Strawberry Mansion
| Libertad para soñar

Colorista fantasía onírica que es un paralelismo de la invasión del algoritmo en nuestras vidas con texto entre Terry Gilliam y «Alicia a través del espejo». Su cromática tipo Wes Anderson y unos FX rudimentarios devuelven magia a raudales al cine.

Qué ilusión hace volver a ver un cine que nos devuelva a la infancia sin necesidad de recurrir al ya manido grupo de prepúberes en veranos misteriosos en bicicleta. Con este filme vuelven sensaciones parecidas a las de Big Fish (Tim Burton, 2003), con ese mismo estallido de color, ese verde casi de juguete en los campos, aunque para nada tan lacrimógena. También explora la rareza, la existencia de paisajes, escenarios y personajes insólitos, muy característicos y personales de esta película, dando lugar a una iconografía que va a ser muy identitaria de la cinta. De esos casos poco comunes y loables que logran que un fugaz vistazo a un solo fotograma al azar ya nos sirva para poder acertar de inmediato de qué película se nos está hablando. Recordemos que el Festival de Sitges es, ante todo, el de lo fantástico. Aunque es innegable que su cartelera hace años que rebosa terror y suspense por todos sus poros, es de agradecer que se conserven elecciones como esta, que combina todas sus posibilidades: el surrealismo más estético, incluso algo infantil, sin entrar en retruécanos que enreden al espectador en la incomprensión de la historia; la ilusión del fantasear en los sueños agradables, incluso un ligero terror, cuando lo onírico viaja a la pesadilla, que aún así tiene sus puntos humorísticos en esos momentos en que, inmersos en el sueño, no damos relevancia a la gravedad de lo que está sucediendo en él. Tanto este punto como el que referiremos a continuación, intensifican el aroma a Terry Gilliam que planea por toda la pieza, padre incontestable de los ciudadanos mediocres que se enfrentan al sistema en distopías estrafalarias en nombre del derecho a la creatividad y la fantasía. Porque sí, esta película es también un caramelo distópico, con el que te puede incluso subir el azúcar porque no se priva de ensoñaciones románticas en las que todo es posible contra el tiempo, la edad y las distancias insalvables en un mundo físico. Tiene algo de versión cuqui del idilio entre el Drácula y la Mina Harker de Bram Stoker, pero trasladada a una adorabilísima y extravagante anciana —con peculiar mascota— que vive casi enterrada en cintas de VHS, que supondrá el despertar de un gris funcionario ataviado con traje y bombín de Magritte —que no falte el surrealismo por ningún lado—. Un cobrador de impuestos de los sueños. Lo que nos faltaba.

Un caramelo distópico, con el que te puede incluso subir el azúcar porque no se priva de ensoñaciones románticas en las que todo es posible contra el tiempo, la edad y las distancias insalvables en un mundo físico.

¿Cuánto le gustan a Gilliam los cachivaches y los viajes extraordinarios? Quienes compartan esta fascinación, aquí podrán sumergirse en un mundo terrenal con attrezzo nostálgico de los años cincuenta. Aparatosos cascos rectangulares con aspecto robótico, y otros más rudimentarios aún, con cableados absurdos que parecen decoración navideña y que, a la vez, con esa licencia alejada del empirismo, contribuyen al grandísimo encanto estético y mágico de esta película. Ahora hablamos del contexto en que se desarrolla la realidad de los personajes, y no de cuando estos están soñando, pues en el producto onírico ya nos sorprenderán con lo inimaginable, incluidos el persistente lobo que es leitmotiv de esta edición del Festival de Sitges, y hasta algún humanoide con cabeza de rana, al más puro estilo Lewis Carroll. Por si la revisitación de épocas añoradas por nuestra generación de boomers era poca, ahí va un homenaje a las ya mencionadas cintas de vídeo. Y una guinda a base de efectos especiales —como por ejemplo, cuando se produce alguna invasión a sueño ajeno o alguna interferencia—, esa especie de «fallo en Matrix», que se narra con un tratamiento informático de la imagen que podría haberse hecho con un PC de los ochenta o principios de los noventa. Algo así como cuando saltaba la estática en la pantalla de nuestro televisor, para nada tan elaborado como unos primeros El cortador de césped (Brett Leonard, 1992), más bien cercano a la más primitiva Tron (Steven Lisberger, 1982). En cuanto al mensaje, como toda distopía que se precie, pronostica un mal que, en cierto modo, ya es omnipresente en nuestras vidas: impuestos asfixiantes, que atentan contra una felicidad difícil de obtener en esta era del homo laborans y homo consumens. Ahí va la otra denuncia: la publicidad ya se filtra hasta el tuétano, estamos continuamente expuestos a ella. Y es una película que, con una presentación tan brillante y colorida como los más tentadores juguetes, llama a proteger nuestros sueños. A tomar poder y conciencia sobre nuestras propias necesidades. Y a una alianza intergeneracional que nos haga reaprender a vivir como en aquellos maravillosos años, fueran cuales fueran los que añoremos.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2021   



Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 16 octubre, 2021



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 16 octubre, 2021

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