Destello bravío
| Un marciano despoblarse tras el visillo

Mirada extraterrestre que espía esa otredad de la España profunda, envejecida y drenada, con sus objetos icónicos y habladurías. Con potencia visual, entre la del óleo y el videoclip tecno-saeta, pone a las señoras al mando del banquete de Viridiana.

Paredes encaladas de blanco en la calurosa noche del secarral del sur. Mujeres comiendo pipas a la luz de la luna, muy quietas, con la mirada fija en lo que se avecina por el cielo, con una textura de luz y de colores que podría producirnos el engaño visual de estar contemplando una estampa de naturaleza muerta holandesa. Porque se viene el fin de asentamientos milenarios. De un legado. Con sus cisnes de cerámica en el recibidor, sus patios de azulejos azules, la talega del pan (la auténtica y genuina: la pre-tote bag, que menuda redundancia de nombre); la mesa camilla con el mantel de cuadros que deja entrever el tapete de punto de cruz debajo (el sello de la mujer de la casa) y los cuernos de chivo colgados en la pared (el sello del hombre: eso tan sencillo ya perfila la división de roles tan hieráticos aún, como quien dice, aquí al lado). Una televisión minúscula, un pequeño cubo vomitando tele-confesiones a lo Diario de Patricia y las risas crueles de la ignorancia, del juicio popular. Más bombardeo desde la caja con los noticiarios con el murmullo eterno, que si Venezuela esto y Venezuela aquello, en bucle. La Nancy Comunión delata cuantísimo tiempo hace que no hay presencia ya de chiquillería alguna. Así construye Ainhoa Rodríguez esta atmósfera que capta la más pura esencia del folclore rural, otorgándole su toque personal de videoclip vanguardista, para lo que ha sido clave el impecable montaje galardonado en Málaga, que además le imprime mucho suspense; pero también han contribuido a esa sensación de performance detalles como ponerle techno a la medallita de la virgen, o cierta base de drum’n’bass a una banda sonora con cierto aroma al ya revolucionario rock progresivo de Triana… o a unos más modernos, pero no menos nostálgicos, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Esta pieza transita la fina línea entre el cine y algo que se presentaría en un museo contemporáneo. Con todo ello quiere narrar la eclosión de una pequeña rebelión, que rompa con la inmovilidad, muy patente en la quietud de los planos, paralizados como el transcurrir del tiempo que se le acaba a los territorios vaciados. Los últimos coletazos de vivaracha existencia antes del augurio de la desaparición. En palabras de la cineasta, quien la presentara en el Campus de Cine y Series La Inmortal de Zaragoza, «es una película que se proyecta mucho hacia el futuro: algo va a pasar. La desaparición de las tradiciones, la muerte física».

La anunciación explícita de su autora, sobre que esta obra es un reencuentro con los orígenes —no solamente los extremeños que corren por su sangre, sino, en cierto modo, de todo ser urbanita con ancestros en la España profunda—, no puede evitar un acercamiento desde el extrañamiento, la otredad. Incluso la fascinación por enormes vigas de pensamiento, profundamente arraigadas, incluso arcaicas, sentenciadoras y machistas, que sostienen lo que queda de la resistencia a la despoblación. Que es una tribu muy envejecida, con un, ya no dialecto sino, en ocasiones, cerradísimo idiolecto que al público puede llegar a costarle descifrar. Sobre todo en las escenas de jolgorio en que cada cual está a su tema. Esta película es una saeta por los días contados de esas comunidades. Y como tal, cuenta con sus momentos de literal Semana Santa, ritual español lúgubre y marciano donde los haya. Pero también ilustra la cabida para la fiesta y la liberación femenina. Porque, si bien en lo estético es innegable que los embaldosados a cuadros negros y blancos, así como el aroma a extrañeza de toda la obra, ha llevado a muchos a asociarla con Lynch, no existe estricto surrealismo en ella. Todo lo narrado es cotidiano, por metafórico que pueda ser a la vez. Es más bien un realismo mágico que no es propio de dicho creativo. Que una luz roja del faro de un coche proyectada sobre una cabra pueda antojársenos una imagen muy onírica, como de mal presagio, no implica que la estructura de la obra no pueda comprenderse ni requiera de la decodificación que implica aquel: aquí las cosas están expuestas tal cual. No es ninguna adivinanza. 

Por otra parte, puestos a comparar con referentes cinematográficos, podríamos hacer alusión al banquete de Viridiana (Luis Buñuel, 1961) asaltado por unas mujeres en éxtasis y celebración del propio placer de gustarse los cuerpos, de lo orgiástico en lo ritual, en el folclore, y sobre todo, en el reunirse alejadas del control marital, de las miradas chivatas y juzgadoras en la iglesia, que más bien es otro lugar de cotilleo. De ese festín se extrae la imagen de las perlas, que se ha vuelto tan icónica de esta película. Aunque cabe decir que no hay un solo fotograma dejado al azar. Mejor dicho: todos y cada uno de los encuadres muestran una estructuración pictórica escrupulosa. Podría casi decirse que esta historia está narrada mediante lienzos. Al óleo, para mayor precisión en cuanto a su textura de luces y colores. Hay un rebozarse en comida sobre la mesa que recuerda a La libertad guiando al pueblo de Delacroix. Se hacen dueñas y señoras del relato rural de Los santos inocentes (Mario Camus, 1984), de Buñuel o Berlanga. Pero sacar a relucir esos referentes —aceptables en lo estético y fílmico, pero no en la perspectiva de género— tiene que ir acompañado en una insistencia vital en que esto es una mirada femenina aplicada al tratamiento de la ruralidad y el costumbrismo que, evidentemente, con las barreras que se han impuesto históricamente a las mujeres cineastas, pocas directoras pueden ser mencionadas como reminiscencias en esta pieza. Para ejemplificar este fenómeno interpretativo que está siendo tan poco atento al hecho de tratarse de unos ojos de mujer tras la cámara, y de la originalidad de su punto de vista —aún con todo de lo que bebe— solo hace falta rememorar la reacción molesta de la cineasta a las comparaciones de cierta escena de desnudo de busto con Fellini. Sin quitarle méritos al italiano, la autora se vio obligada a recordarle al periodista en cuestión que aquel señor sentía una filia-fobia a los grandes pechos de las mujeres gordas, desde su perspectiva hetero-católica en que se le reprimía y tachaba de sucio lo que deseaba y le fascinaba. Y desde este medio añadimos: si en la escena a la que hacemos referencia, si en esa meticulosamente amable y natural visión de pechos, filmado con mimo, no se ve lo que simple y llanamente hay —que es una escena de cuidados y que en ese contexto siempre recaen sobre la mujer—, se tiene un serio problema. 

Una saeta por los días contados de las comunidades de la España profunda que no puede evitar un acercamiento desde el extrañamiento, la otredad.

Este resurgir femenino de tribu y ese redescubrirse tiene mucho que ver con la experiencia que daría fruto a este proyecto. Resulta que Ainhoa Rodríguez venía de hacer un laboratorio de creación narrativa que quería impulsar miradas femeninas no normativas en el trabajo con no-actores. Lo que ella llama «actores naturales», a los que transmite el mensaje a comunicar en su diálogo, permitiendo que estas personas lo expresen con sus propias palabras, como lo harían en su día a día. Esto redunda en algo muy positivo, que es la verosimilitud de las interpretaciones, que ni siquiera puede decirse que lo sean: esas personas son ellas mismas con otro disfraz, otro rol, otra vida. Pero en sus casas, su pueblo, con sus familiares, amistades y vecindario. Con sus maneras de relacionarse con el mundo animal. Con sus personajes típicos: los jóvenes machitos, del botellón en el maletero del coche y drogadictos por aburrimiento; la loca del pueblo, la tontica, la bruja… Siendo estas reivindicadas como las más lúcidas y conscientes del devenir, en una suerte de ruptura inconsciente con el capacitismo.

El trabajo con personas no profesionales de la interpretación también ha resultado, evidentemente, en un hábil recorte del presupuesto que ha favorecido la salida adelante de esta producción. Como curiosidad, la autora deja constancia de la experiencia tan positiva que ha resultado el proyecto para todos y, sobre todo, todas las participantes en él, que hallaron en el rodaje un espacio propio para la auto-realización que jamás hubieran podido ni atisbar en sus rutinas. Con lo que, además, ha cumplido con una gratificante acción social. El único aspecto de esta estrategia de casting que podría chirriarle a parte de la audiencia, sería que se pierde la inteligibilidad de algunas frases para quien no haya tenido una convivencia con dichos acentos y localismos, así como la algarabía en que se cruzan diálogos en los grupos más ruidosos. Pero, a su vez, eso contribuye a acrecentar esa sensación de ser astronautas descendidos de ese meteorito avistado con el Destello Bravío, aventurándonos en la aridez de lo que podría ser Marte, espiando por el visor de nuestro casco de protección (el corte de cámara y los sonidos cósmicos amplifican esa sensación) a esas gentes, cuyas dinámicas de interrelación (y las que establecen con la fauna) resultarán muy curiosas a las generaciones más urbanitas, sobre todo las de quienes menos contacto hayan tenido con el campo. Quienes no hayan tenido su «pueblo de la abuela».

«Va a pasar un destello bravo, bravío, y todo va a cambiar…»

La frase de apertura de la sinopsis es como el pronóstico de la extinción, como la teoría del meterorito y los dinosaurios. Puesto que no se nos muestra realmente cuerpo celeste alguno, aunque se hable de ese destello, cada cual escogerá si lo que sucede es una suerte de locura colectiva, un frenesí final, pre-apocalíptico… o un fenómeno paranormal en esta pieza de falso documental catalogado como ci-fi (siendo esa una etiqueta cuestionable, según lo que cada persona quiera entender). Es un pueblo en el que parece que no pasa nada, pero todo se está enrareciendo. Incluso la intimidad del dormitorio se empieza a rebelar contra la rutina. Porque, otras veces, haremos de viejas del visillo, estudiando cuanto sucede. Y lo que sucede, es factible en la vida real. En este punto nos deberíamos plantear si hacemos esa observación de la otredad desde algún tipo de clasismo, o de condescendencia. O si lo hace la cámara que quiere reivindicar una liberación de la mujer y una resistencia a la desaparición, pero que, aún así, no puede evitar teñir de contactos en la tercera fase esa familiaridad de lo que reconocemos como antepasado pero que ha quedado tan lejos de nuestra realidad globalizada.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 16 julio, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 16 julio, 2021

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