El imperio del fuego
| Dragones contra helicópteros

Estados Unidos, 2002 | Dirección: Rob Bowman | Título original: Reign of Fire | Género: Fantástico, Ciencia ficción, Thriller, Acción | Productora: Spyglass Entertainment / Touchstone Pictures / The Zanuck Company | Guion: Matt Greenberg (Historia: Gregg Chabot, Kevin Peterka) | Fotografía: Adrian Biddle | Edición: Thom Noble | Música: Edward Shearmur | Reparto: Matthew McConaughey, Christian Bale, Izabella Scorupco, Gerard Butler, Scott Moutter, David Kennedy, Alexander Siddig, Alice Krige, Jack Gleeson | Duración: 100 minutos | Festival de Sitges: Sección Oficial, Mejores efectos especiales (2002) | | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

Estados Unidos, 2002 | Dirección: Rob Bowman | Título original: Reign of Fire | Género: Fantástico, Ciencia ficción, Thriller, Acción | Productora: Spyglass Entertainment / Touchstone Pictures / The Zanuck Company | Guion: Matt Greenberg (Historia: Gregg Chabot, Kevin Peterka) | Fotografía: Adrian Biddle | Edición: Thom Noble | Música: Edward Shearmur | Reparto: Matthew McConaughey, Christian Bale, Izabella Scorupco, Gerard Butler, Scott Moutter, David Kennedy, Alexander Siddig, Alice Krige, Jack Gleeson | Duración: 100 minutos | Festival de Sitges: Sección Oficial, Mejores efectos especiales (2002) | | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

Christian Bale y Matthew McConaughey protagonizan esta épica post-apocalíptica en la que el mundo ha sido asolado por los dragones.

Año 2020. El mundo ha quedado reducido a un humeante montón de ceniza habitado por apenas un puñado de supervivientes. Pero no se trata de la obra de una pandemia global, ni de una oleada incontrolable de disturbios y agitación social, sino de dragones. Así es: los dragones han permanecido durante siglos enterrados en el subsuelo hasta que, debido a un fatídico accidente de excavación, han sido despertados y han comenzado su masacre y purga total de toda la vida del planeta (algo que resulta que también hicieron con los dinosaurios). Unos pocos años de ataques incontrolables de los dragones, aparentemente inmunes a las armas atómicas, han devastado por completo la superficie del planeta y han dejado a los pocos supervivientes obligados a una vida bajo la amenaza constante de morir calcinados por obra de una de estas criaturas míticas. Si crees que una película con una premisa así de ridícula nunca llegaría al cine, y que no estaría protagonizada por Christian Bale y Matthew McConaughey, te equivocas. Tal película existe, su nombre es El imperio del fuego (Rob Bowman, 2002), y es una obra maestra olvidada. O quizás no.

Sea como fuere, el mayor crimen que podríamos hacer a El imperio del fuego es reducirla a una serie de premisas un tanto trasnochadas, y celebrar sencillamente que alguien puso el dinero para ejecutarlas. Muchas obras de ciencia ficción pensaron que en esto consistía el éxito, y creyeron que una buena idea era equivalente a una buena película. Pero El imperio del fuego no se conforma con ofrecernos un planteamiento tan original como descabellado, tan alucinado y grandioso que parece solo posible para aquella época de la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos (2001-2003), sino que la remata con una ejecución primorosa, una serie de detalles fabulosos y un trepidante e intenso sentido de la acción. Los primeros aciertos de la ambientación de la película radicarán en la serie de elementos que sumergirán a los personajes en un oscuro interregno temporal de rasgos medievales donde no sabremos si el tiempo ha avanzado o ha retrocedido. Es más, su astuto uso de la localización y el vestuario (por ejemplo, utilizando las capas de los supervivientes post-apocalípticos de modo que parezcan hábitos de monjes), evoca de forma original la intuición de que, aunque el tiempo ha continuado hacia delante, la civilización ha retrocedido a las tinieblas de una etapa menos desarrollada.

La ambientación sombría de El imperio del fuego no esconde sus efectos especiales, sino que los llena de credibilidad e induce al terror de forma ingeniosa.

Todos los dramas épicos del fin de los tiempos intentan, de una u otra forma, dar lugar a una imagen de la nueva sociedad a partir de los legajos y los restos de la antigua, indicando así cuáles son los elementos más superfluos y prescindibles de la sociedad previa (lo que ha perecido con el Fin) y cuáles son sus rasgos más auténticos y resilientes (lo que ha sobrevivido). En este juego de supervivencias se suele concebir la verdadera naturaleza humana como ligada inextricablemente a la agresividad, barbarismo y violencia, como en el ansia de velocidad que se sobrepone a todo en la saga de Mad Max (1979-2015), representando el fin del mundo como una oleada de pillaje, guerra, disturbios y bandas armadas campando a sus anchas. La idea de que el desmoronamiento de la sociedad traerá consigo un escenario de señores de la guerra y supervivencia del más fuerte es un instinto que tenemos más arraigado de lo que nos gustaría admitir (y que nos prefigura y condiciona a la hora de reaccionar a un estado de crisis y de inestabilidad, lo queramos más o menos). Lo interesante de El imperio del fuego es que toma en consideración este instinto, encarnado en el personaje de Denton Van Zan, interpretado por Matthew McConaughey, impredecible comandante (perilla vikinga, tatuajes tribales y hacha puntiaguda incluidos) que dirige un contingente del ejército americano recientemente aterrizado en las islas británicas con objeto de llegar al fondo del asunto de los dragones, y cortarlo por lo sano. Van Zan y su brigada de tanques y tipos con ametralladoras aparece de forma natural como hostil y peligroso, como la mezcla explosiva de una mentalidad lunática y un arsenal militar.

Aunque sea sólo por el hilarante y desquiciado papel de Matthew McConaughey como vikingo apocalíptico fumador de puros, o la original hibridación de la estética medieval con el imaginario post-apocalíptico, las altas apuestas de El imperio del fuego llaman directamente a la admiración de cualquier amante del género.

Por ello no es de extrañar que Quinn (Christian Bale), líder de una pequeña comunidad de supervivientes en Inglaterra, desconfíe en un principio de Van Zan. Pero la decisión de dar cobijo y provisión al contingente norteamericano dan testimonio del carácter de Quinn, que parece en un principio el reverso del comandante estadounidense: astuto y considerado, mantiene unida a su pequeña comunidad gracias al compañerismo y la solidaridad. En una escena clave al principio del film, Quinn arriesga su vida para salvar a unos miembros de su grupo que estaban robando comida de sus campos de cultivo, cuando son atacados por un dragón, y es finalmente este mensaje de camaradería y apoyo mutuo el que se sobrepone al final de la película, a medida que los roces entre Van Zan y Quinn se van disolviendo, gracias en gran parte a la mediación de la piloto Alex Jensen (Izabella Scorupco). Evidentemente, no es como si una película post-apocalíptica con dragones sobrevolando la Tierra fuera el nuevo heraldo de los valores de la solidaridad y el trabajo en equipo, pero es de agradecer que, en el panorama de la ciencia ficción del nuevo siglo, cargado en exceso de vigilantismo, violencia desconsiderada y machotes derribando al gobierno mundial con el mero poder de sus pectorales, un drama épico de luchas apocalípticas contra dragones se atreva a ir más allá del espectáculo burdo del individualismo de los superhéroes y el nihilismo destructivo de la mayoría de las películas sobre catástrofes.

Los personajes de Matthew McConaughey, Izabella Scorupco y Christian Bale comienzan enzardados y enfrentados y acaban como un equipo cohesionado.

Ese es, sin lugar a dudas, el gran acierto de El imperio del fuego, y lo que la convierte en un clásico del género de principios de milenio. Lejos de pavonearse en su espectáculo y llenar la pantalla de hora y media seguida de fuegos artificiales, El imperio del fuego hila con gran astucia unos personajes inolvidables y una ambientación cuidada hasta el último detalle con un festival de efectos especiales que se siente justificado y merecido. Y es que los efectos digitales de El imperio del fuego, que en su mayoría no han envejecido nada mal, son sin duda uno de los aspectos por los que merece la pena revisitar el film. Al ver las terroríficas siluetas de los dragones de El imperio del fuego, sin duda sorprende que estas criaturas parezcan más aterradoras y creíbles que las lagartijas mastodónticas de Juego de tronos, especialmente teniendo en cuenta el año de su producción. Este gran rendimiento del CGI en El imperio del fuego no se debe tan sólo a los avances revolucionarios que se estaban dando en el ámbito de los efectos especiales digitales, sino fundamentalmente gracias a una gran astucia en su planificación: los dragones aparecen casi siempre ocluidos o difuminados tras objetos ambientales, en la lejanía, en la oscuridad de la noche o sobresaliendo por del encuadre de la cámara. Esta estrategia de insinuar más que mostrar logra precisamente imbuir a unos dragones creados por tecnología de 2002 de una credibilidad y sensación de amenaza de la que muchos otros ejemplos de su tiempo, y del nuestro, sencillamente carecen.

No es necesario pensar que El imperio del fuego es una gran obra maestra de la ciencia ficción. Para quienes no les sea fácil aceptar sus extravagantes premisas y el festival de ametralladoras contra dragones, la película no será más que un largo dolor de cabeza. Pero El imperio del fuego tiene demasiadas virtudes para el poco reconocimiento que hoy se le presta. Aunque sea sólo por el hilarante y desquiciado papel de Matthew McConaughey como vikingo apocalíptico fumador de puros o la original hibridación de la estética medieval con el imaginario post-apocalíptico, las altas apuestas de El imperio del fuego llaman directamente a la admiración de cualquier amante del género. Sumado a unos efectos especiales sorprendentemente efectivos, un intenso drama interpersonal donde se ponen en tensión los valores del sacrificio y la solidaridad y, sobre todo, una gran dosis de acción llena de momentos trepidantes, ridículos y emblemáticos, El imperio del fuego cumple con lo que promete. En los momentos de caos, disolución social y crisis sistémica, recurrimos constantemente a la ficción para buscar guías de interpretación y lectura de lo real. Y si una película de dragones destruyendo el planeta podría darnos algo especialmente valioso más allá de lo que nunca le pediríamos, sería proponernos un discurso de compañerismo, conexión y confianza mutua a la hora de enfrentarse a las terroríficas fuerzas impersonales que nos asolan. Sean éstas dragones, o lo que sean.




  • 54
  •  
  •  
  •  
Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 13 junio, 2020
  • 54
  •  
  •  
  •  



Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 13 junio, 2020

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?