The Owners (Los propietarios)
| Homeinvaders novatos vs. yayos turbios

Sangriento home invasion entre Solo en casa, Déjame salir y Snatch que cautivó en el 53 Festival de Sitges. Rezuma humor negro y conciencia de clase mientras confirma la valía de Maisie Williams en duelo con una espeluznante Rita Tushingham.

Sin duda, el gran gancho de este filme para un buen grueso de público va a ser el protagonismo de Maisie Williams, la idolatrada Arya Stark de Juego de tronos (David Benioff, D.B. Weiss, 2011). Pero no es la única razón para recomendarla: en tiempos tan aciagos para los eventos con público, el estreno en cines de The Owners (Los propietarios) (Julius Berg, 2020) es una cita que nadie con predilección por el terror debería perderse. Porque, sin ser desquiciantemente horripilante, sí chapotea en sangre cuando debe, acompañada de un tono delirante que alcanza el humor negro en ocasiones y sin relajar la tensión ni abandonar la crítica social.

Unos hänsels sin luces, Gretel desamparada y una bruja senil

Los propietarios a los que hace referencia el título viven en una casa muy golosa que, no es precisamente de chocolate, pero promete grandes tesoros a una panda de desgraciados sin oficio ni beneficio por herencia de clase. El arranque inicial pretende revancha —lo que se conoce como take back— en la lucha de clases. Pero este home invasion tan personal juega al despiste con el público, en una casa que podría estar encantada u ocultar algo mucho peor. En ocasiones, puede hacer sentir que nos enfrentamos a un Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008). O a algo cercano al universo de los brasileños Juliana Rojas y Marco Dutra —Los buenos modales (2017), Hard Labor (2011)—, también habituales del festival de Sitges. Y a esta sensación contribuye el hecho de que, ya en los créditos de apertura, se nos anuncie que se ha basado la película en la novela gráfica Una noche de luna llena, de Yves H. y Herman Huppen —quienes también firman el guion—.

Si en principio existe una generosa ventaja hacia los asaltantes de una casa supuestamente vacía, por cuestiones de número y agresividad de su líder, esa tesitura es bien frágil. Un televisor encendido en la opulenta vivienda nos manda un mensaje subliminal: un conejo siniestro toca una sinfonía de piano, pero pronto veremos que no es él quien pulsa las teclas; no manda quien se cree con el timón, y esos roles son fugaces si hay fisuras en el grupo, lo que manda un claro mensaje de fracaso a toda misión de proletarios divididos ante rivales más inteligentes y que hacen piña. Y si no más listos, han tenido más acceso al conocimiento, a la cultura y a la estrategia. Porque, en semejante localidad, nadie amasa dinero sin dominar esa materia. Y la avanzada edad, e incluso la enfermedad mental, en ocasiones, potencian una sensación de falta de consecuencias, un «de perdidos al río» que hace de la indiferencia hacia ellas un arma terrorífica. En esas circunstancias brilla —y asusta— una Rita Tushingham que oscila entre lo adorable, lo conmovedor de la fragilidad y lo tirano de una madre de Norman Bates cuya casa tiene cierto aroma a la del susodicho, planos de escalinatas incluidos. 

El elenco de aspirantes a desvalija-mansiones de pacotilla retratado en este filme tiene algo que ver con los bajos fondos que acostumbraba a retratar Guy Ritchie en sus inicios, con la literatura de Irvine Welsh, que puso Trainspotting (Danny Boyle, 1996) y The Acid House (Paul McGuigan, 1998) en la gran pantalla. Pero The Owners (Los propietarios) ya no se centra en entornos tan eminentemente adictos —aunque haberlos, haylos— ni mafiosos: más bien vemos una muchachada de suburbio obrero, en barrios y pueblos a caballo entre el polígono desahuciado y el campo por doquier. Perfiles más actuales de la precariedad y desazón existencial de la clase marginal y sin perspectivas de futuro expuesta en la imprescindible Brassic (Daniel O’Hara, Jon Wright, Saul Metzstein, 2019). De forma tremendamente empática, por cierto. Con ella comparte esta película varios arquetipos de personaje: Maisie Williams equivale a Erin Croft y sus motivos poderosos para luchar por abandonar la mala vida rodeada de delincuentes de medio pelo, pero retenida, a la vez, por los vínculos sentimentales que la anclan a ese lugar sin ofertas de progreso; del mismo modo que en ambos grupos de amigos —si bien en aquella serie están realmente unidos por un amor casi fraternal— se repite el rol del chico gordo e inseguro.

La gran —y preocupante— diferencia, es que esa generación deprimida de Brassic es entre quince y veinte años mayor que la que aquí representan Maisie y su pandilla. Con lo que podríamos deducir que el relevo se está estrellando contra ese desencanto y abandono institucional cada vez antes. 

Chonis, canis y burgueses: de la caricatura a la empatía

El choque cultural entre los ineptos ladrones y los no tan desvalidos ancianos de privilegios burgueses conecta —muy acertadamente— con una idea que ciertos expertos en sociología de la comunicación audiovisual llevan tiempo reivindicando: el tratamiento de los llamados chonis y canis en el imaginario televisivo, tanto de los realities —Princesas de barrio, HMYV— como en la ficción —Aída (Nacho G. Velilla, 2005), desde un prisma de ridiculización y demonización de la clase obrera. Utilizados frecuentemente tanto en la telerrealidad como en comedia como objeto de mofa, es de agradecer que productos como este que nos ocupa —y la mencionada Brassic— sitúen al espectador en el incómodo asiento de la empatía. Porque a menudo los medios ofrecen, más que retratos, caricaturas de estos personajes —tanto reales como ficticios— que colocan al público en una engañosa posición de superioridad. Lo que sin duda puede ser reconfortante y contribuye al status quo: nuestras propias vidas no se ven tan miserables en contraposición con las miserias chonis… A menos que nos veamos identificadas en sus vivencias, como ser ninguneada por los que tienen más dinero, o por la manada que acobarda al que parecía apoyarnos; tener que afrontar la maternidad en un ambiente de mierda, y además sola —o peor: junto a un cavernícola sin habilidades para la propia subsistencia, como para hacerse encima cargo de terceros—.

Pero The Owners (Los propietarios) ya no se centra en entornos tan eminentemente adictos ni mafiosos: más bien vemos una muchachada de suburbio obrero, en barrios y pueblos a caballo entre el polígono desahuciado y el campo.

Porque otro rasgo claro del discurso del subtexto, nada subcutáneo, que otorga valor a esta obra, es el rol todavía más deprimido y frustrado de la mujer. Cuánto más si es inteligente y luchadora. Es continuamente cuestionada, vilipendiada y anulada de manera muy agresiva por los hombres embrutecidos y en permanente competición ya en su misma casta. Lo que contrasta con el trato caballeroso, tierno y dulce que dispensa el señor mayor y acomodado —sobre todo hacia su esposa, con evidentes trances de senilidad o alzhéimer. Si bien la finura de las buenas maneras adquiridas en su entorno aventajado es mera condescendencia hacia la extraña de clase inferior, actitud que también caracteriza el trato amoroso hacia su esposa: por mucho que él le aplauda los aciertos e iniciativas como se suele reaccionar a las ocurrencias de la chiquillada.

La empatía que despierta la fragilidad de la enfermedad y la ancianidad es transversal, pasa por encima de todas las clases socio-económicas, igualándonos en lo orgánico y mental al final de nuestras vidas. Pero el guion no va a dudar en recordarnos quién sigue acumulando los privilegios. Cuán diferente es una decrepitud entre algodones. Y utilizar los brotes violentos de la enfermedad para construir una bruja poderosa y representativa de un poder desfasado y caduco que se obstina en permanecer encima y aplastante, dejando claro quién se encuentra en un atolladero aún mayor y más vulnerable.

El pobre como objeto de consumo

La superioridad socio-económica y la creencia de encontrarse en posesión de la verdad absoluta de los valores, envalentona a los poderosos a la violencia física en cuanto una mujer no tiene la actitud sumisa que ellos esperan de una señorita —o por lo menos, de alguien de un estrato inferior—. Esta actitud sumerge en dolorosa ironía, apoyada en humor negro a veces, todo el relato. 

Y aquí es clave la elección de la protagonista, que ha pasado de niña a adulta en lo ficticio y en lo interpretativo ante los ojos de legiones de fans que han vivido su sufrimiento y su lucha en el enganche a la serie durante años. Sentimiento que se traslada a esta película porque Maisie sigue siendo una aguerrida jabata, a la par que una víctima que carece de los poderes de una heroína de la fantasía. Todo ese vínculo que establecía Arya, se traslada a esta nueva obra porque sigue siendo una papel de carácter, que denuncia la injusticia, que nos implica. Pero tan predestinado a la frustración como la propia vida real dificulta la salida de la miseria a quienes nacen y se crían en la clara desventaja, viéndose abocadas al riesgo de servidumbre, incluso de objeto. De la que se aprovechan los pudientes económicamente, a veces de formas totalmente depravadas y criminales —que aquí se van a ver—. Pero también con subterfugios legales cada vez más preocupantes, como la maternidad subrogada que este filme denuncia entre velos no tan tupidos. Las pocas cosas que quienes tienen todo pueden envidiar de quienes viven en la pobreza, son las más enfermizas.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 5 marzo, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 5 marzo, 2021

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