Yara
| Empatía y un silencio

Basada en unos hechos reales que conmocionaron a Italia, la obra de Marco Tullio Giordana se desmarca del thriller común y ofrece un recorrido absorbente a través de una carrera policial contrarreloj y el escenario social que la rodeó.

El 26 de noviembre de 2010, Yara Gambirasio fue asesinada en Brembate di Sopra, una localidad italiana situada en la provincia de Bérgamo. La joven, que contaba por aquel entonces con trece años de edad, volvía a su casa después de haber pasado la tarde en el polideportivo que estaba a apenas setecientos metros de su hogar. Esa fue la última vez que la vieron con vida, antes de aparecer muerta tres meses después en un descampado de Chignolo d’Isola, y de que su caso se convirtiera en uno de los más turbios y mediáticos del país en una investigación que sigue arrojando noticias y titulares incluso hoy en día. Así, en estos hechos, se apoya Marco Tullio Giordana para edificar su relato, Yara (2021), un curioso y bien construido thriller que se asienta en lo documental y que evita caer en formulismos de manual, que a pesar de desplegar una estética muy televisiva y procedimental no particularmente inspirada, de parcos valores cinematográficos, consigue hacerse un hueco con facilidad en el espectador y despertar su atención a través de una crónica extraordinaria y un sentido de la tensión y el drama perfectamente ejecutados —no en vano estamos hablando de un cineasta que tiene en su haber obras como Los cien pasos (I cento passi) (2000) o la miniserie La mejor juventud (2003), dos monumentos narrativos de grandísimo valor— que conectan con lo personal y que sabe apelar a lo emocional sin caer en el melodrama de usar y tirar.

Una obra honesta que centra su tiro en lo importante y abandona todo lo artificial.

Chiara Bono interpreta a Yara Gambirasio.

La película de Marco Tullio Giordana es, de este modo, una rara avis: evita entrar en el terreno de la sobreexposición, y sin que medie un interés por la tragedia barata, se centra en el estudio de sus personajes, de modo que el aliciente recae al cien por cien en las interacciones, en el ritmo de la investigación, en las técnicas poco ortodoxas que se siguieron para alcanzar el resultado —todas ellas ciertas por inverosímiles que parezcan—, en el sentimiento de pérdida y la empatía que brotó por un lado, y la búsqueda constante del rédito político por el otro. La obra, más cercana en su diégesis a filmes como Zodiac (David Fincher, 2007), por esta verosimilitud y foco en el camino sobre el resultado, que en otros de sentido cinematográfico más afectado, como Seven (Se7en) (David Fincher, 1995), deconstruye poco a poco la relación del entorno con la víctima, y combina su búsqueda desesperada de respuestas con la propia aceptación de la pérdida, que en este caso en concreto supuso el dolor de toda una nación incapaz de aceptar la duda como respuesta. Yara es una película que no busca la complejidad impostada, ni entrar en un terreno que exceda su objetivo: detrás de cada escena y cada decisión narrativa hay una razón de ser que involucra al espectador en la carrera de encontrar al asesino, y aunque va dejando interesantes reflexiones sobre una sociedad empeñada en juzgar la valía de una persona por su género —la que sufre en sus carnes Letizia Ruggeri, la fiscal encargada del caso—, sobre la capacidad política de una nación que ve una oportunidad de populismo en la desgracia y la muerte, o sobre asuntos raciales y sociales que salen a relucir cuando las cosas se ponen difíciles, se percibe en todo momento como una obra honesta que no solo centra su tiro en lo importante y abandona todo lo artificial, sino que permite acceder a las entrañas de un caso terrible y de procedimiento policial muy singular que, aún a día de hoy, sigue dejando dudas a su paso.




Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 9 noviembre, 2021



Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 9 noviembre, 2021

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