Javier Porto, fotógrafo
| «En la contracultura se ha instalado la clase moral y te inhibe de ser creativo»

Javier González Porto (Madrid, 1960) no se casa con nadie en eso que se llama fotografía. Hace las fotos para él, para retratar su tiempo, gente y vida, y nada más. Un paseante de la cámara por las calles madrileñas de los años ochenta, con todos los rostros de la movida, y despúes, a Nueva York. Se marchó a la metrópolis estadounidense en 1984, donde fue asistente de Robert Mapplethorpe. Se fue en el instante preciso, cuando la movida empezó su descenso con su consolidación e institucionalización. En Nueva York participa en una sesión fotográfica con Andy Warhol, Grace Jones y Keith Haring. Fiestas, excesos, trabajo y más trabajo, y el regreso a una España en la que no fue muy bien recibido. Comisariada por Pablo Sycet, La Fundación Municipal de Cultura de Valladolid y Contemporánea presentan la exposición Los años vividos, los de Javier Porto. El artista repasa sus experiencias vitales, la supervivencia de la movida, los recuerdos neoyorquinos y la doble crisis de la cultura y del coronavirus.

¿Por qué se decidió  por la fotografía, cómo fueron sus comienzos?
Porque de todas las posibilidades que ofrecía la realidad española de los años setenta, mirarla era el desafío profesional que mejor respondía a mis inquietudes del momento. Y más aún porque me crié en Alemania, por ser hijo de emigrantes, y aquel choque emocional que me produjo el regreso determinó mi vida y mi mirada para siempre.

¿Qué le interesaba retratar o plasmar de aquellos años ochenta de la movida madrileña?
La fugacidad del momento, la conciencia de que cada momento es irrepetible a la vista de que los cambios vertiginosos que se estaban produciendo pedían a gritos que alguien los congelara en el tiempo. Aunque fui autodidacta, mi cámara se convirtió en el instrumento perfecto para entender la realidad circundante y hacerla mía.

¿Eran conscientes de que estaban protagonizando un momento único en la vida artística española?
Solo a ratos, cuando el tránsito de la vida cotidiana y la rutina de los días se convertían en algo extraordinario por la actividad incesante que se estaba despertando en las calles de mi ciudad después de una larga posguerra: había que poner en marcha el instinto para estar en el momento justo en el lugar oportuno, en Rock-Ola o en Cascorro para desafiar al tiempo y congelar el momento.

«No tengo estilo, si veo algo que me gusta lo hago»

¿La movida fue producto de la apertura y disfrute de la libertad en España o tenía una intencionalidad política?
Fue un pálpito natural e instintivo de una colectividad formada por miles de almas inquietas que necesitábamos un cambio de registro para convertir los grises y negros de la realidad circundante en algo más, en materia de arte. Pero ya convertidos en masa social, la intencionalidad política solo era cuestión de tiempo

Autorretrato en el estudio de Robert, 1986. © JAVIER PORTO.

¿Fueron aquellos años ochenta una celebración de la libertad más que una reivindicación?
Una mezcla de ambas cosas: había mucho que reivindicar para que los usos y costumbres del pasado se diluyeran en unos nuevos horizontes que permitieran la celebración de las libertades y el gozo impagable de disfrutar de un tiempo nuevo, de hacerlo propio como nunca antes habíamos sentido.

¿La institucionalización de la movida acabó con ella?
Como globalidad puede que sí, porque no hay peor remedio que la propia enfermedad del poder establecido para tratar de meter en cintura aquella suma de individualidades inquietas. Pero en la medida en que los creadores surgidos en aquellos años hemos seguido trabajando, aquel espíritu renovador sigue vivo aun hoy, con nosotros, renovado.

¿Qué quedó de todo aquello?
Una sensación agridulce, porque antes de que todo acabara tuvimos el destello instintivo de reconocer que aquellos momentos serían algo irrepetible. Y esa pulsión de lo nunca antes vivido nos estaba dando la clave de que si era difícil mantener el pulso, el final de aquellos años de locura colectiva cada vez estaba más cerca.

¿Cómo fue su colaboración con Mapplethorpe en Nueva York, cómo eran aquellas sesiones?
Eran titánicas, yo estaba las 24 horas del día al pie del cañón, fuese día o noche siempre estaba ahí. Fue duro, pero mereció la pena el esfuerzo, vi cosas inimaginables, aprendí mucho de él, y conocí a una pléyade de personajes imprescindibles del Nueva York de aquellos años como nunca pude imaginar…

¿Cómo fue su relación con personajes como Warhol y Keith Haring?
Warhol era muy esquivo, siempre le veía por galerías neoyorquinas, rodeado de su gente, y los periodistas más los invitados; era una persona muy introvertida, y tímida, esa es la sensación que a mí me dio. Todo lo contrario a Keith, que era un sol, y solo transmitía buen rollo a todo el mundo. Yo coincidía con él en la discoteca Area y siempre tenía una sonrisa, y un dibujo si se lo pedías; yo no me aproveché de la situación, porque bastante tenía el pobre con toda la gente abrumándole…

¿Cómo eran aquellas fiestas neoyorquinas y qué salía de ellas?
Eran muy divertidas, al estudio de Robert en Bond Street llegaban infinidad de invitaciones para asistir a fiestas, y él no iba la mayoría de las veces porque estaba muy ocupado en lo suyo, cosa que yo aprovechaba e iba en su lugar. En una de esas fiestas conocí a Diane Keaton, y ella se prendó, y me ofreció hacerme fotos para la revista Esquire. En fin, era todo muy divertido…

¿Qué aprendió en aquellos cuatro años en Nueva York y por qué regresó a España? ¿Qué significó toda aquella experiencia para su carrera?
Aprendi que nada se regala y que hay que trabajar mucho para estar ahí. Fernando Vijande ya me avisó de que en Estados Unidos si no vales te dan la patada en el culo. Y me tuve que aplicar de una forma inimaginable para mi crecimiento personal, que fue muy importante. Y al llegar a mi país me di cuenta de cosas que me ofenden y no quiero comentar; tan solo diré que acá nunca estuve solo…

«Todos los destellos renovadores de la humanidad nacieron de momentos de catarsis, miseria y crispación»

Almodóvar y cruces, 1982. © JAVIER PORTO

¿A qué se debe su relación de altibajos con la cultura española?
A algo tan natural y azaroso como la vida misma: me marché a Nueva York con Robert de un día para otro, sin más planes de futuro que aprovechar la oportunidad que se me brindaba y tirar hacia adelante a ciegas. Pero volver me puso de frente ante el espejo de una realidad dura y fea: mi sueño americano había quedado atrás y durante mi ausencia parecía que también se había esfumado el sueño de Madrid como ombligo del mundo. Y, como es natural, esos quiebros afectaron a mi vida y a la manera de entender mi trabajo.

¿Qué le interesa de la fotografía, cómo definiría su estilo?
No tengo estilo, si veo algo que me gusta lo hago. Es lo lógico porque la mayoría de las fotos son para mí, no hay mucho misterio, me gusta el retrato, e intento ver lo bonito y no lo feo, a veces me cuesta pero al final consigo hacerme con la situación.

¿Cómo son sus últimos trabajos?
Mis últimos trabajos son más normales ya que con tanta contracultura, no me dejan ni respirar, se ha instalado la clase moral, y te inhibe de ser creativo, no vayas a acabar en la cárcel.

¿Qué ha significado la popularización de la fotografía a través de todo tipo de medios digitales y cómo ha afectado a la fotografía como arte?
Creo que no afecta de ninguna manera, las fotos son las fotos, y las imágenes son las imágenes, bienvenida sea la digitalización, pero donde esté lo analógico hay espíritu.

¿La mejor política cultural es la que no existe?
Visto lo visto, parece que sí.

¿Son buenos los tiempos difíciles para la creación?
Todos los destellos renovadores de la humanidad, desde que se tiene noticia, nacieron de momentos de catarsis, miseria y crispación. Así que si el coronavirus solo ha traído ruina y desolación, habrá que mantener la esperanza de que el espíritu de supervivencia y la reacción natural ante la adversidad genere algo bueno después de la pandemia, nos fortalezca y genere creatividad.



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Texto de Juan Luis Tapia | © laCiclotimia.com | 2 agosto, 2020
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Texto de Juan Luis Tapia
© laCiclotimia.com | 2 agosto, 2020

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