Gunda
| Hermana animal

Ejercicio de poesía fotográfica y amor absoluto por la naturaleza. Producida por Joaquin Phoenix y rodada parcialmente en Gaia, nos sumerge en un estado de meditación imprescindible para identificarnos, empatizar y concienciarnos con el bienestar animal.

Hay obras del audiovisual que no son fáciles para el público, porque le exigen un esfuerzo, un compromiso. Sea emocional o de paciencia en la atención. Hoy la sociedad global —la urbana, en concreto, mejor dicho— se ha desacostumbrado a la pausa. Por completo. De modo que la aun así preciosa Gunda (Viktor Kossakovsky, 2020) supone un reto absoluto para ese estado de percepción. Sin duda, no está hecha para quienes requieran de un bombardeo de estímulos. Eso sí: desborda belleza plástica como para enmarcar cada una de sus fotografías en sobrio blanco y negro. Cada textura de piel, cada chispa en los ojos, sintiéndose casi el tacto de cada pelo, cada pluma, el liso pellejo de los puerquetes. La luz natural filtrándose por las rendijas de los tablones de la cochiquera, recorta la silueta de la madre amante y omnipresente. Y sugiere ocaso.

Huyan quienes no quieran imponerse el sentarse y no hacer nada más allá de observar el paisaje y la vida contemplativa. Tomarse el tiempo que requiere conocer a esta piara y sus miembros, intimar con los animales retratados, que son, también, una familia con incontables y vivarachas criaturas (de las que iremos descontando). Y guardar el móvil apagado en un cajón. Este viaje al blanco y negro nos pide una actitud que quedó en nuestro pasado, la de ir al campo sin hacer planes. A sentarse y observar en silencio. Si no se sabe hacer ese ejercicio o no apetece, no va a ser un visionado para vuestro paladar. Para los y las demás, llenará de paz y de vida. Pero también golpea con tristeza y esa rara nostalgia de lo que no se ha vivido. Eso que en alemán se llama sehnsucht: «deseo de deseo», ansia de unas relaciones más saludables y consecuentes con la naturaleza, ahora que el azote del cambio climático es innegable. Ahora que Europa ha dado un toque de atención en lo referente al excesivo consumo de carne en España, señalando lo insostenible de las explotaciones ganaderas masivas, sus contaminantes emisiones de metano y cómo se arrasan bosques para destinarlos a forraje.

Baja las pulsaciones rozando el estado de meditación que busca la concienciación con el bienestar animal. Esa pacífica inmersión en lo campestre, hace de este largometraje un disfrute para otro tipo de público que no debemos obviar, más interesado en lo atmosférico que en lo narrativo. Y la siguiente afirmación no va con sorna, sino desde el máximo respeto y admiración hacia quienes logran piezas capaces de acunarnos de tal manera. Quienes busquen esa sensación de relax, la hipnosis mediante paisaje bucólico y las bestias paciendo, tan propia de los documentales de la sobremesa en La 2, hallarán esos placeres en Gunda. Aceptemos que la National Geographic es casi folclore hispano: gran parte de la población de este país le debe la suave entrada a las siestas —de décadas y décadas, y más décadas— a la sedante voz de David Attenborough. Ha mecido a generaciones de siestorras de las de babilla feliz. ¿Quién no ha visto a algún ancestro suyo mecerse en ese recital… y despertar presa del pánico cuando les hemos apagado ese televisor que consumía energía inútilmente? O al menos inútilmente para quienes no lo estábamos usando como sucedáneo de Morfeo. Pertenecemos a la naturaleza: es lo que, por instinto, debería procurarnos más paz y bienestar. Y con la vida ultraconsumista y de extrema autoexplotación que nos impone la economía, ese perfil de quien se relame quedándose KO en el sofá, mientras aprende de los bichejos, también es lícito. Si es lo que necesitas: falta de acción, inducción al reposo… también puede ser tu documental. Pero que conste: Gunda pretende ir —y va— más allá. Es poesía. Aletargada y lenta, sí. Pero preciosa poesía que puede retrotraernos a un sentimiento propio del corazón limpio e infantil, el que siente un amor puro y cristalino hacia los animales. Poesía con un fin reivindicativo y un final doloroso, tanto para la propia familia de cerditos como para quienes se enamorarán de ella. Con trinares trenzados de fondo como única orquesta. Sin ese Attenborough al que podríamos considerar padre (accidental) del ASMR.

Es poesía. Aletargada y lenta, sí. Pero preciosa poesía que puede retrotraernos a un sentimiento propio del corazón limpio e infantil, el que siente un amor puro y cristalino hacia los animales.

Es como volver al cine mudo, en el que esa escala cromática remarca el dramatismo. En los movimientos del ave tullida, por ejemplo. La cámara lenta nos obliga a prestar atención a sus dificultades para desplazarse, que se contrapone a la hiperactividad de los cochinillos locos por jugar. El blanco y negro y la ausencia de palabras exalta la expresividad de la protagonista en su momento más dramático. Este recurso que imprime sobriedad y tristeza al relato, aún cuando muestra momentos alegres o de aparente libertad. Porque es obvio que, quien observe a estos animales, con la marca humana del plástico controlador en la oreja, constantemente va a estar intuyendo su fatal desenlace. Su destino funesto a favor de nuestro consumo. Gunda pone identidad y —por extraño que suene— personalidad a cada uno de esos bebés de cola rizada, que parecen sumidos en un apacible sueño en los frigoríficos del supermercado. Este documental es declaradamente antiespecista (de ahí la producción de Joaquin Phoenix, consabido abanderado de la causa) y busca, entre otros fines, que esa fría imagen nos rompa el corazón.

El silencio, con la única presencia del cantar de los pájaros como banda sonora, y la onomatopeya que les comunica entre sí. A lo peor, algún sonido de maquinaria humana, premonitorio de la desgracia. Este documental no tiene voces porque, como clama la lucha animalista, los animales no tienen voz. Y este filme es un poema amoroso hacia el animal de granja, criado en el encierro, sometido a las necesidades del mercado; del mismo modo que también es un grito de repulsa que escoge, muy elegantemente, no someter a la audiencia al trauma de un visionado de las torturas que sufren las bestias en la fase industrial. Eligen encariñarnos con una familia cuyo idioma no entendemos, pero de la que sabemos que cuenta con un intelecto equiparable al del ser humano. Sabían que la extensión del metraje era la necesaria para exponernos a una serie de expresiones faciales, movimientos corporales, incluso, por qué no decirlo: ¡gestos! Gestos que nos resultan cercanos, por ser las reacciones propias de una persona. Una madre que busca a sus hijos, con la mirada y el paso acelerado, desorbitados por la preocupación. Llevan a cualquier urbanita ignorante en la materia al punto de distinguir qué sonidos están siendo de llanto desesperado.

El documental ha sido filmado en granjas santuarios veganos de Reino UnidoNoruega e incluso en el famoso Gaia de Girona (por lo que se garantiza el bienestar de todas las criaturas filmadas). Pero eso no quita que se haya dado algún susto —que no revelaremos— a la protagonista para hacernos sentir lo que ella siente. Las actitudes animales que conservamos y que deberíamos identificar en esos entornos de la granja son interminables. Por ejemplo, se sentirán identificadas muchas madres lactantes, sobre todo las de peor dormir y continuo despertar con berridos, con dolorosos bocados en los pezones. Las que hayan alcanzado la sensación de estar siendo devoradas en vida y puede que hasta desarrollado mastitis. Las que resoplan deseando que su criatura o criaturas hagan la transición al biberón o ya a los sólidos. También podemos ver nuestras ganas de normalidad en el bicho que cojea, desplazándose de manera muy trabajosa. Es un documental que valida la diversidad funcional, la discapacidad. Las ganas de fiesta o las ganas de arrasar con la injusticia, están en el poderoso galope del ganado, en el trote de la familia gorrina… en una falsa libertad con límites casi invisibles, pero que pican como las vallas electrificadas. Cualquiera con involucración en cualquier activismo, o en la simple cooperación familiar o vecinal por la mera supervivencia, podrá ver una metáfora de su acción conjunta reflejada en la simbiosis de las vacas. En el espantarse las moscas en parejas, mutuamente. No un «hoy por ti y mañana, por mi», sino un «la una por la otra ahora y siempre». Casi lo que se promete en los votos de cualquier formato de convivencia de pareja. Podríamos citar El mercader de Venecia (William Shakespeare, 1600) y su «si nos pinchas, ¿acaso no sangramos?», muy a colación cuando se nos somete al sufrimiento de la madre y su pérdida. Alargando ese momento hasta el desespero, para que nos hiera.

Podemos extraer un sinfín de similitudes emocionales y relacionales con los cerdos sobre todo. Ya está demostrado que cuentan con un alto intelecto y, como animales que aún somos, Gunda nos reacerca a la fauna de granja, como parientes e incluso iguales. No en vano siempre han sido símbolos de nuestro funcionamiento emocional y social en las fábulas. Como esta en que la falsa sensación de libertad, de tranquilidad, puede sernos arrebatada por poderes ajenos a nuestro control y de manera abrupta. Por el simple hecho de hallarnos en un eslabón inferior de la cadena trófica.




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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 15 septiembre, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 15 septiembre, 2021

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