Denis Villeneuve
| La física cuántica de la tragedia griega

Repasamos la obra del padre de «La llegada» y «Blade Runner 2049», que con joyas como estas pone por las nubes las expectativas sobre su inminente «Dune». Mujeres salpicadas por guerras ajenas y la matemática del destino son constantes en su filmografía.

Recientemente le llovían los reproches a Christopher Nolan acerca de su complejidad intencionada, e incluso de intentar complicar lo que no entraña tanto misterio con saltos en el tiempo y esquemas de narración no lineales que desorientan a gran parte del público. Sin embargo, ese rasgo caracteriza también a varias películas de Denis Villeneuve.

El quebequense comenzó filmando sus propios guiones para ir, paulatinamente, convirtiéndose en un narrador hiperrealista de grandes tragedias, contadas de manera más o menos progresiva, pero apegada a los flashbacks de la memoria. Inspirándose en hechos o contextos reales, se ha empapado en los conflictos armados de Oriente Medio —en base a la obra teatral del crudísimo y contestatario refugiado libanés Wajdi Mouawad—; los cárteles de Juárez o la matanza misógina del 6 de diciembre de 1989, en Montreal. Todos esos escenarios, y en especial éste último, ponen de relevancia, además, el gran peso que soportan sus personajes femeninos, siempre envueltos en guerras ajenas que les sacuden la vida. Y también denotan su exaltación de la maternidad como esperanza de futuro para una especie corrompida hasta la médula, en la que aún quedan algunas personas buenas.

«El caos es orden aún sin descifrar» 

La llegada (2016) puso a Villeneuve en el punto de mira de la ciencia-ficción y ofreció razones más que sólidas para que los adeptos al género se mostraran esperanzados con respecto al Blade Runner 2049 (2017) que se echaría a las espaldas.

El contacto extraterrestre es ilustrado en un hábil ejercicio que plantea la simultaneidad de presente, pasado y futuro de manera clarificadora y cerrando con broche, sin dejar lugar a dudas. Exaltando la función social del lenguaje y la importancia de la comunicación y el intercambio de estrategias para la paz y la sostenibilidad.

Pero volvamos a esa ruptura de la continuidad temporal de Villeneuve, que riza el rizo hasta el extremo con Enemy (2013), en cuyo guion Javier Gullón adapta la novela de Saramago El hombre duplicado.

Jake Gyllenhaal protagoniza un filme totalmente metafórico, que derivaría en multitud de vídeos descifrándolo en YouTube. Mantiene al espectador en vilo hasta el final, intentando averiguar si el doppelgänger es de origen paranormal, si la trama es entre dos hermanos separados al nacer o si la explicación se halla en alguna enfermedad psíquica de tipo alucinatoria. «El caos es orden aún sin descifrar», reza la apertura, con una pista para su comprensión. Para entregárnosla, Villeneuve escoge, una vez más, el entorno del aula académica, recurso que usa constantemente para filtrarnos sus claves e incluso augurios. Siempre fatales, por cierto: ya hemos visto que a este señor le fascina la tragedia, muy en la línea de la antigua Grecia. Y si algo la caracteriza es lo ineludible de nuestro sino y de los castigos celestiales contra la humanidad contaminada.

Universidades de la vida y del destino

El aula es clave para transitar los filmes de Denis Villeneuve. Sus docentes siempre se encuentran en plena explicación de alguna teoría matemática (Incendies, 2010), o de física (Polytechnique, 2009) y de esa lección se desprenderá una máxima que guiará al espectador en los saltos, o será el oráculo de lo que se cierne sobre los protagonistas. A falta de aulas, Hugh Jackman, en el rol del padre, alecciona al hijo (Dylan Minette) en el bosque, mientras cazan, y su enseñanza, brutal y paranoica, tendrá un efecto kármico implacable.

En Enemy, el protagonista, Adam, explica a su alumnado la periodicidad de la historia en ciclos, que tienden a repetirse y a alternarse con otros similares que son una farsa. Así delata la intencionalidad de narración en círculo, pero también alude a las formas engañosas, ya que esa escena se reinicia de inmediato en cuanto termina, a modo de déjà vú, marcando el final y el inicio del bucle argumental. A su vez, magnifica la sensación de monotonía de Adam. Esa atmósfera onírica es lo que permitirá detectar que ciertos fenómenos aparentemente fantásticos son una mera representación metafórica de cómo el protagonista percibe su relación sentimental.

Denis Villeneuve presenta a las mujeres como tótems de fortaleza, sufriendo lo indecible. Suele rodearlas de injusticia y no las va a mostrar como vencedoras, sino como supervivientes aguerridas y portadoras de la esperanza.

La crueldad de los presagios golpea con particular contundencia en el caso de Incendies. No hay que olvidar que, en gran parte, eso se debe al autor original de la obra teatral y la brutalidad de sus propias vivencias. Wajdi Mouawad presenció desde el tejado de casa en su Beirut natal cómo un grupo de cristianos acribillaba y prendía fuego a un autobús lleno de personas refugiadas de Palestina. Escena que sacudiría a la protagonista de esta tragedia teatral, digna del Eurípides de Las troyanas.

La lucha interna propia de los protagonistas de Villeneuve alcanza en esa mujer, Nawal Marwan, así como en Keller Dover (Prisioneros, 2013), las más altas cotas de transformación en ser monstruoso mediante el sufrimiento provocado por otros. Ambos personajes pagarán muy caro haberle dado la espalda «a Dios» (entendido como metáfora de los valores éticos, aunque ambos sean cristianos, en estos casos) y se les devolverá todo el dolor engendrado en forma de crueles casualidades. Ante agravios descomunales, el amor será el único paliativo para conservar la cordura y la esperanza.

«Si tengo un hijo, le enseñaré a amar. Si tengo una hija, le enseñaré que el mundo es suyo»

Wajdi Mouawad es un escritor crudísimo que retrata en su obra los crímenes de guerra que tuvo la desgracia de atestiguar.

Denis Villeneuve presenta a las mujeres como tótems de fortaleza, sufriendo lo indecible. Suele rodearlas de injusticia y no las va a mostrar como vencedoras —porque en las guerras nadie gana—, sino como supervivientes aguerridas y portadoras de la esperanza.

Trasciende una voluntad de mostrarle al público, especialmente al masculino, que de los dramas, los traumas y la violencia de la guerra, la luchadora sale con cicatrices, a veces muy graves, incluso con la vida aparentemente destrozada para siempre. Pero que, aún así, se levanta, maltrecha, sigue con su vida. Y una madre elige prodigar el amor en lugar de perpetuar el odio.

Este director adjudica por norma general el rasgo violento, asesino y corruptor al hombre, independientemente de si esto acaba originando impulsos vengativos y violentos en las mujeres. Pues los filmes de Villeneuve responsabilizan a los alfas destructores de pudrir la naturaleza amorosa de quienes tienen la capacidad innata de engendrar y amar incondicionalmente a los hijos, lo que va ligado a la piedad. Algo que se hace patente en la elección de guiones como el Prisioneros de Aaron Guzikowski, o la adaptación de Incendies, basada en la terrible tragedia teatral de Wajdi Mouawad, un refugiado libanés que vuelca sus traumas de guerra en su gráfica escritura, tan preciosista como dolorosa.

En este sentido, Polytechnique e Incendies son una clara muestra de la predominancia de las voces femeninas incluso cuando las obras son corales. Ésta última gira totalmente en torno a la figura de una madre con un pasado marcado por la atrocidad, pasando de víctima a verdugo y de nuevo a víctima. Es protagonista del pasado, pero entrelaza su voz con las de los protagonistas del presente: sus hijos gemelos, hombre y mujer.

La narración a través de diferentes perspectivas también se aplica a Polytechnique, que se basa en una masacre real y se nos cuenta desde las vivencias de diferentes supervivientes inspirados en los reales. Con ella comunica que el individuo que se aísla del grupo (esa partícula que se desprende del todo o que es apartada) está condenado irremediablemente a la hecatombe. De nuevo, la teoría del aula representa un mal augurio. Sensación que se refuerza con una mirada al Gernika de Picasso que es un oráculo maldito en sí mismo, mientras señala a la responsabilidad del espectador que no se involucra, de quienes presencian la matanza y no hacen frente común a la injusticia, en este caso en forma de incel misógino —valga la redundancia— que asalta la facultad de ingeniería de Montreal fusil en mano.

El ocaso de los padres todopoderosos

Sicario reincide en la idea del proteccionismo paterno falible y de la mujer como pieza en el ajedrez de unas violencias ajenas que le sobrepasan.

El director canadiense retrata hombres buenos y justos, pero los que causan los problemas siguen claramente el perfil apegado a lo alfa —sean o no de naturaleza violenta—, llevado a su máximo exponente en los padres vengativos que han fallado en la labor de proteger a su estirpe. Es el caso de Benicio del Toro en Sicario, o Hugh Jackman en Prisioneros, historias que han proliferado en la era post 11M, que ha generalizado la sensación de indefensión incluso en el propio hogar y que han derrocado ese mito del padre todopoderoso, en una sociedad cuyo machismo llega a impregnar a la esposa enloquecida por el dolor y que exige esa función en el marido (Prisioneros). La exploración de la oscuridad en esta última está poderosamente reforzada por el trabajo fotográfico —que llegó a estar nominado para los Óscar— , especialmente en lo relativo a sótanos y trampas, y los contrastes del rojo-sangre y rojo-peligro y alarma.

En su versión más simbólica, Adam (como el primer hombre bíblico) sufre un complejo edípico-castrador de manual ante el compromiso y bebé en ciernes. De ahí que vea a las mujeres como arañas: la madre amenaza ese mundo turbio y ficticio que es su carrera actoral, y su silueta insectívora de largas patas recuerda a la Mamá del Guggenheim. Ella es el jarro de agua fría de la realidad y por lo tanto, su talla contrastará con la insignificante araña aplastada, que es la amante cosificada a quien no ama: la usa y daña. Incluso prostitutas y strippers, mujeres de cabeza arácnida, están más arriba en la jerarquía de poder sobre él que ese romance pasajero, porque le atrapan con sus hilos de otra manera: mediante las pulsiones perversas. Sin embargo, la muerte (real o metafórica) de su affaire hace estallar una telaraña en el cristal del coche, devolviéndole a lo que siente como la «trampa» familiar, aunque no por mucho tiempo. La esposa que descubre la traición es esa araña gigantesca, herida y en pánico, que posee la fuerza de la madre acorralada y arremeterá contra el mundo de ese pequeño y triste hombrecillo. Si tenemos en cuenta que las arañas significan destino y ciclo en muchas tradiciones, nos damos cuenta de la conexión, no solamente con la estructura de la propia película, sino con el estilo habitual de Villeneuve y lo bien hilado que lo tiene todo.

La indignación de Sean Young

La ciudad elevándose sobre nuestras minúsculas vidas y los tonos desérticos son muy representativos de Denis Villeneuve, y no podían faltar en su visión de la obra de Philip K Dick.

Mucho se ha hablado y muy bien sobre los roles que Denis Villeneuve otorga a las mujeres en sus películas. Los vítores hacia Blade Runner 2049 no evitarían la polémica en torno a por qué sí se resucitaba a Ford en carne y hueso, pero una Sean Young iracunda se tenía que conformar con aleccionar a su heredera. De ahí que se alzaran algunas voces que cuestionaban si realmente Villeneuve concede tanta importancia a la presencia femenina en las luchas del futuro.

Se llegó a criticar que, salvo el papel de mando policial de Robin Wright, las señoras de esa obra se relegaran a meros objetos de deseo. Pero ese discurso elude la verdad en cuanto al legado del Blade Runner de Philip K. Dick que todo adepto puede confirmar: se trata de un mundo decadente y corrompido, en el que los deseos del hombre avaricioso y cosificador de la mujer, de los animales y de la naturaleza, han arrasado con todo. Es un ambiente hostil hacia nosotras y apenas cabe lugar para nuestro liderazgo. Y aún así, Villeneuve viene a recordarnos, en total concordancia con esa atmósfera en que debe enmarcar su historia, que la fusión de tecnología y humanidad es vital para la supervivencia, la paz y la justicia, y la encarna en otra mujer que parece caer en el olvido de quienes cuestionan la autenticidad de su feminismo. Y lo hace porque somos las únicas que podemos engendrar vida, regenerar la naturaleza.

Lo que es cierto, es que el veto de Hollywood aún pesa sobre Young, condenando sus escándalos más allá de las pantallas, eso sí, con mayor contundencia que los de otros controvertidos como Charlie Sheen en su día, por poner un ejemplo. A lo que producción replicó que, en realidad, a ella le había cambiado demasiado la voz como para revivir a su joven Rachel.

Bordar una secuela: un rarísimo don

Hay gran expectación ante el estreno en diciembre de Dune, y el buen hacer de Villeneuve en la ciencia-ficción es toda una garantía de calidad.

Decíamos que La llegada ya concedió la credibilidad necesaria a Villeneuve como para que se le permitiera tocar una vaca sagrada de la ciencia-ficción. Ya sabemos de sobras con qué actitud tan reacia solemos enfrentarnos los amantes del género a que nos mancillen los clásicos que nos embelesaron en su día.

Pero no solo no defraudó, sino que el resultado, a menudo, es calificado de mejor incluso que la original. Hasta con algo más de ritmo que Ridley Scott, según cierto sector. El quebequense se infiltró en ese universo decadente como pez en el agua, magnificando su potencial, pero rematándolo con ese deseo tan suyo de luchar por la esperanza en un futuro mejor, de más y mejor vida en manos de las nuevas generaciones.

Logró ser coherentemente creativo, aprendiendo de lo que se le antojaron pastiches ajenos. Se obsesionó particularmente con que su recreación CGI no se asemejara a la de Rogue One (Gareth Edwards, 2016), que tanto le desagradó. Con esa dedicación que le caracteriza, nos dejó muchas golosinas por el camino del metraje. Detalles de alto valor técnico que son regalos para los fans, como retomar al personaje de Rachel en una escena de nostalgia álgida, reforzada por un Harrison Ford más enorme que nunca, llenando de matices emocionales el rostro del Rick Deckard que se da de bruces con su amor perdido. El corazón le da un vuelco junto con los de toda la sala de cine al ver a esa Sean Young congelada en el tiempo, transportada a sus lejanos veintidós añitos e interpretando unas nuevas líneas que jamás leyó.

Magia. Un CGI impecable propio de los mayores trucos de Méliès, al margen de la polémica que suscitó por motivos extrafílmicos, que prueba la brillante plasmación de la ciencia-ficción de Denis Villeneuve y los equipos con que se rodea. Sienta unos precedentes de inmenso respeto por las obras consagradas y garantiza calidad en cuanto a todo el paquete: guion, formas, reparto y aspectos técnicos. No va a dejar detalle al azar y va a trabajar en profundidad la psicología de los personajes, con especial pasión por los femeninos.

La nueva entrega de Dune no podría estar en mejores manos.


Artículo perteneciente a la serie: GRANDES CINEASTAS   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 3 octubre, 2020
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 3 octubre, 2020

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