Escritores encamados
| ¿Rebeldía o enfermedad?

Analizamos el fenómeno de los escritores encamados no necesariamente desde la óptica de la enfermedad, y sí desde un intento de elucidación de estas actitudes, hoy convertidas para muchos en molestamente perjudiciales.

Ahora que con la COVID-19 y sus funestas consecuencias económicas, asistimos a la quiebra de relaciones y al aislamiento voluntario tras el obligatorio de tantas y tantas personas, comentamos un fenómeno contemplado en varios de sus ensayos por intelectuales de la talla de Luis Landero (que dedica dos de sus libros, Tumbados y Tumbados y resucitados al tema de los ilustres escritores encamados, que para él no fueron ni vagos al uso ni nada por el estilo, sino que encontraron en el mueble donde habitualmente se duerme, un medio para adquirir el aislamiento o soledad deseada para escribir) o Caballero Bonald, que desde una opinión más parcial, pero no por ello cuidada, habla de genialidad probablemente en hasta tres de los cuatro personajes que pasamos a comentar más adelante. El fenómeno, sobre el que además se han hecho correr ríos de tinta desde la aparición en Japón de los hikikomoris, hito sociológico oriundo del país nipón por el que millones de adolescentes se quedaban recluidos en sus habitaciones sin salir de allí en años, hace ya menos tiempo que tuvo consecuencias violentas en sus conductas. Se pone así en juego la misantropía habitual de tantos escritores que, desde la vanidad, se contemplan a la hora de hablar de estos encamados que, salvo uno de ellos, vivieron otras épocas, tenían ya gran parte de su obra escrita anteriormente, o tomaban drogas para no caer tras los placeres ocultos de una cómoda almohada.

Se han hecho correr ríos de tinta de este fenómeno desde la aparición en Japón de los hikikomoris, hito sociológico oriundo del país nipón por el que millones de adolescentes se quedaban recluidos en sus habitaciones sin salir de allí en años.

Uno no tiene además más que acordarse de la minoritaria obra del Vizconde de Lascano Tegui (De la elegancia mientras se duerme, [1925]) autor argentino que urdió desde una voz narrativa intensísima el planeamiento de un crimen cuasi-borgeano a partir del movimiento de unas manos soñadas con una penetración psicológica brutal. O de La vida perra de Juanita Narboni (1976) de Ángel Vázquez, o Nana (1880) de Émile Zola, estas dos últimas sin que la cama tenga un lugar protagónico (y en este último con el ruido nocturno de fondo de los cabarés parisinos de finales del XIX), pero donde el mito decadente traspasa la frontera de vigilia-sueño. Hablar hoy, por tanto, de escritores encamados en el sentido de Caballero Bonald o Luis Landero deja de ser una influencia literaria para tantos escritores sin inspiración y abandonados por el sistema a su suerte. Por eso tal vez, a muchos de ellos se les incluye dentro del terreno de lo patológico, más que de lo fructífero que pudiera ser su aislamiento. En cualquier caso, y haciendo caso omiso a los cánones de la literatura universal, pasamos a presentar a estos cuatro maravillosos escritores en su relación con la cama, que en algunos casos no es más que un mito sobre otro, y que supone no más que el intento de tensar aún más el arco del lenguaje, algo difícil de asimilar en un tiempo donde los likes ajenos son tendencia y las relaciones humanas paulatinamente pierden toda la importancia.

Juan Carlos Onetti

Juan Carlos Onetti, el encamado por excelencia.

El encamado por excelencia, nació en Montevideo en 1909 y murió en Madrid en 1994 debido a un infarto de miocardio. Al parecer se encamó cumplidos los 50 años, fecha en la que estaban escritos ya gran parte de sus relatos cortos, así como las novelas El astillero (1961) o Los adioses (1954). Los motivos del encamamiento en este caso son para muchos estudiosos más extraliterarios, si bien su vida durante los cincuenta años anteriores debió estar marcada no solo por la plenitud literaria y el éxito, sino por una forma de ver la vida (y no solo su genial mundo) escabrosa y hondamente pesimista.

Marcel Proust

Proust en medio de su fiebre por recuperar el tiempo perdido.

Nacido en 1871 en París y muerto también allí por neumonía en 1922, se le supone uno de los padres de la introspección literaria situada en la época de entresiglos; nacido en una familia acomodada y cultivada, al parecer gran parte de su monumental obra, dividida en siete maravillosas partes, En busca del tiempo perdido (1913) fue ejecutada en la cama. De naturaleza neurótica, para concentrarse mejor tapó todas las ventanas del dormitorio para que no entrara el sol y cubrió las paredes de corcho. Tuvo que recurrir al veronal (primer barbitúrico sedativo inventado en 1902) para dormir, y a la adrenalina y cafeína para mantenerse despierto. En este caso, estamos ante alguien que rentabilizó literariamente tanto su condición de encamado, como Edgar Allan Poe la de alcohólico.

Julio Cortázar

Julio Cortázar y su gato.

Nacido en Ixelles (Bélgica) en 1914 y muerto a causa de la leucemia en 1984, no es un encamado típico, de hecho, su uso del mueble solo fue utilizado para escribir la vanguardista Historias de cronopios y famas (1962). Nada tiene que ver, por tanto, la escritura de geniales cuentos como El perseguidor (1959) (tan deudor en su prosodia de la música de jazz de Charlie Parker), novelas del calibre de Rayuela (1963) o textos como Casa tomada (1946) con estar acostado pretendiendo dormir y trabajar a la vez. Estos cronopios sintió la necesidad particular de escribirlos en su casa de la Provenza, para un objetivo puntual.

Woody Allen

Woody Allen repasando guiones antes de transcribirlos en su máquina de escribir Olympia.

También y solo para escribir a mano los diálogos de sus películas, Woody Allen los esboza por el día en su cama, antes de pasarlos a limpio en su vieja máquina de escribir Olympia; si sacamos a colación este caso es para dar a entender que la búsqueda de un rincón propio e íntimo para escribir, también es más que importante para encontrar la propia voz (algo así como esa «habitación propia» de la que hablaba Virginia Woolf) ante lo que es un cada vez más ensordecedor mundanal ruido.

Habrá quién después de esta muestra no encuentre relación entre los escritores decadentes y los encamados, para ello y aunque pudiera parecer traído por los pelos, decir que Onetti adoptó este modo de vida de escritores como Valle-Inclán (uno de los primeros en acuñar la hoy sobada frase «en mi hambre mando yo») o Baroja es hacer caso omiso a sus propias palabras, y que si hay algún tiempo, que consideramos que para muchos aún dura, de la escritura como llanto infinito, es en estos escritores donde más se encuentra, por más que aquí en España seamos o nos consideremos plañideros profesionales en según qué contextos.



  • 42
  •  
  •  
  •  
Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 14 julio, 2020
  • 42
  •  
  •  
  •  



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 14 julio, 2020

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?