Una historia de violencia
| El leviatán de Cronenberg

Estados Unidos, 2005 | Dirección: David Cronenberg | Título original: A History of Violence | Género: Thriller | Productora: New Line Cinema, BenderSpink | Guion: Josh Olson (Novela gráfica: John Wagner, Vince Locke) | Fotografía: Peter Suschitzky | Edición: Ronald Sanders | Música: Howard Shore | Reparto: Viggo Mortensen, Maria Bello, William Hurt, Ed Harris, Ashton Holmes, Heidi Hayes, Stephen McHattie, Greg Bryk, Peter MacNeill, Kyle Schmid, Gerry Quigley, Aidan Devine, Sumela Kay, Bill MacDonald | Duración: 97 minutos | Festival de Cannes: Nominada Palma de Oro (2005) | | Disponible en:  Movistar+  Amazon Prime Video   | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

Estados Unidos, 2005 | Dirección: David Cronenberg | Título original: A History of Violence | Género: Thriller | Productora: New Line Cinema, BenderSpink | Guion: Josh Olson (Novela gráfica: John Wagner, Vince Locke) | Fotografía: Peter Suschitzky | Edición: Ronald Sanders | Música: Howard Shore | Reparto: Viggo Mortensen, Maria Bello, William Hurt, Ed Harris, Ashton Holmes, Heidi Hayes, Stephen McHattie, Greg Bryk, Peter MacNeill, Kyle Schmid, Gerry Quigley, Aidan Devine, Sumela Kay, Bill MacDonald | Duración: 97 minutos | Festival de Cannes: Nominada Palma de Oro (2005) | | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

A través de una radiografía de la violencia en todas sus formas, el director de culto canadiense nos ofrece una afilada deconstrucción de la sociedad moderna.

Casi desde que existe el cine, el uso de la violencia en el mismo ha sido uno de los temas más recurrentes, y a medida que el séptimo arte se ha ido haciendo más sofisticado las diferentes formas de entender este tema se han ido manifestando en un sinfín de obras, desde la glorificación puramente efectista de la violencia por parte de las superproducciones de Hollywood de los 80 y 90 hasta reflexiones sobre el impacto de la misma en nuestra cultura como en el caso de Michael Haneke. No obstante, pocos directores han hecho suyo un tema tan profundamente como en el caso de David Cronenberg. Desde su cine de juventud, en el que el director canadiense abordaría el subgénero del terror corporal y utilizaría la violencia explicita, el terror y la estética gore para decostruir la sociedad posmoderna, Cronenberg siempre ha entendido la violencia como, fundamentalmente, una herramienta a través de la cual expresarse artísticamente. Sin embargo, a medida que el legendario director se ha venido adentrando en su etapa de madurez, su cine, si bien manteniendo su esencia, se ha vuelto mas sutil y complejo, siendo así, Una historia de violencia (2005), la obra que hoy nos atañe, uno de los puntos de inflexión dentro de su filmografía.

A través del tono austero y contenido de sus interpretaciones, el reparto dota a los personajes de un realismo feroz.

Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005) nos pone en la piel de Tom Stall (Viggo Mortensen), un hombre de familia típicamente americano que vive con su mujer y sus hijos típicamente americanos en una bonita casa típicamente americana con jardín en un pueblecito de Indiana, donde regenta el típicamente americano restaurante local. Un día, dos criminales violentos y armados entran en su negocio con la intención de robarle y matarle pero Tom los liquida de forma fulminante, convirtiéndose de la noche a la mañana en un héroe local. Por desgracia, esto atrae la no deseada atención de Carl (Ed Harris), un mafioso de la costa Este que viaja al pueblo con la intención de reunirse con Tom. Carl revela que Tom solía ser un sicario al servicio de la mafia antes de traicionar y abandonar a sus camaradas criminales (cosa que él niega) y le exige que abandone a su familia vuelva con ellos a su antigua vida. A medida que el acoso de Carl se acrecienta, también lo harán las tensiones dentro de la familia, llegando el protagonista a verse obligado a utilizar la violencia para protegerse a si mismo y a su familia de los criminales que les asedian.

Por encima de todo, es innegable que Cronenberg nos propone en esta película un panóptico de la violencia en todo su conjunto, pero llegados a este punto es imprescindible preguntarse ¿Qué es la violencia? Dejando a un lado morales burguesas trasnochadas e idiosincrasias socialdemócratas superfluas que entienden esta como un subproducto indeseable de sociedades díscolas e imperfectas, los análisis serios sobre este tema siempre han visto en la violencia una dualidad esencial que hace que esta sea tanto una amenaza como una necesidad para cualquier sociedad compleja. El primer pensador occidental que se paró a analizar esta cuestión fue el italiano Nicolás Maquiavelo, el cual puede que no fuera la persona con los principios éticos más pulcros mundo, pero como decía aquel personaje de la imprescindible El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), «si solo fuéramos con los buenos, iríamos solos». El de Florencia defendía que el uso de la violencia era un mal necesario para garantizar la estabilidad política en situaciones de crisis puntuales que amenazaran con romper la paz. Maquiavelo, por lo tanto, entendía que mientras por un lado diferentes manifestaciones de la violencia suponían un peligro para la sociedad, su uso por parte del gobernante para combatir estos agentes disruptivos no solo está legitimado sino que es una condición sine qua non para su supervivencia. Así mismo, si bien la violencia no debía en ningún caso ejercerse de manera constante para sustentar la autoridad de un príncipe (lo cual desembocaría el la tiranía, y Maquiavelo, como todos los pensadores honestos de los últimos 500 años, defendía el tiranicidio) si debía existir como un elemento latente que, por su mera potencialidad, garantizara el orden y el respeto por la ley de todos los miembros de la sociedad.

Carl (Ed Harris) representa a un antagonista que encarna la antítesis del uso de la violencia que Tom representa, es decir, una violencia destructiva e incontrolada.

Más de un siglo después Thomas Hobbes volvería a flirtear con esta idea en su obra El Leviatán (1651), en la cual el autor británico exponía como su modelo de estado perfecto pasaba por un gobierno de un príncipe todopoderoso que ostentaría el control absoluto del uso de la fuerza y al que los ciudadanos aceptarían cederle parte de su libertad a cambio de que dicho gobernante usara su poder para garantizar la paz y la estabilidad, respetando siempre, no obstante, el derecho natural. Si bien al lector actual esto puede parecerle una defensa del absolutismo y los regímenes autoritarios, si se tiene en cuenta que Hobbes lo escribió en plena Guerra Civil Inglesa todo parece más comprensible. La tesis de Hobbes inspiraría, ya en época contemporánea, al padre de la sociología moderna, el alemán Max Weber, cuando formuló la doctrina de que el estado tiene el monopolio del uso de la violencia así como el deber de usarlo con respeto hacia la división de poderes y la legalidad vigente (y hoy en día añadiríamos los derechos humanos, porque si algo demostró la primera mitad del s.XX es que lo de legalidad vigente es un término demasiado flexible) para garantizar la seguridad de la ciudadanía, la estabilidad y el imperio de la ley y la democracia. Incluso autores recientes (y por recientes nos referimos a que a fecha de 2020 están vivos) como el prestigioso antropólogo Mario Liverani (italiano al igual que Maquiavelo, qué vueltas da la vida) llegará a sostener que la correcta gestión de la violencia sería la base de la fundación de las primeras civilizaciones urbanas de la humanidad en el neolítico tardío, ya que esta permitiría a los gobiernos establecer una estructura política, una división del trabajo y una redistribución de los recursos que facilitaría la evolución de las sociedades humanas en formas más complejas.

Si bien lo hasta ahora expuesto es de un interés indudable, es posible que a estas alturas se pregunte usted qué diantres tiene todo esto que ver con una película de Cronenberg. La respuesta a esta pregunta está no solo en el propio título de la película, mas en todo su metraje. A lo largo del film Cronenberg no duda en explorar cada una de las lecturas sobre la violencia y profundizar en la paradoja del si vis pacem para bellum. Así, la primera representación de la violencia que se hace en la película es el clásico retrato de ésta como una fuerza disruptiva que pone en peligro la estabilidad y la seguridad de los miembros de una sociedad, en este caso personificada en dos malhechores que se dedican a robar y asesinar camareros y trabajadores de restaurantes a lo largo y ancho del medio oeste americano. Estos personajes, que se caracterizan de una forma deliberadamente repulsiva por parte del director, se presentan usando la violencia en contra de la ley, amenazando la propiedad privada y la propia vida de ciudadanos pacíficos. En este contexto, cuando estos personajes amenazan con matar y robar a Tom y violar a su mujer, éste confrontará esta amenaza usando él mismo la violencia para eliminar este peligro y restaurar el orden y la estabilidad y proteger a su familia.

Cronenberg muestra las diferentes caras de la violencia. Cuando Tom la ejercita, aunque brutal, responde a motivaciones legítimas.

Así, en la visión de Cronenberg, el personaje de Viggo Mortensen representa esta suerte de Leviatán hobbesiano o de Príncipe maquiavélico que ante una situación de crisis extrema y puntual entiende el uso de la violencia no ya como un recurso legitimo, sino incluso necesario. Más adelante en la película, cuando Carl, el miembro de la mafia encarnado por Ed Harris, comienza a acosar a la familia de Tom, esta dualidad entre dos formas de entender la violencia se hace incluso más evidente. Donde Carl se presenta como un criminal que abusa de la violencia como medio para conseguir lo que quiere, sin atender a ninguna consideración ni ética ni legal, y por lo tanto causando un deterioro del sistema social en el que se encuadra, Tom es representado al contrario como un tranquilo y amable padre de familia que ni siquiera parece ser particularmente autoritario en su propio contexto familiar y en el cual toda esta violencia está latente, sin formar parte inherente de su vida normal pero lista para activarse con toda la fuerza que sea necesaria en el momento en que sea imprescindible para proteger dicho entorno. Así pues, tal como Maquiavelo y Hobbes describen en sus obras, dicha violencia no forma parte de la forma en la que Tom establece su estilo de vida, pero garantiza su defensa de potenciales amenazas, estableciendo una base sobre la que este puede edificarse como individuo, lo cual, según los dos señores mencionados (y casi cualquier sociólogo relevante) es un uso constructivo de la misma, por contraposición a un Carl que representaría la utilización autocrática, anárquica e incluso tiránica de la misma.

En lugar de presentar una violencia gratuita y sin secuelas, Cronenberg elige mostrar todas sus consecuencias, tanto las más evidentes e inmediatas como las que se producen a largo plazo y en un contexto más psicológico.

Ahondando más en esta lectura, incluso puede encontrarse una dualidad más evidente entre protagonista y antagonista y sus respectivas formas de entender y personificar la violencia en la sociedad. Mientras que Carl busca, a través de la violencia, objetivos egoístas y que redundan en beneficio propio (hacer que Tom vuelva a formar parte de su organización criminal, vengarse de un traidor, etc.) Tom la usa exclusivamente de forma altruista y cuando redunda, principalmente, en beneficio de otros. Así, en la escena inicial, únicamente mata a los dos criminales cuando estos no se conforman con llevarse pacíficamente el dinero de la caja (cosa que Tom amablemente les ofrece) sino cuando están a punto de agredir sexualmente a su mujer y a matarlos a ambos. Mas adelante en la película, Tom continuará evitando el uso de la violencia hasta que vea a su familia en un evidente peligro y esta sea la única opción. De esta forma, la dualidad entre ambas formas de entender la violencia se pone de manifiesto también en el criterio que ambos personajes usan para decidir cuando usarla y cuando no, representando nuevamente Tom una visión altruista, de protección a otros y de uso exclusivo como último recurso que actúa como una metáfora perfecta de cómo ésta es utilizada (en teoría) en las sociedades democráticas liberales.

Cronenberg presenta una violencia seca, naturalista, sin los manierismos habituales de las superproducciones. Así puede explorar mejor sus consecuencias.

Otro dualismo particularmente interesante se da entre Tom y su propia familia. Esta en un principio rechaza la idea de que su marido pueda haber sido un miembro del crimen organizado o de que sea alguien capaz de realizar actos violentos si la situación lo requiere. A medida que Tom va aceptando el uso de la violencia, se va produciendo un alejamiento de este con su mujer y sus hijos. A través de esta subtrama la historia profundiza en los efectos que en un núcleo familiar una circunstancia especialmente traumática o violenta puede tener a nivel de erosionar la convivencia y las relaciones familiares. En lugar de presentar una violencia gratuita y sin secuelas, Cronenberg elige mostrar todas sus consecuencias, tanto las más evidentes e inmediatas (sangre, desmembramientos, cicatrices, etc) como las que se producen a largo plazo y en un contexto más psicológico, lo cual incluye el impacto que estos actos pueden tener en las relaciones familiares y sentimentales de las personas involucradas. El acercamiento del protagonista a la violencia es inversamente proporcional al alejamiento de su familia de un protagonista que ve en esta degradación de sus relaciones más intimas el resultado directo de su caída en la oscuridad.

Paralelamente, el director canadiense no duda en abordar la paradoja que se da por el rechazo que esta familia burguesa paradigmática hace de una violencia que, paradójicamente, sustenta y protege su forma de vida. Cuando en un primer momento Tom experimenta el rechazo por parte del resto de su familia esta repulsa es más que evidente, sin embargo en ciertos momentos de la película su familia oscilará en su posición y aceptará esta violencia cuando sea necesario (por ejemplo, cuando su mujer Edie le encubre de un policía que sospecha que Tom puede ser en efecto un criminal). Una familia típica americana que encarna a una sociedad de clases medias que a nivel superestructural denosta una violencia que, irónicamente, es una pieza fundamental de la infraestructura que permite su existencia. La ambivalencia de una ciudadanía que rechaza la violencia pero que al mismo tiempo la acepta como un pilar básico del funcionamiento de su sistema social. Cronenberg no busca dar una respuesta taxativa a esta contradicción (y así lo insinúa la demoledora escena final que desde luego no destriparemos) sino más bien invitar al espectador a una reflexión sobre un tema tan profundamente rico en matices.

Durante todo el metraje, Tom deberá enfrentarse a la disyuntiva de tener que rechazar el uso de la violencia pero a la vez tener que usarla para salvar a su familia.

A un nivel ya puramente estético, la cinematografía del director canadiense se pone al servicio de la historia y del tema aportando nuevamente lecturas muy interesantes. Cronenberg por lo tanto presenta la violencia siempre con un estilo visual llano y naturalista que escapa de la glorificación o el efectismo de la superproducción estadounidense habitual, mostrando, muy al contrario, un sangriento y casi repulsivo realismo. La intención no es otra que la de enfrentar a la audiencia con una coyuntura similar a la de la familia de Tom. El director coloca al espectador ante la disyuntiva de una violencia que por un lado puede entenderse como legítima y justificable dadas las circunstancias pero que, por otro, no deja de ser la misma violencia que en otros contextos se rechaza tajantemente

Tal como exponía el propio realizador en una entrevista: «En esta película, la audiencia claramente va a aplaudir estos actos de violencia y lo hace porque se entiende que estos actos son justificables y casi heroicos. Pero yo pregunto: ¿Si puedes aplaudir lo uno, puedes aplaudir también lo otro? Porque éste es el resultado de ese disparo en la cabeza. No es agradable. E incluso si la violencia es justificable, las consecuencias de la violencia son exactamente las mismas. El cuerpo no sabe cuál fue la moralidad de ese acto. Así que le pido a la audiencia que vea si pueden aceptar toda la experiencia de este acto violento y no solo el lado heroico / dramático.(…) Y esa es la paradoja y el enigma».

La película no solo muestra la violencia a través de sus contundentes escenas de acción, también refleja sus consecuencias psicológicas mediante la degradación de la relación entre Tom y su familia.

Toda esta profundad narrativa sería imposible si no fuera por las portentosas actuaciones de un reparto de primera. Viggo Mortensen y María Bello dotan de una sutileza brillante a sus personajes, elevando las escenas en las que vemos su relación matrimonial tambalearse al cielo del mejor drama cinematográfico. Conscientes de que interpretan a individuos cargados de contradicciones, tanto Bello como Mortensen exploran las áreas morales más grises de sus respectivos personajes con actuaciones austeras y contenidas que a base de evitar caer en el exceso melodramático le dan al conjunto de la película un muy apreciable tono de madurez y seriedad. Mención especial merece Ed Harris dando vida a un antagonista implacable y al que no le hace falta regodearse en actos ni manierismos caricaturescamente malvados para generar una constante sensación de inseguridad y amenaza en el espectador. Es de destacar que esta película sería el inicio de una colaboración entre Cronenberg y Mortensen que se extendería a dos películas más, la quizá algo sobrevalorada pero siempre interesante Promesas del este (David Cronenberg, 2007) y la absolutamente imprescindible Un método peligroso (David Cronenberg, 2011).

En conclusión, hablar de Una historia de violencia es hablar de una película agresiva no solo por las explícitas escenas de violencia que contiene, también por tratar unos temas diseñados para incomodar a los espectadores y hacer que se replanteen muchas ideas y principios que seguramente se entiendan como inmutables. La reflexión que hace de la violencia como una realidad indeseable pero a la vez inherente a la sociedad en la que vivimos y, paradógicamente, necesaria para garantizar la paz y la seguridad de sus miembros entronca con unas inquietudes que, como hemos visto, muchos pensadores llevan desde hace siglos planteando y que Cronenberg plasma aquí en toda su complejidad.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO DAVID CRONENBERG   



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Texto de Roberto H. Roquer | © laCiclotimia.com | 21 octubre, 2020
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Texto de Roberto H. Roquer
© laCiclotimia.com | 21 octubre, 2020

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