio realza sus emociones.

Lo vemos claramente cuando está negociando con Bert, ambos abogados acompañados por sus clientes. La defensora de Nicole no pone reparos en dejar claras sus exigencias y acorralar fácilmente a Bert, incluso picando a su marido directamente. Lo que pide parece razonable y no llega a los extremos a los que se verá forzada frente a Jay porque tiene clara su ventaja frente al anciano defensor de Charlie, que parece admitirlo al reconocer lo dura y experta que es Nora, además de ceder ante la posibilidad —ahora tornada en garantía— de ir a juicio.

Esta es una de esas escenas en las que Charlie y Nicole parecen meros espectadores, arrastrados por los secundarios a tácticas que no querían utilizar. Hay un detalle aquí que nos recuerda que ellos podrían estar tomando sus propias decisiones y que sus verdaderos sentimientos, ajenos a la maquinaria legal en la que se han metido, todavía les unen, aunque sean residuales. Se trata del momento en el que Nicole decide por Charlie qué comerá él del menú de Manny’s. Un gesto que contiene una conexión con la carta de Charlie que abre la película, en la que nos cuenta que él tiene sus manías y Nicole sabe cuándo insistir, además de ser ella quien mantiene la nevera llena. En su pequeña decisión, recordamos la esencia pura de la relación auténtica que los unió, antes de que se vieran presionados a ser remolcados por abogados.

Entre estos y sus clientes se da una interesante relación desde el punto de vista del género. En un mundo que esperaríamos ver repleto de «Jays», Nora es quien realmente posee las cualidades que los anticuados sistemas de valores patriarcales verían como masculinos: es asertiva, dura, inamovible, desafiante, mantiene la templanza y puede ser agresiva cuando es necesario. «Se come con patatas» a Bert, el hombre en un supuesto mundo de hombres, que en realidad acumula características injustamente atribuidas a la mujer por las estructuras patriarcales: es más inseguro, flexible, sensible, muestra empatía por sus clientes. Una inteligente inversión de roles que se burla del sexismo y en la que Nora nos deja claro que puede contender con Jay a su mismo nivel.

Esto le queda muy claro a Charlie, quien rompe a llorar viendo la situación desesperada de la que no podrá salir de la mano de Bert. Dejando de lado el aspecto humanitario que el viejo abogado le brindaba, el personaje de Adam Driver se da cuenta de que necesita a un defensor más duro, y cambia un modo de masculinidad no destructivo por otro más agresivo para hacer frente a una rival que sabe ponerse en esa tesitura. No se encontrará cómodo con Jay tampoco, ya que ninguno de los modos de masculinidad de los letrados se corresponde con el suyo. Pero combatir las exigencias de Nora solo puede hacerse con alguien que use las mismas armas, y así Charlie y Nicole acaban llegando a un terrible e incómodo juicio en el que el resultado será herirse y avergonzarse el uno al otro. El choque entre masculinidades agresivas solo consigue traer dolor y complicaciones para ambos cónyuges, distanciándolos todavía más de la imagen pintada por las cartas que iban a leer al terapeuta.

El entorno de Bert tiene más humanidad, y parece ser el único abogado que tiene en cuenta a Henry como persona.

Un cóctel incendiario emocional como este no puede sino reventar y arrasarlo todo cuando nuestros protagonistas, con las sensaciones de las burradas del juicio a flor de piel, se encuentran en el piso de Charlie en L.A. para resolver la custodia de Henry por sí mismos.

Nos podemos aproximar a una escena tan potente desde muchas perspectivas, pero uno de sus aspectos más llamativos es la dirección. La secuencia resulta hipnótica por el ritmo de los cortes según la tensión y por el uso del espacio físico en perfecta comunicación con el desarrollo de la discusión. Comenzamos en el salón: un espacio amplio y vacío, desaprovechado. Una enorme distancia separa a los dos protagonistas. En varios lugares, los austeros muebles dejan ver metálicas esquinas, ángulos que salpican los planos como si se tratase de instrumentos quirúrgicos o armas blancas esperando a ser usadas. Una mezcla de asepsia incómoda y agresión crean la atmósfera perfecta para un duro enfrentamiento en un abrir y cerrar de ojos. En un gran ejemplo de anticipación visual, estamos viendo lo que se convertirá en la «arena» donde llegará el punto álgido del enfrentamiento.

A continuación, Charlie va a la cocina y Nicole continúa la conversación desde el salón. El endeble tabique que actúa como única separación entre ambas salas hace la función de una literal línea divisoria entre ellos mientras la discusión empieza a elevarse levemente y el lenguaje se va haciendo más honesto y vulgar. Las acusaciones empiezan a coger fuerza. Nos vamos a la habitación y el recoveco que la conecta con la sala. Las acusaciones vuelan libremente mientras Charlie es apenas visible detrás del marco de la puerta. Esto nos ayuda a centrarnos un poco más en Nicole y su punto de vista, pero a la vez crea la sensación de un Charlie ausente para defenderse como es debido. Pero no nos engañemos: esto es más una forma de darle algo de carrerilla. Cuando vuelve, vuelve a lo bestia. La acusación de ser como su padre acorta la mecha. Muy interesante, ya que al principio, cuando él está leyendo la descripción de Nicole, nos dice que ella siempre sabe qué hacer con los rollos familiares, mientras su entonces mujer le extiende un teléfono móvil y le anima: «¡Llámalo!». Podríamos deducir que se refiere a su padre, aunque no podemos confirmarlo. La habilidad de Nicole para resolver líos entre familiares se convierte aquí en un puñal arrojadizo que, lejos de dejar KO a su rival, vuelve a por ella con más ansia. Incluso ella misma rechaza ser comparada con su madre. El viejo tópico de los padres confiriendo identidad a sus hijos parece hacer que ambos se sientan vulnerables.

Estamos de vuelta en el salón, con la discusión a punto de alcanzar su máxima intensidad. Las acusaciones son hirientes, y recurren a todo lo que dijeron los abogados, retorciendo más todavía los recuerdos, que ahora se gritan el uno al otro. Y dan lugar a lamentaciones nuevas. Nicole no tenía un marido que se preocupase por su felicidad y no se reconoce a sí misma en el matrimonio. Charlie tuvo un éxito inesperado como director veinteañero y no aprovechó ninguna oportunidad porque no quería perder a Nicole. Al final, la lógica torcida y sesgada con la que justifican estos nuevos argumentos ha sido precipitada por las malas pasadas del pleito. Una serie de improvisaciones propiciadas por la ira y la desesperación que transforman el «rostro» de la relación en una fea mueca.

La interpretación bestial y descarnada llena la pantalla y nos atrapa durante todo el filme.

La intensidad de las dos partes empieza a escapar a su control, y las esquinas metálicas parecen más afiladas que antes. El inmenso espacio es prácticamente necesario para que ellos quepan dentro con su ira, sus movimientos nerviosos, sus gestos, sus aspavientos… los personajes parecen crecer tanto que llenan el vacío. Con el discurso en su máxima tensión, la escena se vuelve claustrofóbica. Tanto que, cuando los argumentos dan paso a los insultos, todo este cúmulo de sentimientos tiene que salir por alguna parte, y Charlie lanza un puñetazo contra la pared dejando un agujero. Como si fuera a destrozar el espacio que los tiene encerrados en esta situación. Un conflicto emocional tan intenso que el piso no puede contenerlo dentro.

El súbito final de la escena nos llena los ojos de lágrimas y nos deja claro que ninguno de los dos quería esto. Y un detalle clave es que cuando Charlie le desea la muerte a Nicole, se le quiebra la voz a la mención de Henry. Por él quisieron hacer esto sin abogados. Por él empezaron a hacer uso del sistema burocrático. Por él se están peleando. Por él se sienten desesperados. Pero a lo largo de esta terrible discusión, era de él de quien se estaban olvidando al verse atrapados en las redes de la metafórica pelea callejera —por citar a Nora—. Es más, cuando Nicole se sienta en la butaca, Charlie le pregunta por su hijo. Ella responde que todavía se le da mal el Monopoly porque no quiere gastar el dinero. ¿Cuándo vimos antes a los tres jugando? En las cartas del principio. ¿Qué decían ambos cónyuges el uno del otro durante esas imágenes? Que son muy competitivos. Y tanto. Qué proféticas fueron las escenas del Monopoly.

De entre todas las secuencias creadas por la mano experta de Baumbach en esta excelente cinta, es precisamente esta la que deja marca. La que llevaremos con nosotros al terminar. La primera que nos vendrá a la memoria a la mención del título. Su brutal contraste con la sobriedad que caracteriza la mayor parte del metraje pone los pelos de punta. Y no podría haber sido de esta manera sin el talento de un Adam Driver desatado, colérico, metido de lleno en la piel de un hombre que está perdiendo lo que más quiere. Tampoco lo sería sin Scarlett Johansson, que parece no estar actuando, sino que el papel le viene tan natural como si estuviera viviendo esta relación. Después de acostumbrarnos tanto a verla hacer de Viuda Negra, se nos había olvidado lo arrebatadora que puede llegar a ser su interpretación. Que ambos se llevaran una nominación a los Óscar por sendos papeles no es para sorprenderse.

Como ya hemos venido comentando, la dirección refuerza la narrativa a lo largo de todo el conflicto. Así tenemos composiciones tan claras como las que ponen a Nicole y a Charlie a ambos lados de una escena. Ya mencionamos el tabique del piso en L.A. del neoyorquino. Pero también vemos un recurso similar en el momento de cerrar el portal de la casa de la madre de Nicole, con el matrimonio y su hijo empujando la puerta con las manos, que se cierra con Charlie a un lado y su esposa y Henry al otro. Justo antes del juicio, por si fuera poco. Precisamente en el juzgado vemos un uso muy inteligente de los ángulos de cámara. Tenemos, esencialmente, dos puntos de vista: uno por cónyuge. Y desde cada uno, tendremos dos tipos de ángulos clave. Uno es el primer plano de la cara en contrapicado. Crea una perspectiva extrema que se suele utilizar en comedia, pero que aquí sirve para destacar la ansiedad de nuestros protagonistas. Además, resaltar lo absurdo de la discusión que está teniendo lugar entre los abogados, con las intimidades del matrimonio volando de un lado a otro de la sala. El segundo tipo de plano es el primer plano lateral, que cada vez que enfoca a Charlie o a Nicole, deja ver al fondo la figura borrosa del otro. Una señal de que ambos están siempre presentes, de que los logros de cada uno se han conseguido con el apoyo del otro, pero ahora esa imagen de pareja fiable se está diluyendo en las tácticas despreciables del sistema. Otro detalle que llama la atención por su ausencia es el juez. Apenas lo oímos, y prácticamente no lo vemos hasta el final de la escena. Es más, Noah Baumbach decidió darnos a un juez acatarrado con el estrado repleto de pañuelos usados: buena táctica para reducir todavía más la autoridad y la presencia del arbitraje en la «pelea callejera» entre abogados. Y cuando este personaje da fin a la escena, la cámara le acompaña con un movimiento que revela algo que se nos había ocultado hasta este momento: hay público en la sala. Toda esta revelación y tergiversación de intimidades se hace más humillante al saber que había espectadores, y deja los ánimos caldeándose en preparación para la escena que sigue: la de la gran discusión.

Pero a estos elementos se les da la vuelta en la escena que sigue a dicha discusión. El gran espacio blanco del piso de Charlie se llena de plantas y dibujos de Henry enmarcados. La evaluadora llega e introduce un momento de baja tensión y humor situacional que nos lleva a la risa por la artificialidad e incongruencia de estar imitándose a uno mismo en una situación cotidiana. Sin embargo, el «chiste» más grande —el momento en el que Charlie intenta mostrar la inocencia del truco de la navaja— acaba desembocando en una metáfora visual inesperadamente oscura: cuando él queda postrado en el suelo mareado y sangrando, estamos viendo no solo la herida, sino a un hombre que siente cómo está perdiendo todo lo que quería. Como si lo más importante que tiene en su vida se le estuviera escapando por las venas. La presencia de Henry en la escena es clave, ya que es precisamente quedarse sin él lo que más afecta a su padre, que no puede evitar la distancia tanto literal como emocional que lo separa cada vez más de su hijo. A lo largo de la película, varias imágenes refuerzan esta idea: cuando vemos a Charlie disfrazado de hombre invisible, y más tarde de fantasma cubierto con una sábana (de manera que casi no nos damos cuenta de que él mismo está en la escena); cuando vemos cómo las fotos en las que aparece él van desapareciendo de la casa de la madre de Nicole. El mayor temor de Charlie, el de «desaparecer» para su hijo, parece materializarse en estas pistas visuales.

A pesar de todo, estamos ante una historia de amor. Simplemente, no es la típica donde los protagonistas acaban juntos y nos cuentan cómo se conocieron. Es la historia de una relación que termina. Nos cuentan cómo se separan, y lo difícil que puede ser. Vemos la influencia de un sistema que parece diseñado para proteger a las personas en un momento difícil, pero que al final crea más complicaciones y trastorna lo que habría podido ser una solución pacífica. Es especialmente doloroso en el caso de Charlie y Nicole, quienes realmente se quisieron e hicieron sacrificios uno por otro. Pero aunque veamos su separación, esta es la historia de un matrimonio con un pasado hermoso que llega a su fin. Lejos de ser triste, a veces las relaciones deben terminar y la gente aprender a adaptarse a su nueva situación. El final es bueno para quien debe serlo: Henry.




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Texto de David Muiños García | © laCiclotimia.com | 10 abril, 2020
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Texto de David Muiños García
© laCiclotimia.com | 10 abril, 2020

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