Donde habita la música
| Un breve tour por salas de concierto legendarias

Aunque en plena época del «streaming» podemos escuchar música en cualquier lugar, es en las salas de conciertos donde la bailamos, cantamos y sentimos en su estado más puro. Hoy visitamos algunos locales que han marcado historia.

El pasado 17 de septiembre, en la mayoría de redes sociales irrumpió un torrente de color rojo que, a modo de reivindicación, trataba de crear conciencia acerca de las dificultades que, a causa de la actual crisis sanitaria, están atravesando las salas de conciertos, los clubs y los locales de música en directo. Este acto formó parte de la campaña «Alerta Roja» que está llevando a cabo el Movimiento de Unificación Sectorial de la Industria del Espectáculo y los Eventos, una coordinadora que aúna a profesionales y empresas que reclaman una mayor actuación de las administraciones en defensa del negocio del espectáculo. Y aunque se pueda estar más o menos de acuerdo con las medidas aplicadas con respecto a los eventos y espectáculos en directo, es innegable que estos constituyen el auténtico nervio cultural de nuestras ciudades, incluso en plena era del streaming.

A lo largo de la historia de la música contemporánea, las salas de conciertos no solo han albergado las actuaciones de los artistas más variopintos, sino que también han configurado pequeños ecosistemas que han servido de caldo de cultivo para toda clase de movimientos culturales y estilos musicales. Según sostiene David Byrne, vocalista de los Talking Heads, en su libro Cómo funciona la música (Random House, 2014), un artista, a la hora de componer una canción, lo hace condicionado por el contexto en el que cree que se va a escuchar su obra. De este modo, Byrne otorga un papel fundamental a los locales y salas, que no solo influyen en el proceso de distribución musical sino en el propio ámbito de la creación; ¿hubiera sido el punk lo que fue si los miembros de The Clash o de los Ramones no hubiesen tenido en mente la acústica y el ambiente de los garitos de punk de finales de los 70? Hoy hablamos de algunas de estos locales que ocupan un lugar importante no solo en el mundo de la música, sino en la cultura popular.

Copacabana (Nueva York)

Logo del cabaret Copacabana.

Probablemente el club más famoso de la Gran Manzana sea conocido por todos gracias a sus apariciones en clásicos como Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980), La rosa púrpura de El Cairo (Woody Allen, 1985) o Atrapado por su pasado (Brian De Palma, 1993). Sin embargo, su aparición en estos filmes está más que justificada, pues este cabaret abierto en 1940 tiene tanto peso en la mitología neoyorquina como Central Park o la Estatua de la Libertad: desde el momento de su apertura, la decoración brasileña del interior del local atrajo al club a clientes acaudalados que, además de degustar la comida china en la que se especializaba el local, podían disfrutar también de las voces de las Copacabana Girls, un conjunto vocal que adquirió una cierta fama en la ciudad, y presenciar además las actuaciones de artistas que son recordados hasta el día de hoy: si Sam Cooke, Sammy Davis Jr. y los cómicos Dean Martin y Jerry Lewis actuaron con asiduidad en el club, tanto el grupo The Supremes como el legendario Marvin Gaye llegaron hasta a grabar sendos Live at the Copa en 1965 y 1966, respectivamente.

El Copacabana no reflejaba tan solo la mezcla de culturas siempre presente en la ciudad de Nueva York, sino también su lado más clandestino.

El Copacabana no reflejaba tan solo la mezcla de culturas siempre presente en la ciudad de Nueva York, sino también su lado más clandestino: no es tan descabellado ver las conexiones del club con la mafia en la película Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990), sabiendo que entre 1972 y 1976 el local perteneció al gángster Joe Gallo.

The Cavern Club (Liverpool)

El empresario Alan Syther ya poseía dos locales de jazz en la ciudad de Liverpool cuando decidió ampliar su negocio y fundar The Cavern Club en 1957, queriendo recrear en Inglaterra el ambiente del club de jazz parisino Le Caveau de la Huchette, situado en el claustrofóbico sótano de un edificio del siglo XVI . Inspirado por esta idea, Slyther terminó por alquilar el sótano de un almacén de frutas que había servido como refugio antiaéreo durante la Segunda Guerra Mundial, y puso en marcha un modesto club que, sin embargo, terminaría por ser un local clave dentro de la escena skiffle local. ¿Y qué era el skiffle? Se puede entender como un proto-rock and roll acústico encuadrado un movimiento que vivió su momento álgido en la Gran Bretaña de los años 50, y que estaba protagonizado por grupos de jóvenes que utilizaban instrumentos baratos (o incluso fabricados por ellos mismos) para interpretar temas de folk o blues. De entre todos los grupos que conformaron «la locura del skiffle» destacan The Quarrymen, el grupo en el que confluyeron unos jovencísimos John Lennon, Paul McCartney y George Harrison antes de fundar The Beatles. En 1958, The Quarrymen da su primer concierto en la sala, y tocan por iniciativa de Lennon el tema Don’t be cruel de Elvis Presley, obteniendo una respuesta negativa y airada de un público acostumbrado al jazz que toleraba el skiffle pero no el rock and roll.

Inscripción en el interior de The Cavern Club. Foto: Alberto Barco Figari. Licencia Creative Commons.

Sin embargo, aquella fría acogida no sería más que el inicio de una estrecha relación entre The Cavern y los Beatles, que ya bajo el nombre con el que se convertirían en leyendas llegaron actuar 292 veces en el club entre 1961 y 1963. Además, fue en The Cavern donde serían descubiertos por su representante Brian Epstein, que llegaría a ser conocido como «el quinto Beatle» por su implicación e influencia en la trayectoria de la banda. Finalmente, la «Beatlemanía» que comenzó a invadir Inglaterra tras la aparición del single Love me do en 1962 haría que el club de Liverpool se les quedase pequeño a los «Fab Four», que el 3 de agosto de 1963 darían su último concierto en aquel «sótano lleno de ruido».

CBGB (Nueva York)

Si una noche la velada en el CBGB estaba amenizada por el electrizante punk rock de los Ramones, al día siguiente el mismo parroquiano podía disfrutar del incipiente new wave de grupos como Television, Blondie o The Talking Heads

Hilly Kristal, dueño del CBGB, murió en 2007 por las complicaciones derivadas de un cáncer de pulmón. Foto: Charlie Samuels.

Hemos llegado a uno de los pesos pesados: el country, Bluegrass and Blues fundado en 1973 por Hilly Kristal, al igual que The Cavern, jamás obtendría popularidad albergando conciertos de los estilos hacia los que estaba enfocado. Sin embargo, sí que se convertiría en la meca neoyorquina de los estilos que por entonces se estaban forjando: si una noche la velada en el club estaba amenizada por el electrizante punk rock de los Ramones, al día siguiente el mismo parroquiano podía disfrutar del incipiente new wave de grupos como Television, Blondie o The Talking Heads. En su libro Éramos unos niños (Patti Smith, 2010), la autora, que frecuentó y tocó en numerosas ocasiones en el local, se refería al CBGB de la siguiente manera: «CBGB era el lugar ideal para hacer nuestra proclama. Era un club situado en la calle de los oprimidos y frecuentado por una extraña raza que acogía a los artistas no reconocidos con los brazos abiertos. Lo único que Hilly Krystal exigía a quienes tocaban en su local era que fueran nuevos». Johnny Ramone, por otro lado, tenía una visión menos romántica del club en el que, solo en el año 1974, tocó 25 veces: «Nuestras dos primeras actuaciones fueron el 16 y el 17 de agosto de 1974 en el CBGB, que era un bar viejo y pequeño en el Bowery donde todos nos conocían. Lo regentaban Hilly Kristal y su mujer, y como allí no había más que borrachos, empezaron a dejar tocar a bandas como Television o a la de Patti Smith», afirma el mítico guitarrista en su autobiografía Commando publicada en 2012.

Si el Copacabana es el epítome de la sofisticación neoyorquina, en el club de Kristal encontramos el espíritu callejero y rompedor del movimiento punk y la música undeground. Sin embargo, el entusiasmo de Kristal, que trabajaba sin descanso y dormía en una pequeña habitación del local, no fue suficiente para mantener abierto el local hasta el día de hoy: en 2005, una drástica subida del alquiler —de 19.000 $ mensuales a 90.000 $— por parte de la inmobiliaria desembocó en una serie de litigios que terminarían con el cierre del CBGB en 2006, pese a los conciertos que organizaron muchos de los artistas que pasaron por el escenario del local  para recaudar fondos y salvar el club.

The Haçienda (Manchester)

No hay mejor manera de promocionar la música que te ha empezado a fascinar y con la que estás experimentando que abrir un atractivo local en la que suene habitualmente. Esto es lo que debieron los miembros de New Order y la discográfica Factory Records cuando decidieron abrir el club The Haçienda en 1982, aprovechando también la revolución nocturna que por entonces estaba viviendo la ciudad inglesa: dentro de este «Madchester» repleto de música psicodélica y acid, The Haçienda conjugó la cultura del rave con el de la música en directo, organizando sesiones con DJ’s que comenzaban a traer el house a Europa y conciertos de artistas como The Smiths o Madonna, que dio su primer concierto en Reino Unido en esta discoteca de dos plantas.

Sin embargo, aunque este club alcanzó una popularidad y relevancia gracias a los nuevos sonidos que traían los DJ’s de la Haçienda, el club pasó por numerosas dificultades: problemas de seguridad, conflictos derivados del consumo excesivo de drogas por parte de los clientes, cuantiosas pérdidas de dinero… Peter Hook, bajista de Joy Division y posteriormente de New Order, afirmó en su libro The Haçienda: como no dirigir un un club (Contra, 2009) que, en sus últimos años, la discoteca llegó a acumular pérdidas de 18 millones de libras. La situación insostenible del club provocó su cierre en el año 1997, dejando un vacío insustituible en la noche de Manchester.

Actuación de The Smiths en el club The Haçienda en 1983.

El 1520 de Sedgwick Avenue(Nueva York)

Aspecto actual del bloque de pisos del 1520 de Sedgwick Avenue.

Está bien: esta va con trampa, pues este bloque de apartamentos situado en el Bronx no es exactamente un local de conciertos, pues ni siquiera cuenta con una licencia oficial. Sin embargo esta circunstancia no detuvo al músico jamaicano Clive Campbell —más conocido por su nombre artístico DJ Kool Herc— que utilizó la sala de reuniones del edificio para organizar una fiesta de cumpleaños para su hermana. Después de vender entradas a bajo precio a familiares y amigos, el innovador DJ aprovechó el ambiente de la atestada sala para experimentar con una de las técnicas que definen a la música rap: el breakbeat, mediante el cual Kool Herc reproducía en bucle pequeñas secciones de percusión. En esa misma velada, el 11 de agosto de 1973, un amigo de Campbell, el pionero MC Coke La Rock, realizó una de las primeras exhibiciones de rap de las que se tiene constancia. Aunque el 1520 de Sedgwick Avenue se suele considerar como «la cuna del hip-hop», lo cierto es que resulta difícil determinar exactamente el momento en el que surgió este estilo.

La fiesta de la hermana de DJ Kool Herc fue un momento emblemático, pero no la génesis del rap: durante la década de los 70 se popularizaron en la ciudad de Nueva York las block parties, fiestas callejeras no autorizadas que la población negra celebraba bien porque no tenía dinero para entrar en locales o bien porque en muchas salas no se les permitía el acceso. Estas block parties muchas veces eran amenizadas por DJ’s, que pinchaban música disco y funk y que llegaban incluso a robar electricidad de las farolas para alimentar sus equipos. Estos DJ’s que en ocasiones llevaban sus propios bailarines y MC’s —maestros de ceremonias—, que si bien empezaron presentando al DJ y animando a la gente empleando el micro, terminaron por desarrollar lo que hoy conocemos como rap. Grandmaster Flash and The Furious Five fue uno de estos grupos compuestos por DJ’s y MC’s, que además en sacó a la luz en 1982 uno de los primeras temas de rap con mensaje social: The message.

Aunque el título de este apartado está dedicado al bloque de pisos del Bronx, realmente pretende servir de homenaje a toda esa cultura callejera que logró hacer de la necesidad una virtud y constituir poco a poco un género tan imprescindible como hoy en día es el rap.

El DJ Grandmaster Flash mezclando en directo en 2014. Foto: Victor Frankowski. Licencia Creative Commons.

Rock-Ola (Madrid)

Y no podíamos terminar este paseo sin mencionar alguna sala localizada en nuestro país. En este caso, es imprescindible mencionar la ya clausurada Sala Rock-Ola, que convirtió el número 5 de la calle Padre Xifré en un santuario para cualquier joven que quisiera introducirse en el agitado submundo de la Movida madrileña. Bajo el nombre de El Jardín, la modesta sala de fiestas comenzó en 1979 a acoger conciertos de grupos nuevos como Los Nikis o Parálisis Permanente: el éxito de estas propuestas llevaron a Jorge González Bellier, el dueño de la sala, primero a abrir otro local de características similares llamado Marquee, y después a ampliar El Jardín para convertirlo en el Rock-Ola, que abrió sus puertas en el año 1981. Esta sala de conciertos sería un punto de encuentro para aficionados y artistas, que acudían a la sala bien para tomar copas a cualquier hora, ver conciertos de grupos de artistas de La Movida como Alaska y Dinarama, Radio Futura, Gabinete Caligari o Nacha Pop y también para participar en otras propuestas como exposiciones pictóricas o fotográficas. El Rock-Ola no solo fue un hito para la música española, sino para todo el movimiento cultural que bullía en las calles del Madrid de la Transición: en los escenarios podías encontrarte actuando a Simple Minds o a los U.K Subs y en la barra a personajes como Pedro Almodóvar, Bibi Andersen o el pintor José Alfonso Morera «El Hortelano».

El grupo de punk paródico Almodóvar & McNamara actuando en la sala Rock-Ola.

Si bien su confluencia con la Movida madrileña fue la clave del éxito con el Rock-Ola, también conllevó su decadencia: a partir de 1984 este grito de libertad de la juventud madrileña comenzó a perder fuerza, y otros acontecimientos como el surgimiento de otros estilos, un cambio de dirección en la sala y un incendio en los bajos del local terminaron por sentenciarlo. Visto desde hoy, se entiende que solo podía constituir un fenómeno intenso pero efímero: en marzo de 1985 el Rock-Ola echaba el cierre, casi simbolizando el fin de una era.

Y hasta aquí nuestro tour a través de algunos de los templos que demuestran que la música no solo está hecha para los oídos, pues es capaz también de inspirar nuevos modos de entretenimiento, arte y, por qué no, también nuevas formas de vivir. A estas alturas del artículo, a modo de despedida, desde La Ciclotimia te recomendaríamos que este próximo fin de semana, sin mirar ni siquiera quien actúa, visitaras ese bareto de tu barrio del que siempre sale tanto ruido. Sin embargo, la propuesta tendrá que mantenerse latente en tanto que este virus nos amenaza detrás de cada esquina: aunque no sea lo mismo, te incluimos a continuación una playlist para que puedas viajar, en cierto modo, hasta estos locales donde realmente habita la música. Y cuando se pueda, nos vemos en los bares.




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Texto de Ángel Gómez-Lobo | © laCiclotimia.com | 8 octubre, 2020
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Texto de Ángel Gómez-Lobo
© laCiclotimia.com | 8 octubre, 2020

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