Tigre blanco
| Ensayo sobre la servidumbre

Este acercamiento a la realidad social de la India presenta de manera cruda la escalada de tensión entre amos y sirvientes en un país que en noviembre de 2020 acogió la huelga mas secundada de la historia: un hervidero social que retrata Ramin Bahrani.

El director estadounidense Ramin Bahrani nos presenta en su octavo largometraje una disección del conflicto de clases en la India, un relato sobre la servidumbre y la pobreza protagonizado por Balram Halwai (Adarsh Gourav), un joven indio de casta baja que nos narrará en primera persona el ascenso económico y social que vive desde que entra a trabajar como chófer de una familia adinerada. El guion se basa en el best seller homónimo del periodista Aravind Adiga, que se traslada al medio fílmico bajo la forma de una película nominada al premio Óscar a mejor guion adaptado. El impacto que provocó Parásitos (Bong Joon-ho, 2019) a nivel cinematográfico y cultural fue tal que, aún a día de hoy, su estela sigue siendo evidente: cualquiera que haya disfrutado de la obra de Bong encontrará paralelismos con Tigre blanco, que junto a películas como Bacurau (Kleber Mendonça Filho, Juliano Dornelles, 2019) y en menor medida Nuevo orden (Michel Franco, 2020) configuran un microgénero que me gusta denominar «kill the rich»; además de relatar lo evidente, estas películas realizan también una reflexión sobre la moralidad de la pobreza, sobre los resortes éticos de los individuos de clase baja y las consecuencias de las acciones que llevan a cabo para progresar. El dramaturgo Jean Genet, en 1947, ya se adelantaba a esta corriente con su obra de teatro Las criadas, en la que presenta una cosmovisión en la que los ricos no solo acaparan los bienes materiales y los servicios y cuidados de sus sirvientes sino también la bondad moral y la belleza, de la que te puedes preocupar solo cuando tienes la barriga llena. En Tigre blanco, esta moral ingenua y la disposición agradable es presentada como el resultado de la alienación de todos los sirvientes y curritos repartidos a lo largo y ancho de una India pauperizada, cruda y atestada. 

Adoptando el punto de vista del protagonista, conocemos el lado más oscuro del país de Mahatma Gandhi, sin adornos y sin caer en la romantización de la pobreza en la que, de cierto modo, participan de manera sutil títulos como Slumdog Millionaire (Danny Boyle, Loveleen Tandan, 2008), sobre la que se satiriza en el film acerca del cual versa este artículo. La película, además de ser entretenida, presenta, gracias al enfoque de su guion —y teniendo en cuenta que se basa en una obra escrita por un periodista— un enfoque documental notable, al presentar facetas del país asiático poco explotadas en los medios, como la arraigada corrupción política o la situación de servidumbre casi feudal que se vive en algunas zonas de la amplia India rural. La dura crítica a la política y a la sociedad india en general no se nota condescendiente, pues procede de Balram, un donnadie que vive en sus primeras carnes todos los aspectos negativos de su país y que hará cualquier cosa para prosperar.

Precisamente el personaje de Balram es uno de los puntos fuertes de la cinta: a la magnífica construcción del personaje hay que añadir la actuación de Adarsh Gourav, nominado por este papel a los premios BAFTA. El actor indio plasma a la perfección la fuerte tensión psicológica a la que se enfrenta el personaje durante su evolución, que se desata en un clímax que, por resultar predecible, no deja de estar bastante bien ejecutado. Si el personaje de Balram resulta tan creíble es porque la película se toma su tiempo para construirlo, y por ello la obra quizá decepciona a aquellos espectadores que, tras los primeros compases del film, se esperen una obra picaresca repleta de peripecias.

Una interesante e inquietante fábula de ascenso social que nos acerca a la realidad de un país tan increíblemente poblado como infrarrepresentado en la cinematografía occidental.

Gran parte del relato se construye sobre la relación entre Balram y la familia para la que trabaja, que encarna en gran medida las distintas actitudes que pueden encarnar los patrones con respecto a sus subordinados: si bien la apatía y el desprecio del patriarca de la familia hacia Balram resultan sobrecogedores, es más interesante la relación de este con el hijo menor Ashok (Rajkummar Rao) y, en menor medida, con su esposa Pinky (Priyanka Chopra). Si bien la tensión entre clases sociales es una constante universal, la servidumbre (entendida como la subordinación no solo laboral, sino también personal) es un fenómeno menos común. La principal aportación de Tigre blanco al «kill the rich» es el diálogo acerca de esta servidumbre en el contexto indio. La relación amo-sirviente se presenta como una rígida convención social que emponzoña la relación entre Ashok y Balram, que en ocasiones parecen acercarse el uno al otro pero que en el fondo están separados por una distancia insalvable.

El vínculo de Balram con Ashok y Pinky, que en principio parecen querer tener una relación más cordial con su chófer, es uno de los puntos más interesantes de Tigre blanco.

La relación de Balram es la evolución de su relación con la servidumbre: de la sumisión más absoluta se pasa a otra sumisión con pequeñas transgresiones que, en lugar de liberar al protagonista, lo ata aún más al sistema en el que se encuentra atrapado. Con su final, la película lanza un mensaje emancipador nietzscheano, pues mediante un acto moralmente cuestionable Balram se libera de los viejos valores que le someten a la esquizofrénica subordinación sobre la que versa la película: ¿son mis jefes mis amigos, o incluso mi familia, porque me han ofrecido la oportunidad de llevar una vida mejor sirviéndoles? ¿O son mis enemigos, poco más que unos explotadores que se aprovechan de mí? Cuando al final del filme se resuelve el conflicto, Balram no solo se ha liberado de su servidumbre, sino que también tiene la oportunidad de construir una serie de relaciones laborales más sanas. Y si lo hace, si efectivamente se consigue infiltrar en el sistema para cambiarlo desde dentro, no es por heroísmo, sino por empatía con los que se encuentran en su situación. El protagonista de Tigre blanco no recorre el camino del héroe, sino el camino del «emprendedor», tal y como se define a sí mismo en los primeros minutos de la película. Este mensaje de rebelión se emite también a un nivel colectivo, e incluso global, cuando el protagonista afirma que «el tiempo de los blancos» se ha terminado, haciendo alusión a la importancia geoestratégica y económica cada vez mayor que están adoptando los países del BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

Todos los elementos de la película contribuyen en la escalada de tensión que nos lleva al oscuro final de la película. Los diálogos en off del protagonista, mordaces, irónicos y críticos, adelantan los acontecimientos que se sucederán al final, y van cerrando un cerco que quizá se define demasiado en detrimento del factor sorpresa. Como se ha mencionado anteriormente, el estilo de la película se acerca al documental, y su fotografía se centra más en captar la realidad de la India con un tono que en explotar el encanto exótico con el que se suelen retratar los países asiáticos en el cine. Teniendo esto en cuenta, se puede afirmar que casi todo el valor de la obra recae en su sólido argumento, por lo que nos encontramos con una adaptación que realmente aporta poco a la obra original, y que quizá podría haber llegado más lejos si hubiese apostado por un estilo más definido y diferenciador que no hiciese a la película tan dependiente de su trama. Con todo, Tigre blanco es una interesante e inquietante fábula de ascenso social que nos acerca a la realidad de un país tan increíblemente poblado como infrarrepresentado en la cinematografía occidental.


Artículo perteneciente a la serie: CINE ASIÁTICO   



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Texto de Ángel Gómez-Lobo | © laCiclotimia.com | 13 abril, 2021
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Texto de Ángel Gómez-Lobo
© laCiclotimia.com | 13 abril, 2021

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