Tiempo
| Cómo has cambiado...

Shyamalan retoma su eterno tema de la familia, esta vez relegada al inevitable y por ocasiones abrupto paso del tiempo, dando de nuevo señas tanto de su virtuosismo a la hora de manejar la imagen como de su reciente falta de sutileza con los diálogos.

En algún que otro artículo publicado en esta revista hablábamos de la faceta de artesano de M. Night Shyamalan. De lo cuidadoso que es en su proceso de seleccionar las historias que quiere contar y del mimo que pone a la hora de contarlas de una manera determinada. Digamos que en él esa siempre ha sido una constante. Algo invariable. Mientras que muchas de sus otras facetas han sufrido cambios, mayores o menores, al quedar a merced de los años. Lo cual es tan lógico y natural como beneficioso e incluso triste, según el caso. Como cuando te reencuentras con un viejo compañero después de varios años sin contacto y piensas para adentro «Joder, parece otro».

Una vez cumplió su objetivo de cerrar su trilogía superheroica con Glass (Cristal) (M. Night Shyamalan, 2019) hace cosa de 2 años, la hoja de proyectos de Shyamalan volvió a quedar en blanco. Este hombre, que rueda exclusivamente aquello que ha escrito de su puño y letra, retomó una vez más ese ejercicio de introspección necesario para extraer aquellas motivaciones que le impulsasen a contar una historia y de ahí, la historia en sí misma. Como decíamos, hay constantes, y Shyamalan siempre recurre a un tema central a la hora de abordar sus películas. Su vieja confiable: la familia. Pero esta vez no sería ese conjunto de engranajes que busca cómo retomar la marcha cuando uno falta, como en Señales (M. Night Shyamalan, 2002), y tampoco quedaría augurada bajo el marco de lo siniestro y la desconfianza como en La visita (M. Night Shyamalan, 2015). Ahora las cosas han cambiado, se intuye, fruto de la experiencia. Y nos imaginamos al cineasta siendo partícipe de su propia dinámica familiar y de cómo esta cambia abruptamente y sin control a medida que pasa el tiempo.

Tiempo (M. Night Shyamalan, 2021) u Old en el original es el titulo de la nueva película de este director que narra cómo una familia y un grupo de desconocidos acaban en una playa en la que el tiempo avanza a una velocidad vertiginosa. Los niños crecen, los ancianos fallecen y las arrugas hacen acto de presencia en cuestión de horas sin dar margen a estos pobrecitos para que pongan sus asuntos en orden. Algo que nadie ha experimentado de manera explícita pero que, sin embargo, nos resulta familiar —nunca mejor dicho—, por lo precipitado de la situación y la angustia que genera ver cómo los momentos se nos escapan de entre los dedos, como granos de arena. Afrontar la muerte de los seres queridos que nos resultan eternos o lidiar con la independencia de los hijos cuando parece que fue ayer el día en el que empezaron a caminar, son temas que atañen a la propia naturaleza del ser humano y son el motivo por el que Shyamalan hace películas.

Shyamalan siempre ha tenido presente la importancia de la imagen como elemento narrativo en un arte como el cine.

Los storyboards que prepara personalmente Shyamalan son los cimientos de la estructura narrativa de su película.

Hasta ahí todo bien. Con el motor en marcha ya solo queda elegir el bólido que impulsar. Y como virtuoso de la forma, a este cineasta le gusta pararse a pensar y dedicar gran parte de su trabajo al enfoque concreto que le dará a su historia. Cualquiera que sepa algo de su técnica, sabrá que por ejemplo gusta de reflejar previamente su relato en múltiples storyboards que reparte por las paredes de su despacho para empaparse de la narración visual de su película. Porque otra cosa no, pero Shyamalan siempre ha tenido presente la importancia de la imagen como elemento narrativo en un arte como el cine. De ahí que en Tiempo, que no es una excepción en su filmografía, use varios elementos visuales para resaltar sus conceptos clave. Las rocas que dan entrada a la playa delimitan una silueta similar a un reloj de arena. Los personajes quedan encuadrados y atrapados entre las costillas de un cadáver. La cámara se mueve de un lado a otro saltando entre ellos al estilo de un péndulo. Como vemos, a este nivel impresiona de que nada ha sido dejado al azar y que Shyamalan, mucho antes de ponerse detrás de las cámaras ya tenía la película montada en su cabeza.

Una virtud que también era muy reconocida en Hitchcock, su predecesor y gran maestro, al que tanto homenajea en cada encuadre, selección musical y títulos de crédito. De hecho, es inevitable ver Tiempo sin que otros títulos como Tiburón (Steven Spielberg, 1975) o Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) te vengan a la mente. Suponemos que porque también plantea el tema de los humanos frente a una amenaza natural que se les escapa a su control y comprensión. No obstante, mientras que Spielberg Hitchcock centran sus esfuerzos en narrar la reacción de sus personajes al verse desbordados y marcados por el temor hacia lo imprevisible, Shyamalan en esta ocasión emplea fuerzas en exceso para que ningún cabo de su trama quede sin atar. Un esfuerzo en vano, constituido a base de múltiples diálogos explicativos sobre quién, cuándo y cómo, cuando o bien no es necesario para entender la trama o la propia imagen ya deja entreverlo. Quedando, lastimosamente, todo el trabajo previo echado por tierra. De la misma manera que lo hubiera hecho si Hitchcock le hubiese dado por explicar detalladamente por qué los pájaros se vuelven agresivos en su película, no es necesario porque ese no es el quid de la cuestión y dar detalles sobre ello no hace sino banalizar el asunto. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Sorprende ver cómo un artista tan caracterizado por lo minucioso de su trabajo caiga en la comedia involuntaria al plantear escenas que se suponen de máxima angustia. Y es más sorprendente cuando uno ve que aun estando su trabajo presente, este ha perdido gran parte de la sutileza que antes era seña de identidad de sus películas. Quizás por el temor infundado a que su obra no sea entendida por el grueso, que es el que hace la taquilla y demanda cada detalle picado y al dente. Una verdadera lástima, porque si bien en sus primeras obras Shyamalan llamaba a la complicidad mediante el silencio o a lo sentimental mediante lo simbólico, con el tiempo se ha dejado llevar cada vez más por lo cómodo de las palabras y lo satisfactorio de las resoluciones. Puede que el tiempo haya provocado cambios. Sin embargo, no es esta una opinión que conviva al margen de las virtudes de un director que, aún a pesar del hastío de los años, sigue poniendo parte de sí mismo en las obras que crea. Reflejándole a él mismo. Tanto con su espíritu joven como con sus amargas arrugas.




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Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 2 agosto, 2021
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Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 2 agosto, 2021

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