Silent Night
| Fuera caretas

Un vertiginoso viraje de tonos con un planteamiento convencional y unos giros sorprendentes. La obra de Camille Griffin tiene la madurez y la honestidad necesarias para extraer la comedia de la tragedia y viceversa de forma magistral y única.

En un primer momento, uno va a ver Silent Night (2021) pensando que se va a encontrar con la clásica comedia inglesa. Su directora pero también guionista, Camille Griffin, tampoco te hace pensar lo contrario. Coge a unos cuantos actores de buen ver, con dotes interpretativas más que sobradas, como Keira Knightley o Matthew Goode, los deja bien arregladitos y los enfrasca en una trama convencional: un grupo de amigos y sus hijos se reúnen en una encantadora casita en el campo para celebrar la Nochebuena, y como en todo grupo de amigos, hay temas pendientes pero apariencias que guardar. Pues eso, lo habitual ¿no?. Griffin te mantiene en esa dinámica durante buena parte de su introducción y dicho sea de paso, se maneja que ni pintado: los chistes funcionan, las interpretaciones convencen, los personajes encandilan. Pero como decíamos, esto es solo el principio. Porque todo son risas hasta que uno le ve las orejas al lobo entre la niebla. La música jovial empieza a contrastar con lo turbio que acontece en pantalla. Y lo que parecía una cena de navidad cálida y acogedora pasa a ser mucho más cuando se revela que esta será la última que pasen estando vivos. Entonces poco (o mucho) quedaría por hacer. Se acabó ser sutil. Se acabó el aparentar. Ahora hay una buena razón por la que descorchar el champán.

La carretera con las curvas más pronunciadas de la historia, con un tono que vira con tantísima avidez que resulta hasta vertiginoso.

Keira Knightley en una captura de Silent Night.

Silent Night es la carretera con las curvas más pronunciadas de la historia. Su tono vira con tantísima avidez que resulta hasta vertiginoso. Y contra todo pronóstico a Griffin, que no había dirigido una película en su vida, no le tiembla el pulso y ni en un solo momento se permite el lujo de perder el control del volante. La película consigue extraer el humor de lo trágico y lo trágico del humor de una forma magistral. Parte de un punto de partida excepcional, construido con sencillez, en el que nada y todo importa al mismo tiempo, lo que le da a sus personajes —una panda de capullos hipócritas— el trampolín ideal hacia la comedia más ácida. Porque se dice que el humor inglés es del que las mata callando, pero aquí nadie calla nada. Incluido los niños. O especialmente los niños, entre los que encontramos a Roman Griffin Davis al que ya conocimos en Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019) y que, quizá por ser el hijo de la directora, se lleva la palma de los momentos más desternillantes de la película. Quizá por la impresión y la incredulidad que genera un crío diciendo verdades como puños. Que dicho sea de paso, es lo que transmite esta obra en general: una sinceridad pasmosa, como la de aquel que se queda en pelotas. Y ante semejante ridículo, la película se sabe reír con ganas, lo que denota una madurez y honestidad inconmensurables, así como una valentía admirable, necesaria para reconocer los errores que cometimos y enfrentarnos a lo doloroso del futuro. Esto está al alcance de muy pocos. Y Camille Griffin, con su determinación y sus notorias capacidades para ver el lado cómico de lo terrible, ha demostrado ser uno de esos pocos, valientes. Silent Night no será la comedia que muchos esperan y eso es bueno. Porque llevará a sus espectadores a reírse de lo que jamas pensaron y a atemorizarse de lo que nunca se plantearon. A subir y a bajar. Como una de esas montañas rusas que verdaderamente se disfrutan.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO    SITGES FILM FESTIVAL 2021   



Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 16 octubre, 2021



Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 16 octubre, 2021

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