El pueblo de los malditos
| La invasión de los niños

Reino Unido, 1960 | Dirección: Wolf Rilla | Título original: Village of the Damned | Género: Terror, Ciencia ficción | Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) | Guion: Stirling Silliphant, Wolf Rilla, George Barclay (Novela: John Wyndham) | Fotografía: Geoffrey Faithfull | Edición: Gordon Hales | Música: Ron Goodwin | Reparto: George Sanders, Barbara Shelley, Martin Stephens, Michael Gwynne, Laurence Naismith, John Phillips, Richard Vernon | Duración: 78 minutos | | Disponible en:  Filmin  

Reino Unido, 1960 | Dirección: Wolf Rilla | Título original: Village of the Damned | Género: Terror, Ciencia ficción | Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) | Guion: Stirling Silliphant, Wolf Rilla, George Barclay (Novela: John Wyndham) | Fotografía: Geoffrey Faithfull | Edición: Gordon Hales | Música: Ron Goodwin | Reparto: George Sanders, Barbara Shelley, Martin Stephens, Michael Gwynne, Laurence Naismith, John Phillips, Richard Vernon | Duración: 78 minutos |

Las ansiedades de la Guerra Fría inspiran este relato clásico del cine de terror, donde unos niños sobrehumanos aterrorizan un pueblo de la campiña inglesa.

Los niños se han convertido en un elemento tan común del cine de terror que no parecemos darnos cuenta de lo inquietante (o cómico, depende de cómo se mire) que resulta esa presencia tan extendida de la infancia como un lugar privilegiado para lo diabólico y lo perverso. Pero la verdadera fuerza más espeluznante de la figura del niño proviene de su capacidad de representar algo más escalofriante que lo meramente malvado. El niño no es simplemente malo, sino que está más allá de cualquier concepción del bien y del mal, no conoce la empatía y es enteramente indiferente frente al sufrimiento y la injusticia. Esta idea proviene de la extendida noción (y, yo añadiría, experiencia contrastable de la realidad) de que sean cuales sean nuestros conceptos de lo que es bueno y lo que es malo, nadie nace con ellos en la cabeza. De ello se sigue, los niños son capaces de las mayores crueldades, precisamente a raíz de la inmadurez de su capacidad de entenderlas como tales. Es por ello por lo que Gordon Zellaby (George Sanders), el protagonista de El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960), defiende a los icónicos niños rubios del pueblo de Midwich frente a la opinión de su cuñado, Alan Bernard (Michael Gwynn), que los considera inherentemente malvados. No son malos, le recuerda Zellaby, no son nada más (y nada menos) que niños: aún no distinguen entre el bien y el mal, y aún es posible corregir su conducta mediante la educación. La idea no es mala, pero ni que decir tiene que, de haber logrado Zellaby su objetivo, no tendríamos película.

El pueblo de los malditos se ha convertido en un clásico inmortal del cine de terror y de ciencia ficción por un puñado de buenas razones, pero la que sin duda se lleva la palma es la legendaria imagen de los niños de pelo blanco y ojos desorbitados cuya existencia supone el misterio central de la trama, una imagen que por sí sola ha superado con creces la fama de la propia película, incluyendo la del remake de 1995 de John Carpenter. La película, basada en la novela Los cuclillos de Midwich de John Wyndham, narra la historia de un pueblo de la campiña inglesa, el ya nombrado Midwich, cuyos habitantes un buen día caen al unísono en un sueño profundo, para despertar confusos unas horas más tarde y descubrir, al poco tiempo, que todas las mujeres del pueblo en edad de concebir están embarazadas. La ansiedad y el pavor se irán apoderando paulatinamente de los habitantes de Midwich a medida que la nueva generación de niños de pelo blanco y ojos raros, resultado de este sobrenatural embarazo colectivo, se van revelando como poseedores de una inteligencia y una capacidad de aprendizaje superior a la de cualquier ser humano, así como unos sobrenaturales poderes de control mental y telepatía que los convierten al cabo del tiempo en los pequeños dictadores del aterrorizado pueblo.

Los niños conseguirán someter a los habitantes de Midwich uno a uno.

En su contexto, la película es una excelente expresión de las ansiedades de posguerra despertadas por todo el hemisferio occidental, donde se trataba de digerir con dificultades el horror de la guerra y del Holocausto al mismo tiempo que se acrecentaban las posibilidades del estallido de una guerra nuclear final con el bloque soviético, que extendería por todo el planeta el horror desatado en Hiroshima y Nagasaki. La crueldad, el horror y la guerra no eran nuevos demonios de la humanidad, pero lo que la Segunda Guerra Mundial había puesto de manifiesto eran las destructivas consecuencias de la pulsión de muerte y violencia cuando se dan la mano con los últimos avances científicos y la racionalidad técnica más afilada. Se había descubierto una nueva efectividad aterradora en la capacidad de dar muerte, y en el enfrentamiento silencioso entre los EEUU y la Unión Soviética, se esperaba el estallido inminente de la última gran guerra. En El pueblo de los malditos, un terror similar se apodera de las autoridades británicas al ser incapaces de dar explicación al fenómeno de los niños de Midwich, a la vez que corroboran que esos mismos niños a los que sus mujeres han dado a luz son portadores de un poder sobrenatural de capacidades destructivas insospechadas. Gordon Zellaby (que, de manera no poco casual, es un investigador ya entrado en años) se presenta como el último reducto de optimismo científico, argumentando a favor de mantener a los niños con vida con la convicción de que son una oportunidad para abrir las puertas de un vasto e incalculable conocimiento.

Pero las buenas intenciones de Zellaby se ven rápidamente subvertidas por la negación de los niños a subordinar su sobrehumano poder y su avanzada inteligencia a ningún interés humano, mucho menos al de la ciencia. Las inquietudes por la Guerra Fría se exponen de manera más explícita cuando se revela que un pueblo de la Unión Soviética, donde se ha dado un fenómeno similar al mismo tiempo, ha sido borrado de la faz de la Tierra por los soviéticos mediante una bomba nuclear, último recurso que parecería ser capaz de vencer a los dichosos niños sobrehumanos. Pero El pueblo de los malditos no es un simple cuento moralizante sobre las ansiedades de la sociedad occidental de posguerra y los excesos del avance científico. El filme destaca por la forma en la que hila estos motivos con otros lugares comunes del cine de terror y de ciencia ficción, como es precisamente el de la figura escalofriante de los niños. Esta síntesis concreta de temas toma la desazón y el agobio de la humanidad, desengañada con el tradicional ideal de progreso, y reconstruye el drama de su propia extinción tomando la forma de la desaparición o el secuestro de sus nuevas generaciones, como en el caso de la infertilidad que arrasa el mundo en Los hijos de los hombres de P. D. James (que cuenta con una formidable adaptación al cine de mano de Alfonso Cuarón) o en la abducción de la conciencia y la voluntad de los niños por parte de una vasta inteligencia cósmica en El fin de la infancia de Arthur C. Clarke, convirtiendo a nuestra especie en el infeliz alimento de una ameba galáctica.

Martin Stephens, con tan solo 10 años de edad, interpretó a David, uno de los villanos más emblemáticos del cine de terror.

El secreto de la naturaleza de los niños de El pueblo de los malditos nunca es desvelado, pero no se hace necesario saber si son producto de una invasión alienígena, de un fenómeno de mutación paranormal o un experimento fallido de la Guerra Fría. Lo que importa es su forma de representar la ansiedad de que, como al viejo Gordon Zellaby, nos queda poco tiempo en este planeta y puede que lo que venga después sea mucho peor. La ciencia ficción revela otra cara más de la figura espeluznante de los niños al representarlos como el futuro truncado y trágico de la humanidad. O, incluso peor: un futuro donde el próximo paso del ser humano sea tan infinitamente superior en inteligencia y capacidades mentales que haya superado con creces los intereses mundanos de los hombres y, de alguna forma, ya no pueda ser llamado humano. Lo que entendemos como humano le es indiferente a este nuevo invasor de mentalidad infantil, pero con la capacidad de reducirnos al polvo con un chasquido de dedos. Es más, aunque pueda resultar paradójico, se introduce el elemento de la culpa en la conciencia de que, de alguna forma, nosotros hemos provocado la existencia de nuestros verdugos, de igual forma que hemos desatado por nuestros propios medios las fuerzas destructivas del átomo. De tal forma que recae en las manos de la humanidad la responsabilidad de hacer algo al respecto. Algo así entiende Zellaby, quien, al darse cuenta que no hay forma de reconducir a los niños, ultima quitarse la vida con un dispositivo explosivo escondido en su maletín, llevándose por delante a los pequeños invasores. No es tan espectacular como una bomba nuclear, pero debemos suponer que la película no contaba con el presupuesto.

Para explicar por qué El pueblo de los malditos se ha consagrado hoy en día como un clásico de la ciencia ficción y el terror no hace falta observar la evidente influencia que marcó en generaciones de cineastas posteriores, sino que nos valdrá con apuntar a la forma magistral y elegante que tiene de recoger los miedos de la época en una entretenida y escalofriante trama que no escatima en sus momentos de humor, de esperanza y de auto-parodia. En definitiva, El pueblo de los malditos posee todo lo que define a una buena película de terror: un envoltorio espeluznante que dramatiza los ocasionales encuentros con nuestros mayores miedos, ya sean estos internos (los resultados catastróficos del avance científico) o externos (la invasión desde las dimensiones inhumanas del espacio exterior). Podría decirse que El pueblo de los malditos da otro paso más: se atreve a mostrarnos lo fina y endeble que es la membrana entre los polos de los otros y nosotros, qué tememos y lo que somos, lo que nos invade desde el más allá y a lo que inadvertidamente hemos dado a luz.


Artículo perteneciente a la serie: CIENCIA FICCIÓN CLÁSICA   



  • 310
  •  
  •  
  •  
Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 17 abril, 2020
  • 310
  •  
  •  
  •  



Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 17 abril, 2020

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?