The Witcher: La pesadilla del lobo
| El sueño de los fans

Antes de que Geralt buscase a su Cirilla, Vesemir buscaba la buena vida. Netflix nos brinda un cóctel explosivo compuesto por los orígenes de un gran brujo, acción intensa, grandes revelaciones y lecciones aprendidas con consecuencias irreversibles.

Dice el viejo brujo Vesemir en uno de los juegos de la saga The Witcher que antes las cosas eran más sencillas: los monstruos eran malos, los humanos buenos… pero ahora todo es confuso. Menos mal que ese diálogo no forma parte del canon porque contradice los eventos vividos por el joven Vesemir en La pesadilla del lobo. Es cierto que nada del material de Netflix define el canon, que pertenece en exclusiva a los libros del autor polaco Andrzej Sapkowski, pero es sorprendentemente divertido ver ese mundo recreado en 2D. Con sus perspectivas extremas, personajes estilizados y acción intensa rodeada de efectos especiales, la animación influenciada por el anime ha resultado ser un medio natural para representar el peligroso mundo del Continente y las arriesgadas proezas de los brujos de Kaer Morhen

Siguiendo la moda iconoclasta de coger a un personaje querido por los fans y ponerlo patas arriba, La pesadilla del lobo nos presenta al joven y chulo Vesemir muy distante del paciente y venerable maestro de Geralt de Rivia. Aunque su actitud de f*ck b*tches, get money resulta irritante, simpatizamos con él por los flashbacks que nos cuentan cómo en un momento de su infancia decide pelear por su lugar en el mundo y ser entrenado como brujo. Además, esa línea temporal contiene varias implantaciones que se van resolviendo a lo largo del segundo acto. Entre ellas, la primera interacción de nuestro protagonista con un monstruo, a lo que se refieren como «su primera vez». Y ya está: tenemos nuestro rito de iniciación masculino, metáfora para la adquisición de su hombría. Menos mal que la chica que le gusta no es un cliché predecible ni la sacrifican para hacer avanzar la historia del chaval. No obstante, ciertos sacrificios que sí tienen lugar son un poco exagerados. Cualquiera que conozca bien la historia de The Witcher sabe que los brujos son el resultado de una mutación que resulta del ritual de la prueba de las hierbas. No solo presenciamos la de Vesemir, sino que antes de pasar por ella, vemos otra que desconocíamos. Sueltan a los niños candidatos indefensos en medio de un pantano y, como si de una coreografía teatral se tratara, empiezan a salir monstruos coordinados, ansiosos por matarlos. Sobreviven pocos de manera fortuita. Que una película de animación se dirija a un público adulto no quiere decir que tengamos que liquidar montones de inocentes en explosiones sangrientas.

Y bien que los matan: si en el canon se calcula que solo un 30% de los críos sobreviven a las hierbas (un paso necesario para crear un brujo), ¿para qué dar el paso previo de convertir a todos los chavales disponibles en carnaza sabiendo que seguramente el 80% mueran? No hay forma de encajar esto, y solo sirve para añadir segundos de violencia gratuita, como para llenar un cupo.

El caso es que nuestro antihéroe pasa las locas pruebas de su cruel maestro, Deglan. Interpretado por el genial Graham McTavish (Dwalin en la trilogía El Hobbit), protege a un hechicero que custodia la fórmula para transformar hombres en brujos. En un paralelismo con el libro Estación de tormentas (Andrzej Sapkowski, 2013), el mago y su gremio revelan tener responsabilidad en la creación de monstruos nuevos. Esto da lugar a unos ataques misteriosos que mosquean a Vesemir y crean descontento entre el pueblo de Kaedwen, llegando el asunto a oídos del rey.

Ofrece una historia innovadora para fans de los libros e incluso de los juegos, con un buen número de guiños pero sin depender de ellos para tener gracia o aportar interés.

Así se compone el escenario que nos presenta las principales dinámicas de la peli. La conflictiva hechicera Tetra Gilcrest se empeña en justificar ante la corte la necesidad de investigar a los brujos de Kaer Morhen, mientras encuentra en Lady Zerbst una rival que habla con la voz de la razón. Sus intercambios ofrecen algunos de los mejores diálogos del largometraje, y nos hacen pensar que ojalá en la vida real los políticos hablasen así. Por otra parte, Tetra debe acompañar en una misión de investigación al propio Vesemir, interpretado por el soseras de Theo James. Tiene una voz elegante pero monocorde, suficiente para dar vida a Héctor en Castlevania (Warren Ellis, 2017) pero no para llevar el peso de uno de los más míticos brujos de la obra de Sapkowski. Aun así consigue darle un aire de arrogante y «pesao» al que le encanta oír su propia voz, dando a la seria hechicera un contrapunto muy divertido al principio y muy tenso después. Es refrescante ver a un brujo que es la antítesis de Geralt colaborar forzosamente con una hechicera completamente diferente a Yennefer o Triss Merigold.

Desde los distintivos colores de su vestimenta hasta su personalidad y conflicto interno, Tetra logra ser memorable entre el amplio elenco de hechiceras del material original.

Durante las investigaciones, el dúo se encuentra con Filavandrel, a quien ya conocimos en la primera temporada de la serie The Witcher. La intervención del elfo sirve de puente a Vesemir para llegar a la raíz del problema: Kitsu, una doncella elfa transformada en monstruo. Esto no es solo una forma de hacer avanzar la trama. Las criaturas sobrenaturales en la obra de Sapkowski cumplen varias funciones. La más obvia es poblar el mundo de obstáculos para los personajes, pero también vemos cómo se integran en ecosistemas, aportando detalle y realismo; y cómo no, a menudo son un conveniente McGuffin. El mayor acierto de La pesadilla del lobo es haber elegido al monstruo más interesante del Continente y ponerlo en el centro de la trama. Su capacidad para crear potentes ilusiones no solo pone impedimentos formidables para que los protagonistas se rompan la cabeza, sino que además este recurso funciona de maravilla en la pantalla. Sumando a la ilusión diegética, el/la espectador/a se deja llevar por las imágenes y el ritmo de la acción, quedando atrapado/a en su propia ilusión extradiegética mordiéndose las uñas con la secuencia de eventos. Nos vemos envueltos en dos sueños a la vez, como si nos hubieran atrapado en dos celdas superpuestas, dejándonos a punto de caramelo para la revelación final. Una tensión emocionante que consigue hacernos suspirar en el clímax. Ahora bien, ese truco ya se usó en los libros y una adaptación a la novela gráfica. En la tele les va a funcionar una vez.

«Ni odio ni prejuicios serán jamás erradicados. Las cacerías de brujas no giran en torno a las brujas. La clave es tener un chivo expiatorio» (el narrador en The Witcher 3). En la batalla final por la supervivencia de los brujos, Kaer Morhen es invadida por una turba de campesinos furiosos con ganas de exterminar a nuestros mutantes antihéroes. La acusación de genocidio contra los atacantes se puede repetir más alta, pero no más clara. La frase clave «aquí no hay pureza» puede incluir a los brujos, pero se espeta en la cara de los invasores y sus líderes. Y no solo por su papel en la creación artificial de monstruos, sino también por su vana y unilateral búsqueda de la purificación racial. Una inestable alianza temporal con no-humanos es el instrumento que la antagonista usa en su intento de erradicar lo que ve personalmente como una amenaza. Funciona como metáfora de la irracionalidad y violencia de buscar «santos griales» de pureza étnica, un concepto tan irreal como agresivo y que parece estar rondando por las cabezas de algunos críticos de la primera temporada de The Witcher. Atacaron desde la absurda noción de que usar actores de color en una obra de origen eslavo era destruir la cultura y tradición blancas. Si hubieran leído los libros originales, habrían visto el claro mensaje antirracista de Sapkowski y se habrían ido a pasear sus retorcidas fantasías a otro sitio.

No se profundiza mucho en los personajes secundarios, pero aportan vida al escenario y nuevos matices al oscuro mundo de estos cazadores de monstruos.

El fragor de la lucha en Kaer Morhen nos recuerda por qué la fortaleza está tan hecha polvo (aunque los libros ya mencionan varios ataques a lo largo de la historia) y por qué el número de brujos se redujo tan drásticamente durante la juventud de Vesemir. Lamentablemente, aquí vemos un punto flaco, ya que presenciamos un ataque coordinado de monstruos y aldeanos. Si bien mola ver a toda una guarnición de brujos darse de palos con manadas de criaturas bestiales, no tiene sentido que las gentes humildes luchen codo con codo junto a sus peores pesadillas. El triángulo brujos-monstruos-aldeanos es uno de los principales motores de historias en este universo porque los aldeanos temen a los otros dos, los brujos viven de matar a unos y cobrar de los otros, y los monstruos se los comen a todos. Sus posiciones relativas en esos vértices sirven para simbolizar ciertas relaciones de poder, siendo la más evidente que los humanos son los verdaderos monstruos por querer la aniquilación de todo lo demás, incluso cuando los brujos les salvan la vida (aunque claramente no exentos de sus propios platos rotos). Quebrar ese triángulo daña el equilibrio de una historia épica y oscura en la que la elevada presencia de lo sobrenatural obedece a una coherencia interna para no justificarse con un «porque sí».

The Witcher: La pesadilla del lobo es una película que ofrece una historia innovadora para fans de los libros e incluso de los juegos, con un buen número de guiños pero sin depender de ellos para tener gracia o aportar interés. Los fans de la serie, o incluso quienes todavía estén a punto de empezar con el universo The Witcher, encontrarán aquí una golosina que hará más llevadera la espera por la nueva temporada en Netflix, donde conocerán al entrañable «tío» Vesemir (Kim Bodnia) con el que los demás estamos familiarizados. Queda demostrado que la animación es un formato estupendo para dar vida a las historias de los acrobáticos profesionales de las dos espadas. Puede hacerse con menos violencia gratuita y explorando de forma más transversal, buscando esas anécdotas de personajes que reciben menos atención que los ya míticos. Pero no seré yo quien proteste después de haber visto cómo el más viejo de Kaer Morhen sienta la cabeza después de jugársela tanto.




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Texto de David Muiños García | © laCiclotimia.com | 26 agosto, 2021
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Texto de David Muiños García
© laCiclotimia.com | 26 agosto, 2021

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