Disney con acento: la Era Dorada
| Comienzo con serios tropiezos

Nuestros dibujos animados favoritos no siempre son tan inocentes como parecen. Tras los múltiples lavados de cara de la mayor factoría de animación americana cualquiera lo diría, pero Disney no siempre tuvo por bandera la sensibilidad y el respeto.

Hoy en día conocemos a Disney como un gigantesco conglomerado, un imperio transmedia que tiene en sus manos cantidades de pasta… no como para poder recrear la Estrella de la Muerte, sino como para comprarse un garaje lleno de esas. Y a tal poder en el mundo del entretenimiento le corresponde una responsabilidad, sobre todo en una sociedad cada vez más al tanto de lo que es apropiado en representación cultural. Si bien no es excusa, Disney no siempre ocupó el papel que tiene hoy en día. Desde sus orígenes con cortos animados en blanco y negro hasta las impresionantes obras de Pixar como la reciente Encanto (Jared Bush, Byron Howard y Charise Castro Smith, 2021) y la serialización en streaming de titanes como Star Wars y Marvel Studios, esta larga y turbulenta trayectoria puede dividirse en cinco fases claras, atendiendo a cuestiones de valores de producción y contexto sociopolítico y cultural. Así, iniciamos un estudio de los rasgos lingüísticos utilizados o ignorados por Disney en sus famosas producciones y sus causas, empezando por la Etapa Fundacional (1923 – 1934) y la Era Dorada (1935 – 1966), continuando hacia la Era Oscura (1967 – 1984), pasando por el Resurgimiento (1985 – 2005) y concluyendo en la gran Expansión (2006 en adelante). En el presente artículo, analizaremos las dos primeras etapas.

En la Fundacional, no hay mucho que podamos decir de la actuación lingüística, pero el trasfondo de la representación étnica es relevante para nuestro análisis. En esta época, Walt Disney y Ub Iwerks crearon al legendario antecesor de Mickey: Oswald, el conejo afortunado. En uno de sus prolíficos cortos, Bright Lights (1927), el protagonista se cuela en un teatro donde un letrero anuncia la actuación de Mademoiselle Zulu, Reina del shimmy. Somos espectadores de una bailarina que parece parodiar a Josephine Baker, representada con rasgos simiescos (una forma típica de blackface en aquella época) y danzando al ritmo que dirige un orangután. El no tan afortunado Oswald es encerrado entre bambalinas junto a exóticos animales salvajes. No pintan nada en un teatro, pero en aquellos tiempos era la asociación estereotípica que había con la piel oscura y el difuso concepto que el público blanco tenía de África: gente con rasgos cercanos a lo salvaje conviviendo con animales.

Tras un esplendoroso éxito en Europa, Josephine Baker regresó a los EE. UU., donde no consiguió el mismo triunfo por culpa de la incomodidad que producía ver a una mujer negra independiente y sofisticada. Este tipo de caricaturas eran a menudo una forma de mantener una relación de poder social sobre las personas de color.

A mediados de los 30 entramos en la Era Dorada, ya con Mickey Mouse a bordo. Todavía presuponiendo un público de mayoría blanca, los estereotipos en la pantalla continúan, ahora ya con largometrajes a todo color y con abundantes diálogos. No obstante, los efectos de la Gran Depresión se hacían notar, y los ingresos empezaron a caer, especialmente cuando Fantasía (Leopold Stokowski y Deems Taylor, 1940) generó tremendas pérdidas. Una de las principales fuentes de trabajo e ingresos para la compañía fueron los cortos propagandísticos financiados por el gobierno de EE. UU. una vez que entró en la Segunda Guerra Mundial (7 de diciembre de 1941), no sin antes haber pasado por el éxito de Blancanieves y los siete enanitos (William Cottrell, David Hand y Wilfred Jackson, 1937) y Dumbo (Samuel Armstrong, Norman Ferguson Wilfred Jackson, 1941).

Es en esta última donde nos encontramos con uno de los mayores clichés de representación étnica: la famosa y alegre bandada de cuervos que se burla pero acaba simpatizando con Dumbo es un claro ejemplo de caricaturización de los afroamericanos. El líder del grupo se llama Jim Crow, que es literalmente el nombre que recibía el conjunto de leyes segregacionistas vigentes en EE. UU. hasta 1968. Se diseñaron para segregar los espacios de restaurantes, teatros, hospitales, transporte público, parques, etc. Impedían a los ciudadanos negros votar, vivir en vecindarios blancos, ganar juicios y conseguir trabajos por encima de un nivel de servidumbre. Además de las connotaciones visuales de los pajarracos, su exagerado acento no admite dudas sobre qué grupo étnico representan y refuerza la categoría de «otro» que la sociedad americana les imponía.

El actor Thomas D. Rice popularizó la representación paródica de esclavos negros mediante su personaje Jim Crow en la década de 1830. Esta retorcida caracterización fue inmensamente popular, especialmente en los estados esclavistas.

Inglés afroamericano vernáculo

La variedad de inglés ampliamente utilizada por la cultura negra en Norteamérica acarrea una historia fascinante, llena de sufrimiento pero también de victorias socioculturales y reapropiación del poder. Este habla ha resistido décadas de desprestigio. Sus rasgos gramaticales han sido continuo objeto de burla por parte de blancos privilegiados pero, irónicamente, la mayoría han sido heredados de las primeras personas europeas con quienes los africanos esclavizados tuvieron su primer contacto antes de ser traficados como mercancía: ingleses paletos. Los capataces de las plantaciones sureñas también eran de clase social baja, estableciendo su poder mediante la violencia. A los africanos se les prohibía usar sus lenguas nativas para minimizar las posibilidades de huida o rebelión. Aprendieron inglés, pero dándole un giro a los fonemas, ya que sus celebraciones espirituales incluían cánticos en los que se comunicaban mensajes en código gracias a una ingeniosa articulación heredada de lenguas africanas. Hoy en día esta prosodia es un pilar del conglomerado cultural estadounidense. Algunos de sus rasgos son:

Consonantes

  • Grupos de consonantes reducidos. Es habitual simplificar ciertos grupos consonánticos al final de las palabras. Por ejemplo, en test se suele omitir la «t» final. Esto ocurre con especial frecuencia si la palabra siguiente empieza por consonante, y más por «s», por lo que West Side se quedaría en «wesside».
  • Alveolarización de «th». Este par de consonantes da lugar a dos sonidos fricativos en inglés: la sorda /θ/ como en thin; y la sonora /ð/ como en this. La segunda se suele cambiar a la zona alveolar, quedándose en una simple /d/. Por lo tanto, this pasa a «dis».
  • Alveolarización de «ng». En inglés, la «-ng» final no es tal cual una «n» seguida de una «g». Es una «n» que se hace cerrando brevemente la zona velar, y se representa con el símbolo /ŋ/. En esta variedad, sin embargo, lo cambiamos por /n/. Se puede apreciar en palabras como nothing, que suena más bien como «nothin» y tripping, que se queda en «trippin».
  • Metátesis de consonantes. En algunos grupos consonánticos, se cambia el orden de los sonidos. Ask > «aks»; y breakfast > «brefaks».

Vocales

  • Terminaciones no róticas. No ocurre siempre, pero no es extraño que muchas terminaciones en «r» pierdan esta consonante o la cambien por una schwa (/ə/). Por ejemplo: poor («por») > «poah» (/poə/ o /pɔə/); horse («jors») > «joas» (/hoəs/).
  • Reducción de diptongos. En algunos casos, se pierde la segunda vocal de un diptongo, como es el caso de /aɪ/, por lo que: my («mai») pasa a pronunciarse /ma:/ («maah», ya que los dos puntos de la transcripción indican que la vocal es larga).
  • Combinación pin/pen. Estas dos palabras suelen pronunciarse de forma claramente distinta en la mayoría de variedades de inglés. En algunas, como el caso que nos ocupa, la vocal de pin y la de pen se pronuncian igual.

Gramática

  • Tiempo verbal indefinido. Es común que se utilice el verbo «to be» sin conjugar, seguido de un gerundio. El momento en el que ocurre la acción es ambiguo o depende del contexto. Si digo: «Jordan be losin’ his mind»; esta acción podría haber ocurrido la última vez que vi a Jordan, podría estar ocurriendo ahora mismo, o podría ser una situación permanente. Esto proviene de algunas lenguas africanas, donde esta combinación de sujeto + verbo «ser» + otro verbo es estándar.

Semántica

  • Énfasis mediante contrarios. ¿Alguna vez has visto RuPaul’s Drag Race (Nick Murray, Bob McKinnon e Ian Stevenson, 2009-2021) y has oído a las drag queens viendo algo que les mola mil mientras exclaman: «Sickening!»? Pues eso. Sick, bad, mean, stupid y otras palabras negativas se utilizan con ironía para enfatizar algo positivo: «Those tricks were stupid good, man! Stupid, I tell ya!».

La exageración y parodia de estos rasgos en productos culturales para un público de mayoría blanca se considera una forma lingüística de blackface minstrelsy. Este término define una forma teatral que consistía en actores itinerantes blancos que representaban funciones donde se parodiaban las danzas de los esclavos negros y los hacía aparecer como dandies felices, ocultando la realidad del horror que vivían. Numerosos estudios sociolingüísticos han demostrado la racialización de las actuaciones lingüísticas en los medios, estén o no interpretadas por actores blancos. En todo caso, ejecutarlas como hemos descrito tiene el efecto de registrar deliberadamente las variedades lingüísticas como actos de identidad forzados sobre minorías étnicas.

«Hablar como los indios»

Debería ser obvio que las anticuadas representaciones de «los indios de las películas» a las que nos acostumbró el Hollywood clásico (y no tan clásico) no tienen nada que ver con los 269 idiomas que acumulan un total de casi 2,5 millones de hablantes al norte de México. Solo en la zona de lo que hoy en día es California, existen 18 familias lingüísticas indígenas diferentes. Contrasten eso con las cuatro grandes familias distintas originarias de Europa (indoeuropea, urálica, túrquica y afroasiática). Eso no nos ha impedido creer que los nativos americanos hablan en gruñidos entre sí y en infinitivos con los elocuentes blancos (cuando, precisamente, en inglés se utilizan habitualmente infinitivos, al contrario que en las lenguas nativas americanas). Encontramos en Peter Pan (Clyde Geronimi, Wilfred Jackson y Hamilton Luske, 1953) uno de los mayores culpables de la popularidad de este cruel tópico.

La obra de J.M. Barrie incluye una tribu de nativos americanos que viven en Nunca Jamás. Se comunican entre sí diciendo cosas como «Ugh, ugh, wah!», aunque el jefe y Tigrilla consiguen encadenar frases simples con pronombres átonos, e infinitivos en lugar de tiempos verbales. Descubrimos que se les conoce como «guerreros Piccaninny», que no es más que un término general usado como relleno de la identidad del «otro» de color. Se ha utilizado para meter en el mismo saco a nativos americanos, aborígenes australianos, descendientes de esclavos negros, etc. Una actitud colonial que va de la mano de una inquietante combinación de infantilismo y orgullo propia de los victorianos de «en nuestro imperio nunca se pone el sol». Esto también tiñe la obra teatral de J.M. Barrie. Ah, ¿¡cómo!? ¿Pensaba usted que estaba hablando de la película de Disney? ¡Ja ja ja! Ojalá. No no, la versión animada es muchísimo peor.

Cuando el jefe agradece el rescate de Tigrilla a Peter Pan y los niños, se celebra una danza tribal. De repente, su dominio del inglés/castellano alcanza la perfección para el número musical, metiendo algo de «hablar como un indio» por medio. ¡Y menuda letra se curran! El título en inglés es What made the Red Man Red? («¿Qué hizo rojo al hombre rojo?»), y en castellano ¿Por qué dicen «au»?. La versión original se las trae ya solo por eso, pero las explicaciones que da son verdaderas perlas. Comienzan igualando el «au» con el pronombre relativo how («cómo» en inglés) para relatarnos que, al principio, no sabían nada, pero preguntando «¿cómo?» aprendieron un montón. Luego sueltan tres palabras inventadas seguidas y nos explican que las tres significan lo mismo, pero no especifican un significado concreto. Seguimos con la solución a la pregunta de por qué dicen «¡ugh!». Resulta que es porque el primer «indio» que se casó reaccionó así al ver a su suegra. Añadamos chistes sexistas a la mezcla explosiva, ya puestos a ofender. Pero ahora viene lo realmente importante: nos cuentan que, retrocediendo un millón de años, averiguamos que el primer «indio» besó a una chica y se puso rojo, y desde entonces, todos son pieles rojas. Esto nos da a entender que, antes de ser pieles rojas, eran blancos, es decir, «normales», una especie de reminiscencia bíblica del origen de la mujer. La última estrofa se ratifica en lo dicho y nos recuerda que, digan lo que digan, esta es la auténtica historia de los «indios». En la versión en castellano se sigue la misma narrativa, con la importante diferencia de que la primera estrofa, por diferencias de idioma, no depende del relativo how, si no que explica que decir «au» es más fácil que preguntar: «¿cómo has “estau”?». Llegados a estos extremos, me sorprende que no metieran al General Custer bailando borracho con dos mujeres «indias» semidesnudas y compartiendo aguardiente con los niños.

Y encima todo el numerito utiliza lenguaje polémico por su sexismo, al utilizar vocablos como squaw (término misógino y racista que no existe tal cual en lenguas de primeras naciones norteamericanas) o papoose (utilizado para referirse a bebés nativos, como si fueran una especie diferente a los adultos o como si 573 tribus distintas usaran la misma palabra).

Esta canción repite cincuenta años después un cliché ya popular en 1904 (fecha de estreno de la obra original Peter Pan y Wendy) y que apenas se combatió hasta los años 70, con el aumento en wésterns revisionistas. Los blancos creyeron durante mucho tiempo que los nativos americanos saludaban diciendo «how» como una forma simplificada de «how are you?». Sin embargo, es una anglización de un saludo específicamente lakota, una lengua que no tiene ninguna palabra que signifique «hola». Cuando se saluda a un hombre, se usa «háu». Cuando se saluda a una mujer, «han». Se dice «hao kola» para saludar a un amigo. También puede usarse para decir «sí» o un equivalente de «amén». Se considera que podría ser un préstamo del algonquino, ya que «au» no es un diptongo abundante en lakota.

Así que ya ven, mis blancos/as amigos/as: llevamos décadas tras décadas creyendo que no nos queda mucho por saber, cuando en realidad tenemos mucho por desaprender y todavía más por aprender bien. Sirva de ejemplo el nulo trabajo de investigación cultural en la era dorada de Disney, donde todos los actores que interpretaron los papeles arriba comentados eran blancos.

No hay duda de que hoy en día el gigante mediático trabaja de otra manera y sus representaciones son muy diferentes. Aun cayendo en ciertos fallos que comentaremos en futuros estudios, el trabajo de investigación es amplio y la responsabilidad para con su diverso público ha cobrado nueva importancia en las últimas décadas. Buen ejemplo de ello es la advertencia que aparece en Disney+ si queremos ver Peter Pan, Dumbo o Los Aristogatos, por ejemplo. Inicialmente, se incluyó un mensaje que alertaba sobre clichés culturales anticuados. No obstante y ante la vaguedad de estas palabras, se cambió por otro más largo y que no se puede saltar, explicando con detalle qué tipos de clichés contiene cada película y por qué son ofensivos, aportando algo de contexto histórico y cultural. Y desde los perfiles de niños menores de siete años, no se puede acceder a estos títulos.

Nos quedan otros clichés por explorar e incluso los aquí vistos varían en fases siguientes de distribución de películas Disney. Veremos otros grupos culturales y situaciones lingüísticas diferentes, además de actuaciones con otros propósitos e impactos más positivos. Parece difícil imaginarlo, pero las cosas no fueron tan bien para el gigante mediático entre los setenta y mediados de los ochenta: la Era Oscura tuvo a mucha gente bajo el estandarte de Mickey Mouse temblando de miedo.


Artículo perteneciente a la serie: ESTUDIOS DE LENGUAJE   



  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de David Muiños García | © laCiclotimia.com | 2 octubre, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de David Muiños García
© laCiclotimia.com | 2 octubre, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?