Vampiros de John Carpenter
| Cruzadas vampíricas

Con su pose macarra e incorruptible, James Woods sostiene todo el peso del wéstern vampírico de Carpenter, tan cómico con sus efectos de serie b y poses exageradas, lentas y estereotipadas, como crítico con el egoísmo y la corrupción del ser humano.

En Vampiros de John Carpenter el director estadounidense continúa su proyecto cinematográfico personal: vincular los horrores propios de la ficción con asuntos contemporáneos para hacer crítica social. Lo fantástico, como en otras ocasiones, es solo una excusa para actualizar los viejos mitos e historias y encuadrarlas en los males y consecuencias de la sociedad moderna. Así, aunque sin ese fin crítico, no fue la única en participar en el resurgir del cine de terror vampírico: películas como El club de los vampiros (Gilbert Adler, 1996), Blade (Stephen Norrington, 1998) o Revenant (Vampiros Modernos) (Richard Elfman, 1998) fueron algunas de las obras que mostraron otras visiones sobre los buscadores de sangre, y se alejaron del estereotipo neorromántico o victoriano (por ejemplo, en Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola en 1992 o Entrevista con el vampiro, de Neil Jordan, en 1994).

Para el guion, Carpenter se inspiró en la novela de John Steakley Vampiros S.A. (1991), donde la caza de vampiros es otro negocio empresarial más y recibe una gran cantidad de dinero de la Iglesia católica. Desde este punto de partida, seguimos las andanzas de Jack Crow (interpretado por James Woods) y su equipo de cazadores en el desierto de Nuevo México, justo cuando acaban de localizar un cubil con grandes posibilidades de estar infestado. En tan solo unos pocos minutos, la película muestra sus principales recursos: un amanecer caluroso y rojizo aportando un matiz intenso y agobiante a la historia; un uso rudimentario y predominante de las armas de cuerpo a cuerpo; una actitud de hombre duro socarrona e inagotable en contraste con la supuesta pureza y desinterés de la Iglesia católica; y un desarrollo pausado y lento lleno de efectos de bajo presupuesto. Si tenemos en cuenta todos los factores, sobre el todo el irregular y algo desnortado ritmo de la historia, con alguna que otra inconsistencia, la película aprueba un poco justa. Sin embargo, al igual que otras producciones de Carpenter (por ejemplo, Están vivos, de 1988), el «realismo» de la narración queda en suspenso e incluso está supeditado a la crítica directa y humorística (en este caso, de las creencias religiosas y los vampiros neorrománticos, entre otras). Por eso es más adecuado decir que, con sus fallos, Vampiros de John Carpenter compone una visión original, moderna y satírica.

En cierta manera, uno de los fallos o aciertos, según como se vea, es el popurrí de ideas e influencias que hay a lo largo de la obra. Por momentos, los cazadores son caballeros medievales modernos (con lanzas y armaduras de plata) imbuidos por la bendición de la religión; un equipo militar un tanto desgarbado y desganado que no para de fumar o beber; unos conductores sin nada que perder en plena road movie; o una serie de cowboys, ideal encarnado especialmente por Jack Crow y Anthony Montoya (interpretado por Daniel Baldwin). El retrato de la Iglesia católica, por supuesto, no es muy bueno ni condescendiente: el clero es visto como algo fuera de su tiempo, sin función práctica alguna y con demasiadas mentiras y ases bajo la manga. Tampoco las fuerzas de la justicia parecen tener un gran desempeño. En ese sentido, asistimos a un mundo sin normas ni autoridades claras, donde todo se puede corromper y las buenas intenciones ocultan trampas y engaños.

Con sus fallos, el filme de John Carpenter compone una visión original, moderna y satírica.

Hay, eso sí, un aire de comedia que impregna cada gesto y acción: en las luchas y enfrentamientos poco creíbles, en los movimientos ralentizados —como si a los personajes les costara desenvolverse— y en las conversaciones irónicas, ofensivas y subidas de tono. En los primeros compases, justo cuando Jack Crow va a dispararle a una vampira, le dice «abre más la boca». Y, por si no quedaba clara la postura antitradicionalista, Crow le comenta más tarde al Padre Adam Guiteau (interpretado por Tim Guinee): «¿Has visto alguna vez un vampiro? Para empezar, no son románticos, ¿vale?, no son una pandilla de maricones que van con ropa de etiqueta seduciendo a todos los que ven con su acento europeo cutre. Olvídate de las pelis. No son murciélagos, los crucifijos no funcionan». Por otra parte, sin pertenecer esta obra a la «nueva carne» del todo, sí que se nota un componente sexual permanente que, igual que cobra fuerza, en algunos momentos es anticlimático por la evidente ausencia de erotismo (Sheryl Lee, en el papel de Katrina, es prácticamente el único factor femenino entre tanta testosterona). A veces, también, Carpenter parece un poco desganado y soluciona las escenas de combate con fundidos, en los que todo se va entremezclando y es todavía más rudimentario.

Por si fuera poco, Vampiros de John Carpenter también puede verse como la búsqueda de permanecer en el mundo, y la visión opuesta y/o duelo de sus protagonistas: Jack Wood, el estereotipo cómico de la dureza masculina, y Jan Valek (interpretado por Thomas Ian Griffith), el mal absoluto, corrompedor de todo lo bueno y prácticamente invencible. Este choque justifica, a su vez, la cómica sensación de estar ante un videoclip de larga duración con un grupo de country y otro gótico turnándose para tocar y aparecer en pantalla. Desde ahí, el enfrentamiento WoodValek es el de la modernidad-tradición, o, lo que es lo mismo, el de la herencia gótica y petulante del cine clásico ante el nuevo cine, la nueva carne o gore de Carpenter y, cómo no, su risa infinita.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Héctor Tarancón Royo | © laCiclotimia.com | 1 julio, 2021
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Texto de Héctor Tarancón Royo
© laCiclotimia.com | 1 julio, 2021

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