Teddy
| Lobatos en riesgo de exclusión

Los gemelos Boukherma y el caricaturesco reparto colorean un sainete pirenaico catalano-francés con tremendo y duro giro. Lo que comienza como terror-humor, se erige en un mazazo contra el capacitismo. Un abrazo a cada raro, loco y tonto del pueblo.

Lo mínimo que se puede decir de esta película, es que es realmente curiosa. La intensa luz del soleado Pirineo catalano-francés dota toda la fotografía y a sus esperpénticos personajes de una textura como de cómic galo. No importa lo integrados o marginados que se encuentren los habitantes del pueblo en la comunidad, absolutamente todos están caracterizados con unos rasgos físicos, estéticos y de personalidad que son dignos de una exagerada viñeta: sea el que vive en el aislamiento, en el monte con las ovejas; sea el guarda extremadamente serio, la jefa que vende imagen de zen pero cuya arrogancia en la ostentación de la autoridad y los abusos de poder son de escándalo. O se trate, como el protagonista que da nombre al filme, de alguien con fijación con el metal, que se comporta de manera asalvajada y que vive en una chabola, dentro de una familia marcada por un variado catálogo de disfuncionalidad. Llegados a este punto, dentro de ese hogar, el público se apercibirá de cómo el guion se humaniza dentro de esa casa, sin obviar que es cierto que pueden nacer situaciones cómicas —a nivel de diálogo sobre todo— del pensamiento que diverge de lo común, entre esas personas con alguna limitación cognitiva que tienden a mayor fantasía o inocencia en la expresión de sus ideas. Pero, por otra parte, las retrata de una manera que rechaza frontalmente el capacitismo, pues Teddy se nos presenta inicialmente con una situación de comedia que viene a decirnos que el chico, bueno… pues no es muy listo. Y además de estar catalogado como el tarado y el raro del pueblo y obsesionado con el heavy metal, se nos cuenta con qué facilidad se frustra cuando los sucesos le superan. Su aspecto es muy peculiar, pero despierta cierta simpatía. De pronto, vemos en qué condiciones vive con su tío, quien presenta una discapacidad intelectual. Los prejuicios hacia esta familia serán constantes, pero este señor no solamente es completamente autónomo, sino que además se hace cargo de su mujer, impedida física y mentalmente por lo que parece una enfermedad neurológica degenerativa.

Se nos presenta con tanto mimo, dentro de lo sórdido de la pobreza, el entorno de Teddy que los juicios hacia su persona sobran. Si bien va a meterse en berenjenales que pueden hacernos sonreír, se nos construye hábilmente un esbozo de sus sentimientos y sus frustraciones que va en aumento en cada escena. El gran punto fuerte de esta obra es que conjuga una intensa aura de humor negro con situaciones que tocan el corazón, que a la vez nos perturba con momentos de vergüenza ajena pero no achacados a Teddy, sino a la panda de sinvergüenzas que se aprovechan de su desventaja social y económica. Esta obra, proyectada en la 53 edición del Festival de Sitges, la de 2020, puede considerarse un preludio de la temática de su edición 2021, en que el leitmotiv fuera el hombre lobo y el lema de la bestia interior. Es inevitable adjudicarle a esta figura terrorífica como metáfora del homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), y era terriblemente necesario este giro de tuerca de que analizase el comportamiento de jauría humana hacia los más vulnerables de hoy, los desprotegidos de la propia comunidad.

Una pieza anticapacitista que conjuga una intensa aura de humor negro con situaciones que tocan el corazón.

Una pieza anticapacitista, decíamos. Pero también acusadora de quien cosifica a la pareja y utiliza al malote simplón para escandalizar a la familia y luego se cansa y abandona a esa persona, destrozándole los sentimientos. Y aun así, retrata lo animalesco de emperrarse en que la persona amada nos ame a toda costa, cómo el acoso es una pulsión bestial y alejada de lo racional como deshumanizante para la persona acosada y el acosador. Este fenómeno se nos muestra desde diferentes prismas: desde la vivencia de la persona que no sabe lo que hace ni qué hacer (sin disculparlo pues, repetimos, asocia este comportamiento a la bestialización del ser humano), pero también desde la posición de persona con un grado (o varios, más bien) de poder con respecto de la persona acosada: la jerarquía laboral, la diferencia de edad entre la persona adulta y la adolescente, la superioridad intelectual y la formación (que no es mucho mayor con respecto del chico que colgó los estudios). Poco se habla de la asiduidad con que las personas con discapacidad intelectual son víctimas de abusos sexuales, si no directamente de agresiones gravísimas. En el campo de la superioridad física, también se va a señalar a quienes se aprovechan de la diversidad funcional para la vejación, pero en este campo, de nuevo, el gran poder viene dado por el estatus económico, siempre por encima del de Teddy. Y todo esto, en un entorno idílico, tranquilo, luminoso. A la luz del día el pueblo parece sencillo y llano, tranquilo. Y silencioso: apenas hay pinceladas de música puntuales: algún toque de tensión cuando se acerca el misterio; el metal que le fascina, cuando conduce motivado o copula como un animal; el coro de las orlas del instituto, con su curioso catalán francés de montaña, visibilizando el folclore local en vías de extinción, puesto que en ningún otro momento asoma la lengua en el metraje. El homenaje funerario que abre la cinta es una oda en desentonado francés también, seguramente por cuestión de ser más fácil comercializar el filme en este idioma. Dicho sea de paso, esta atención a los rituales como lubricante comunitario, y el empeño de Teddy —siempre excluido— por estar presente en ambos, es otra hábil manera de contarnos su desesperada posición.

En los interiores se cuecen los ingredientes podridos. Sobre todo en el trabajo, fuente de infelicidad por excelencia hoy en día. Cuánto más si, en el caso de Teddy, se trata de un puesto que lleva asociada prejuiciosamente una connotación femenina que le vuelve a poner en desventaja ante los machotes tóxicos del pueblo. Peor todavía si encima implica un indeseado contacto físico demasiado íntimo. Llegará un punto en que el público se preguntará: ¿qué está pasando aquí? Esta película comenzaba prometiendo ser un terror-humor. Y lo será cuando la bestia despierte con sed de venganza. En este punto del camino, conecta con historias como Elephant (Gus Van Sant, 2003), poniéndose en la piel de quien sufre esa explosión de rabia. Nos la construyen gradualmente. El protagonista y sus circunstancias están ejemplarmente bien ensamblados. De modo que la sensación que irá impregnándonos cada vez más en el pecho es que, en realidad, esto es un terrible drama con piel de cordero. Recordemos que la principal norma que establece Robert McKee cuando define el horror es que debe acabar como el Rosario de la Aurora. En ningún momento hay piedad para Teddy, porque ha nacido en desventaja en un mundo cruel. Él no es el causante de sus problemas: vive feliz, a su aire, hasta que todo su entorno le recibe con hostilidad, o incluso abusa de él. Es un perro callejero, como el de las fotografías que aparecen de vez en cuando en algún cajón en su casa, en algún que otro marco fotográfico. Y como tal, es sensible y es traicionado por los hombres. Empatiza con el lobo, que solo quiere vivir en el bosque siendo lobo. Lo mismo que él. Este monstruo es una víctima. Teddy es el jorobado de Nôtre Dame, el Manelic del drama teatral Tierra baja (Àngel Guimerà, 1896): la mente simple y llana, vinculada al campo y asqueada entre pueblerinos que no aceptan que lo son con orgullo, con sus ínfulas urbanitas. Quienes parece que le quieren, se aprovechan. Quienes le quieren de verdad, le cogen miedo cuando comienza a aullar. He aquí el mensaje que los gemelos Boukherma lanzan en este subgénero que la lengua francesa llama comme il faut («como debe ser», refiriéndose a los retratos de personas que no encajan en la sociedad que les impone unas maneras de ser y unos ritmos contrarios a su propia naturaleza): a veces la bestia no era tal, sino que la activamos los demás. La sociedad en bloque.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2020   



Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 3 noviembre, 2021



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 3 noviembre, 2021

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