De una coda, la noche
| Estaciones, propósitos y varios artistas muertos

Haremos este recorrido por la noche —camino de destino y de sugerencia—. El nuestro será un viaje de invierno, un viaje en la noche de invierno, donde todo es esperanza, ensueño y estación de término.

I. Tras Ma nuit chez Maud (Mi noche con Maud) (Éric Rohmer, 1969), y aún extraviado —¿cuándo no?— por los vericuetos del azar como señuelo y guía de este cuento —moral, faltaría más, de circunstancias, y con ínfulas además—: el de invierno, que ya toca, aunque estemos en agosto y, desde luego, en el hemisferio norte.

Por cierto, antes de proseguir el viaje hacia el destino que sugería Luis Fernando, Céline, me permito apostillar que mucho más pascaliano en sentido estricto que Ma nuit chez Maud (Mi noche con Maud) es El cuento de invierno que, años después, filmara también Eric Rohmer,  colofón de categoría de la serie de los Cuentos de las cuatro estaciones; esa película, la hermosa y radical historia que nos relata, como si tal cosa, con tranquilidad, sin intentar conmover al espectador, merecería una revisión y un comentario más hondo e inteligente que el que yo podría procurar, inmerso ya en el fragor del viaje hacia el declive y el ocaso. A este respecto, entendía del mayor interés comparar ambas historias y poner en el sitio que a cada cual corresponda en lo que al reflejo de las ideas de Pascal se refiere, y de paso, para colegir que, como tantas veces ocurre, unos se llevan la fama y otros, pues eso. Creo, porque yo creo, que alguien en Francia con la debida autoridad, y no hace tanto, ha hecho ese trabajo, bendito sea.

La noche: inconcebible, dicen, sin el contrapunto del día; pero les diría que no, que tiene entidad propia, una identidad peculiar, seductora y diversa, una dimensión  finita e ilimitada también, que no concluye con el alba, o no siempre lo hace.

II. Un antiguo coup des dés en el tapete genético, nada que oponer, me impele a errar y si acaso barruntar nuevas sombras en el asombroso y fecundo universo de la noche. La noche: inconcebible, dicen, sin el contrapunto del día; pero les diría que para mí que no, que tiene entidad propia, una identidad peculiar, seductora y diversa, una dimensión finita e ilimitada también, que no concluye con el alba, o no siempre lo hace. La noche se prolonga o repliega, se escabulle o se afirma, se disfraza o desnuda, se deshace o se infla hasta que todo lo abarca, lo que es y lo que nos acompaña, indeleble e impalpable, mientras respiramos en este mundo que llamamos real, donde seres vivos, y entes que están y no lo están, coinciden y conviven entre la pugna y la quietud.

Nacemos para morir al cabo, en un planeta donde todo lo vivo camina y danza sobre cadáveres, tantos, tantísimos, nuestros audaces números no los abrazan a todos; excelentes los menos, pero al fin y a la postre, idénticos en la muerte. Muertos sobre muertos, para sostener todo este complicado tinglado. Tanta acumulación de muertos para que pululen, y no demasiado pese a los esfuerzos y logros de la ciencia, valga el genérico, siempre más barato, solo unos cuantos vivos, algunos muy vivos. Muertos cansados de serlo, aunque ignoren su condición, hartos, como en ocasiones lo estaban de la vida, esperando refuerzos que hasta hace poco hubieran acudido con rotunda puntualidad a la cita del negociado de reclutamiento, siempre, para siempre, como los amores iniciales, que lo son todos y en puridad ninguno. Alistamientos definitivos —algunos voluntarios, cuesta ponerse en situación— con el único aparente objetivo de renovar parques, escuelas, hospitales, conflictos, catástrofes, horror, dolor, Dolores, ¡ay mi Dolores, no llores!

En este primer mundo volcado sobre sí mismo, retorcido para aunar desmán y asepsia, los muertos son hechos cenizas que se envasan en cajitas para que el finado siga los avatares del Telecinco de turno, al lado de la tele, porque ya no cabe encima, que la anorexia también hace estragos en los aparatos audiovisuales de toda índole que abarrotan salones y dormitorios de los ufanos pobladores, cualquiera que sea el origen, procedencia o renta de los mismos. El incontestable triunfo de la no discriminación —todos los muertos, ricos o con pobres, tienen un lugar al lado de su querida tele—, demos gracias al ímprobo esfuerzo de nuestros desprendidos gobernantes.

Somos polvo y olvido, polvo a las primeras de cambio, olvido en cuanto se parte, es decir, cuando el reparto notarial culmina y todos acatan conformes y cabreados los lotes respectivos. Eso o los pleitos o las formas distintas de convencer al otro… si yo les contara.

Querido diario (Caro diario), de Nanni Moretti.

III. «¡Atento, hombre! ¿Qué te dice la profunda noche?» Así comienza  el canto del cuarto tiempo —¿movimiento?— de la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler, letra extraída  de Friedrich Nietzsche, cuyo texto ya aguarda en un embrión de artículo en el que aludo a Visconti, Luchino, aunque no cuando abordo Muerte en Venecia, de cuya banda sonora este canto forma parte. Embrión que deambula con muchos otros, de casi todas las edades que alcanzo o me alcanzan, como causas sin forma, entre el ensueño y el Word.

Gustav Mahler, sí, insigne, en la ficción literaria Gustav Von Aschenbach, de oficio escritor, como el autor de la pequeña, o cuando menos breve, gran novela, ¿otra casualidad? Diría que no, pero a saber. Y es que un servidor sin Mahler no viaja, vamos que ni muevo un ápice, y menos de noche y a partir de ahora, ya en pleno viaje de  invierno. Cabe decir que en los itinerarios previos me acompañó también; y no solo él, Kondriashin, Kubelik…, juntos, compartimos como buenos y leales amigos los destellos de la plétora, los ronroneos de la melancolía, y atento a mis demandas me consolaba de los paisajes que raudos dejábamos y a los que él ya se había asomado, asombrado y lúcido.

No miro atrás, solo recuerdo y rememoro, y no solo cuando estoy solo. Las estaciones ya sobrepasadas se me antojan ruinas felices donde duendes dormitan y desean. Las estaciones ya sobrepasadas…, y esos apeaderos que no figuran en el tableau de bord y donde se apearon en desorden y con notable grado de despiste y aún de estupor, perplejidad inocente, un montón de nasciturus de aquí y allá. Y todos esos soldados inmolados porque la patria, la que sea, reclama cada poco la fértil  sangre de sus mejores hijos y, anda que no le gusta.

También bajan pronto, subieron sin billete, adolescentes, ansiosos, desventurados en ese tortuoso vagón para ordálicos, con dos salidas, ambas estrechas y muy muy juntitas, la identidad o la muerte, adolescentes de cualquier época, edad y condición, se entiende.

La lista sería prolija. Ninguna podría recoger todas las circunstancias, enfermedades, accidentes, crímenes, que siegan vidas jóvenes aún, en un incesante triunfo del sin sentido, que acabamos aceptando, cómo no, para seguir adelante o donde quiera que vayamos, para seguir aquí hasta embarcarse en  este viaje último, fin de partida, en esta estación donde todos  han de bajar y hacinarse en las vías, muertas también ellas. Dicen los que saben, esos expertos sin voz ni rostro, que los viajeros se apean sin más, casi todos sin quererlo ni beberlo, sin apenas resistirse, inducidos, para afrontar sin dilación -piensan- el tránsito a  este reino o república o asamblea o comunión de la noche, aunque cualquier forma ahoga al contenido, que se desparrama imparable antes de expirar, fuera del tiesto o dónde de lugar. Solo hace falta llegar a tiempo a la cita, y bien lo sabemos, la puntualidad está inevitablemente garantizada, cortesía de la casa, todo un detalle que no solemos apreciar ni agradecer… y es que así somos.

Donde quiera que vayamos, para seguir aquí hasta embarcarse en  este viaje último, fin de partida, en esta estación donde todos  han de bajar  y hacinarse en las vías, muertas también ellas. Dicen los que saben, esos expertos sin voz ni rostro, que los viajeros se apean sin más, para afrontar sin dilación -piensan- el tránsito a  este reino o república o asamblea o comunión de la noche.

Primer plano de La noche italiana.

IV. La noche nos conduce y contiene, nos contiene por completo, hasta nuestro aliento contiene, aunque llegado el momento se desembaraza de todos y se queda solo con el último, cuestión de gustos supongo y de organización. La noche nos dice y calla toda suerte de embustes y secretos, nos arrastra, confunde, nos desespera, nos refugia y consuela. En la noche de invierno, todo es claridad o ensueño, todo es esperanza o inquietud, rojo o negro, ¡hagan juego señoras, señores!, la noche cierra pronto el garito, aunque allá por la Plaza del Humilladero —ya ven que me voy centrando, no sin esfuerzo— si llamas a la puerta del establecimiento adecuado puedes todavía jugar unas cuantas manos más, eso sí, en compañías poco recomendables, aunque a estas alturas, no podríamos asustarnos, porque la experiencia nos dicta que, visto lo visto, cualquier cosa es posible, aunque las pocas o muchas que  deseamos, por lo general, resultan ser harto improbables, como el mismo deseo, firme y temblón ante el destino, que para mandar tanto, resulta no saber, tampoco él, gran cosa de conceptos tan primordiales como elegancia, discreción, oportunidad y todo lo relativo a etiqueta y buenas maneras.

Vuelvo, por fin, al principio o viceversa (que tanto da, que dicen los que saben, que saberlo todo creen; los muy pocos, no necesariamente felices de serlo, sabios, como aquellos de Grecia, siete). De vuelta a nuestros pagos, y de buena gana, señal inequívoca de deterioro, por muy tierna que sea la noche, pagos mediocres y apagados, paseo con Max, pónganle el apellido que consideren y pian piano me planto en Recoletos, que así los quiere el Señor Recoletos, paseo, Recoletos, calle, callen un poco, que ya les vale con el vacile, el bacilo y tanta, tanta tontería casposa y por momentos, éstos de ahora, trágica, tan bien pagá.

Post Scriptum

En algún momento había pensado reproducir algunos títulos de películas con la noche en el título, porque en la noche sigo y seguiré, sigiloso, expectante —un decir—,  noche en singular, que en plural, ni parece lo mismo, ni nos interpela de modo similar, se habrán dado cuenta. Las noches, blancas, las cuatro de un soñador, las de Cabiria o las Mil y una, tienen una connotación concreta, un lapso de tiempo donde ocurren cosas a las personas que las frecuentan. El plural carece, creo yo del empaque de la noche, que parece más bien un universo al menos cuando le precede el artículo determinado, nada como la determinación. Un estado donde ser, que tanta falta hace.

Películas que acaso pudiera comentar en futuras colaboraciones. Incluso pensé añadir también una lista de novelas o de obras de teatro, poemas, o temas musicales, canciones, pero todo a su tiempo, ¿no les parece?

Así las cosas, al comenzar la elaboración de la lista, la de películas, tarea estimulante, que nunca rehuyo, que me procura momentos de gran disfrute —diríase que hablo de otro asunto, pero no—, mi memoria (con freno y marcha atrás como los corazones de la inolvidable comedia de Jardiel, una de tantas) topó con La noche italiana, una pequeña y fascinante opera prima. Y sobre la marcha he decidido citarla, recordarla, homenajearla y honrarla. Filmada en 1987, debida al talento y la sensibilidad de Carlo Mazzacurati, seis meses mayor que yo, exactamente medio año, ciudadano italiano, del Veneto, de Padova en concreto, donde nació y murió, rara avis, con apenas 57 años, a causa de un cáncer de páncreas.

Es curiosa y relevante la fascinación que nos provocan algunas primeras películas de directores que más tarde se convierten en grandes maestros del séptimo arte, aunque no siempre sea el caso. Pensemos entre otras en Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945), La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), primera y única, Cenizas y diamantes (Andrzej Wajda, 1958), Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959), Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960), Malas tierras (Terrence Malick, 1973) o El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973). En ellas y otras que podrían acompañar a las citadas, se advierte una frescura, y una magia que además de propiciar el disfrute de la proyección nos inspiran la consideración de que sucesivas películas de los respectivos directores serán dignas de ser atendidas por el buen sabor que nos deparó su primera propuesta.

Además de ser el primer largometraje de su director, resaltar que La noche italiana (Carlo Mazzacurati, 1987) fue la primera producción de Sacher Film, iniciativa de Moretti, Nanni, y Barbagallo, tan importante en el panorama cinematográfico italiano en los años que siguieron a su afortunado debut tras su puesta en marcha, proyecto que posibilitará a distintos amigos, y no solo amigos, compartir variopintas propuestas cinematográficas, en las que participan de muy diverso modo. Mazzacurati actúa en pequeños papeles en varias películas de Moretti, entre ellas la premiada y aclamada Querido diario (Caro diario) (Nanni Moretti, 1993).

Es curiosa y relevante la fascinación que nos provocan algunas primeras películas de directores que más tarde se convierten en grandes maestros.

Conversación de La noche italiana.

Protagonista de una carrera de algo más de un cuarto de siglo Mazzacurati dirige varios largometrajes dignos de ser visionados, documentales, algunos para contribuir a la difusión de ONGs de ayuda internacional, escribe o colabora en guiones o asume las riendas de la producción y la dirección de proyectos culturales en torno a la cinematografía. Una trayectoria discreta, sólida, íntegra, reconocida, ma non troppo, construida sobre un poderoso y firme compromiso ético, notas que ya aparecen de manera significativa en La noche italiana.

La película bordea el giallo, el cine negro, al narrar una historia de corrupción en el entorno del Delta del Po, una extensa zona que linda con el mar Adriático cuyo territorio pertenece a dos regiones, el Veneto y la Emilia Romagna. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, por su extraordinaria biodiversidad e inmenso valor ecológico, no está sin embargo, admitámoslo, entre el elenco, de lugares o zonas más conocidas y reconocibles de Italia. En ese singular y desasosegante paisaje, Mazzacurati, asimismo coautor del guion, hilvana una historia que sin ser inolvidable en sí, nos atrapa: La sucesión de imágenes, detalles, personajes que se distinguen por su manera de deambular en ella, de relacionarse, tiene un halo, una magia pequeña, que me deslumbró, por la limpieza, la naturalidad, la verdad de unas imágenes filmadas, valga la solo aparente contradicción.

En alguna pila de vídeos beta  ha de encontrarse, en dios sabe qué armario, cinta devastada por años de desatención. Primum vivere, ay, al menos eso nos enseñaban cuando entonces. Recuerdo de manera nítida, o muy bien,  a la protagonista, Daria, chi sa perché. La actriz que da vida al personaje, Giuglia Boschi, ya por entonces con una corta trayectoria jalonada de previos y reconocimientos, dejó un buen día, o un  mal día la profesión, para entregarse al estudio y práctica de la medicina tradicional  china, con notable éxito, a quanto pare, habiendo escrito varios libros al respecto. Sobre las decisiones que tomamos en la vida, sus motivos y consecuencias, podríamos escribir, pero a apenas a nadie interesan esas historias sin demasiado ruido ni furia.

Quí más da si nos ocupamos en resucitar, al menos por unos párrafos, al viento de la noche, a un cineasta que merece la pena conocer y su primera película, y, ya puestos, las demás. Ahora que casi todo empeño parece posible, al menos en propósitos modestos como los que les traslado mientras el tiempo pasa, goes by, recuerden. Procurar cada poco, siquiera unos instantes, volver, revolver los entresijos,  congraciarse con lo disfrutado y con lo no disfrutado, antes que la ávida amnesia nos atenace y disponga. Como nos encarece Mahler, ¡atentos!

Imagen destacada: Noche de invierno (Paul Delvaux, 1961).


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Texto de Ernesto Uría | © laCiclotimia.com | 27 agosto, 2020
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Texto de Ernesto Uría
© laCiclotimia.com | 27 agosto, 2020

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