El jilguero
| El arte de crear expectativas

Estados Unidos, 2019 | Dirección: John Crowley | Título original: The Goldfinch | Género: Drama | Productora: Warner Bros. / Color Force / Amazon Studios. Distribuida por Warner Bros. / Amazon Prime Video | Guion: Peter Straughan (Novela: Donna Tartt) | Fotografía: Roger Deakins | Edición: Kelley Dixon | Música: Trevor Gureckis | Reparto: Ansel Elgort, Oakes Fegley, Nicole Kidman, Sarah Paulson, Luke Wilson, Jeffrey Wright, Finn Wolfhard, Aneurin Barnard, Willa Fitzgerald, Luke Kleintank, Ashleigh Cummings, Denis O'Hare, Joey Slotnick, Robert Joy, Peter Jacobson, Caroline Day, Hailey Wist | Duración: 149 minutos | | Disponible en:  Movistar+  

Estados Unidos, 2019 | Dirección: John Crowley | Título original: The Goldfinch | Género: Drama | Productora: Warner Bros. / Color Force / Amazon Studios. Distribuida por Warner Bros. / Amazon Prime Video | Guion: Peter Straughan (Novela: Donna Tartt) | Fotografía: Roger Deakins | Edición: Kelley Dixon | Música: Trevor Gureckis | Reparto: Ansel Elgort, Oakes Fegley, Nicole Kidman, Sarah Paulson, Luke Wilson, Jeffrey Wright, Finn Wolfhard, Aneurin Barnard, Willa Fitzgerald, Luke Kleintank, Ashleigh Cummings, Denis O'Hare, Joey Slotnick, Robert Joy, Peter Jacobson, Caroline Day, Hailey Wist | Duración: 149 minutos |

Esta adaptación de la novela de Donna Tartt, ganadora del Premio Pullitzer, nos cuenta la vida turbulenta de Theo Decker tras escapar del acto terrorista en el que muere su madre.

«Una película sin vida que no consiste tanto en escenas sino en pequeños problemas que se van acumulando uno encima del otro como si fueran niños escondidos dentro de una gabardina», «a pesar de todo el talento y la ambición que se ha prodigado en ella, la película no funciona» o «solo vi oportunidades esfumarse ante mis ojos». Estas son algunas de las críticas con las que acogieron los periodistas estadounidenses de los medios más importantes del mundo cinéfilo —IndieWire, Variety y Vulture, respectivamente— a la película que vamos analizar hoy, El jilguero (John Crowley, 2019), en el Festival de Cine de Toronto (TIFF). Esta adaptación de la novela del mismo nombre escrita por Donna Tartt y ganadora del Premio Pullitzer a la mejor obra de ficción, lo tenía todo para ser la favorita en la pasada temporada de premios, pero fue destruida por la crítica especializada con un paupérrimo 40/100 en el portal Metacritic. Pero, ¿es realmente El jilguero tan mala como dicen?

El jilguero de Carel Fabritius, el cuadro en el que se basa la película.

El jilguero cuenta la historia de Theo Decker, que pierde a su madre cuando tenía 13 años en un bombardeo ocurrido en el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York, del que él consigue escapar. Sin embargo, en dicho acontecimiento, ocurre algo más que se convertirá en el hilo central de la película: antes de escapar de entre las cenizas y los escombros, Theo se apodera de El Jilguero (1654), una de las pinturas más importantes del museo, pintado por el artista holandés Carel Fabritius. Partiendo de este incidente, la película relata la vida turbulenta de Theo, los personajes pintorescos con los que se cruza a lo largo de su proceso de crecimiento y cómo se escuda en el arte para hacer frente al trauma y a su vacío vital.

Durante los primeros dos actos, la película se centra principalmente en el proceso de crecimiento y madurez de un joven Theo, encarnado por un fantástico Oakes Fegley —probablemente una de las pocos elementos emotivos de la película—. Tras la muerte de su madre, Theo se ve obligado a vivir primero en casa de uno de sus compañeros del colegio—cuya madre es una siempre elegante Nicole Kidman— y, después, con su padre, que les abandonó tanto a él como a su madre para ir a buscarse la vida como actor. A lo largo de esta primera parte, la película se cuece como un pausado drama, interesante, con toques divertidos —gracias a los personajes «extravagantes» que nos ofrece la película, como su amigo Boris, encarnado por el actor de It (Andy Muschietti, 2017) Finn Wolfhard— pero que en todo momento te hace sentir que falta algo: emoción. Como ocurre con gran parte de las adaptaciones literarias, el guion de Peter Straughan —autor de películas aclamadas por la crítica como El topo (Tomas Alfredson, 2011) o Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009)— trata de abarcar demasiado, tocar muchos temas que desarrolla la obra literaria original, y todo eso hace que la película, en cierta manera, quede un poco «en tierra de nadie». Resulta imposible adaptar por completo todo un libro de 784 páginas en 144 minutos de película.

Theo junto a su amigo Boris.

Sin embargo, el verdadero descalabro viene en su tercer acto. Theo se vuelve mayor —nos quitan al joven Fegley para meternos a un «blandito» Ansel Elgort— y la película se vuelve otra. Parece que todo ese drama de madurez que la película construye durante su primera hora y media desaparece por completo en su última hora de metraje, para convertirse en un pseudothriller difícil de digerir sobre mafias y falsificadores de arte. Nada tiene ningún sentido. El personaje de Pippa, la niña pelirroja que sobrevive junto a él en el bombardeo, cuya única trama consiste en una conversación de menos de 5 minutos que acontece muy al comienzo del film, en este último acto vuelve de la nada para convertirse en el gran amor de la vida de Theo, sin ningún tipo de construcción, nada que te pueda conectar con dicho sentimiento de «amor». Pero esto no es lo único: una supuesta boda con un personaje que no le importa a nadie —y menos a la propia película—, intentos de suicidio con escenas excesivamente dramatizadas… A pesar de ello, el problema fundamental de la propia película, y que es en lo que se debería cimentar la cinta, está en el propio título del film: el cuadro. Lo que debería ser el hilo central que da sentido a toda la historia de Theo —como ya hemos mencionado anteriormente—, se vuelve un lastre. Ese final poético —la obra de arte como símbolo de lo «inmortal», de lo que es imperecedero, los recuerdos y el amor hacia su madre en el caso de Theo— con el cuadro en mitad del plano, pierde el encanto con el que se ideó, y se vuelve en un momento pretencioso que ensucia aún más el resultado final de la película. Hay varias razones que explican esto: primero, el cuadro completo no llega a verse hasta bien adentrados en el film, y segundo, durante el desarrollo central de la historia, la película parece que se olvida del propio cuadro.

«Sobre el papel, El jilguero funciona como una suerte de poesía, la película, en cambio, a veces solo parece que es algo que ocurre en un Manhattan donde solo viven 9 personas» Owen Gleiberman (Variety)

Hay algo que es innegable en El jilguero, y es que luce preciosa. Gracias al trabajo de leyendas del séptimo arte como son el director de fotografía Roger Deakins —que ganó su primer premio Óscar tras 14 nominaciones por su impresionante trabajo en Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)— y el diseñador de producción K. K. Barrett, El jilguero deja de parecer un telefilm, y se convierte en una preciosa obra de arte que, a pesar de su flojo guion, es agradable de admirar. También resulta indudable el esfuerzo del director John Crowley para conseguir un buen resultado, aunque su estilo excesivamente preciosista —que ya nos mostró en su anterior trabajo, Brooklyn (2015)— también contribuye a que la película pierda emoción y le cueste conectar con el público. Sin embargo, Crowley nos muestra que tiene buenas dotes para mostrarnos grandes ideas visuales: ejemplo de ello es el momento en el que Theo pasa a vivir con su padre, ese plano de desolación, en mitad del desierto, lejos de las obras de arte que se convierten en refugio para el joven protagonista, es uno de los mejores planos de la película.

Un Theo mayor junto a su madrastra encarnada por Nicole Kidman.

En cuanto al reparto, podríamos decir que hay luces y sombras. Como ya mencionamos antes, el grandísimo trabajo de Oakes Fegley como el joven Theo se ve «ensuciado» por la irrupción de Ansel Elgort. Elgort no es mal actor, de hecho ha llegado a estar realmente bien en trabajos anteriores como Baby Driver (Edgar Wright, 2017), pero en este caso se le ve incomodo, fuera de tono en gran parte de la película, sin parar de hacer muecas extrañas… incluso el traje que lleva durante gran parte de su intervención en el film resulta artificial, como si estuviese disfrazado. Nicole Kidman está correcta como la figura maternal de Theo, aportando humanidad a un personaje desdibujado por el propio guion que hace que no tenga terreno para lucirse.

Después de todo lo dicho, no me malinterpretéis, El jilguero no es tan mala como parece. La película es víctima de las expectativas, y de un material que daba para mucho más de lo que nos muestra la película. Durante sus dos primeros actos es un drama pasable pero precioso sobre el crecimiento personal y la madurez de un crío que se enfrenta a un duro trauma. Sin embargo, durante el último acto la cinta se te atraganta, y se convierte en un artificioso telefilm de las 6 de la tarde. Una pena.

Fuentes: 1, 2, 3




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Texto de Mikel Viles | © laCiclotimia.com | 10 junio, 2020
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Texto de Mikel Viles
© laCiclotimia.com | 10 junio, 2020

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