Starman, el hombre de las estrellas
| De Wisconsin a Arizona

Un filme en el que John Carpenter se hizo eco no solo del cine de Spielberg, sino que construyó un melodrama tierno y luminoso sobre todo lo que viene de fuera de nosotros mismos, y en concreto, de lo que se realiza más allá de nuestros propios ojos.

Como decíamos en otro artículo en relación con Marlon Brando, hay presencias delante de la cámara que, no solo por su fotogenia, son capaces de atrapar al espectador de una manera subyugante. Una de estas presencias, cuya estela se prolongaría también hasta finales de los 90 —El gran Lebowski (Joel Coen, Ethan Coen, 1998)— y también bien entrado el milenio actual —Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009)— tenía condición de héroe y galán en el cine de los años 80: Jeff Bridges. Tan apto para la comedia más gamberra (como en las dos primeras películas señaladas) como para el melodrama más pluvial —es el caso de esta Starman, el hombre de las estrellas que recuerda tanto a la estrenada por Spielberg dos años antes, E.T. el extraterrestre (1982)—, Bridges se ha sabido mover a través de su compacta carrera también por miles de registros intermedios, que definen su paleta de colores artístico-interpretativa. Con ese porte elegante y esos ojos azules que en la película que nos ocupa resultan casi transparentes, el actor ya septuagenario anunciaba en octubre de 2020 que padecía leucemia, enfermedad que todavía sufre.

En la por momentos bizarra película de John Carpenter, que aquí dejaría ver también sus dotes para la ciencia-ficción, un extraterrestre en forma de bola de cristal aterriza muy cerca de la casa de la viuda Jenny Hayden, que no hace más que ver películas de Super-8 en que recuerda a su marido Scott y llora su pérdida; la chica aún joven se va a dormir y sucede el milagro y, a la vez, el peligro a sus propios ojos: el alien mira en el álbum de fotos más cercano a alguien en que metamorfosearse y voilà. La película recuerda asimismo a City of Angels, melodrama interpretado por Nicolas Cage en 1998 y dirigido por Brad Silberling, si bien esta última es bastante más lacrimógena. El cine de Spielberg sí que probablemente sea una influencia más directa en la que Carpenter dejó por un momento el terror y la insania a que nos tenía acostumbrados para entregar una historia de amor preciosista en la que el monstruito que empieza siendo la criatura, alguien que secuestra a sus víctimas con tal de llegar a la nave en Arizona que lo recogerá, aprende a expresarse y sobre todo a amar de una manera casi humana. Con esta premisa, Carpenter entrega al igual que el que fue rey Midas del cine, un filme donde los adultos, por exceso de incredulidad, representan el peor de los males.

Un filme que, disfrutado sin interferencias, llena al espectador de una sana nostalgia, que es también la de una época donde se hacía cine también para agradar.

Jeff Bridges y Karen Allen.

Uno no tiene más que sonreírse al ver esta construcción de la realidad fílmica y humana tan ligada a nuestros tiempos pandémicos, hasta el punto de que el enemigo u antagonista principal es una brigada de policía especializada en delitos alienígenas, siendo en concreto uno de los oficiales investigadores quien determina, poco conciliador, si es culpable o inocente. La interpretación de Karen Allen (Jenny) hoy nos resulta aún naturalista, si bien cuando fue estrenada la crítica tiró más flores sobre ella que sobre el propio Bridges, a quien tildaron quizá, no sin falta de razón, de personaje-muñeco. El papel defendido por Charles Martin Smith (Mark Shermin) o de Richard Jaeckel (George Fox) sirven ambos para mostrar lo caótico e increíblemente irreversible de la condición humana, algo que el mismo trasunto de Scott llega a reconocerle a Jenny. Los efectos visuales (Barbara Affonso y Craig Barnon, co-responsables del modelaje 2D del personaje y el trucaje de cámara), así como los animadores del muñeco, hicieron un trabajo sobresaliente que para la época resultó ser más que importante y revelador. Todo, en connivencia con el montaje de Marion Rothman, que en este tipo de producto dejaba algo más de improvisación (o quizás no tanto) ante el guion de Bruce A. Evans y Raynold Gideon, pero casi nada ante la producción capitaneada por Barry Bernardi o Larry Franco entre otros muchos.

En una de las escenas finales en que los adultos persiguen a los protagonistas que cumplieron su misión con felicidad, el propio Carpenter hace un cameo como miembro perseguidor encima de un helicóptero. La fotografía de Donald M. Morgan, tan tendente a sacar esos reflejos en negativo que producen las luces extrasensoriales, también está en perfecta consonancia y tiene el toque que a posteriori recordamos como algo más granulado de lo normal en interiores que tenían este tipo de películas. La música, sin ser de John Williams, pero con arreglos más que cuidados de Jack Nitzsche, también potenciaba ese aura que Bridges irradiaba con su particular y en apariencia simple luminosidad, alguien pobre en movimientos, pero que desprende bonhomía y serenidad. A pesar de todo, la crítica fue implacable con ella. Desde Variety en Estados Unidos, hasta Javier Ocaña o Fernando Morales de Cinemanía y El País respectivamente, no encontraron ese aura de la que hablábamos, y que tal vez sea más un constructo imaginado por el que escribe. Esa artificiosidad de la que estos periodistas la tildan quizás también necesite un mayor reposo en su reflexión. Si no se vio en su momento, y como en E.T. el extraterrestre, es un filme que, disfrutado sin interferencias, llena al espectador de una sana nostalgia, que es también la de una época donde se hacía cine también para agradar, sin estridencias ni demasiadas salidas de tono, un cine que ya consideraba a sus estrellas como algo más que juguetes.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 27 abril, 2021
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Texto de Daniel González Irala
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