Starlet
| Un juego para dos

Lleno de verdad y naturalidad, el filme de Sean Baker encuentra en la intrascendencia una excusa para ofrecer una mirada limpia y luminosa sobre la amistad y la culpa. La amplitud pasional y cerebral se dan la mano en una obra sencilla y radiante.

Es el cine un arte muy particular, que pone a disposición del espectador una serie de mecanismos aceptados en su conjunto de un modo tácito para que sea este el que le de sentido y significado a lo narrado, no siempre fácil, no siempre inteligible, pero expuesto al fin y al cabo con una intención y una voluntariedad por parte del cineasta que puede lograr o no su cometido. Hablar de una gran película o una mediocre es, desde el punto de vista crítico, conseguir separar el grano de la paja, y representar con palabras, y darles dirección, todo lo visto marcando una distinción entre lo que gusta y lo que funciona, no siempre de la mano: esa línea tan difusa y dada a la subjetividad es la que trasciende, en este caso, Sean Baker, un cineasta que consigue edificar lo abstracto a través de lo concreto y dar sentido a lo global desde lo particular. Sus obras, tan poco dadas al artificio cinematográfico como sinceras y honestas, revelan unas inquietudes sociales siempre en segundo plano —pero no por ello poco relevantes—, y un desarrollo emocional e intelectual equivalente entre sí que descubre un modo único de sentir a sus personajes, tan conocidos como distantes, de empatía rápida desde la lejanía.

Starlet (Sean Baker, 2012) cuenta la historia de una joven actriz porno que se hace por accidente con una suma de dinero bastante elevada, propiedad de una anciana malhumorada y poco dada a la conversación —enorme Besedka Johnson en su único papel— ajena completamente a este intercambio involuntario de billetes. Jane —así se llama en la ficción el personaje interpretado con verdad y honestidad por Dree Hemingway—, después de descubrir que tiene en su poder un dinero que no le pertenece, entra en un debate moral interno acerca de si debe devolverlo a su dueña —por mucho que esta desconozca su existencia— o no, y establece contacto con ella para ver si, de algún modo, a través de esta conexión logra resolver sus dudas éticas. Lo que consigue Starlet con cada paso que da es establecer una relación desigual en lo físico pero extrañamente complementaria en lo psicológico entre dos mujeres de dos épocas, dos mundos y dos mentalidades que comparten un fragmento de sus vidas, una tratando de encontrar una salida a su culpabilidad —que se tornará en afecto sincero— y otra rehuyendo todo lo que implique una relación con otro ser humano. Del choque cultural y generacional, Sean Baker extrae un momento de lucidez constante, que a través de la gran metáfora que supone su película —la superficialidad o frivolidad aparente del modo de vida de la industria pornográfica, que encuentra en el metraje alguna escena explícita y que el cineasta enfrenta a la afabilidad y candidez de Jane, contra el convencionalismo de la señora que juega al bingo y está de vuelta de todo— por sus muchos modos de intercambiarse y alterarse a sí misma como obra de ficción, propone un crecimiento personal que la audiencia, con facilidad, puede hacer suyo aunque lo narrado diste de lo propio.

Sean Baker extrae un momento de lucidez constante a través de la gran metáfora que supone su película por sus muchos modos de intercambiarse y alterarse a sí misma.

Siendo su principal tema la culpa o la responsabilidad, el descargo de la moral en la búsqueda del significado último, Starlet se siente como un haz de luz de inabarcable verdad. Como comentábamos, su acceso a lo universal desde pequeños actos cotidianos —la amistad desde el intercambio banal, la lealtad o la confianza desde lo anecdótico— hace que todo su cuerpo narrativo funcione por extensión: las dos mujeres protagonistas establecen entre sí una relación tormentosa e inestable que modifica en todos los sentidos el modo en que el espectador interactúa con la película al buscar, de modo inconsciente, siempre una salida emocional con la que aterrizar los problemas de conciencia de Jane o el desarraigo de Sadie en el cómputo global de las cosas. La precariedad que el personaje de Dree Hemingway acepta sin reservas a la hora de enfrentarse a su vida y que colisiona frontalmente con el conservadurismo que representa, aunque solo en la superficie, su nueva y reacia compañera está tan bien medido desde el guion, y tan magníficamente resuelto desde la dirección, que la relación entre ambas funciona de manera orgánica y se separa de la obviedad o el discurso de la tristeza en el que sería muy fácil que recalara.

La historia de amistad que une a las dos mujeres protagonistas —y al propio Starlet, ese pequeño perrito con nombre de chica que acompaña fielmente a Jane que representa por sí mismo el núcleo del filme— se define por la búsqueda de un ancla que las haga sentir como iguales y por la localización a nivel personal de algún elemento que las sitúe a una como dependiente de la otra, no a un nivel intelectual sino cinematográfico: la maternidad ausente en un extremo, y la violentada en el otro, se colocan en Starlet como un concepto que busca integrarse dentro de la amistad y la necesidad de redención, y descubre no pocos elementos comunes que se entienden tanto desde la soledad de la juventud perdida como del abandono institucional de los mayores, tanto desde la crisis de la veintena como de la del final de la vida. Sean Baker, el maestro de la unificación entre lo inexpresable y lo mundano —recordemos The Florida Project (2017) con el tratamiento de la infancia y el sentimiento de extrarradio, o Tangerine (2015), con la sublimación de la identidad a través de lo superficial— consigue en este caso recorrer un camino ampliamente explorado desde una mirada luminosa y taciturna, casi crepuscular. Starlet es un recordatorio de que lo correcto y lo incorrecto depende más de la perspectiva que de la objetividad, aunque para eso debamos adoptar un punto de vista parcial que nos haga ser partícipes de su magia y su sinceridad.




Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 27 mayo, 2021



Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 27 mayo, 2021

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