Ernest Hemingway
| La ineludible soledad de un genio

Conmemoramos el 121º aniversario del nacimiento del imperecedero escritor estadounidense.

El 21 de julio de 1899 nacía en Oak Park (Chicago, Illinois) un hombre destinado a formar parte de la historia de la literatura universal. Se cumple, pues, un aniversario más desde que naciera Ernest Hemingway, uno de los escritores más importantes del siglo XX y cuya vida resulta tan interesante como su obra. Quizás sea Hemingway el hombre que mejor encarne el modelo de masculinidad del siglo XX dentro de la literatura (del cual no haremos en estas líneas valoración alguna, huyendo de cualquier tipo de revisionismo), lo cual es un hecho sumamente paradójico, pues un hombre de una virilidad exacerbada con tendencias machistas como Hemingway, era también, en su vida más íntima, un hombre de una sensibilidad extrema. Gran parte de sus días los vivió en constante conflicto entre estas dos formas de ser: el hombre duro y fuerte que conocía la sociedad en general, y el hombre sensible y delicado al que pocos tenían acceso. Lo que no se puede negar, es que Hemingway creó una imagen masculina que fue copiada durante décadas, por varias generaciones.

Ernest Hemingway en Milán en 1918.

Ernest Hemingway siempre fue un hombre de acción, y de la búsqueda de la misma nacieron algunas de sus obras más notables. Vivió de manera intensa, siempre acorde a los tiempos que le tocaron. Hablamos de una persona que participó de manera más activa que pasiva en tres guerras, a saber: la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Durante la Gran Guerra, se alistó con diecinueve años como voluntario para una división italiana de la Cruz Roja y fue conductor de ambulancias en Europa, tras ser rechazado para luchar con el ejército debido a un defecto visual. Para poder trasladarse a España y participar en la Guerra Civil, tomando partido en favor del bando republicano, viajó en calidad de corresponsal de la American Newspaper Alliance. Por último para llegar a Londres, uno de los epicentros de la Segunda Guerra Mundial, también recurrió a sus trabajos como corresponsal de guerra.

Sin lugar a dudas, Hemingway fue el precursor de un estilo literario nuevo, de una forma de escribir que ante todo buscaba la verdad. Decía el escritor que una buena obra era aquella cuya prosa era una «prosa real». Antes que escritor se dedicó al periodismo, y fue en uno de sus primeros trabajos —cubriendo la sección de sucesos— donde comenzó a fraguarse su tan reconocible estilo. Alguna de las indicaciones que Hemingway debía seguir a la hora de escribir era hacerlo con «energía y diligencia», y dentro del libro de estilo del medio para el que redactaba se pedía a sus trabajadores que hicieran uso de frases cortas y de un inglés vigoroso. Posteriormente, el propio Hemingway reconocería que estas indicaciones supusieron para él algunas de las mejores herramientas que jamás aprendió para el oficio de la escritura. Su estilo siempre fue en consonancia con los temas que trataba. Basándose en experiencias vividas por él mismo escribió en torno a la vida, al amor y a la muerte. Y, ¿qué mejor manera para escribir respecto a estos temas que de una manera directa y real? Este estilo directo, breve y conciso se vio acentuado por otra de las personas que más lo marcó como escritor: hablamos de Gertrude Stein, la conocida escritora que amadrinó a varios de los autores de la llamada «generación perdida».

Hemingway fue el precursor de un estilo literario nuevo, de una forma de escribir que ante todo buscaba la verdad. Decía el escritor que una buena obra era aquella cuya prosa era una «prosa real».

Hablar de Hemingway es hablar también del París de los años 20 y de esta generación de escritores, artistas e intelectuales. Atraído por la bohemia de la ciudad francesa, Hemingway emigró desde su Estados Unidos natal a París, donde trabajó como corresponsal para un periódico de Toronto. Fue París la ciudad que compartió en espacio y tiempo con escritores como F. S. Fitzgerald o William Faulkner, así como con pintores de la talla de Pablo Picasso o Salvador Dalí. Sin embargo, puede decirse que las personas que más marcaron a Hemingway en París en estos años fueron los toreros españoles que también frecuentaban la capital francesa. De su amistad con algunos de ellos nació otra de las grandes pasiones del escritor a lo largo de su vida y de la cual también escribiría posteriormente: la tauromaquia. Durante estos años 20 viajó a España para asistir a los sanfermines de Pamplona y durante este viaje se enamoró de la cultura española y también del castellano, del que llegó a decir que «es un lenguaje directo en el que se dicen las cosas como son». En cuanto a las corridas de toros, se puede decir que la representación lo abrumó en gran medida y, como hemos dicho antes, le supuso una fuente de inspiración constante para escribir. Mientras todo esto pasaba, el estilo de Hemingway se hacía cada vez más característico y, su nombre, más reconocido.

Hemingway posando para la sobrecubierta de la primera edición de Por quién doblan las campanas (1940) en Idaho, a finales de 1939.

Es curiosa la frase que pronunció en algún momento él mismo para referirse a su estilo: «No tengo estilo. Lo que sí tengo es una cierta torpeza para escribir, y es a esta torpeza en la escritura a la que llaman mi estilo». Bendito estilo, añadimos. Como no es nuestro propósito escribir una suerte de biografía del autor, sino homenajearlo humildemente en el que sería su aniversario, nos saltaremos varios años en su vida para comentar lo que fueron sus últimos días y, en ese sentido, darle un valor importante a su faceta más reflexiva y sensible. Si bien es cierto que fue un hombre que siempre estuvo acompañado y de cuya vida amorosa y familiar podría escribirse una novela entera, nos interesa destacar que nunca llegó a sentirse plenamente feliz, sino que se sintió más bien solo toda su vida, aunque tampoco puede decirse que fuera un existencialista. Esto queda reflejado en estas palabras: «Escribir, en el mejor de los casos, es una vida solitaria». Sabiendo que la escritura fue la más ferviente de sus pasiones, entendemos que concibió toda su vida como un gran trance de soledad del que solo pudo escapar con la muerte.

Llegó Hemingway a sus últimos días muy débil de salud tanto en el plano físico como en el psicológico, y son muchas las teorías que intentan explicar su suicidio, pero acaso la más plausible es la que hace hincapié en que fue la incapacidad que sintió para seguir escribiendo la que finalmente lo decidió para apretar el gatillo de su rifle en su casa de Ketchum, Idaho, el 2 de julio del año 1961. Volvemos a citar al propio Hemingway: «Nada consuela a un escritor además de su trabajo, excepto el suicidio». Terminó sus días, pues, siendo fiel a sus palabras. No nos gustaría terminar sin antes recomendar algunas de sus obras, cosa que no hemos hecho a lo largo de todas estas líneas.

Si te interesa la Primera Guerra Mundial, te recomendamos Adiós a las armas.

Si lo que quieres es indagar en la Guerra Civil española a través de los ojos de Hemingway, deberías echarle un ojo a Por quién doblan las campanas.

Si lo que te interesa es el París de los años 20 y su «generación perdida», Fiesta y París era una fiesta son tus novelas.

Si quieres revisar lo que eran las corridas de toros y toda esta fiesta para el escritor, te interesará Muerte en la tarde.

Si te apetece leer una obra maestra de la literatura y conocer quizás el motivo por el cual Hemingway fue galardonado con el Premio Nobel finalmente en el año 1954, El viejo y el mar es tu libro.

Leas lo que leas de él, en cualquier caso, estarás leyendo la prosa real de un autor imperecedero.



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Texto de Marcelo Parra Rojas | © laCiclotimia.com | 21 julio, 2020
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