La mujer que escapó
| Mirando al mar

Un estudio de profundidad abrumadora sobre las relaciones y la propia identidad, que en las manos de Hong Sang-soo recorre infinidad de lugares ocultos que brillan por encima de lo posible y lo imposible. Un relato extraordinario, poderoso y sugestivo.

Como siempre, Hong Sang-soo vuelve a sus lugares predilectos. Su mirada, no obstante, se va volviendo más incisiva, depurada y refinada con cada nueva iteración que lanza de sus estudios del ser humano. En la obra que nos ocupa, y mientras sigue a Gam-hee, la enésima variante interpretada por Kim Min-hee —que, inalterable, ofrece una interpretación pura y única al haber alcanzado una simbiosis psicológica total con la obra del director coreano— de los retratos femeninos del cineasta, se coloca en la posición del observador silencioso, no por callado menos certero y entregado al seguimiento de la realidad, como de costumbre desde la cotidianidad, pero siempre arrojando un haz de luz extraño y apenas textual que conecta con todo lo que no se ve: la catarsis fílmica, que en el caso de la obra de Hong Sang-soo siempre está diluida pero presente, encuentra un modo de brotar entre los silencios de las palabras y las miradas esquivas, con una maestría difícil de comprender si no la tuviéramos delante de nuestros propios ojos.

Para hablar de esta The Woman Who Ran, centrémonos en su narrativa, que al final será lo único que importe en la obra del maestro coreano, que dirige al espectador durante tres grandes encuentros que se definirán por las sensaciones que podamos extraer de lo que dicen pero, sobre todo, de cómo lo dicen y cómo se comportan. Siguiendo un estilo naturalista que se vale de un punto de vista casi documental que prescinde por completo del artificio —que no de la tendencia, ya que encontraremos enormes fuentes de información en cómo expone los hechos el cineasta, mediante sus proverbiales reencuadres a zoom o unas composiciones desniveladas que no dejan nada al azar—, hará converger usando sus repeticiones habituales —hasta el punto de que en The Woman Who Ran llegará a jugar con el metalenguaje al criticar la repetición en pleno acto reiterativo— el interior de una mujer que dice ser feliz, que dice tener una buena vida, pero que se va abriendo poco a poco y mostrando sus heridas a cámara sin derramar ni una lágrima, pero gritando en silencio que lo único que quiere es salir corriendo. Ser la mujer que huye.

Vámonos al primer encuentro. Aquí, Hong Sang-soo sentará las bases de su juego, y recorrerá la primera aproximación al personaje de Kim Min-hee al contraponerlo a su pasado, y darle cierto contexto espacial. La primera amiga con la que se establece, con la que entendemos lleva años sin verse con desigual criterio sobre la justificación o no de esta larga ausencia, es amigable pero no, es pasiva pero agresiva, y parece adquirir una posición con respecto a Gam-hee totalmente disonante entre lo que dice y lo que realmente ocurre. Observaremos, a su vez, al primer hombre de espaldas del filme, que como iremos viendo a lo largo del metraje, constituirá una constante de estilo que representa otro de los puntos clave que toca The Woman Who Ran: la masculinidad como elemento que atrapa y del que Gam-hee debe escapar, representado en este primer embiste por un hombre que trata de imponer algo, sin éxito pero de modo insistente —y que implica mágicamente a un gato—. Las relaciones, así, y como en toda la obra de Hong Sang-soo, adquieren un valor central, tanto desde el punto de vista de la amistad como del intercambio romántico, y sirven para contextualizar a los personajes en su momento vital, haciéndolos conscientes de su propia situación como seres sociales, pero resignados a participar de la interacción con mayor o menor entusiasmo. Pero volviendo a este primer encuentro, debemos entender que el cineasta no busca una narración cinematográfica, entendiendo esto como un relato segmentado en actos de intensidad variable que lleven a culminar en un clímax ensordecedor, sino una línea recta que debe ser siempre recorrida en ida y vuelta para descubrir por contraste cuál era el origen y cuál el destino.

Una de las múltiples obras maestras que el cineasta ha sabido componer y que nos deja, como no podría ser de otro modo, con ganas de beber soju y sentarnos a, simplemente, no hacer nada más que mirar al mar.

En el segundo encuentro nos acercaremos más al interior de Gam-hee, al tomar contacto con otra amiga, esta vez más cercana al personaje de Kim Min-hee en lo personal, pero que seguirá demostrando que su huida tiene más de necesidad que de deseo. Las conversaciones, siempre arbitrarias en apariencia, sacan a relucir temas como el trabajo, la vida, la vivienda o el arte, y aunque su inconexión sea absolutamente patente, recordando casi siempre al discurrir real de un encuentro entre dos amistades, se irá complementando con todo lo visto en el primer tercio de la película y condicionará, a su vez, lo que ocurrirá al final. De este modo, accederemos al segundo hombre de espaldas, un joven amante de insistencia tosca e infantil que, de nuevo, no obtendrá lo que buscaba; del mismo modo, podremos comenzar a fijarnos en la relación que mantiene Gam-hee con la comida a lo largo de todos los espacios —come con furia, sea la comida un manjar o un plato más casual, obteniendo en todo momento muestras de sorpresa en representación de un acto de liberación física y espiritual de la que no disfruta habitualmente— y aparecerá con claridad una constante en el filme: la relación de los personajes con las vidas ajenas y su tendencia a interpretarlas como una muestra de victoria o de derrota, estableciendo intensas comparaciones en lo psicológico que ofrecerán al espectador un recordatorio constante de que está accediendo a un recorrido interior tan apabullante que resulta incluso doloroso en su sinceridad.

Casi sin habernos dado cuenta, accederemos al tercer y último encuentro, el más revelador y el encargado finalmente de hacer converger todas las piezas en un único acto de comprensión de la obra: aquí, la amistad no será tal, sino más bien lo contrario, una antigua competidora en lo sentimental. Lo verdaderamente interesante de este último intercambio, será que, a pesar de establecerse como accidental e incómodo, aportará una información mucho más sincera y vulnerable, al acceder directamente a un hecho traumático vivido por Gam-hee que, hasta ese momento, nunca habíamos visto. Por fin, tendremos información personal suya, tanto por boca ajena como por propia, y llegaremos a la cima de la montaña en lo espiritual: Hong Sang-soo no entrega un recorrido estático en el que la vida puede ser definida, sino un continuo en el que los actos, la identidad, las relaciones y los propios sentimientos solo pueden ser entendidos al revalorizarlos, al alcanzarlos mediante la introspección y la reciprocidad. Como no podía ser de otro modo, el tercer hombre de espaldas —aunque de este veremos momentáneamente su rostro, quizá porque está interpretado por uno de sus actores de cabecera, Kwon Hae-hyo—será alguien que tocará en lo personal al personaje de Kim Min-hee, a diferencia de los dos anteriores que nunca habrían interactuado con ella de un modo directo, y sacará a relucir de una vez por todas a la mujer que huye, a la que rechaza frontalmente la masculinidad tóxica y autoritaria y quiere sentarse sola en una playa —nótese como una referencia directa a otra de las grandes obras maestras de Hong Sang-soo, En la playa sola de noche (2017), con la que The Woman Who Ran guarda una relación muy estrecha tanto en lo sintáctico como en lo subtextual— a disfrutar de la soledad y el sonido del mar.

El filme del cineasta coreano, de este modo, entra en el epílogo, y se recrea en unas imágenes bellas por sí solas en ausencia de cualquier elemento extrínseco, tanto que obligan a la reinterpretación de todo el estilo visual de la obra: al recoger un testigo escénico que ya no tiene que ver con lo cerrado y lo conversacional, sino con lo interior y lo espiritual, con la aceptación de la propia identidad, llega por fin a la asunción de que salir corriendo no es un acto de cobardía, sino de libertad absoluta. Como siempre, Hong Sang-soo cae de pleno sobre los estereotipos y los gira una y otra vez hasta convertirlos en un lienzo humano de profundidad psicológica desconcertante. The Woman Who Ran no es solo una película, es un estudio, una de las múltiples obras maestras que el cineasta ha sabido componer y que nos deja, como no podría ser de otro modo, con ganas de beber soju y sentarnos a, simplemente, no hacer nada más que mirar al mar.


Artículo perteneciente a la serie: CINE ASIÁTICO    D'A FILM FESTIVAL 2021   



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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 11 mayo, 2021
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 11 mayo, 2021

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